Hundidos en el pecado — y el rescate que Dios ofrece
La guerra, la injusticia, las familias desintegradas y el sufrimiento humano pueden atribuirse a una sola causa principal, una que el mundo moderno rara vez quiere enfrentar: el pecado. Sin embargo, la Biblia revela no solo la profundidad de este problema de la humanidad, sino también el extraordinario camino de Dios que conduce a la libertad definitiva.
En la actualidad, el pecado no es un tema popular. La cultura moderna alienta cada vez más a la gente a vivir según su propia “verdad”, y a dejarse guiar por preferencias personales o expectativas sociales cambiantes. Las normas que antes parecían firmes ahora son inestables, y lo que una generación en un momento condenaba, para otra puede ser digno de celebrarse.
En el discurso público actual, rara vez se usa el término pecado. El comportamiento que antes se consideraba moralmente equivocado ahora se explica como “lucha personal”, “dificultad emocional”, “presión social” y cosas similares. En lugar de hablar de transgresión, la sociedad habla de “errores” o “decisiones personales”. La autoridad moral es definida cada vez más por el individuo y no por el Creador.
Sin embargo, bajo este cambiante panorama moral se esconde una realidad incómoda: al fin y al cabo, gran parte de lo que anda mal en nuestro mundo se debe al pecado.
Considere las condiciones del mundo que nos rodea: las guerras destruyen naciones y desplazan a millones. La corrupción socava gobiernos y erosiona la confianza pública. Las familias se desintegran por los conflictos y la traición. La violencia, explotación e injusticia aparecen en todas las sociedades. Cuando disminuye la certeza moral, prosperan la ansiedad y la inestabilidad.
Y estos efectos se pueden ver en todas partes: hogares deshechos, deshonestidad en todos los niveles de la sociedad, creciente desconfianza entre vecinos y ciclos de violencia que se repiten generación tras generación.
A pesar de los notables avances en ciencia, medicina y tecnología, la humanidad no ha resuelto sus problemas más profundos. La educación y las reformas políticas pueden abordar los síntomas, pero la causa principal permanece.
Estos problemas no son meramente políticos, económicos o psicológicos: son fundamentalmente espirituales.
La Biblia identifica claramente la raíz principal de ellos. Las Escrituras definen el pecado como “infracción de la ley” (1 Juan 3:4) y también explican que “toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17). Esto comienza en la mente (véase Mateo 5:21-22, 27-28; Romanos 7:14; Santiago 1:14-15). En otras palabras, el pecado es todo aquello que se opone a la forma en que Dios nos ordena vivir e incluso pensar.
La ley de Dios expresa su carácter, es decir, lo que es correcto, justo y bueno. Cuando los seres humanos ignoran esta norma, sobreviene el caos. El pecado transgrede la autoridad divina y trastorna el orden establecido por el Creador.
Este no es un problema moderno, sino una antigua condición humana que se remonta al principio del mundo.
La miseria que la humanidad experimenta hoy —conflicto, opresión, corrupción y la muerte misma— tiene su origen en el alejamiento del ser humano de los caminos del Creador. Para comprender cuán profundamente grave es la situación del ser humano y también la esperanza de su resolución, debemos examinar el problema del pecado en toda su plenitud y la asombrosa forma en que Dios lo está resolviendo.
Todo el mundo es culpable ante Dios
Cuando Dios creó seres inteligentes, les dio algo extraordinario: libre albedrío. La obediencia y el amor solo tienen significado cuando se eligen libremente. Sin embargo, el libre albedrío también significaba que los seres creados podían optar por actuar en contra de la voluntad de Dios.
La Biblia revela que el pecado apareció primero entre los ángeles. Uno de ellos, perteneciente al más alto rango, se llenó de orgullo y rebeldía. En lugar de servir bajo la autoridad de Dios, decidió exaltarse por encima de ella.
Isaías registra su ambición: “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono” (Isaías 14:13). Esa rebeldía lo transformó en Satanás, el adversario de Dios.
Más tarde, Jesús lo describió como alguien que “no ha permanecido en la verdad” y que ha buscado la destrucción de otros desde el principio (Juan 8:44). Su rebeldía fue el comienzo de la oposición al gobierno de Dios dentro de la creación.
La humanidad pronto experimentó aquella rebeldía. En el huerto de Edén, Satanás tentó a Eva para que cuestionara el mandato de Dios. En lugar de confiar en la sabiduría del Eterno, ella eligió su propio juicio, y Adán siguió su ejemplo (véase Génesis 3).
Su decisión produjo graves consecuencias. El apóstol Pablo explica el resultado: “. . . como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).
Esto no significa que la humanidad heredó la culpa del pecado de Adán, como algunos creen. Lo que sucedió fue que cuando la humanidad se apartó de Dios y empezó a vivir en un mundo influenciado por Satanás, todos finalmente siguieron el mismo ejemplo de desobediencia. Fíjese nuevamente en esta declaración: “. . . por cuanto todos pecaron”.
La historia confirma este patrón. Generación tras generación se repite el mismo ciclo de orgullo, egoísmo y rebeldía contra los caminos de Dios. Pablo resumió sin ambages la condición humana: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Y de nuevo: “. . . por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 23).
El problema no radica solo en el comportamiento externo, sino en el corazón humano mismo. El profeta Jeremías escribió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Los seres humanos a menudo se engañan a sí mismos sobre sus propios motivos y acciones. Aquello que a nuestra propia mente le parece correcto, en realidad puede contradecir los caminos de Dios.
Y los resultados son visibles en todas partes: el orgullo alimenta los conflictos; la codicia produce explotación; la envidia y la ira conducen a la violencia; el engaño destruye la confianza; las relaciones rotas, la corrupción en el liderazgo y la injusticia dentro de las sociedades reflejan un trastorno moral más profundo.
Estas tendencias dan origen a las guerras, injusticias y sufrimientos que han marcado la historia humana. Pero la Biblia revela un problema aún más grave: el pecado no solo daña relaciones o sociedades, sino que conlleva una pena bien definida. Romanos 6:23 afirma que “la paga del pecado es muerte”.
La muerte no es algo simbólico, sino el resultado merecido por la desobediencia a la ley de Dios. La mortalidad misma es la consecuencia final de la rebeldía contra el Creador.
La ley de Dios revela la incapacidad de los seres humanos para cumplir los requisitos del Eterno, mostrando “que todo el mundo es culpable delante de Dios” (Romanos 3:19, NTV). En efecto, el problema del pecado es universal. Incluye a naciones, sociedades y a cada uno de nosotros personalmente.
Si ese fuera el fin de la historia, el ser humano no tendría esperanza; sin embargo, desde el mismo principio, Dios tenía un plan para rescatar a la humanidad de las consecuencias del pecado.
El costo de la redención
Dios no abandonó al género humano a su suerte. En su amor y misericordia, estableció un plan para salvar a la raza humana de las consecuencias del pecado.
Pero la solución de Dios no podía simplemente pasar por alto el mal. Él es perfectamente justo, y su ley refleja su carácter de justicia.
La Escritura dice que “el Eterno es Dios justo” (Isaías 30:18). De hecho, “todos sus caminos son rectitud. Él es un Dios fiel, en quien no hay iniquidad; es justo y recto” (Deuteronomio 32:4, Reina-Valera 2015). Y la justicia requiere que el mal produzca consecuencias, pues una ley exenta de ellas perdería su autoridad.
Desde el comienzo, Dios anunció claramente este principio y le dijo a Adán que la desobediencia le acarrearía la muerte (Génesis 2:17). Este principio permanece inmutable: “La paga del pecado es muerte”.
Esto creó un profundo dilema: puesto que todos los seres humanos pecan, cada uno de ellos se encuentra bajo sentencia de muerte. Nadie puede pagar la pena por otros, porque todos ya son culpables.
Solo una vida poseía el valor suficiente para redimir al género humano. La Biblia explica que Dios el Padre creó todas las cosas por medio de Aquel llamado “el Verbo” (Juan 1:1-3). Este Ser divino más tarde vino a la Tierra como ser humano en la figura de Jesucristo: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
Jesús vivió una vida completamente libre de pecado. El apóstol Pedro escribió que él “no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22). Debido a que nunca pecó, Cristo no merecía la muerte; sin embargo, voluntariamente entregó su vida como sacrificio por la raza humana. Esto fue una demostración de la perfecta justicia y el inmenso amor de Dios.
Además, hay un profundo significado en el hecho de que Dios aceptara la responsabilidad por las consecuencias de crear criaturas morales con libre albedrío. El pecado no fue culpa de Dios —él es perfectamente justo—, pero la posibilidad del pecado existía porque él le otorgó a su creación libertad de elección.
Mediante el sacrificio de Cristo, Dios mismo cargó con el costo de esa libertad.
El sufrimiento y la muerte de Jesucristo revelan la verdadera gravedad del pecado. Se necesitó nada menos que el sacrificio del Creador para expiar la desobediencia del ser humano. Sin embargo, ese mismo sacrificio revela además la profundidad del amor de Dios, puesto que tanto el Padre como Cristo estuvieron dispuestos a soportar un tormento inimaginable para que el ser humano pudiera ser redimido.
Isaías profetizó sobre esto siglos antes: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5). El perdón mediante el sacrificio de Cristo es, por lo tanto, un regalo que nadie podría jamás merecer. Pero recibir ese regalo conlleva condiciones importantes.
En el día de Pentecostés, el apóstol Pedro explicó lo que Dios requiere: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38).
El arrepentimiento encierra mucho más que remordimiento. Implica un cambio genuino de rumbo, una decisión de dejar de desobedecer a Dios y comenzar a vivir según sus caminos.
Cuando una persona se arrepiente y es bautizada, Dios la perdona completamente y ya no se le toman en cuenta sus pecados pasados. Es reconciliada con Dios y considerada justa mediante el sacrificio de Cristo. Pero ¿qué significa eso para la vida posterior al bautismo?
Lo que sucede después del bautismo
Una vez que somos absueltos, perdonados, considerados justos y sin pecado, ¿se nos otorga acaso licencia para seguir pecando? Pablo pregunta y responde: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera” (Romanos 6:1-2).
El arrepentimiento no es simplemente una reacción emocional momentánea, sino un cambio de vida: dejar de desobedecer a Dios y someter a él su vida en continua obediencia.
Entiéndase también que Jesús no murió para que pudiéramos continuar viviendo como antes. Más bien, nuestro antiguo yo es inmolado en la cruz junto con Cristo: en el bautismo nos consideramos muertos al pecado (Romanos 6:2-6). Como escribió Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gálatas 2:20). Los cristianos son llamados a “andar en vida nueva” (Romanos 6:4).
Pero Dios no nos obliga ni controla, sino que sigue dándonos libre albedrío.
Ese hecho nos deja ante un problema, pues nuestra vieja naturaleza aún no ha sido erradicada de nuestras mentes y vidas carnales, ya que la mente humana e inconversa es hostil a la ley de Dios y no se sujeta a ella (Romanos 8:7). Los cristianos aún pecan (1 Juan 1:8, 10).
Si esto es cierto, ¿cómo puede llevarse a cabo realmente el cambio de vida que Dios requiere?
Poder para vencer mediante el Espíritu Santo
Felizmente, la obra de Dios no termina con el perdón. Si Cristo murió a causa de nuestras transgresiones a la ley de Dios, escaso sentido tendría que él nos perdonara solo para que continuáramos viviendo en desobediencia. Dios no busca simplemente declarar a las personas justas de manera teórica. Su propósito es transformarlas para que realmente se vuelvan justas.
Pablo explica que los creyentes son “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”, pero que son “salvos por su vida” (Romanos 5:10). Cristo no solo murió por la humanidad; vive de nuevo para interceder por nosotros, vivir en nosotros y conducirnos a la salvación definitiva.
Antes de su muerte, Jesús prometió que él y el Padre enviarían el Espíritu Santo a sus seguidores (Juan 15:26; 14:26). Mediante este Espíritu, tanto el Padre como Cristo moran en los creyentes (Juan 14:23).
El Espíritu Santo es el poder, la mente y la vida de Dios obrando en las vidas humanas.
Mediante el Espíritu Santo, los creyentes reciben la capacidad de cambiar verdaderamente. Pablo escribió que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:5). Y el apóstol Juan explica lo que ese amor produce: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos” (1 Juan 5:3). El Espíritu Santo nos capacita para obedecer a Dios y vivir conforme a sus mandamientos.
Es interesante que Dios le dio sus mandamientos al antiguo Israel alrededor de la época de la festividad de finales de primavera, llamada más tarde Pentecostés. Siglos después, fue en esa misma festividad cuando Dios derramó por primera vez el Espíritu Santo a gran escala, dando inicio a la Iglesia del Nuevo Testamento (para más información sobre esta observancia anual, lea “La Fiesta de las Primicias de Dios y su asombrosa lección”, comenzando en la página 12).
Los antiguos israelitas no tenían un corazón dispuesto a seguir las leyes de Dios ni a comprender sus caminos (Deuteronomio 5:29; 29:4). Pero el necesario “espíritu de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7) es dado ahora al pueblo espiritual de Dios.
Sin embargo, la transformación no ocurre de la noche a la mañana.
Incluso el apóstol Pablo describió su permanente lucha, como se relata en Romanos 7. Aunque amaba la ley de Dios, a veces se sorprendía haciendo lo que no quería. Pero también comprendía cuál era la solución, y escribió: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (vv. 24-25). Además, explicó que mediante el Espíritu los creyentes van venciendo gradualmente el pecado (Romanos 8:4-5, 15).
Con el tiempo, quienes son guiados por el Espíritu de Dios crecen y maduran en sus caminos, arrepintiéndose cuando fallan y avanzando en obediencia.
El camino hacia la liberación del pecado para todos los pueblos
La solución de Dios al pecado va mucho más allá del perdón individual de hoy. Bajo el primer pacto con el antiguo Israel, el pueblo prometió obedecer la ley de Dios; pero carecían de la transformación interna, llamada “conversión” en la Biblia, necesaria para cumplir esa promesa de manera constante.
A través del nuevo pacto, que Cristo instituyó con sus discípulos en la noche de la Pascua antes de su muerte (Mateo 26:28), Dios promete algo mayor. Como había profetizado, escribirá sus leyes en los corazones y mentes de su pueblo (Jeremías 31:31-34; Hebreos 8:8-12), dándoles tanto el deseo como el poder de vivir según sus caminos (véase Filipenses 2:13).
Sin embargo, la profecía bíblica del nuevo pacto habla específicamente de una futura relación con la casa de Israel y la casa de Judá. La Iglesia de hoy sirve como precursora en esta relación de alianza. Quienes siguen a Cristo ahora están aprendiendo a vivir según los caminos de Dios como preparación para un futuro mucho más grandioso.
Cuando Jesucristo regrese a gobernar la Tierra, guiará a todas las naciones a aprender los caminos de Dios (véase Isaías 2:1-4). Las personas de todo el orbe tendrán la oportunidad de arrepentirse del pecado, aceptar el sacrificio de Cristo y recibir el poder del Espíritu Santo. El mundo finalmente experimentará la paz y la justicia que han eludido a la civilización humana durante miles de años.
Pero aún así, algunos se negarán a abandonar el pecado. Las Escrituras advierten que quienes persistan en la rebeldía enfrentarán la destrucción final. Pero quienes permanezcan comprometidos a vencer el pecado mediante Cristo experimentarán un futuro extraordinario: vivirán para siempre como miembros de la familia de Dios.
La Biblia promete un tiempo en el cual el sufrimiento, la injusticia y la muerte misma desaparecerán. La humanidad será finalmente liberada del poder destructivo del pecado.
La solución de Dios al problema del pecado es cabal y perfecta. Por el sacrificio de Cristo, el perdón es posible. Por el Espíritu Santo, la transformación comienza. Y a través del Reino de Dios, la oportunidad de redención se extenderá a todos.
Por ahora, la invitación sigue abierta.
¡Cada uno de nosotros debe decidir si seguir el camino que lleva al pecado y la muerte, o emprender el sendero que lleva a la vida y la libertad definitiva en los caminos de Dios para siempre! BN