Jesucristo como vencedor, no víctima indefensa
Editorial
En esta época del año reflexionamos sobre los acontecimientos que cambiaron el mundo hace casi 2000 años: el sufrimiento y la muerte de Jesús de Nazaret durante la Fiesta de la Pascua, seguidos de su resurrección y ascenso al cielo. Los líderes religiosos judíos, después de acusarlo de blasfemo, presionaron al Estado romano para que lo condenara como un criminal insurrecto, lo que le significó soportar golpizas, azotes y, por último, la crucifixión.
Solo días antes, las multitudes judías habían celebrado lo que a menudo se conoce como su entrada triunfal en Jerusalén, y lo habían aclamado como el descendiente de David que los salvaría: el Mesías o Cristo. Esperaban a un líder militar que derrocara a los ocupantes romanos y se sentara en el trono de David como rey conquistador, gobernando a todas las naciones; pero sus esperanzas se habían desvanecido. ¿Cómo podía ser el Mesías este hombre que había muerto tras una ignominiosa derrota y una humillación total a manos de los romanos?
Este hecho vergonzoso y atroz hizo muy difícil para muchos judíos aceptar a Jesús como el Mesías, incluso después de que se difundiera la noticia de su resurrección: la mayoría se negó a creer. Asimismo, para el mundo grecorromano, la idea de que un criminal crucificado de alguna manera fuera el Señor divino al que debían adorar y seguir resultaba absurda y escandalosa. Como declaró más tarde el apóstol Pablo, “pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (1 Corintios 1:23).
Pero Dios a menudo actúa de manera muy distinta a lo que la gente espera: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios . . . Pues . . . agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:18, 21).
Lo que a las personas les costaba comprender era que la crucifixión y muerte de Jesús no constituían en absoluto una derrota. Al contrario, Jesús les había dicho a sus discípulos respecto a entregar su vida en sacrificio: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:18). Su misión era venir a sufrir y morir, y cumplirla como lo hizo fue una victoria total.
En efecto, él impulsó los acontecimientos para que sucedieran tal como ocurrieron. No fue una víctima pasiva, sino que procuraba que los eventos siguieran adelante. Hubo ocasiones en que Jesús pudo haber sido liberado, como cuando los falsos testigos no concordaban. Pero él se aseguró de no ser liberado, y pronunció las palabras que enfurecieron a los líderes para que lo ejecutaran. O se abstuvo de hablar cuando podría haber evitado la crucifixión, como cuando compareció ante Pilato.
Quienes mataron a Jesús no tenían el control. Él tenía el control, en cada paso del camino. Su vida no le fue arrebatada: él la entregó. Y al hacerlo se convirtió en el vencedor, junto con su Padre, quien orquestó lo sucedido para cumplir su plan. Los escritores de los Evangelios relataron los detalles, pero no los inventaron, y dan testimonio de que Dios obraba magistralmente tras bastidores.
Los líderes judíos y el Estado romano no ganaron con la muerte de Cristo: el vencedor fue él. Satanás no ganó: quien venció fue Cristo. Satanás procuró tentarlo para que abandonara su misión, para que huyera y desamparara a la humanidad. ¡Pero Jesús no iba a fracasar! Tuvo éxito y le dijo a Satanás, por medio de Judas, que llevara a cabo rápidamente su traición. Había venido a la Tierra para morir en el día de la Pascua como el verdadero sacrificio del Cordero pascual, y eso fue exactamente lo que hizo. Soportó un sufrimiento terrible hasta el momento mismo de su muerte, sin ceder jamás al pecado. Y esa es verdaderamente la victoria suprema, el triunfo culminante.
Nuestro artículo de portada en esta edición, “El triunfo supremo”, recorre el camino de Jesús hacia su ejecución comparándolo con el más alto honor y glorificación que se celebraba en el Imperio romano: el triunfo romano, una procesión de victoria destinada a elevar al homenajeado a la gloria real y divina. Ciertas similitudes entre ambos muestran que Jesús es el verdadero y más grande vencedor, y que dejó en vergüenza a los megalómanos césares terrenales y a las fuerzas demoniacas que los impulsaban. Y en la victoria de Jesús está nuestra victoria. Tampoco nosotros somos víctimas indefensas de las circunstancias, si es él quien dirige nuestra vida.
Además, profundizamos en las fiestas bíblicas de primavera, la Pascua y los Días de Panes sin Levadura, que no son solo observancias judías, sino celebraciones cristianas de la obra redentora y liberadora de Jesucristo. El mundo cristiano tradicional ha suplantado estas fiestas con la tradición de la Pascua Florida, enraizada en la adoración pagana y la falsedad. Es importante que regresemos a lo que Dios enseña en su Palabra. En esta misma línea, se nos anima a eliminar el pecado y la hipocresía de nuestras vidas, adoptando en su lugar la sinceridad y la verdad según Dios.
También examinamos el actual debate en el mundo cristiano tradicional sobre el tema del fuego eterno del infierno, y analizamos lo que la Biblia realmente dice.
Sobre todo, damos una mirada a la obra de Dios a través de Jesucristo: en lo que ha hecho para asegurar nuestra redención, en lo que continúa haciendo al guiarnos para ser como él, y en lo que aún hará al transformarnos en gloria para ser parte de su magnífico gobierno venidero sobre el mundo. Jesús es el Señor poderoso que reina en victoria. ¡Acepte hoy mismo su reinado y su triunfo en su vida! BN
Tom Robinson, Editor en jefe