En el principio

“Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y ­reposó en el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación" (Génesis 2:2-3).

Cuando pensamos en el sábado, frecuentemente pensamos en los Diez Mandamientos que Dios le dio a Israel después de librarlo de la esclavitud de Egipto. Los sucesos de ese período de la historia de Israel fueron extraordinarios. Ocurrió una serie de acontecimientos milagrosos: las plagas sobre Egipto, la muerte de todos los primogénitos de los egipcios, el paso del mar Rojo, la provisión milagrosa del maná, y las tablas de piedra escritas con los Diez Mandamientos que Dios le dio a Moisés.

Todos esos dramáticos sucesos enmarcaron el nacimiento de una nueva nación. Y en medio de todos ellos Dios exhortó a la nación recién formada a recordar algo: “Acuérdate del sábado para santificarlo” (Éxodo 20:8). Le recordó además la creación: “Porque en seis días hizo el Eterno los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, el Eterno bendijo el sábado y lo santificó” (v. 11).

El mandamiento del sábado encierra un propósito espiritual muy importante. Le recuerda al pueblo de Dios que Dios es el Creador. Es necesario que cada semana recordemos que existe un Ser Supremo con poder y autoridad absolutos, que gobierna nuestra vida y que rige sobre toda la humanidad. Dios sabía que quienes guardaran el sábado siempre tendrían presente este hecho fundamental.

Revelado por medio de milagros

Dios hizo evidente la importancia del sábado aun antes de dar los Diez Mandamientos a la nación de Israel. Por ejemplo, después de cruzar el mar Rojo y de presenciar la destrucción de los ejércitos del faraón, Israel entró en el desierto de la península del Sinaí. En pocos días, las reservas de alimentos que habían traído de Egipto se agotaron; entonces dijeron a Moisés: “Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Éxodo 16:3).

Empero, Dios lo tenía todo planeado y prometió darles maná, un alimento milagroso que los sustentaría y mantendría todo el tiempo que estuvieran en el desierto (vv. 4, 15-18). Pero les dio una condición: Les enviaría el maná durante seis de los siete días de la semana; en el sexto día les daría el doble, pero el sábado no les enviaría nada (vv. 5, 22). Moisés explicó a la gente lo que Dios le había dicho: “Mañana es el santo día de reposo, el reposo consagrado al Eterno; lo que habéis de cocer, cocedlo hoy, y lo que habéis de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare, guardadlo para mañana . . . Seis días lo recogeréis; mas el séptimo día es día de reposo; en él no se hallará” (vv. 23, 26).

“Y aconteció que algunos del pueblo salieron en el séptimo día a recoger, y no hallaron” (v. 27). ¿Cómo reaccionó Dios ante esa evidente desobediencia? “¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes? Mirad que el Eterno os dio el sábado, y por eso en el sexto día os da pan para dos días. Estése, pues, cada uno en su lugar, y nadie salga de él en el séptimo día” (vv. 28-29).

En esos momentos, varias semanas antes de que diera los Diez Mandamientos en el monte Sinaí, Dios reprochó a los israelitas porque no quisieron obedecer sus leyes y sus mandamientos. Afirmó: “El Eterno os dio el sábado”; no dijo que se lo estaba dando o que se lo iba a dar, sino que ya les había dado el sábado y quería que lo guardaran cada séptimo día de la semana.

Cuando Dios le ordenó a Israel: “Acuérdate del sábado para santificarlo” (Éxodo 20:8) y les dijo a los israelitas que se habían negado a guardar sus preceptos y sus leyes por el hecho de no guardar el sábado antes de llegar al monte Sinaí (Éxodo 16:28), estaba haciendo hincapié en la necesidad de que tuvieran presentes los hechos de la semana de la creación.

Dios lo santificó

En el Génesis leemos que Dios creó la tierra y la llenó de plantas y animales hasta formar un deslumbrante y maravilloso hogar para el primer hombre y la primera mujer, Adán y Eva. Aquí leemos acerca del verdadero origen del día de reposo: “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación” (Génesis 2:2-3).

El séptimo día fue completamente diferente de los demás, porque Dios lo bendijo y lo santificó. La palabra santificar significa “apartar con un propósito santo”; Dios apartó específicamente el séptimo día y lo declaró santo. En estos dos versículos se menciona tres veces que Dios no trabajó en ese día, lo cual pone de manifiesto que fue un día de descanso; fue el día de descanso de Dios.

Algunas personas no están de acuerdo con esta interpretación y, haciendo notar que la palabra sábado no se menciona, afirman que este pasaje no señala el origen del día de reposo. Sin embargo, la palabra hebrea que se tradujo como “reposó” es shabath, raíz de la palabra sábado. Shabath significa “descansar, dejar de hacer algo” y es de aquí que el sábado toma su significado como “día de descanso”. Parafraseando el relato de Génesis 2, podríamos decir que Dios “sabadó” en el séptimo día de toda la obra que había hecho en los otros seis días. El sentido del texto hebreo es inequívoco.

Fue hecho para el hombre

Curiosamente, algunos se empeñan en argüir que esto no es prueba de que el día de reposo haya existido desde la semana de la creación; afirman que el sábado no fue instituido realmente hasta que Dios lo dio a Israel en el monte Sinaí, y que aun así lo dio tan sólo a la nación física de Israel por un tiempo limitado. Sin embargo, Jesucristo mismo refutó este concepto cuando afirmó en respuesta a aquellos que malentendían completamente el propósito del sábado: “El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado” (Marcos 2:27, Nueva Reina-Valera). Aclaró el principio fundamental que está presente en el sábado y que la mayoría ha ignorado a lo largo de los siglos: El sábado, lejos de ser una carga opresora o una interminable lista de actividades prohibidas, ¡es algo que Dios ha hecho para el hombre! Fue santificado (hecho santo) cuando el género humano fue creado; luego de haber creado en el sexto día a Adán y a Eva, Dios creó el sábado al día siguiente (Génesis 1:26-31; 2:1-3).

Para Jesús, el sábado era algo positivo y benéfico, no la carga opresora que algunos dirigentes religiosos habían hecho de él. Notemos lo que dijo al respecto: El sábado había sido hecho para el hombre —para toda la humanidad— no únicamente para la nación de Israel, y guardarlo no era un principio sin sentido que tenía como objeto traer dificultad y opresión. ¡El sábado fue creado para el beneficio y el bienestar de la humanidad! La versión de Torres Amat vierte el versículo así: “El sábado se hizo para el bien del hombre”.

Jesús entendía que el propósito de la ley (incluido el sábado) era el de bendecir y beneficiar a la humanidad. Dios, hablando por medio de Moisés, había explicado este concepto a Israel anteriormente: “Hoy te mando que ames al Eterno tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos”. ¿Con qué fin? “Para que vivas y seas multiplicado, y el Eterno tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella” (Deuteronomio 30:16).

Después de guiar a su pueblo durante 40 años por el desierto, Moisés resumió las experiencias de los israelitas justo antes de entrar en la Tierra Prometida. Él sabía que la ley que Dios les había dado era tan maravillosa que era realmente única: “Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como el Eterno mi Dios me mandó . . . Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta . . . Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?” (Deuteronomio 4:5-8).

Claramente, Dios pretendía que el sábado fuera una bendición para todos aquellos que lo guardaran de la manera que él deseaba que lo hicieran. Las instrucciones que dio al respecto son breves pero muy valiosas para darnos la perspectiva correcta sobre el propósito del día de reposo. Veamos algunas de estas instrucciones.

Descanso para toda la familia

“Acuérdate del día sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra. Pero el sábado es el día de reposo del Señor tu Dios. No hagas ningún trabajo en él; ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días el Eterno hizo el cielo, la tierra y el mar, y todo lo que contienen, y reposó en el séptimo día. Por eso, el Señor bendijo el sábado y lo declaró santo” (Éxodo 20:8-11, Nueva Reina-Valera).

Podemos ver que en el sábado todos los miembros de la familia deben descansar de sus labores, aun los siervos, huéspedes y animales. Todos deben descansar de la rutina de su trabajo y de su labor. Todos los miembros de la familia y del hogar aparecen nombrados específicamente: padres, hijos, hijas, siervos e invitados. Libres de las obligaciones del trabajo cotidiano, todos pueden pasar gran parte del día en familia.

El mandamiento de que todas las familias guarden el sábado está nuevamente expresado en Levítico 23:1-3, donde Dios hace una lista de otras prácticas religiosas requeridas por él. Deja muy en claro que el sábado es un tiempo que le pertenece al él y que él considera santo; fue Dios, no Moisés ni Israel, quien lo hizo así: “Habló el Eterno a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Las fiestas solemnes del Eterno, las cuales proclamaréis como santas convocaciones, serán estas: Seis días se trabajará, mas el séptimo día será de reposo, santa convocación; ningún trabajo haréis; día de reposo es del Eterno en dondequiera que habitéis”.

El sábado no fue simplemente un rito religioso relacionado con el tabernáculo; fue más bien un día que santificaba cada familia en toda la nación.

Liberación de la esclavitud

La repetición de los Diez Mandamientos en el capítulo 5 de Deuteronomio nos revela más detalles acerca del propósito de Dios: “Guardarás el sábado para santificarlo, como el Eterno tu Dios te ha mandado. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo al Eterno tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que el Eterno tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual el Eterno tu Dios te ha mandado que guardes el sábado” (vv. 12-15).

Al enunciar nuevamente los mandamientos, se añadió un nuevo aspecto acerca de la observancia del sábado. El pueblo debía recordar que había sido esclavizado en Egipto y que “el Eterno tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido”.

El sábado se constituía en un recordatorio semanal del humilde origen de Israel como esclavos en Egipto, y que Dios, con poderosos milagros, los rescató y los estableció como nación. Ahora que Dios les había dado descanso de la esclavitud, todos y cada uno de los habitantes de Israel debían descansar y renovarse en el sábado, y en esto se incluían específicamente los siervos. Así como Dios les había dado descanso a los israelitas, éstos a su vez deberían permitir el descanso de sus siervos, otro recordatorio de que Dios instituyó el sábado como una bendición para todos.

Por medio de Moisés, Dios les recordó a los israelitas en varias ocasiones cuántas bendiciones les había dado y cómo había intervenido milagrosamente a su favor. Les advirtió que recordaran estos acontecimientos y la relación que tenían con la observancia del sábado. He aquí algunas de estas exhortaciones: “Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos” (Deuteronomio 4:9). “Cuídate de no olvidarte del Eterno, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Deuteronomio 6:12). “Y se enorgullezca tu corazón, y te olvides del Eterno tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Deuteronomio 8:14).

De la misma manera, el sábado es un importante recordatorio para los cristianos de hoy, porque nosotros también fuimos liberados. Por la misericordia de Dios y el sacrificio de Jesucristo, los cristianos hemos sido liberados de la esclavitud espiritual del pecado y la muerte, y ahora somos libres para servir a Dios (Romanos 6:16-23; 2 Pedro 2:19).

Regocijo e instrucción religiosa

Los israelitas tenían la obligación de enseñar a sus hijos los caminos y leyes de Dios. Después de repetir los Diez Mandamientos en Deuteronomio 5 les dijo: “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6-7).

El sábado, entonces, era un día destinado a la instrucción religiosa, a la enseñanza y aprendizaje de las leyes y los portentosos actos de Dios. El trabajo rutinario estaba prohibido y debían recordarse los milagros de Dios. “El espíritu del sábado era de alegría, rejuvenecimiento y misericordia, nacidos de la remembranza de la bondad de Dios como Creador y como Libertador de la esclavitud . . . En ese día la gente acostumbraba . . . instruir a sus hijos en las verdades que el día sábado les recordaba, lo cual era una parte imprescindible de sus deberes como padres” (Smith’s Bible Dictionary [“Diccionario bíblico de Smith”], artículo “Sabbath”).

Desde esta perspectiva, el sábado era realmente una bendición y una delicia, un día de comunión con el Creador, un tiempo especialmente dedicado a aprender, meditar y practicar las leyes y los caminos de Dios.

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