Deje de fingir

Elimine la hipocresía
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Fingir una actitud puede hacernos quedar bien con otras personas por algún tiempo. Pero, en un contexto global, estamos ante el Dios que odia las mentiras, y él quiere que vivamos con toda sinceridad.


 

Mientras crecía en un hogar cristiano, me enteraba de los escándalos protagonizados por famosos líderes religiosos que quedaban al descubierto por pecados terribles, a veces, ¡los mismos que estos predicadores habían condenado públicamente! Es innegable que estos ejemplos de abierta hipocresía causan un gran daño, pues impactan nocivamente a la gente respecto a la religión que esas personas profesan.

Las noticias sobre esa hipocresía tan descarada me causaban sorpresa, disgusto y repulsión. Pensaba: “¡Lo último que quisiera es ser un hipócrita!”. Pero, mirando hacia atrás, me avergüenza que, de adolescente, no reconociera mi propia hipocresía haciendo cosas que sabía eran inapropiadas para un cristiano. Poco después, en la universidad, tuve un despertar durante una discusión con mi mejor amigo. Él decía que no creía en Dios, y yo, indignado, intentaba convencerlo de que eso era incorrecto y necio. Ante esto, él señaló: “Don, no parece haber ninguna diferencia. Tú y yo vivimos nuestras vidas haciendo las mismas cosas”. 

Su comentario fue un duro golpe. ¡Me di cuenta de que vivía como un hipócrita!, y eso me impactó profundamente. Más tarde comprendí que esa fue la forma en que Dios intervino en mi vida para guiarme a ser un seguidor sincero y devoto de Jesucristo (véase Juan 6:44, 65). Poco después de ese incidente, decidí esforzarme sinceramente por vivir el resto de mi vida como un verdadero cristiano. Indudablemente, aquel fue un punto de inflexión.

De hecho, todos tenemos que examinarnos continuamente para asegurarnos de que la hipocresía no se inmiscuya en nuestras vidas de alguna manera. Tenemos que comprender esta tendencia de nuestra naturaleza humana corrupta, reconocer por qué es mala y seguir resistiéndola para eliminarla de nosotros.

Una máscara de engaño condenada en las Escrituras

La hipocresía consiste en que una persona proyecta cierta moralidad o código de conducta, mientras que en realidad la ignora o pisotea. La palabra en sí proviene de la terminología griega utilizada en el Nuevo Testamento: “hipocresía” se refería originalmente a actuar en una obra
de teatro, e “hipócrita” era el actor que interpretaba un papel. El significado original era, literalmente, actuar encubiertamente, es decir, detrás de la cobertura de una máscara, de las que se usaban en el teatro griego. Cuando se utilizó por primera vez no significaba algo malo, pero con el tiempo se convirtió en una metáfora de aparentar lo que uno no es, en un sentido negativo, refiriéndose a la simulación y al engaño.

Vemos conceptos similares en el hecho de mostrar una cara o apariencia falsa, es decir, ser hipócrita y crear una fachada para los demás que oculta el verdadero carácter y los motivos personales. Esto también se denomina duplicidad, doble discurso, o tener una agenda oculta. Lo vemos además cuando alguien aplica un doble estándar para juzgar a las personas, a menudo eximiéndose de culpa y también a sus allegados.

La hipocresía es pecaminosa, ya que es una forma de mentir, de ser deshonesto y engañar con palabras y acciones. La ley de Dios prohíbe dar falso testimonio, así como actuar con falsedad y mentir a los demás (Éxodo 20:16; Levítico 19:11). De hecho, ¡Dios odia la mentira! Proverbios 6:16-19 dice que entre las siete cosas que Dios odia se encuentran “la lengua mentirosa” y “el testigo falso que respira mentiras” (NTV).

Las personas mienten con sus palabras y sus acciones. Y cuando las palabras y las acciones no coinciden, el resultado es insinceridad e hipocresía. A menudo las personas “hablan mucho”, pero “no actúan en consecuencia”. Proclaman una cosa, pero “no practican lo que predican”. Una persona puede actuar como si fuera amiga de otra, mientras planea “apuñalarla por la espalda”. Hubo personas que le dijeron palabras halagadoras a Jesús mientras tramaban matarlo.

La hipocresía a veces es irónicamente cómica, como cuando Jesús se refirió a una persona que hacía notar la astilla en el ojo de otra, mientras tenía una viga en el propio, o a los falsos maestros como “guías ciegos” que llevaban a otros al abismo (Mateo 7:3-5; 15:14). Sin embargo, como pecado, la hipocresía es un asunto muy grave. De hecho, durante el ministerio de Jesucristo, su mayor muestra de ira estuvo dirigida a la hipocresía religiosa que afectaba grandemente a la sociedad de aquella época.

Él condenó las obras de caridad, las oraciones y los ayunos que se hacían para aparentar (Mateo 6:1-8, 16-18), y reprendió a los líderes religiosos en Mateo 23. Lea ese capítulo para entender bien las muchas formas y efectos de la hipocresía que prevalecían entonces, en particular el hecho de que estos líderes imponían innumerables reglas y tradiciones al pueblo, mientras ellos mismos se eximían de cumplirlas, a menos que fuera para ser vistos y admirados como justos. 

Eran meticulosos con procedimientos menores que requerían mucho tiempo, mientras descuidaban “la justicia, la misericordia y la fe” (vv. 23-24). Estaban obsesionados con su apariencia y se esforzaban por parecer santos, pero Jesús los comparó con “sepulcros blanqueados”, que por fuera parecían buenos, pero por dentro estaban llenos de inmundicia y podredumbre (versículo 27). Jesús resumió la condición de estos líderes y de la nación en general en Marcos 7:6: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí”.

La Biblia nos advierte que nunca debemos añadir ni quitar nada a la revelación de Dios a la humanidad (Deuteronomio 4:2; 12:32; Apocalipsis 22:18-19). No es de extrañarse, entonces, que Jesús se enfureciera por la forma en que los dominantes líderes religiosos —especialmente los hipócritas fariseos y saduceos— habían violado ese principio de innumerables maneras, incluso sustituyendo los mandamientos de Dios por sus tradiciones (véase Marcos 7:9). Se valían de sus puestos de autoridad para fomentar su religión legalista y falsa, mientras se exaltaban a sí mismos con santurronería. Eso confundía y desanimaba al pueblo, ya que tal actitud daba una mala impresión general de la verdadera religión de Dios.

Debido a que los fariseos eran los culpables de hipocresía más notorios en el legalismo generalizado, el idioma español ha adoptado el sustantivo “fariseísmo” y el adjetivo “farisaico” para describir la hipocresía religiosa.

Un problema con el que todos debemos lidiar

Sin embargo, la hipocresía no es solo un problema de los falsos maestros religiosos o de las personas “malas”. Debido al orgullo y el egoísmo de la naturaleza humana, todos, a veces, nos vemos tentados a ser hipócritas. En una ocasión, ¡incluso el apóstol Pedro actuó de forma hipócrita, influyendo en Bernabé y en otros judíos presentes para que siguieran su ejemplo! ¡El apóstol Pablo tuvo que reprenderlos abiertamente! (Véase Gálatas 2:11-14).

Todos debemos enfocarnos en agradar a Dios y no en impresionar a las personas. Jesús elogió una actitud carente de engaño y falsedad (Juan 1:47).

Muchas personas ponen deliberadamente una cara falsa ante los demás, sea o no que estén pensando en la palabra “hipócrita”. Pueden hacerlo para quedar bien, ganarse favores, ganar más dinero, engañar, robar, cometer un delito, seducir a alguien, escapar de un castigo, etc. Quizá ni siquiera tengan una mala intención manifiesta. Tal vez sea solo para causar una buena impresión o mantener una buena reputación, o para evitar la vergüenza u otras consecuencias, lo cual puede parecer muy fácil y natural.

Esto ilustra la verdad de Jeremías 17:9: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Reina-Valera 1995, énfasis nuestro en todo este artículo). Debido a que nuestros corazones son tan engañosos, ¡es difícil comprendernos a nosotros mismos! Tendemos a ser miopes y ciegos ante nuestras faltas y pecados personales.

Hay un dicho famoso que dice: “¡Ah, si nos fuera dado el poder de vernos como nos ven los demás!”. Sin embargo, más importante aún es el don de vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Jeremías 10:23 dice: “Conozco, oh Eterno, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos”. Proverbios 16:25 dice: “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte”.

Dado que las personas tienden a ser espiritualmente ciegas, debemos pedirle regularmente a Dios que nos muestre un espejo espiritual para que podamos vernos verdaderamente a nosotros mismos. En Salmos 139:23-24 leemos: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. 

Cuando nos damos cuenta de que hemos sido hipócritas, debemos sentirnos culpables y avergonzados. De lo contrario, es una señal de peligro de que nuestra conciencia no funciona bien. Pablo lo expresó como “la hipocresía de mentirosos que [tienen] cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2). 

Las personas pueden sentirse justificadas porque tienen una idea falsa de la justicia de Dios. Su idea se ilustra con la imagen de “la dama de la justicia”, que tiene los ojos vendados y sostiene una balanza. Razonan que, si sus buenas obras superan a sus malas acciones, Dios debe estar complacido con ellos. Por ejemplo, una persona puede mentir y engañar a los demás, pero como sirve en su iglesia y hace generosas donaciones, cree que es “un buen cristiano”. ¡Hacer el bien no cubre el mal!

¡Tengamos en cuenta que no podemos engañar a Dios! Él conoce cada una de nuestras acciones, palabras, e incluso nuestros pensamientos.

Tomar el nombre de Dios en vano

El tercero de los Diez Mandamientos, no tomar el nombre de Dios en vano, no se entiende del todo: no prohíbe únicamente pronunciar el nombre de Dios de forma irrespetuosa, sino que su verdadero sentido es que no “llevemos” el nombre de Dios ni nos identifiquemos como personas que lo siguen mientras hacemos o defendemos lo que él detesta. En otras palabras, debemos tener mucho cuidado de no manchar el nombre y la identidad de Dios con nuestras palabras y acciones.

Por ejemplo, hacer algo malo mientras se ostenta la reputación de “cristiano” obviamente da a la gente una mala impresión del cristianismo. Un triste ejemplo de esto es la escandalosa conducta de algunos evangelistas “cristianos”.

¿No es obvio que tal hipocresía por parte de los supuestos “hijos de Dios” deshonra a Dios y sus enseñanzas? Por eso es tan importante el tercer mandamiento. ¡La hipocresía de identificarse con Dios mientras se hace el mal es un gran pecado! Causa un daño espiritual mucho mayor que si la acción pecaminosa la comete alguien que no tiene ninguna relación con Dios.

En Romanos 2, Pablo advirtió al pueblo judío, que supuestamente representaba a Dios, que no diera mal ejemplo: “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras?  . . . Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles [otras naciones] por causa de vosotros” (vv. 21-24). Dios quiere una obediencia sincera que salga del corazón, “la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (v. 29).

La levadura de la hipocresía

Como dijimos, los fariseos y otros líderes religiosos de la época de Jesús eran extremadamente hipócritas. Amaban su poder religioso y político, sus puestos, preeminencia y privilegios. Se gloriaban en sus títulos y en su dominio sobre el pueblo. Temían y odiaban a Jesús porque veían cómo su influencia exponía cada vez más su hipocresía y falta de legitimidad.

En la época del ministerio de Jesús, este fariseísmo hipócrita y maligno había infectado y contaminado profundamente a gran parte de la población de entonces. Sin embargo, ¡Jesucristo vino a la Tierra para comenzar a enderezar la situación!

Jesús advirtió a sus propios discípulos: “Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (Mateo 16:6). Aunque al principio se confundieron, pronto se dieron cuenta de que se refería a la doctrina o las enseñanzas de estos grupos (versículo 12). Además, afirmó que “la levadura de los fariseos  . . . es la hipocresía” (Lucas 12:1).

¿Qué es la “levadura”? Es una sustancia que se añade a la masa del pan para que suba durante el horneado, es decir, para que se expanda y se vuelva más blanda. En aquella época, el agente leudante era la levadura, que desprende burbujas al fermentar en la masa del pan; se añadía un trozo de masa fermentada de un horneado anterior.

Una característica importante de la fermentación con levadura es que se extiende rápidamente por toda la masa tibia. No se permitía la levadura en las ofrendas de grano quemadas en el altar de Dios ni en la fiesta bíblica de los Panes sin Levadura que seguía a la Pascua (Levítico 2:11; Éxodo 12:15-19), ya que la fermentación que se producía en esos contextos simbolizaba la corrupción y el pecado. Esta es una buena representación de la naturaleza altamente contagiosa de la hipocresía y las falsas enseñanzas y conductas. Tales influencias y sus efectos se propagaban fácilmente e infectaban a otros.

Podemos ver, entonces, por qué Jesús comparó las enseñanzas y acciones hipócritas de los fariseos y otras sectas religiosas con la levadura. Muchas de sus enseñanzas eran solo “palabras vacías” que no se basaban en la trascendental verdad de la revelación de Dios en las Escrituras, al igual que un pan no tiene tanta masa como parece tener.

En el contexto de la Fiesta de los Panes sin Levadura, Pablo condenó a los creyentes cristianos que estaban “envanecidos” de orgullo, tal como el pan que se infla (1 Corintios 4:18-19; 5:2, 6-8). En Gálatas 5, Pablo advierte sobre las falsas enseñanzas que circulaban y las compara con la levadura, señalando que “un poco de levadura leuda toda la masa” (v. 9). Lo mismo dice en 1 Corintios 5:6 sobre la tolerancia de pecados flagrantes en la Iglesia. Todos estos pasajes de las Escrituras son advertencias importantes para el pueblo de Dios en la actualidad.

Fuera lo malo, bienvenido lo bueno

La Biblia revela el hermoso plan de Dios para transformar a los seres humanos de pecadores e hipócritas a santos perdonados y humildes. El proceso de conversión de Dios comienza cuando él elige y atrae a alguien para que sea un verdadero seguidor y discípulo (Juan 6:44, 65). El apóstol Pedro dijo: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19). El mismo apóstol explicó lo que debe hacer una persona para ser perdonada: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

Entonces, los seguidores de Cristo, llamados “santos” porque han sido santificados o apartados para Dios, deben vivir fielmente como hijos obedientes de Dios hasta el final de sus vidas para recibir la recompensa de la vida eterna en su Reino. Jesús dijo: “Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13).

Por supuesto, nadie se vuelve perfecto de inmediato, sino que debe vivir una vida de crecimiento y superación del pecado. De hecho, cabe señalar que todos los cristianos podrían ser acusados de hipócritas, ya que no viven de acuerdo con lo que profesan. Incluso el apóstol Pablo habló de su continua lucha contra el pecado en su vida (véase Romanos 7). Pero hay una gran diferencia entre esforzarse por obedecer a Dios y fracasar, y simplemente fingir obedecer a Dios sin la intención genuina de hacerlo. Aquellos que continúan tratando de seguir a Dios, pero tropiezan y se arrepienten constantemente, no deben ser considerados hipócritas, aunque a veces puedan caer en la hipocresía. 

El plan de Dios para salvar a la humanidad se describe en sus siete fiestas anuales mencionadas en Levítico 23. Estas comienzan con la Pascua y los Días de los Panes sin Levadura (que Pablo animó a los cristianos a observar en 1 Corintios 5:7-8), con el simbolismo de Cristo como nuestra Pascua y el pan leudado que significa el pecado durante esa semana. (Asegúrese de leer “La alternativa bíblica a la Pascua Florida”, a partir de la página 11).

Pero Pablo enfatizó que nuestra observancia física de sacar la levadura debe ir acompañada de lo más importante: eliminar la malicia y la maldad pecaminosas, incluida la hipocresía, mientras se toman los “panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (v. 8). Fíjese de nuevo en “de sinceridad y de verdad”, exactamente lo contrario de la hipocresía. Y este pan es una representación de la aceptación del mismo Cristo, el verdadero Pan de Vida (Juan 6:32-51), en quien no había ni hay pecado.

La vacuidad del orgullo, el engreimiento y la hipocresía de nuestra naturaleza humana deben ser reemplazados por la naturaleza de Jesucristo: nuestro viejo ‘yo’ muere con él para que podamos resucitar con él a una nueva vida (véase Romanos 6).

Lo que Dios deploraba de su antiguo pueblo es válido para todas las personas que están al margen de su ayuda espiritual: “Porque mi pueblo es necio . . . sabios para hacer el mal, pero hacer el bien no supieron” (Jeremías 4:22).

Es indudable que quienes se valen del engaño y la hipocresía para obtener las cosas que desean necesitan tener cierta sabiduría. El apóstol Santiago la llama “sabiduría . . . terrenal, animal, diabólica”, un camino de egoísmo y mentiras jactanciosas contra la verdad que conduce a “perturbación y toda obra perversa” (Santiago 3:15-16). ¡Pero aquellos que continúan buscando este tipo de sabiduría no heredarán la vida eterna!

Por el contrario, él los insta a buscar “la sabia mansedumbre” (v. 13), es decir, la verdadera sabiduría de Dios: “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (v. 17).

Si queremos agradar a Dios, debemos dejar de fingir y en vez ser auténticos. ¡Elimine la levadura de la hipocresía y todos los pecados y, en cambio, busque y practique la auténtica sabiduría celestial! Esta solo es posible a través de Cristo, “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30). Solo por medio de él hay sinceridad y verdad. BN

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Donald Hooser

Ministro y escritor de diversas publicaciones de la Iglesia de Dios Unida. Junto con su esposa Elsie vive en McKinney Texas, un suburbio de Dallas. Elsie proviene de Detroit, Michigan. Juntos, criaron tres hijos: Amy, Randy y Danny. El Sr. hooser se graduó el 1963 de la Universidad Metodista Sureña con un título en ingeniería mecánica, y se graduó een 1966 del Colegio Ambassador. Don y Elsie contrajeron matrimonio dos días después de la graduación de Don. Desde 1966, Don ha servido en las congregaciones de Ohi, Nebraska, Oklahoma, Texas y Washington.