El fuego eterno del infierno

Un tema siempre candente
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El abandono del concepto tradicional del infierno por parte de algunos evangélicos, que ahora creen en la destrucción total de los malvados, está causando revuelo. ¿Qué enseña realmente la Biblia?


 

¿Cuál será el destino de aquellos que finalmente rechacen a Dios e insistan en no arrepentirse de sus pecados? El concepto tradicional de la mayor parte del cristianismo es que arderán eternamente en el fuego del infierno. Muchos de los que se sienten incómodos con esa idea por considerarla incompatible con el amor y la misericordia de Dios, han adoptado otras ideas. Algunos piensan que quemarse en el infierno es solo una expresión simbólica para referirse al sufrimiento en esta vida. Otros se inclinan por la idea de la salvación universal según la cual, finalmente, todos se salvarán y nadie se perderá. Sin embargo, eso no es lo que dice la Biblia. Y por supuesto, lo que necesitamos saber y comprender es lo que ella dice.

Los creyentes cristianos generalmente reconocen que Dios juzgará a los vivos y a los muertos, que cada persona dará cuenta ante Jesucristo, y que rechazar a Dios tiene consecuencias desastrosas. Lo cierto es que las Escrituras hablan del fuego del infierno como una advertencia seria, no como una metáfora que se pueda ignorar. Es más, no hay duda de que habrá un juicio. La pregunta que se nos plantea es cómo describen las Escrituras el resultado final de ese juicio.

En los últimos meses, ha resurgido la atención sobre este tema tras la publicación de un video del famoso actor y ahora maestro evangélico Kirk Cameron, en el que plantea una pregunta con la que muchos creyentes batallan en silencio, pero que rara vez expresan: “¿Estamos equivocados acerca del infierno?”. Como él mismo pregunta, ¿qué dice realmente la Biblia que les sucede a los malvados al final? ¿Permanecerán para siempre en un tormento consciente, o describe la Escritura un final diferente, uno que culmina en una destrucción absoluta que la Biblia llama “la muerte segunda”?

Cameron sorprendió a muchos maestros evangélicos al tomar partido por lo que a menudo se denomina inmortalidad condicional o condicionalismo (contrario al alma inmortal, postula que la vida eterna es solo para los salvos) y aniquilacionismo, la creencia en la destrucción absoluta de los impenitentes.

Las fuertes reacciones a los comentarios de Cameron y la receptividad de la gente hacia ellos revelan lo profundamente arraigadas que están las suposiciones sobre el infierno en el pensamiento religioso dominante. Algunos acogieron con satisfacción el debate; otros temieron que el cuestionamiento a los postulados tradicionales pudiera amenazar la doctrina fundamental, especialmente ahora que la enseñanza del condicionalismo está ganando terreno entre los evangélicos. Sin embargo, la pregunta en sí no es nueva, ni frívola. Es una pregunta sobre lo que realmente dice la Biblia al respecto y, más ampliamente, sobre la naturaleza de Dios.

Vida eterna versus destrucción por fuego

La Biblia consistentemente se refiere a la vida eterna como un regalo, no como algo merecido. Pablo escribe claramente: “La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Se contrastan dos resultados: la muerte y la vida, no dos formas diferentes de existencia inmortal.

Ezequiel 18 registra lo que Dios sentenció: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Jesús advirtió que Dios es capaz de “destruir el cuerpo y el alma en la gehena” (Mateo 10:28, La Palabra, BLP-España). Aquí, el término gehena, a veces traducido como “infierno”, se refiere al valle de Hinom, un lugar en las afueras de Jerusalén donde se quemaban los desechos. La destrucción definitiva tanto del cuerpo como del alma (o de la existencia consciente) no significa una angustia interminable, sino una extinción permanente.

A lo largo del Antiguo Testamento, el destino de los malvados se describe con sorprendente coherencia. “Mas los impíos perecerán”, escribió el rey David, y añadió que “se disiparán como el humo” (Salmo 37:20, énfasis nuestro en todo este artículo). Malaquías predijo acerca del día en que todos los soberbios y los que hacen el mal serán como estopa, que no les dejará “ni raíz ni rama”, y que serán “ceniza bajo las plantas de vuestros pies” (Malaquías 4:1-3).

Lo que las Escrituras enfatizan reiteradamente no es una existencia consciente y sin fin luego del juicio, sino una destrucción irreversible: calcinamiento hasta convertirse en cenizas.

De igual modo, debemos tomar en serio las advertencias de Jesús sobre el “fuego inextinguible” (Marcos 9:43, NTV), las “tinieblas de afuera” y el “lloro y crujir de dientes” (Mateo 22:13). No se trataba de una metáfora en cuanto a dormir plácidamente y no despertar nunca más. Jesús quería que sus palabras estremecieran, advirtieran e hicieran despertar acerca del terrible destino que les espera a aquellos que finalmente se nieguen a seguirlo.

Sin embargo, la pregunta es la naturaleza de ese destino. ¿Terminaría en destrucción o continuaría eternamente? Es necesario observar que “fuego inextinguible” no significa un fuego que arde para siempre. Significa un fuego que no se puede extinguir antes de quemar todo por completo (Marcos 9:43), que arde hasta que no queda nada más por consumir. La paja quemada en Mateo 3:12 es consumida por un fuego inextinguible; no es que arda para siempre.

Las imágenes bíblicas del castigo final suelen indicar certeza y gravedad más que duración. El fuego consume, la oscuridad apaga la luz de la vida y la destrucción pone fin a lo que existía antes. Estas imágenes comunican la seriedad e irrevocabilidad del juicio, no una condición en la cual los castigados existen eternamente en un estado consciente.

Aquellos que finalmente rechacen a Dios esperan el juicio de “hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Hebreos 10:27), es decir, los consumirá por completo.

Ahora bien, Jesús dijo que los malvados irían al “castigo eterno”, mientras que los justos entrarían en la “vida eterna” (Mateo 25:46). A menudo se cree que el paralelo aquí indica la duración idéntica de dos experiencias conscientes. Sin embargo, las Escrituras frecuentemente utilizan el término “eterno” para describir resultados, no situaciones interminables. No se trata de ser castigado eternamente, sino de recibir un castigo eterno, cuyo resultado final es irreversible.

De manera semejante, Hebreos habla del “juicio eterno” (Hebreos 6:2), aunque el juicio no es un proceso que continúe para siempre. Es un veredicto con efecto permanente. Del mismo modo, la “eterna redención” (Hebreos 9:12) no significa que Cristo siga redimiéndonos eternamente, sino que la redención que él llevó a cabo nunca expira.

La frase de Pablo “destrucción eterna” (2 Tesalonicenses 1:9, RVC) corrobora el concepto. La destrucción que dura para siempre no implica un acto de destrucción continuo; significa que lo que se destruye nunca se restaura.

Justicia divina y razonamiento humano

Dios dio a los israelitas el principio de justicia del “ojo por ojo”; esto significa no solo que el castigo debe ajustarse al delito, sino también que el castigo no debe exceder al delito. De hecho, nuestro concepto de la justicia en este sentido proviene de Dios, el verdadero árbitro de la justicia. Así que, piense en esto: quienes viven en pecado toda su corta existencia como humanos, ¿arderán por los siglos de los siglos? Como pregunta Cameron en su video: “Así que después de mil millones de años, ¿usted no estará siquiera un segundo más cerca del final?”.

Muchas ideas sobre el tormento eterno consciente se basan en razonamientos filosóficos más que en afirmaciones provenientes de la Biblia. Uno de los argumentos más comunes afirma que, según la justicia perfecta de Dios, todos los pecados, por finitos que sean, se cometen contra un Dios infinito y, por lo tanto, merecen un castigo infinito.

Pero eso es solo un concepto inventado, sin pruebas. En ninguna parte de la Biblia hay evidencia de que los pecados sean castigados eternamente porque Dios sea infinito. Y, de hecho, la idea es ilógica, porque significaría que la justicia divina nunca podría satisfacerse. Sin embargo, sí se satisface con la muerte de Cristo para aquellos que la aceptan. Pero como algunos no la aceptarán, nunca habría para ellos un punto final que pueda satisfacer la justicia. Dios, ante esa situación, se vería “obligado”, por su propia justicia, a mantener a las personas en un tormento infernal indefinido, ¡aunque eso no llegue a satisfacer esa justicia!

Y después de un millón, un billón, un trillón de años ardiendo allí, los que sufren no estarán más cerca del alivio, porque este jamás llegará.

¿Tiene sentido todo esto? ¿Tiene sentido que Dios creara a los seres humanos sabiendo que tendría que enviar a muchos de ellos a un tormento eterno? Mientras tanto, Dios y los redimidos estarían regocijándose durante esa misma eternidad.

¿No parece esto una descripción muy tenebrosa de Dios? Si esto lo perturba, ¡no le falta razón! Como dijimos, todo nuestro concepto de justicia proviene de Dios. Además, la Biblia nos dice que Dios es amor (1 Juan 4:8, 16):
una preocupación desbordante por los demás. Y nos dice además que su “misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13). Sí, eso se puede aplicar a Cristo, que soportó el juicio en lugar nuestro. Pero ¿no existe siquiera la misericordia de la muerte definitiva para los demás? Reiteramos: la Biblia declara que la muerte, y no el tormento consciente, es la paga del pecado.

Suposiciones erróneas sobre el alma inmortal

El problema aquí para los teólogos que abogan por el tormento eterno, que bien pueden estar motivados por un sincero deseo de defender la santidad y la justicia de Dios, es un malentendido sobre la naturaleza del hombre: pensar que Dios nos creó con almas inmortales que no pueden morir. Una vez que se acepta la inmortalidad, se debe acomodar el tormento eterno para aquellos que no se arrepienten. Sin embargo, las Escrituras enseñan algo muy diferente.

Pablo afirma claramente que Dios es “el único que tiene inmortalidad” (1 Timoteo 6:16). La inmortalidad no es una característica inherente al ser humano, sino que pertenece a Dios. A los creyentes se les dice que “es necesario que esto mortal se vista de inmortalidad” en la resurrección (1 Corintios 15:53). Uno no se viste con algo que ya lleva puesto.

La vida eterna se presenta constantemente como un regalo. Según Jesús, Dios desea “para que todo el que crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (Juan 3:16, BLP). La palabra perecer significa ser completamente destruido o aniquilado, y no seguir viviendo en otra condición. Si los malvados viven para siempre, incluso miserablemente, entonces perecer pierde su significado.

A este respecto, lo que dice Cameron se ajusta mucho a las Escrituras. Él señala que cuando la inmortalidad se da por sentada en lugar de demostrarse con la Biblia, las conclusiones sobre el infierno se basan más en la filosofía que en la enseñanza bíblica. Este tema fue explorado en profundidad por otro maestro cristiano al que Cameron hace referencia, Edward Fudge, quien argumentó en su libro The Fire That Consumes (“El fuego que consume”) que la inmortalidad es condicional, concedida solo a través de Cristo, y que la Biblia nunca enseña la existencia eterna de los malvados.

Una objeción emocional común es que la inmortalidad condicional es “suavizar un poco el infierno”, y que permite a los pecadores “salirse con la suya”. ¡No hay nada “suavizante” en el simple hecho de transmitir lo que en realidad dice la Biblia! Y en lo que dice, los pecadores no se libran. La pérdida permanente de la vida, ser borrado irremediablemente de la existencia, las relaciones y el futuro, no es indulgencia. Es el juicio más absoluto que las Escrituras pueden describir. ¡Nada podría ser más definitivo!

Como argumenta el investigador condicionalista Joseph Dear en su sitio web RethinkingHell.com, la aniquilación da como resultado una pérdida irreparable: la pérdida misma de la vida eterna. El castigo no es leve, sino absoluto.

En todo caso, la pérdida definitiva de la vida destaca lo urgente que es la necesidad de arrepentirse. Lo que está en juego no es simplemente la comodidad o la condición, sino la existencia misma: la vida que solo se puede recibir a través de Jesucristo.

Las Escrituras también afirman que hay grados de castigo. Jesús dijo que para algunos sería “más tolerable” que para otros en el día del juicio (Mateo 11:22; compárese con Lucas 12:47-48). La inmortalidad condicional deja pleno espacio para un juicio proporcional antes de la destrucción final.

Y son muy pocos, entre quienes participan en este debate, los que comprenden que el período del juicio final es mucho más que una sentencia inmediata. Dios quiere que todos los seres humanos tengan la oportunidad de ser redimidos y salvados (2 Pedro 3:9; 1 Timoteo 2:4). Sin embargo, no todos han tenido esa oportunidad en esta vida. ¿Qué sucede con ellos? 

Tradición, sinceridad y necesidad de reexaminarse

Muchos creyentes sinceros han creído interpretaciones sobre el infierno y la vida después de la muerte sin darse cuenta de sus orígenes no bíblicos. Esta no es una acusación de mala fe. A lo largo de la historia, personas sinceras han tenido opiniones diferentes tratando de apegarse a las Escrituras. La cuestión no es si la tradición carece de valor, sino si debe reexaminarse siempre a la luz de las Escrituras. Los bereanos fueron elogiados por comparar lo que se les enseñaba con la Palabra de Dios (Hechos 17:11).

Este artículo no niega el juicio por fuego como castigo definitivo ni la gravedad del pecado. No enseña la salvación universal, el juicio temporal o las segundas oportunidades más allá de lo que describe la Escritura. No minimiza las advertencias de Jesús ni la justicia de Dios. Lo que dice es que la Biblia no enseña un tormento eterno consciente, sino una destrucción final e irreversible en un “lago de fuego” llamado “la segunda muerte” (Apocalipsis 2:11; 20:6, 14; 21:8), de la cual los salvos están exentos.

Algunos argumentarían que rechazar la enseñanza del tormento eterno consciente es simplemente seguir lo que resulta más cómodo en lugar de lo que dice la Biblia. Y hay algunos que probablemente creen que esto es cierto, especialmente aquellos que defienden la salvación universal. Pero la Biblia no enseña el tormento eterno consciente como se cree, como tampoco enseña la inmortalidad automática del alma. Además, hay una forma apropiada de evaluar si nos sentimos cómodos con una enseñanza o no, y es cuán bien concuerda esta con nuestra comprensión de toda la Escritura y la naturaleza de Dios según se revela en ella.

Es vital que aprendamos lo que realmente dice la Biblia. De hecho, hay mucho más en este asunto de lo que entienden los cristianos y la mayoría de los que promueven el condicionalismo: la Biblia revela mucho más sobre el período del juicio final. Este es un tema importante, e invitamos a nuestros lectores a solicitar nuestra guía de estudio gratuita El cielo y el infierno: ¿Qué es lo que enseña la Biblia realmente? Ella responde a muchos interrogantes que se han planteado para apoyar el concepto tradicional y explica aún más sobre lo que dice la Biblia acerca de la vida después de la muerte.

Por ahora, es suficiente decir que la Biblia no enseña que las personas arderán eternamente en el fuego del infierno. Los malvados serán consumidos por el fuego. Pero ese no es un destino deseable, ya que se trata, sin duda, de una pérdida irreparable. Recibamos, en cambio, el regalo que Dios nos ofrece: “vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). BN

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