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Jeremías: Bajo el Lente de la Ciencia

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Comenzamos ahora el segundo libro de los profetas, Jeremías. Lo primero que veremos es lo bien que se complementa con Isaías. Es como el guante a la mano. Desde luego que se debe a que tienen un autor en común – Dios. Como dice Pedro: “...porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).

En estos capítulos entenderemos más por qué en castellano existe el término, “jeremiada”. Significa una intensa lamentación o queja. Viene por la vehemencia de Jeremías, como Dios usó a este joven.

La situación en Judá sigue empeorando. Jeremías nos muestra su dolor por el pecado que veía a su alrededor, ejemplo que debemos seguir. “¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!...

En este relato, Judá está pasando por una grave sequía debido a los pecados del pueblo. Dios sigue suplicando con ellos para que se corrijan, pero no hacen caso. Jeremías tiene la triste tarea de anunciar la invasión babilónica.

En estos próximos capítulos, la bella Judá, construida principalmente por David y Salomón unos 400 años antes, será hollada por completo. En pocos años, esta región, llena de ciudades hermosas, campos fértiles y numerosos habitantes, parecerá como un basural.

Leemos al final del capítulo 26 que Jeremías se encuentra acusado de blasfemia. Por entregar la profecía de Dios sobre la destrucción de Jerusalén en frente del mismo Templo de Dios, los sacerdotes y los profetas oficiales consideraron el mensaje como una injuria y procuraron incitar al pueblo contra Jeremías.