Del desastre a la gloria

El mensaje de Jeremías
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A medida que las naciones siguen alejándose cada vez más de Dios, las advertencias de Jeremías adquieren una urgencia renovada. Sin embargo, su poderoso mensaje de decadencia nacional y juicio inminente transmite también gran esperanza: la certeza del Reino de Dios. Al seguir los pasos de Jeremías, el pueblo de Dios hoy proclama no solo la catástrofe inminente, sino además la restauración, redención y gloria definitivas que están por venir.


 

Los Estados Unidos de América acaban de celebrar su 250.º aniversario. La nación sigue siendo una de las potencias militares dominantes del mundo, pero la profecía bíblica nos dice que esto no siempre será así. El pecado y la inmoralidad habrán de arruinar a la nación, como ocurrió con los antiguos Israel y Judá.

La nación de Judá tuvo simultáneamente a los profetas Jeremías, Ezequiel y Daniel. Los dos primeros eran además sacerdotes. Y Daniel —de la familia real de la tribu de Judá— prácticamente dirigía en su mayor parte el Imperio caldeo (babilónico) durante la época de Jeremías.

Hasta cierto punto, estos gigantes espirituales ayudaron a mantener al pueblo lo suficientemente encaminado como para que pudiera haber un arrepentimiento, una restauración y un regreso a Jerusalén tras setenta años de cautiverio en Babilonia.

Veamos cómo la vida de Jeremías guarda un paralelo con el papel de la Iglesia de Dios en el tiempo del fin. Es muy 
probable que las cosas lleguen a un final espectacular con el regreso de Jesús dentro de no mucho tiempo.

El llamado de Jeremías

A Jeremías se le conoce como “el profeta llorón”. Muchos hablan de la fatalidad y el pesimismo con que predicaba, pero también profetizó esperanza. Fue un profeta que animó y finalmente condujo al pueblo de Dios hacia la gloria. Advirtió a su pueblo sobre una catástrofe venidera, pero también participó en la reconstrucción y restauración de la nación.

Jeremías es el profeta del nuevo pacto, anunciado en el capítulo 31 del libro que lleva su nombre. La profecía se repite en el libro de Hebreos. En efecto, Jeremías profetizó sobre castigos y desastres, pero también sobre la esperanza y la gloria mediante las buenas nuevas acerca del Mesías y la restauración definitiva que traerá consigo.

La labor de Jeremías abarcó el reinado de muchos reyes judíos. Uno de ellos fue el justo y gran líder Josías, quien encabezó una renovación en Judá. A causa de los pecados de la nación, el rey Josías necesitaba orientación sobre qué hacer, así que envió a sus consejeros a Hulda, la profetisa, para pedir dirección de parte del Eterno (2 Crónicas 34:21-28).

Hulda dio un mensaje a los hombres del rey: la nación se vería afectada por catástrofes ya que el pueblo había olvidado a Dios y adoraba ídolos. Felizmente, el rey Josías derribó los santuarios idólatras en Jerusalén y por todo Judá. Por ello, la destrucción de Judá no ocurrió durante su vida (2 Crónicas 34:28).

Jeremías lloró por la muerte de Josías (2 Crónicas 35:25) y también por el castigo que sufriría su pueblo a causa de sus pecados. El libro de Lamentaciones, del que sin duda es autor, da testimonio adicional de ello. Además del libro que lleva su nombre, usualmente se le atribuye también la autoría de los libros de los Reyes.

Jeremías llevó a cabo una larga labor en Judá que abarcó alrededor de medio siglo, pero al final fue encarcelado por su propio pueblo a causa de su predicación. Fue perseguido y estuvo a punto de ser asesinado, pero, por extraño que parezca, ¡finalmente fue liberado por los mismos enemigos de su nación, los caldeos!

La misión de Jeremías

Es posible que Jeremías tuviera entre quince y diecinueve años cuando Dios lo llamó por primera vez a su misión (Jeremías 1:4-6). Desde el vientre de su madre, el Eterno ya tenía en mente una tarea importante para Jeremías:

“Y me dijo el Eterno: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice el Eterno . . . He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (Jeremías 1:7-10, énfasis nuestro en todo este artículo).

Dios le dijo a Jeremías que enfrentaría una gran oposición a su obra, y no cabe duda de que así fue. Como profeta, tuvo una vida muy difícil; vio el reino derribado, pero no obstante, recibió la comisión de ser parte de su reconstrucción.

En Jeremías 7 vemos una condena muy seria contra la nación. Es exactamente lo que está sucediendo hoy entre nuestras naciones. Dios le advirtió a Judá: “. . . pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres. Tú, pues, les dirás todas estas palabras, pero no te oirán; los llamarás, y no te responderán” (vv. 26-27).

Hoy tenemos una situación parecida, en la cual los esfuerzos por proclamar el Evangelio y el llamado al arrepentimiento caen en oídos sordos. La mayoría de la gente no quiere escucharlos y sigue con su vida. En tiempos de Jeremías, esto causó destrucción y castigo sobre la nación por sus pecados.

“Les dirás, por tanto: Esta es la nación que no escuchó la voz del Eterno su Dios, ni admitió corrección; pereció la verdad, y de la boca de ellos fue cortada . . . Porque los hijos de Judá han hecho lo malo ante mis ojos, dice el Eterno . . . Y han edificado los lugares altos . . . para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas . . . Y haré cesar de las ciudades de Judá, y de las calles de Jerusalén, la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del esposo y la voz de la esposa; porque la tierra será desolada” (vv. 28-34).

La misión que se le encomendó a Jeremías suena como un callejón sin salida, ¿verdad? A él se le dijo que sus palabras caerían en oídos sordos, y se profetizó un final muy trágico para Judá.

¡Esto refleja perfectamente a nuestra sociedad moderna! En esencia, permitimos el sacrificio de niños por conveniencia personal. Promovemos abominaciones como formas de vida aceptables en todo nuestro entorno, incluso en iglesias que deberían saber muy bien cómo actuar. La verdad ha perecido. La misión de Jeremías parece haber sido una causa perdida, al igual que la misión de la Iglesia de Dios en la actualidad. Sin embargo, sigue vigente la directriz de Dios de continuar 
la misión.

Encarcelamiento y posterior liberación

Como leemos en Jeremías 38, el profeta terminó encarcelado por su propio pueblo, que no quería oír lo que Dios le decía. No querían cambiar su manera de vivir ni arrepentirse de sus pecados.

Los líderes del pueblo presionaron al rey: “Muera ahora este hombre” (v. 4). Y aunque no murió entonces, lo hicieron sufrir: “. . . tomaron ellos a Jeremías y lo hicieron echar en la cisterna . . . Y en la cisterna no había agua, sino cieno, y se hundió Jeremías en el cieno” (v. 6).

El rey Sedequías finalmente sacó a Jeremías y le pidió que contara todo lo que Dios había profetizado. Jeremías le dijo al rey que los caldeos serían quienes atacarían y destruirían Jerusalén a causa del terrible pecado de Judá. Entonces, ¡Sedequías volvió a encarcelarlo! (v. 28).

Tal como se había predicho, el país pronto fue conquistado. Es fácil imaginar la escena: en el contexto actual, equivaldría a un Estados Unidos de América debilitado e invadido por China o Rusia, mientras usted, tras haber advertido de la calamidad, languidece en la cárcel.

Entonces, un comandante de los caldeos le habló a Jeremías: “El Eterno tu Dios habló este mal contra este lugar; y lo ha traído y hecho el Eterno según lo había dicho; porque pecasteis contra el Eterno, y no oísteis su voz, por eso os ha venido esto” (Jeremías 40:2-3).

Este capitán caldeo sabía exactamente por qué estaba siendo conquistada Judá: aquel castigo le había sobrevenido por su idolatría y su pecado. ¡Lo sabía mejor incluso que la nación judía!

Luego, el capitán liberó a Jeremías y le dijo que podía vivir donde quisiera: mudarse a Babilonia o quedarse en Judá. Fue liberado, pero aún lloraba por su pueblo.

El fin del exilio

Pero ese no fue el final. Jeremías seguía siendo un profeta de esperanza, y escribió palabras para que meditemos en ellas hoy. Estas palabras se aplican a nosotros que anunciamos el Evangelio del Reino. Es una historia de predicación del desastre a la gloria.

“Así ha dicho el Eterno: Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo, dice el Eterno, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza hay también para tu porvenir, dice el Eterno, y los hijos volverán a su propia tierra” (Jeremías 31:16-17).

Jeremías es, después de todo, un profeta de esperanza. Y nosotros también, como él, predicamos y anunciamos el Evangelio del Reino de Dios: un mensaje de esperanza para nuestro mundo de hoy.

En Jeremías 33 leemos: “En este lugar . . . ha de oírse aún voz de gozo y de alegría, voz de desposado y voz de desposada, voz de los que digan: Alabad al Eterno de los ejércitos, porque el Eterno es bueno, porque para siempre es su misericordia” (vv. 10-11).

En efecto, hubo una restauración parcial de Jerusalén en los días del gobernante persa Ciro. Una parte de la nación de Judá regresó y permaneció en Tierra Santa durante un buen tiempo, y el pacto se renovó bajo Esdras y Nehemías.

Lamentablemente, la renovación del compromiso no perduró. La buena noticia es que viene una redención definitiva para Israel y Judá. Jeremías 33 es también una profecía del tiempo del fin. El mensaje lúgubre condujo finalmente a un mensaje de gloria futura.

Cuando se cumplan los setenta años

El profeta Daniel era un cautivo judío que fue llevado a Babilonia mientras Jeremías estaba preso en Jerusalén. El capítulo 25 de Jeremías animó grandemente a Daniel: “Y cuando sean cumplidos los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad, ha dicho el Eterno, y a la tierra de los caldeos; y la convertiré en desiertos para siempre” (v. 12).

Como vemos, los caldeos tampoco eran justos, y su imperio solo duraría setenta años. Daniel estuvo presente para el cumplimiento del regreso judío posterior. Jeremías no fue testigo del suceso, pues ocurrió después de su muerte.

Daniel leyó las palabras de Jeremías y reconoció que su pueblo, después de todo, ¡quizá tendría la oportunidad de volver a casa! Oró intensamente al respecto (Daniel 9:2-19) y, con el tiempo, Dios inspiró al rey persa Ciro para que concediera a los judíos la oportunidad de regresar y reconstruir la ciudad de Jerusalén y el templo.

Al igual que Daniel, nosotros también debemos orar para que nuestras naciones se arrepientan. El resto de Daniel 9 habla del tiempo venidero en que el Mesías vendrá a salvar al mundo entero. Este es el mensaje supremo de esperanza: de la calamidad a la gloria.

Predicación del desastre a la gloria en los últimos días

Siguiendo con el espíritu de las profecías de Jeremías, examinemos una comparación entre el papel de Jeremías y el de la Iglesia de Dios del Nuevo Testamento. Tendremos en cuenta especialmente el parecido con lo que Jeremías experimentó. En muchos sentidos, andamos tras las huellas de Jeremías, predicando del desastre a 
la gloria.

Pronto vendrá el tiempo en que habrá un mensaje muy potente de parte de Dios, un juicio contra nuestro mundo (Apocalipsis 11:1-11). Este mensaje será particularmente poderoso justo antes de la segunda venida de Jesucristo (como lo representa el festival anual de Dios llamado la Fiesta de las Trompetas). En aquel tiempo, los pecados del mundo quedarán al descubierto. La humanidad será castigada, y se enseñará la forma correcta de vivir.

Como sucedió con Judá, se enseñarán las consecuencias del pecado. Sí, tenemos las buenas nuevas del Reino de Dios, pero el cumplimiento de estas buenas nuevas estará precedido por algunos sucesos terribles. A causa del pecado, el mundo experimentará un gran cataclismo y un periodo de castigo. Finalmente, Dios intervendrá de la manera más poderosa de la historia para juzgar a este mundo y a nuestra civilización. Ese tiempo se acerca, y después de él vendrá el maravilloso mundo de mañana (como lo representa otro festival anual de Dios, la Fiesta de los Tabernáculos).

Jeremías fue abandonado para que muriera en prisión por llevar el mensaje de advertencia de Dios a su nación. El pueblo y el rey no quisieron oírlo. Del mismo modo, Cristo profetizó que vendrían dificultades sobre su Iglesia en el tiempo del fin, pues su mensaje tampoco es de aceptación popular.

Al igual que Jeremías, la Iglesia tiene la responsabilidad de predicar el mensaje de Dios. ¿Cuál es el mensaje del Evangelio? Incluye proclamar la necesidad de arrepentirse del pecado, como también una advertencia sobre las consecuencias. No obstante, es ante todo un mensaje esperanzador: el anuncio del Reino de Dios, con un maravilloso mundo de mañana y un destino supremo más allá aún. Cada uno de nosotros debe orar cada día para que el Evangelio se predique con éxito por todo el mundo, a todas las naciones.

Pero junto con la responsabilidad de la Iglesia de llevar a cabo esta misión, vendrá persecución. Sin embargo, la Iglesia sobrevivirá, tal como Jeremías.

Jesucristo proclamó: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). Esto nos dice que en los últimos días habrá un testimonio muy poderoso a todas las naciones por medio de la Iglesia de Dios. Ya no será solo a Judá, como lo hizo Jeremías, sino a toda la humanidad.

El Evangelio ha de predicarse por todo el mundo, a todas las personas que Dios ha creado (Marcos 16:15), y debe ser una labor al estilo de Jeremías. La impopularidad que provocó la predicación de Jeremías será semejante a la que sufrirá la Iglesia. Cristo dijo que, si 
lo odiaron a él, odiarían también a sus seguidores.

Se llegará al punto que describe Apocalipsis 12, cuando vendrá una gran persecución sobre la Iglesia. Los seguidores de Cristo tendrán que huir a un “lugar preparado por Dios” (v. 6). Al mismo tiempo, Dios enviará a dos testigos para proclamar su mensaje (Apocalipsis 11). Ellos serán protegidos como lo fue Jeremías y, gracias a su labor, muchos se volverán a Dios.

Jeremías y la Iglesia de Dios actual

Jeremías fue alguien que restauró la confianza del pueblo mediante sus alentadoras profecías de un tiempo mejor en el futuro, e inspiró a Ezequiel y a Daniel en su labor. A través de sus palabras, Dios nos da una visión de lo que hará finalmente en un mundo mejor que está por venir.

Así como Jeremías sobrevivió a la destrucción de Jerusalén, como discípulos actuales debemos animarnos al saber que no solo seguiremos manteniendo viva la verdad, sino que tendremos la oportunidad de ser, de manera literal, parte de la solución cuando Jesucristo regrese.

Junto con Jeremías y todos aquellos que Dios ha usado a lo largo del tiempo, podemos hacer aún más de lo que Jeremías hizo en su época. Tenemos la oportunidad de servir con el Rey de reyes y Señor de señores —Jesucristo— mientras andamos tras las huellas de Jeremías, cuando la humanidad sea llevada de la destrucción a la gloria. BN

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Peter Eddington

Peter sirve en la oficina central de la Iglesia en Cincinnati como gerente de operaciones del Servicio de Medios y Comunicaciones.