Problemas Gigantes
Cuando los gigantes de nuestra vida se yerguen amenazantes, es fácil sentirnos derrotados. Sin embargo, al igual que David, usted puede cambiar su enfoque pasando de la debilidad al poder de Dios y descubrir que ningún desafío es mayor que él.
Imagínese esta dramática escena: día tras día, el gigante filisteo Goliat se burla de los ejércitos de Israel. Al avanzar por el campo de batalla, su enorme estatura y estruendosas amenazas dejan a los soldados paralizados de miedo. Luego aparece David, el joven pastor, y el contraste es impactante. Si David hubiera comparado su propia fuerza con la de Goliat, habría huido del campo de batalla; pero eso no fue lo que hizo. En cambio, comparó la fuerza de Goliat con la de Dios.
Es posible que a veces sus problemas le parezcan igual de abrumadores. Se yerguen ante usted como gigantes, amenazando con aplastarlo bajo su peso. Cuando observa la magnitud de sus batallas parece imposible salir victorioso, y si las compara con sus propias capacidades, la derrota parece inevitable.
Pero ¿qué pasaría si cambiara su forma de pensar? ¿Qué tal si en vez de comparar sus problemas con su limitada fuerza, los comparara con el poder de Dios? El Dios que creó el universo, que es todopoderoso y omnisciente y tiene recursos infinitos a su disposición. Esos problemas, que antes parecían gigantes, de repente comienzan a reducirse.
Esta verdad no se aplica solamente a David, sino también a usted. Su Dios es superior a cualquier reto o calamidad que alguna vez enfrente. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31).
El reto es no dejar que sus problemas lo superen y recordar que no tiene que enfrentarlos solo. Cuando incluye a Dios en su batalla y deposita en él su confianza, él promete estar con usted y ayudarlo a vencer. Como dice la Biblia: “No los temáis; porque el Eterno vuestro Dios, él es el que pelea por vosotros” (Deuteronomio 3:22). Usted no vence con su propia fuerza, sino que depende de la de él.
El punto de quiebre de Stan
Nunca olvidaré mi visita a Stan después de su derrame cerebral. Tenía apenas 48 años, demasiado joven para algo así. Este hombre, siempre fuerte y lleno de vida, ahora luchaba simplemente para hablar y mover la mano. La frustración en su mirada era evidente cuando susurró: “Ya ni siquiera me siento yo mismo”.
Durante los meses siguientes, vi a Stan enfrentar a un gigante que no era solo físico: el temor de que su vida nunca volviera a ser la misma. Trabajaba duro en sus sesiones de terapia, exigiéndose cada día, pero el progreso era lento. El miedo se imponía, burlándose de él como Goliat: “Nunca te recuperarás. Nunca volverás a ser útil”.
Y cierto día llegó el punto de quiebre. Stan me dijo: “He estado luchando contra todo esto de la manera equivocada. Me he enfocado en lo pequeño que soy y no en lo poderoso que es Dios”. Isaías 41:10 se convirtió en su ancla: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré”.
A partir de ese momento, algo cambió. El miedo no desapareció de la noche a la mañana, pero la paz comenzó a ocupar su lugar. Cada día oraba pidiendo el poder de Dios, en lugar de depender del suyo propio.
Poco a poco, su estado físico mejoró y su fe se hizo más fuerte que nunca. Meses después, Stan me dijo: “Ese derrame cerebral no me venció, sino que me mostró cuán poderoso es Dios realmente”.
Comparemos nuestras fuerzas con las de Dios
Y tenía razón. Cuando uno compara a sus gigantes con su propia fuerza, siempre parecerán invencibles. Pero cuando compara la fuerza de ellos con la de Dios, se reducen a su verdadero tamaño. La batalla nunca fue de Stan: siempre fue del Eterno.
Así que cuando usted enfrente gigantes (ya sea en forma de sufrimiento físico, trauma emocional o dificultades que cambian la vida), puede encontrar la fuerza para vencer si no depende de su propio poder y en cambio pone su confianza en Dios. Josué 1:9 nos alienta: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque el Eterno tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”.
Al trasladar su enfoque de su propia debilidad al poder de Dios, sus problemas pierden el dominio que ejercen sobre usted. Cuanto más centre su atención en el Eterno, menos importancia tendrán sus problemas. Como dice Efesios 6:10: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza”. Si usted confía en Dios y permite que él lo guíe, se fortalecerá y crecerá espiritualmente, y él recibirá toda la gloria.
Y cuando venza a sus gigantes, podrá declarar, tal como David: “. . . el Eterno no salva con espada y con lanza; porque del Eterno es la batalla” (1 Samuel 17:47).
Ningún gigante es demasiado grande para Dios, y ningún desafío es demasiado abrumador cuando lo enfrentamos con la fuerza del Todopoderoso a nuestro lado. Así como David derrotó a Goliat con una honda y una piedra, usted también tiene el poder de superar cualquier obstáculo en su camino, no con su propia fuerza, sino confiando en Aquel que ya ganó la batalla por usted.
Cuando confía en el poder de Dios, la victoria divina se vuelve la suya. Manténgase firme en esa verdad, diríjase hacia su campo de batalla y enfrente a sus gigantes con la misma confianza que tuvo David, sabiendo que, con Dios, ¡la batalla ya está ganada! BN