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Los Diez Mandamientos

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Cuando alguien le preguntó a Jesucristo cuál era el mandamiento principal de la ley, él respondió nombrando el precepto que hace hincapié en la suprema importancia de nuestra relación personal con Dios.

Nosotros no nos damos cuenta de lo frágil que es nuestra existencia, de cuánto dependemos del cuidado continuo de nuestro Creador.

Los ídolos son representaciones de dioses falsos e inexistentes, pero ¿acaso podemos hacer uso de pinturas u otros tipos de imágenes para representar al Dios verdadero?

El tercer mandamiento hace hincapié en la importancia de guardar el debido respeto a Dios.

En la Biblia se hace uso de una variedad de nombres para referirse a Dios.

El cuarto mandamiento, santificar el sábado, completa la sección del Decálogo que especifica los principios fundamentales que rigen nuestra relación con Dios.

El quinto mandamiento es el primero de los seis preceptos que precisan las formas correctas de tratar con nuestros semejantes.

Es triste decirlo, pero hay padres o abuelos que no son honorables, y no es fácil respetar a personas cuya conducta no es honorable.

¿Quién tiene la autoridad de disponer de la vida humana? ¿Quién tiene el derecho de tomar esa decisión?

El propósito de Dios fue que el matrimonio y la relación sexual —en ese orden— existieran como grandes bendiciones para la humanidad.

El octavo mandamiento, el cual prohíbe robar, nos hace reflexionar acerca de dos formas opuestas de pensar y de vivir.

Para poder valorar el noveno mandamiento, que prohíbe la mentira, es necesario que nos demos cuenta de la trascendencia que tiene este asunto a los ojos de Dios.

El último de los Diez Mandamientos apunta directamente al corazón y a la mente de cada ser humano.

La sociedad en que vivimos ha rechazado los Diez Mandamientos como la norma verdadera del comportamiento humano.

Dios nos dice que hizo cambios en el pacto original para hacer “un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas”, pero no dice que fue establecido en leyes diferentes.

El apóstol Pablo deja claramente establecido el hecho de que la gracia de Dios que nos lleva a la salvación no es “por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:9)

Jesús vino como la luz del mundo para enseñarnos con su ejemplo cómo aplicar y practicar la regia ley del amor.