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Calendario Sagrado año 2017-2018: Las enseñanzas del libro de Eclesiastés

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El Libro del Eclesiastés (del griego εκκλησιαστης, Ekklesiastés, y del hebreo קֹהֶלֶת, Qohéleth, "asambleísta" o "instructor"), es muy conocido como el "Libro del Predicador". Se trata de un libro que forma parte del canon del Antiguo Testamento de la Biblia, y también del Tanaj, perteneciente al grupo de los denominados Libros Sapienciales, o de las enseñanzas. En el Tanaj judío se ubica entre los Ketuvim ("escritos").

En la primera etapa de su vida, Salomón fue un joven rey que obedecía a Dios y cuando Dios le ofreció darle lo que más deseaba, en vez de pedir riquezas para su engrandecimiento, escogió la sabiduría y el buen juicio para gobernar rectamente a su pueblo. Dios se lo concedió y además lo bendijo en gran manera.

Salomón había disfrutado de lo mejor de todo, pero aprendió que lo que Dios ha proporcionado al hombre es disfrutar de la vida y del fruto de su trabajo, y no el proceder que él había seguido, es decir, buscar placer por medio del materialismo. Por otro lado, comprendió que hay una recompensa para el que es bueno delante de Dios, aquel que hace obras buenas y útiles.

Desde el punto de vista meramente humano, Salomón ve que acontecen muchos actos de injusticia y opresión, sin ninguna esperanza a la vista, de manera que la persona muerta y apartada de todo, está en una posición mejor, libre de rivalidad y necedad. En tal caso, un poco de descanso es mejor que toda esta lucha.

Eclesiastés revela que Salomón trató de buscar la satisfacción por todos los medios a su alcance debajo del sol, pero ninguna de estas cosas le dieron la satisfacción que él buscaba, y por cierto, tampoco encontró esa satisfacción en el vivir para sí mismo.

Al acercarse a la casa de Dios, es mejor escuchar, con el fin de obedecer, que hacer sacrificios mientras se sigue practicando lo que es malo (1 Samuel 15:22). Tampoco uno debería ser apresurado con sus palabras delante de Dios, pues Él está en el tercer cielo, mientras que el hombre está muy por debajo, en la tierra.

Tal como Jesús lo dijo: “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Por mucho que el hombre pueda tener muchas posesiones materiales, si no cuenta con la bendición de Dios, todo lo que haga no le servirá de nada.

Una persona no debería ir a los extremos, siendo demasiado justa o excesivamente sabia. Ciertamente debería procurar tener estas cualidades, pero al mismo tiempo debe mantener su equilibrio recordando que el temor de Dios es la clave para conseguir tales virtudes. Puesto que todos los hombres somos pecadores, no deberíamos tomar demasiado a pecho lo que las personas digan contra nosotros. Recordemos que nosotros mismos no somos tan justos, pues a menudo decimos cosas no tan buenas.

En la actualidad, ni la sabiduría, ni el poder, ni la velocidad, ni el conocimiento pueden producir una larga vida o la garantía de seguridad, de victoria o favor especial, porque el tiempo y el suceso imprevisto les acontecen a todos en este mundo. Sin embargo, la sabiduría debe valorarse cuando un hombre necesitado la usa para ayudar a otros, por mucho que el mundo se olvide de él y lo pueda despreciar después.

El hecho de que la muerte sea inexorable, debería motivarnos a aprovechar al máximo todos los días de nuestra vida. La muerte es un evento que les sucede a todos (9:3-6). Puede parecer injusto que los hombres piadosos tengan que sufrir el mismo destino terrenal de los impíos.

La vida nos ofrece una completa ilustración de esta verdad. Una noche de diversión en la ciudad puede provocar que uno viva en la oscuridad toda su vida, soportando alguna enfermedad y tal vez hasta que tenga que enfrentarse a la muerte.

Salomón advierte sobre los dos pecados más comunes en la juventud, la ira, y los pecados de la carne (11:10). Si un joven logra sortear estas debilidades sin mancharse, hasta convertirse en adulto, normalmente tendrá por delante una vida provechosa y bendecida por Dios. Este capítulo nos exhorta a ser ingeniosos, para dar un uso apropiado de lo que cada uno tiene, aprendiendo a ser diligentes en su propia ocupación.

Después de ver todas estas cosas, Salomón llegó a la conclusión de que en este sistema de cosas todo es vanidad. Y pese a todo, Salomón trabajó arduamente para mantener al pueblo unido en el temor de Dios impartiéndoles su conocimiento. De esa manera creó muchos proverbios gracias a un escudriñamiento apropiado que en principio, fue adecuado procurando hallar palabras deleitables y correctas de verdad.

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