El triunfo supremo
El terrible sufrimiento y la muerte de Jesucristo no fueron una pérdida ni una derrota para él ni para Dios Padre, ¡sino la victoria definitiva! Los autores bíblicos comparan esta experiencia con la ceremonia del triunfo imperial romano de aquella época, mostrando cuán frívolas son la pompa y la vanagloria del mundo.
A veces se piensa que el sufrimiento y la muerte de Jesucristo fueron una derrota que Dios luego revirtió con su resurrección, pero ese no es el caso: Jesús no fue derrotado en su muerte, ¡sino que triunfó! La resurrección continuó y magnificó su victoria, pero la angustia y la muerte de nuestro Salvador que la precedieron fueron componentes vitales de ella. Esta victoria se produjo exactamente como él y el Padre habían planeado: en el día exacto, Jesús resistiendo el pecado hasta el momento de morir y venciendo al diablo para poder ser el perfecto Cordero sacrificial de Dios que redimiría a la humanidad del pecado y la muerte.
(Asegúrese de leer el editorial “Jesucristo como vencedor, no víctima indefensa”, en la página 3).
Además, vale la pena examinar más de cerca cómo la descripción del sufrimiento y la muerte de Jesús en los Evangelios muestra a los soldados romanos burlándose de Jesús en lo que hoy muchos interpretan como lo opuesto al mayor honor que se otorgaba a los altos generales y, durante el imperio, exclusivamente a los emperadores: el triunfo romano (“triunfo” aquí se refiere a una ceremonia procesional romana específica, y no a una gran victoria o la celebración de ella, según la acepción genérica moderna).
De hecho, aunque los emperadores romanos declaraban su señorío y divinidad de diversas maneras, ninguna era más espectacular y llamativa que el triunfo imperial. Sin embargo, Dios iba a revertir las burlas de los soldados porque, como veremos, el Nuevo Testamento presenta el camino de Jesús hacia su crucifixión como un triunfo mucho más importante que la gloria imperial: ¡la exaltación suprema que avergonzó a los poderes terrenales y a las fuerzas demoniacas que los respaldaban!
El auge del triunfo imperial
El triunfo romano era un multitudinario desfile triunfal en el que se exhibían los botines de la conquista, y constaba de pasos clave que honraban y reconocían la exaltación de la persona homenajeada a la gloria divina o la divinidad. Su origen se remontaba a ceremonias etruscas y griegas antiguas que invocaban la manifestación de Dionisio, el supuesto dios moribundo y resucitado que triunfaba sobre los hombres (un elemento corrupto de la antigua religión falsa que, por medio de la influencia demoniaca, falsificaba la muerte y resurrección profetizadas del verdadero Mesías).
En las ceremonias originales, el rey aparecía disfrazado de Dionisio e iba acompañado de un toro para el sacrificio, que representaba al dios en sus fases de muerte y resurrección. En otras culturas antiguas se celebraban ceremonias similares: en Grecia, Dionisio terminó siendo sustituido por Zeus en su papel de rey de los dioses, mientras que para los romanos se convirtió en Júpiter, su equivalente.
Durante la República romana, el honor triunfal se transfirió a los generales victoriosos. Pero con el comienzo del imperio bajo Augusto, el triunfo se convirtió en un privilegio exclusivo de los emperadores, considerados la encarnación divina de la victoria y el poder romanos. Los triunfos imperiales se conmemoraban a menudo con la construcción de arcos triunfales, y las procesiones pasaban cerca y a través de estos grandes monumentos, algunos de los cuales aún se conservan.
Los detalles del triunfo se han reconstruido a partir de diversos relatos históricos. No siempre eran los mismos, ya que los distintos vencedores (aquellos a quienes se honraba con el triunfo) procuraban enaltecerse a sí mismos y destacar sus logros de maneras únicas. Pero en general había muchos elementos comunes a todos, y encontramos paralelos notables con lo sucedido a Jesús. (Véase “Recursos seleccionados” en la página 8 para más detalles).
Veremos que el camino de Jesús hacia su crucifixión no fue simplemente el de un criminal condenado y arrastrado a la ejecución, sino la procesión de un Rey divino hacia su trono de honor supremo antes de ser recibido en la gloria inmortal.
Paralelos entre los elementos triunfales y los pasos de Jesús hacia la crucifixión
Nos basaremos principalmente en el Evangelio de Marcos. Este, debido a su uso de algunos términos latinos y otras evidencias contextuales, parece haber sido escrito principalmente para un público romano que supuestamente entendía los paralelos con el triunfo imperial. Pero encontramos estos elementos también en otros relatos evangélicos. Por ejemplo, Marcos 15:15 registra que Pilato entregó a Jesús para que fuera azotado y crucificado. A continuación, veamos los paralelos entre el triunfo imperial romano y lo que experimentó Jesús.
1 - Un triunfo comenzaba en los cuarteles militares de Roma con la reunión de la guardia pretoriana, la gran fuerza de élite del emperador.
Marcos 15:16: “Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía”. Era bastante inusual reunir a tantas tropas imperiales para golpear y crucificar a un solo prisionero, aunque tal vez lo hicieron por temor a que se desataran disturbios en toda la ciudad.
2 - Al homenajeado se le vestía con una túnica púrpura y se le colocaba una corona de laurel en la cabeza.
Versículo 17: “Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas . . .”.
En Juan 19 (versículos 2 y 5) también se dice que la túnica era púrpura. Sin embargo, Mateo 27:28 dice que era escarlata. ¿Cuál de las dos era? Las prendas color púrpura eran muy caras y solo podían llevarlas los miembros de la nobleza romana. Por lo tanto, parece más probable que fuera una túnica escarlata, como las que llevaban los oficiales romanos. Algunos han sugerido que se trataba de un tejido mezclado de hilos azules y escarlata que parecía púrpura. Otros sospechan que, en este contexto militar, los soldados utilizaron una túnica escarlata gastada que ahora tenía un color apagado y sucio, más cercano al malva [púrpura pálido, entre violeta y rosado]. Fuera cual fuera el caso, referirse a ella como púrpura tenía como objetivo representarla como una túnica real y que simbolizaba un triunfo.
Con la túnica y la corona de espinas, los soldados pretendían burlarse de Jesús por su supuesta presunción de realeza. Junto con los demás pasos que se dieron, es posible que incluso pretendieran ridiculizarlo llevando a cabo una especie de antitriunfo. Aunque así no haya sido, en la práctica sí lo fue, pero al final los burlados resultaron ser los romanos y su sistema mundano.
3 - Los soldados proclamaban como rey y señor al homenajeado.
Marcos 15:18-19: “. . . comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos! Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias”.
La burla continuó con una falsa reverencia pero, irónicamente, ¡proclamaron lo que era realmente cierto acerca de Jesús! (Más información sobre esta forma de trato en el siguiente elemento).
Juan 19 muestra cómo el gobernador romano Poncio Pilato presentó a Jesús con las burlonas insignias reales y les dijo a los judíos que se habían reunido: “¡He aquí vuestro rey!” (v. 14). Sin embargo, la multitud presente solo reconocía a César como rey (versículo 15). Aun así, Pilato ordenó que el letrero que mostraba la acusación criminal contra Jesús lo identificara como el “REY DE LOS JUDÍOS” (vv. 17-22; Marcos 15:26).
4 - El rostro del líder honrado era pintado de rojo, y los alguaciles romanos se alineaban ante él con sus
uniformes rojos de guerra para la procesión.
La pintura del rostro imitaba la pintura de la estatua de Júpiter en el templo del Capitolio, que se pintaba de rojo en las fiestas romanas para simbolizar la conquista militar. Los “alguaciles” eran oficiales militares que acompañaban al magistrado portando varas que simbolizaban su función de impartir castigos corporales, y se encargaban de azotar a los prisioneros.
Aunque no se menciona específicamente en Marcos y los otros Evangelios, es obvio, por los impactos de varas que acabamos de mencionar y los azotes que sufrió Jesús, que los golpes y laceraciones lo dejaron terriblemente ensangrentado. La corona de espinas incrustada en su cabeza debe haber hecho que la sangre le corriera por toda la cara.
Además, es posible que los soldados que escupían sobre él también escupieran vino, ya que este formaba parte de sus raciones y vemos que se menciona unos versículos más adelante.
Isaías 52:14 había predicho siglos antes que el rostro y toda la apariencia de Jesús quedarían desfigurados, hasta el punto de no parecer humanos. Desde luego, Jesús no estaba fingiendo divinidad con su rostro pintado de rojo: estaba mostrando amor divino permitiendo que lo golpearan y desfiguraran, y derramando su propia sangre por los pecados del mundo.
5 - La procesión, que era encabezada por los oficiales militares y mostraba el botín de la victoria, incluidos los prisioneros encadenados y condenados, comenzaba en la ciudad y se movilizaba a través de ella, a la vista del ejército y la población que se habían reunido para ver y recibir los regalos distribuidos por el líder.
Marcos 15:20: “Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle”.
Jesús fue llevado en procesión por los oficiales militares y los soldados romanos a través de Jerusalén hasta el lugar de la crucifixión. Quitarle la túnica y devolverle sus ropas no formaba parte de la ceremonia del triunfo romano, pero encajaba con la burla y era necesario para el cumplimiento de la profecía de que las vestiduras de Cristo serían repartidas (versículo 24; Mateo 27:35; Juan 19:23-24).
Lucas 23:27 menciona a la muchedumbre de espectadores: “Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él”.
El prisionero encadenado y condenado que desfilaba era el mismo Jesús. Sin embargo, como ya dijimos, no fue capturado, sino que se entregó voluntariamente. Además, esta era verdaderamente su marcha victoriosa como el Triunfador, y por tanto siguió avanzando a fin de completar la misión para la que había venido: ganar la guerra contra Satanás, el pecado y la muerte.
Su disposición a que lo despojaran de las ropas que llevaba simbolizaba la renuncia a todo. El Creador del mundo renunció a su gloria celestial para convertirse en hombre y sufrir una muerte horrenda (Filipenses 2:5-9), y lo hizo por todos nosotros: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
Jesús no arrojó monedas de plata ni baratijas como hacían los emperadores en sus marchas triunfales, pero lo que dio fue mucho más valioso: su propia vida y bienestar, y lo hizo para obsequiarles el perdón, la sanidad, la liberación del pecado y la muerte, y el poder para vivir a su servicio. Jesús, en su victoria duradera, acabaría llevándose consigo a los cautivos del diablo y concediéndoles las bendiciones de lo que significa vivir con el Hijo de Dios: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres”. (Efesios 4:8).
6 - En la procesión se destacaba un animal sacrificial identificado con la persona homenajeada y un hombre que llevaba el
instrumento para efectuar el sacrificio.
Como se mencionó anteriormente, en los orígenes de esta ceremonia la muerte del animal sacrificado representaba la muerte del dios que supuestamente resucitaba a una nueva vida en la persona del líder honrado. Los relieves tallados de los monumentos triunfales de esta época suelen mostrar un toro adornado con una guirnalda para identificarlo con el líder homenajeado, y junto a él a un hombre que lleva un hacha para matar al toro.
Marcos 15:21: “Y [los soldados romanos] obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz”.
En su terrible estado de debilidad, Jesús tropezaba en la procesión, y este hombre, cuyos hijos posiblemente llegaron a ser miembros de la Iglesia y eran conocidos para la audiencia de Marcos, “casualmente” se encontraba allí para ser obligado a realizar este servicio especial. Ello permitió que el sacrificio de Cristo se llevara a cabo según lo previsto, y completó la imagen de un portador oficial del instrumento de muerte en lo que sería un desfile triunfal romano al revés. Y esto nos lleva al siguiente elemento.
7 - Cuando la procesión llegaba a su destino, la colina Capitolina, los prisioneros eran cruelmente ejecutados y la persona homenajeada ascendía al Capitolio, “el lugar de la cabeza”.
Al llegar al punto central del desfile triunfal romano, los prisioneros enemigos de alto rango eran atormentados y asesinados frente a la multitud. El triunfador subía los escalones de la colina Capitolina, el lugar del sacrificio con vista al Foro Romano.
De esta famosa colina, dominada por el Capitolio (el templo del dios romano Júpiter), se deriva la palabra “capital”. El nombre de la colina deriva del latín caput o capita, que se refiere a la cabeza. Según algunos historiadores romanos, en los primeros trabajos de fundación del templo se descubrió una cabeza humana con los rasgos intactos, y ciertos adivinos proclamaron que este lugar donde se encontró la cabeza sería la cabeza de toda Italia.
Marcos 15:22: “Y le llevaron [a Jesús] a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera”. Mateo 27:33 y Juan 19:17 también ofrecen esta traducción. Aquí, la palabra calavera podría denotar la cabeza en general y no solo un cráneo vacío. Algunos piensan que el lugar de la crucifixión de Cristo estaba sobre un acantilado rocoso con características similares a las de un cráneo, mientras que otros creen que el nombre puede aludir al lugar en las afueras de Jerusalén, a la cual David llevó la cabeza de Goliat
(1 Samuel 17:54).
En cualquier caso, no es normal que en los Evangelios se traduzcan los nombres de lugares, por lo que aquí parece haber un énfasis y un significado. Es posible que se estableciera una conexión entre el lugar del sacrificio de Cristo y el lugar del sacrificio y la ceremonia de exaltación del triunfo romano en su “Colina de la Cabeza”, ya fuera intencionalmente por parte de los escritores de los Evangelios o por parte de Dios, quien orquestó estos acontecimientos para demostrar el derrocamiento del poder mundano e inspiró los relatos.
Jesús llegó a este sitio de su crucifixión para dar su vida por los pecados del mundo, ocupando el lugar de los condenados.
8 - Justo antes de que se ejecutara el sacrificio, se le ofrecía vino a la persona homenajeada, quien lo derramaba.
El rechazo y derramamiento del vino en la ceremonia triunfal representaban el sacrificio del gobernante honrado al identificarse con el animal sacrificial que estaba a punto de derramar su sangre vital.
Marcos 15:23: “Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó”. Se dice que este brebaje era costoso y se les daba a los condenados supuestamente para aliviar el dolor. Es posible incluso que esto haya sido dispuesto por Pilato.
Jesús no lo aceptó, pues estaba decidido a experimentar la agonía de su calvario cargando sobre sí los sufrimientos del mundo, y eso avergonzó aún más al triunfo romano. La negativa de Cristo a tomar el vino fue un acto genuino y noble de verdadero sacrificio, en lugar del fingimiento del líder romano de sacrificarse a sí mismo en una ceremonia de autopromoción sin límites en la que realmente no renunciaba a nada.
Más tarde, en sus últimos momentos, después de horas de agonía y con la garganta seca, Jesús recibió una esponja empapada en vinagre para poder pronunciar sus últimas palabras, culminando así el cumplimiento del servicio de la Pascua de ese día (Juan 19:28-30).
9 - Ejecución del sacrificio.
El animal sacrificial era inmolado, lo cual simbolizaba que el líder triunfante moría junto con el dios y resucitaría con él en gloria. También simbolizaba una acción de gracias por las victorias pasadas hasta ese momento, pero también por las victorias futuras y las bendiciones que supuestamente vendrían sobre Roma y su pueblo por medio del gobernante honrado.
Después de hacer referencia al reparto de las vestiduras de Cristo cuando fue crucificado (Marcos 15:24), el versículo siguiente señala: “Era la hora tercera [9 a. m.] cuando le crucificaron”. A medida que continúa el relato, nos enteramos de que Jesús sufrió hasta su misma muerte a la hora novena (3 p. m.), seis horas más tarde. Este prolongado sufrimiento formaba parte de su sacrificio.
El triunfo romano en sí era un acontecimiento que duraba todo el día, pero el sacrificio del toro se realizaba con bastante rapidez, al igual que los sacrificios de animales que Dios estableció en su verdadero sistema de adoración, el mismo que Cristo vino a cumplir.
Cabe destacar que el sufrimiento y la muerte de Jesús no fueron el cumplimiento del triunfo romano, sino que se contraponían a él, anulándolo contundentemente elemento por elemento.
El sacrificio verdadero fue Jesucristo. Damos gracias por la victoria sin igual que nuestro Señor obtuvo por medio de él, por las bendiciones futuras y la gloria venidera que hizo posible, y por todo lo que a él aún le queda por lograr.
10 - El líder, normalmente flanqueado por dos funcionarios, ocupaba una posición visible y prominente en la colina.
Jesús había dicho anteriormente, refiriéndose a sí mismo, que sería “levantado”, aludiendo no a la gloria mundana, sino a su crucifixión (Juan 3:14; 12:32-33). Sin embargo, por medio de ella vendría gran honor y gloria.
Además, en la sociedad antigua, el hecho de estar apostado a la derecha y a la izquierda de una persona elevada indicaba posiciones de gran honor (véase Mateo 20:21, 23). Los historiadores romanos señalan que los emperadores solían estar flanqueados por dos altos funcionarios, llamados cónsules, que supervisaban los asuntos del Estado. Veamos más ejemplos de enaltecimiento en la ceremonia del triunfo.
En un desfile triunfal de Tiberio antes de ser emperador, se sentó junto a su padre adoptivo, Augusto, entre los dos cónsules. Más tarde, en un desfile triunfal del emperador Claudio, este subió los escalones del Capitolio de rodillas, mientras sus dos yernos lo sostenían por ambos lados. Posteriormente, Vespasiano celebró su triunfo junto a sus hijos Tito y Domiciano.
Marcos 15, después de mencionar la inscripción acusatoria “EL REY DE LOS JUDÍOS” (v. 26), afirma: “Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos” (vv. 27-28).
Tal vez los soldados planificaron la disposición de las cruces para continuar con la burla o incluso para mofarse de la nación judía, mostrando así que Jesús, su supuesto rey, no había gobernado nada, y que sus representantes eran dos criminales moribundos e impotentes. Su pueblo, tristemente, se dedicó a burlarse de él y a insultarlo (Marcos 15:29-32).
11 - El pueblo esperaba una señal de los dioses.
Los romanos eran muy supersticiosos. Los adivinos oficiales discernían la aprobación o desaprobación de los dioses mediante la observación de los fenómenos naturales, que interpretaban como señales o presagios.
Examinaban las vísceras de los sacrificios en busca de simetría o deformidades. Observaban cosas como relámpagos, truenos y el vuelo y canto de los pájaros. En menor medida, prestaban atención a cosas como la aparición de animales sagrados para determinados dioses, e incluso los derrames, estornudos y tropiezos. Por supuesto, ¡nunca hubo señales comparables a los asombrosos milagros que llevó a cabo Jesús!
Versículo 33: “Cuando vino la hora sexta [12 del mediodía], hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena [3 de la tarde]”, es decir, durante tres horas.
Luego, los momentos finales. Versículos 37-38: “Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”. Mateo 27:51-52 añade que la Tierra tembló, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron.
¡Estas fueron señales milagrosas y grandiosas del Dios verdadero!
12 - En la culminación de la ceremonia triunfal, se declaraba divino al que estaba siendo honrado.
El paso final del triunfo era la declaración del gobernante como divino, es decir, un dios. Se unía así a los emperadores paganos del pasado antiguo, supuestamente como una manifestación del dios en la Tierra. Los emperadores romanos eran considerados encarnaciones divinas del Estado romano deificado y la gente les quemaba incienso como acto de adoración, algo que los cristianos no podían hacer.
Se suponía que, al morir, los emperadores ascendían a la divinidad plena. El techo del Arco de Tito en Roma muestra al emperador deificado siendo llevado al cielo por un águila gigante, lo que simboliza su apoteosis o conversión en dios.
Observe lo que exclamó un oficial militar romano al final del sufrimiento y la muerte de Jesús en el Gólgota después de presenciar todo lo que él pasó, su compostura, su petición de que Dios perdonara a quienes lo mataron y las señales trascendentales que se produjeron.
Marcos 15:39: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.
Esta es la declaración culminante del libro de Marcos. Él comienza su relato en el capítulo 1 presentando “el evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Y ahora, al final, este oficial militar declara que sí, ¡que Cristo realmente era el Hijo de Dios! Esta profunda deducción del centurión fue un resumen del antitriunfo descrito en los relatos de la muerte de Jesús.
Muy por encima de su anterior entrada triunfal en Jerusalén, este fue su verdadero triunfo: avanzar victorioso hacia la muerte y luego hacia la eternidad. Ninguno de los generales y emperadores que proclamaban sus grandes triunfos fue recibido en la gloria inmortal, pero Jesucristo sí. Él resucitó, realmente ascendió a lo alto y hoy mora con el Padre en el cielo, desde donde un día regresará para gobernar sobre todas las naciones.
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Vencer para cambiar el orden mundial
Sin embargo, reiteramos, es importante reconocer que la muerte de Jesús fue en sí misma una gran victoria. Jesús no vino a llevar una vida de autopreservación, sino que vino a morir. Esa era su misión (una vez más, le sugerimos leer el editorial de la página 3).
Jesús se sacrificó “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).
En su sufrimiento y muerte, Jesús se burló completamente del enemigo. Los soldados romanos se mofaron de él con una falsa coronación, ropajes supuestamente reales y fingiendo que lo adoraban mientras lo golpeaban y atormentaban. Pero sin duda no fueron solo ellos: estaban siendo incitados por fuerzas espirituales malignas, espíritus demoniacos del diablo. La Biblia nos dice que ellos son los poderes detrás de los gobiernos mundanos y las religiones falsas.
Al final, sin embargo, todo se dio vuelta: Satanás y sus demonios, los verdaderos poderes detrás del Estado romano y su triunfo pagano, fueron vencidos y ridiculizados. El apóstol Pablo se refiere a esto después de explicar que, con su muerte, Jesús clavó nuestro historial de culpa en su cruz: “. . . y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15, énfasis nuestro en todo este artículo). Aquí tenemos una prueba fehaciente del triunfo inverso ideado por Dios.
Se debe considerar que lo mismo ocurrió cuando Dios instituyó la Pascua para los israelitas en el antiguo Egipto. En aquel entonces, las plagas y acciones de Dios para liberar a su pueblo trastornaron la religión egipcia y mostraron la impotencia de sus dioses inspirados por demonios. Como él había declarado: “. . . ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto” (Éxodo 12:12; compárese con Números 33:4). Al enterarse de lo sucedido, el suegro de Moisés, Jetro, comentó: “Ahora conozco que el Eterno es más grande que todos los dioses; porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció contra ellos” (Éxodo 18:11).
Y más tarde, cuando Cristo vino en cumplimiento de la Pascua, ocurrió lo mismo. Dios, por medio de su Hijo, dio un vuelco al culto romano inspirado por los demonios y se burló de su triunfo pagano y vanidoso mediante el triunfo sublime de Jesús, que permaneció fiel y murió tal y como estaba previsto.
Somos llevados triunfalmente en el desfile victorioso de Cristo
Él liberó a los que estaban atados bajo el diablo llevando cautiva la cautividad, como vimos en Efesios 4:8. Y nosotros somos parte de su procesión triunfal, pues hemos sido conquistados por él: nuestro ser anterior ha muerto, pero seguimos libres y vivos en él. Como escribe Pablo en 2 Corintios 2:14: “Así que, ¡gracias a Dios!, quien nos ha hecho sus cautivos y siempre nos lleva en triunfo en el desfile victorioso de Cristo. Ahora nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragante perfume [esto se refiere a las costosas nubes de incienso y perfumes en las procesiones triunfales romanas]” (NTV).
Es importante observar que Cristo nos guía en su victoria, para que seamos sus representantes y vivamos nosotros mismos en triunfo.
Jesús no logró este triunfo acumulando poder y majestad para sí mismo, sino dando su vida en amor y sacrificio por los demás. Y él nos guía de la misma manera, dirigiéndonos no a la autopromoción, sino a entregar nuestras vidas al servicio de él y de los demás como el camino hacia la verdadera victoria y gloria.
El triunfo definitivo de Jesús es la base de nuestra propia paz y éxito. Como él dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
Su victoria infunde poder a nuestra victoria. Juan escribió: “Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido [a los espíritus malignos y a los falsos maestros]; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
Y así podemos decir con Pablo: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).
La victoria es segura y Jesús ha triunfado: en la muerte, en la resurrección, al liberarnos, al vivir en nosotros y al volver para reinar y enseguida desterrar a Satanás, acabar con la tiranía y salvar al mundo en general. ¡Qué triunfo tan impresionante es todo esto! ¡Vivamos en el verdadero Evangelio de Jesucristo, y sigámoslo triunfalmente hacia la gloria sin fin! BN