El origen de la naturaleza
¿Alguna vez ha contemplado un atardecer; escuchado el suave fluir de un río que desciende por un valle; admirado la inmensidad del océano u observado la sosegada actividad biológica de un bosque?
En nuestro agitado mundo, muchas personas se privan del placer de observar la naturaleza y sus fenómenos y, raramente, se detienen a pensar sobre quien creó la naturaleza y con qué propósito.
En el libro de Génesis, leemos que Dios le concedió al hombre el privilegio de señorear sobre la naturaleza y sojuzgarla (Génesis 1:26). Pero en la actualidad vemos que el ser humano carece de poder para controlar la fuerza de la naturaleza, por ejemplo, una inundación, una erupción volcánica, un terremoto, etc.
El mandato de “enseñorearse” no significa que el ser humano puede dominar los elementos de la naturaleza, sino más bien, es un llamado a administrar y actuar con sabiduría y humildad, reconociendo la grandeza de Dios. El hombre fue llamado a constituirse en un mayordomo para labrar y cuidar el huerto del Edén.
El creador de la naturaleza
En Marcos 4:35-41 vemos que Dios tiene el poder absoluto sobre los elementos de la naturaleza. Este relato cuenta que se levantó una gran tempestad y las olas estaban a punto de inundar y hundir la embarcación. Jesucristo estaba en la popa durmiendo y entonces los discípulos le despertaron diciendo: “¿Maestro, no te preocupa que perezcamos”? Entonces él levantándose reprendió al viento y dijo al mar: “calla y enmudece” e inmediatamente cesó el viento y se produjo una gran calma. Entonces Jesucristo les dijo: ¿” por qué están tan amedrentados y faltos de fe”? Entonces temieron y decía uno al otro: “¿Quién es este a quien aún el viento y el mar le obedecen”?
Nosotros también podemos acudir a Jesucristo cuando nos encontramos en medio del caos y él calmará la tormenta. Él está en nuestra barca, no solo para calmar las tormentas en nuestra vida, sino también nuestros desasosiegos y temores.
Una creación compleja
Las fuerzas de la naturaleza son parte de una creación viva que no alcanzamos a entender a cabalidad. El hombre ha podido estudiar estos fenómenos, pero no controlarlos completamente.
El verbo “enseñorear” del hebreo radah, se traduce como gobernar con sabiduría y justicia sobre los elementos de la naturaleza. El Eterno esperaba que el ser humano administrara y cuidara los ecosistemas y no que abusara de la explotación de los recursos naturales.
Al no comprender la complejidad de la vida, las culturas antiguas personificaron la naturaleza como una madre que nos sustentaba, en lugar de reconocer el poder de Dios.
El padre de la ecología
Uno de los primeros científicos que comprendió la interdependencia de los fenómenos naturales fue el científico alemán Alexander Von Humboldt, quien, en sus extensos viajes por selvas, valles y volcanes de Latinoamérica, observó que el clima, la altitud, el suelo, las plantas, los árboles y los animales, más la acción del hombre, influían en la conservación o la destrucción de los ecosistemas. Estos conceptos−adelantados de su época− constituyen la base de la Ecología, la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos y el medio que los rodea.
Humboldt también estudió las corrientes marinas; una de ellas lleva su nombre y se ubica en las costas de Chile, Perú y parte del Ecuador. Esta corriente trae nutrientes desde el fondo del océano, sustentando un cardumen de peces.
La actividad del hombre
El ser humano tenía la responsabilidad de cuidar la tierra y sus recursos, pero no explotarlos sin límite, sin pensar en las siguientes generaciones. El hombre ha priorizado el beneficio económico sobre la conservación y cuidado de la naturaleza, sobreexplotando los bosques, contaminando los océanos, el aire y el suelo con plásticos y pesticidas. Sus acciones han provocado el calentamiento global y la pérdida de la biodiversidad.
Como administrador de la creación de Dios, el hombre ha fracasado. Pero la Biblia predice que vendrá un tiempo de restauración de todas las cosas. “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva … y enjugará Dios toda lagrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor ni dolor, y el que estaba sentado en el trono dijo: he aquí yo hago nuevas todas las cosas. Apocalipsis 21:4-5
El ser humano, por sí mismo, no logrará revertir el daño de sus acciones sobre la naturaleza. Únicamente la mano poderosa de Dios restaurará la vida sobre este planeta y llevará a cabo su plan divino en la extensión del Universo.