Breve introducción al libro de Eclesiastés

El Libro del Eclesiastés (del griego εκκλησιαστης, Ekklesiastés, y del hebreo קֹהֶלֶת, Qohéleth, "asambleísta" o "instructor"), es muy conocido como el "Libro del Predicador". Se trata de un libro que forma parte del canon del Antiguo Testamento de la Biblia, y también del Tanaj, perteneciente al grupo de los denominados Libros Sapienciales, o de las enseñanzas. En el Tanaj judío se ubica entre los Ketuvim ("escritos").

El Libro del Eclesiastés (del griego εκκλησιαστης, Ekklesiastés, y del hebreo קֹהֶלֶת, Qohéleth, "asambleísta" o "instructor"), es muy conocido como el "Libro del Predicador". Se trata de un libro que forma parte del canon del Antiguo Testamento de la Biblia, y también del Tanaj, perteneciente al grupo de los denominados Libros Sapienciales, o de las enseñanzas. En el Tanaj judío se ubica entre los Ketuvim ("escritos"). De acuerdo al orden bíblico, Eclesiastés sigue a los Proverbios y precede al Cantar de los Cantares, mientras que en el Tanaj se encuentra entre estos dos mismos libros, pero en orden inverso: le antecede el Cantar de los Cantares, y le sucede el de Proverbios.

Eclesiastés es un libro, cuyo autor se llama a sí mismo "hijo de David" y "rey en Jerusalén" atribuido tradicionalmente, al igual que el  Libro de los Proverbios, y Cantar de los Cantares, al rey Salomón. (1:1). El tema de este libro es la búsqueda clave para el sentido de la vida.

El predicador examina la vida desde todos los ángulos, en su afán de encontrar satisfacción de la vida. Descubre que solo Dios tiene la clave y que hay que confiar en él. Mientras tanto vamos recibiendo la vida de sus manos, día a día, agradeciendo a Dios por todas las cosas que él nos provee continuamente. Otro argumento aparente es que el autor menciona explícitamente en el capítulo 1:12, que en el momento de escribir el libro él ya no era rey, porque dice: “Yo el predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén".

Sin embargo, aquellos que defienden la autoría salomónica sostienen que esta última idea presenta una oposición histórica, pues Salomón fue hijo de David que llegó al trono, y que su comentario "fui" puede ser más bien una figura retórica o poética. Eclesiastés puede considerarse  una apología dirigida a las personas cuya visión no va más allá de lo que está “debajo del sol”. El autor demuestra la vanidad de la filosofía que abrazan, y subraya la futilidad del materialismo y de una vida sin Dios.

Visto así, Eclesiastés resulta ser una viva crítica del secularismo porque pretende combatir la tendencia a relegar la religión a la categoría de simple instrumento del secularismo. Si el hombre concibe el mundo como un fin en sí, la vida se vuelve vanidad. Pero si lo considera como un medio por el que Dios se nos revela y nos muestra su sabiduría y justicia, entonces la vida tiene un significado diferente (2:24; 5:18-20). Los comentaristas a favor de la autoría salomónica lo sitúan en su vejez, cuando sus pensamientos se habían enriquecido en sabiduría, y todos procuraban ver a Salomón para oír la sabiduría que Dios puso en su corazón (1 Reyes 10:23-24).

El autor del libro luce un hombre incuestionablemente ilustrado. Qohélet conoce lo que pasa fuera de las fronteras de Israel, ha viajado y ha estado en prolongado contacto con el helenismo. Una importante verdad que sostiene el libro es que la vida hay que saber disfrutarla.

En cambio, otros sostienen que el libro está compuesto por una base original a la que se han ido añadiendo diversas partes. Por el modo que menciona el autor, el epílogo sería de redacción posterior.

Otros refranes que echan mano de cierta métrica, quizás muestren la intervención de otro autor. Sin embargo, los indicios no son suficientes como para afirmar, con certeza, la diversidad de autores. En realidad el lenguaje del escrito es fuertemente arameizante, con términos que provienen del lenguaje común de la calle o el mercado y con algunos préstamos del persa (como pardes: jardín, huerto, parque; medina: provincia, distrito y barrio), en tanto que las reflexiones corresponden más bien a un fondo helénico. Fue incluído en el canon judío hacia el siglo I dC. y aunque se elevaron dudas en ese ámbito, el Concilio de Jamnia los disipó.

Además, se han encontrado fragmentos del Qohélet en las cuevas de Qumram. El autor del libro se pregunta cómo afrontar la vida, ya que nada en ella es seguro excepto la muerte. Tiene un tono marcadamente existencial, porque reflexiona sobre la fugacidad de los placeres, la incertidumbre que rodea al saber humano, la futilidad de los esfuerzos y bienes de los hombres, la caducidad de todo lo que es humano y las injusticias de la vida. La incertidumbre de la existencia es el centro de las reflexiones de Qohélet. Nos invita a disfrutar de la vida, pues nunca podemos estar seguros de lo que ella nos depara, aunque las alegrías en el medio, sean un don de Dios. Asimismo nos recomienda aceptar, con serenidad, las desgracias y la adversidad, pues también ellas serán tan pasajeras como lo es todo en la vida del hombre.

La injusticia que con frecuencia domina lo humano, el valor de la sabiduría a pesar de sus inevitables límites y lo inútil de todo afán del ser humano, que irreparablemente concluye con la muerte, son algunos de los temas sobre los que reflexiona el libro. Según la versión Reina Valera 1960, resuena la voz del Qohélet en el capítulo 12:8 como "Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad". La traducción del inglés de la NVI del mismo versículo dice: "Meaningless! Meaningless!" says the Teacher. "Everything is meaningless", es decir: "Sin sentido! Sin sentido!" dice el Maestro. "Nada tiene sentido".

De esa manera, Eclesiastés formula varios tópicos literarios  universales acerca del desengaño. Dice, "Cualquier tiempo pasado fue mejor", pero la conclusión principal tiene que ver con el conocido “carpe diem”, es decir, disfruta del día, disfruta del momento, aprovecha lo que la vida te ofrece para equilibrar el dolor. Quizás la mejor propuesta se encuentre en el capítulo 9 que dice: “Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza (9:7, 8).

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Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala (Eclesiastés 1:3; 12:1, 13,14).

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