Cuarto Mes: El llamamiento Divino

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Cuarto Mes

El llamamiento Divino

La maravillosa transformación de un enemigo acérrimo en un apóstol tan eficaz tuvo como base la gloriosa visión celestial y el inquebrantable llamamiento divino. Muchos años más tarde el apóstol no podía borrar de su mente aquella experiencia transformadora. Ante Festo, Félix y Berenice él recordó: “Vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo” (Hechos 26:13).

La presencia de Cristo glorificado, el eterno Hijo de Dios, jamás será como la del maestro itinerante que se trasladaba a pie por caminos polvorientos con un puñado de discípulos desde Galilea hasta Samaria y Judea, y que algunas veces visitó regiones más lejanas como Tiro, Sidón, Iturea y Perea. El noble Salvador que vino a dar su vida por los pecadores se encuentra de nuevo en su gloria eterna. Allí lo vio Esteban poco antes de morir apedreado. Desde allí vino vestido de esplendor cuando se le presentó al discípulo amado Juan en la isla de Patmos. Desde allí vendrá un día, ya no tan lejano, rodeado de miríadas de ángeles para establecer su reino sempiterno y gobernar junto a sus hijos nacidos de nuevo, al mundo entero.

Debemos entender que el llamamiento de Saulo al ministerio de la predicación del evangelio fue un cambio como de la noche a pleno día; como sacado del reino de las tinieblas al reino de la luz celestial. El que iba preparado para atrapar a centenares o quizás millares de santos con un numeroso contingente de crueles soldados judíos. Finalmente quedó convertido en un miserable hombre débil, ciego, tembloroso, inútil, bajo el poder del Rey de reyes y Señor de señores. Pablo lo imaginaba muerto, como un iluso mártir del pasado que solo había dejado ilusionado y frustrado a un puñado de indefensos seguidores. Pero fue todo lo contrario; porque allí en Damasco, y por el resto del mundo, se desplazaba un numeroso pueblo de redimidos que irradiaban luz en medio de las tinieblas. Por eso Jesús les había dicho a ellos y por extensión a nosotros, que eran la sal de la tierra y la luz del mundo. Ahora el furioso y arrogante Saulo de Tarso no era más que un endeble corderito que iba a necesitar de los mismos que él intentaba arrastrar con violencia, para que lo condujeran con amor a las filas de un nuevo reino.

Lo que cualquier lector del Nuevo Testamento podría opinar, es que el menos indicado para recibir el llamamiento divino al apostolado, era Saulo de Tarso. Tomando en cuenta todo lo que se dice de él en el libro de los Hechos, y lo que él mismo confesó en Hechos y en sus epístolas, este hombre no era digno ni siquiera de ser salvo, mucho menos ser un predicador y maestro del evangelio. Seguramente él estaba consciente de esto, y lo admitía con absoluta humildad.

Pablo reconocía que no era digno de haber sido llamado al ministerio, pero todo fue dispuesto por la misericordia del que lo llamó, por eso él dijo: "Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo” (1 Corintios 15:9-10).

La salvación y el llamamiento del fariseo Saulo es una clara y contundente demostración de la obra de gracia realizada en los que son llamados, sin importar cómo haya sido su vida pasada. Una de las declaraciones más elocuentes de la gratitud de Pablo por su salvación y ministerio es la siguiente: "Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Timoteo 1:12-15).

La elección de Saulo de Tarso para que viniera a ser Pablo el apóstol de los gentiles, fue un punto sobresaliente en el programa de Dios para el desarrollo de la iglesia que fundó Jesucristo. Este hecho de la voluntad divina está en línea y es de la misma categoría de todos los llamamientos y designaciones que Dios todopoderoso ha venido realizando a lo largo de la historia. No erramos al decir que dicho llamamiento puede compararse muy bien con el de Abraham, Moisés, Samuel, David, Isaías, Ezequiel, Daniel y todos los discípulos. Los apóstoles, diáconos y evangelistas de Jerusalén fueron dirigidos por el Espíritu Santo para evangelizar mayormente a judíos y prosélitos; tanto residentes de las áreas centrales como los que venían de otros países, tal como ocurrió con cada uno de los miembros de la iglesia de Dios, a través de los siglos.

 

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