La historia confirma la exactitud de la profecía bíblica

¿Podemos creerle a la profecía bíblica? La historia de los reinos de Israel y Judá es un poderoso testimonio de la exactitud y precisión de la profecía bíblica.

¿Podemos creerle a la profecía bíblica? La historia de los reinos de Israel y Judá es un poderoso testimonio de la exactitud y precisión de la profecía bíblica. Consideremos, por ejemplo, las profecías de Dios respecto a cuál sería el destino de Israel en caso de que los israelitas se rebelaran contra él.

La historia comienza con la división de Israel en dos reinos, Israel y Judá, en el año 928 a.C., poco después de la muerte de Salomón. Casi de inmediato Jeroboam, rey de Israel (928-907), instituyó la idolatría como parte del culto religioso de su reino (1 Reyes 12:26-33). Esto fue motivo de enojo para Dios, ya que debido precisamente a la idolatría de Salomón, él había escogido a Jeroboam para dirigir el reino de Israel (1 Reyes 11:30-33).

Dios advirtió a la esposa de Jeroboam sobre las consecuencias de la idolatría de su esposo y del reino: “El Eterno sacudirá a Israel . . . y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y los esparcirá más allá del [río] Éufrates, por cuanto han hecho sus imágenes de Asera, enojando al Eterno” (1 Reyes 14:15).

Por medio de sus profetas, Dios continuó advirtiéndoles a los israelitas acerca de los castigos que les vendrían si no se volvían de sus caminos de pecado. Con gran paciencia y misericordia, él esperó un arrepentimiento que nunca llegó.

Uno de estos profetas fue Miqueas (hacia 749-722), autor del libro bíblico que lleva su nombre. “Palabra del Eterno que vino a Miqueas . . . lo que vio sobre Samaria [capital de Israel] y Jerusalén [capital de Judá]. Oíd, pueblos todos; está atenta, tierra, y cuanto hay en ti; y el Eterno el Señor, el Señor desde su santo templo, sea testigo contra vosotros . . . Haré, pues, de Samaria montones de ruinas, y tierra para plantar viñas; y derramaré sus piedras por el valle, y descubriré sus cimientos” (Miqueas 1:1-2, 6).

Finalmente, después de sucesivas invasiones, el Imperio Asirio devastó a Israel y tomó cautiva a la mayor parte de su población (722 a.C.). “El rey de Asiria invadió todo el país, y sitió a Samaria, y estuvo sobre ella tres años. En el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, y llevó a Israel cautivo a Asiria . . . Porque los hijos de Israel pecaron contra el Eterno su Dios . . . Y desecharon sus estatutos, y el pacto que él había hecho con sus padres, y los testimonios que él había prescrito a ellos; y siguieron la vanidad, y se hicieron vanos, y fueron en pos de las naciones que estaban alrededor de ellos, de las cuales el Eterno les había mandado que no hiciesen a la manera de ellas” (2 Reyes 17:5-7, 15).

Como hemos citado anteriormente, Dios había profetizado casi 200 años antes que él arrancaría a Israel de su tierra y los esparciría más allá del río Éufrates. Este y muchos otros detalles de las profecías y los relatos históricos sobre las invasiones asirias y el cautiverio israelita son confirmados por los anales asirios y otros hallazgos arqueológicos.

 

Judá no aprendió la lección

Aun después de haber visto la caída de sus primos del norte en el reino de Israel, los ciudadanos del reino de Judá también cayeron en la idolatría y desobediencia. Dios envió profetas para advertirles del destino que les aguardaba si no se arrepentían.

Por medio del profeta Jeremías (hacia 626-587), Dios hizo una profecía asombrosa sobre el futuro de Judá: “Envió el Eterno a vosotros todos sus siervos los profetas, enviándoles desde temprano y sin cesar; pero no oísteis, ni inclinasteis vuestro oído para escuchar cuando decían: Volveos ahora de vuestro mal camino y de la maldad de vuestras obras, y moraréis en la tierra que os dio el Eterno a vosotros y a vuestros padres para siempre; y no vayáis en pos de dioses ajenos, sirviéndoles y adorándoles, ni me provoquéis a ira con la obra de vuestras manos; y no os haré mal. Pero no me habéis oído . . . Por cuanto no habéis oído mis palabras, he aquí enviaré y tomaré a todas las tribus del norte, dice el Eterno, y a Nabucodonosor rey de Babilonia, mi siervo, y los traeré contra esta tierra y contra sus moradores, y contra todas estas naciones en derredor; y los destruiré . . . Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años. Y cuando sean cumplidos los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad, ha dicho el Eterno, y a la tierra de los caldeos; y la convertiré en desiertos para siempre” (Jeremías 25:4-12).

Dios advirtió que Judá caería ante los babilonios e iría en cautiverio a Babilonia por 70 años. Al final de los 70 años, Dios castigaría a Babilonia. En otra profecía sorprendente, Dios reveló por medio de Isaías el nombre del gobernante —Ciro, rey de Persia— quien, en el futuro lejano, permitiría el regreso de los judíos (Isaías 44:28; 45:1-4).

La profecía de Jeremías se cumplió. Después de las invasiones en los años 597 y 587, Judá cayó ante los babilonios: Dios “trajo contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar . . . todos los entregó en sus manos . . . Y quemaron la casa de Dios, y rompieron el muro de Jerusalén, y consumieron a fuego todos sus palacios, y destruyeron todos sus objetos deseables. Los que escaparon de la espada fueron llevados cautivos a Babilonia, y fueron siervos de él y de sus hijos, hasta que vino el reino de los persas; para que se cumpliese la palabra del Eterno por boca de Jeremías. . .” (2 Crónicas 36:17-21).

 

Dios cumple su promesa de restauración

Pasaron los 70 años del exilio. En Daniel 5 se nos dice que el rey Belsasar de Babilonia hizo un gran banquete en el cual él y sus invitados bebieron vino en los vasos de oro que Nabucodonosor había traído del templo en Jerusalén muchos años antes. El rey vio aparecer los dedos de una mano de hombre, que escribía en la pared un mensaje misterioso. Entonces “el rey palideció, y sus pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas daban la una contra la otra” (v. 6).

El profeta Daniel reveló que esta escritura en la pared predecía el final del Imperio Caldeo por decreto divino. Daniel le dijo al rey: “Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas . . . La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos” (vv. 28, 30).

Un siglo después, el historiador griego Herodoto (484-420 a.C.) confirmó el relato de Daniel sobre la caída de Babilonia: “Valiéndose de un canal, los persas desviaron el río [Éufrates] a la laguna, que hasta ahora era un pantano, y así, al bajar el río, él [Ciro] hizo vadeable el antiguo cauce. Cuando esto se logró, los persas que estaban apostados para ello penetraron en Babilonia por el cauce del Éufrates, cuyo nivel había bajado más o menos hasta la mitad del muslo de un hombre . . . Así entraron los persas en la ciudad . . . y debido a la gran extensión de la ciudad y al hecho de que estaban celebrando un festival, los que vivían en el centro de Babilonia no se dieron cuenta de la presencia de los enemigos. Continuaron bailando e intercambiando regalos hasta que de repente se les informó su triste destino. Así se conquistó Babilonia” (Historia, libro 1, párrafos 191-192).

La predicción de Daniel acerca de la caída de Babilonia, junto con las de otros profetas de Dios, se cumplió repentina y dramáticamente.

La profecía de Jeremías acerca del cautiverio de 70 años y la profecía de Isaías de que Ciro les permitiría a los judíos regresar a Jerusalén para reconstruir el templo destruido por Nabucodonosor, también fueron cumplidas al pie de la letra. Los libros de Esdras y Nehemías contienen la historia de la repatriación de los judíos.

 

El significado que la profecía cumplida tiene para nosotros

Una serie de asombrosas profecías que abarcaron cientos de años, cinco reinos y muchos profetas y gobernantes, se cumplió de manera precisa. Cuando Dios predijo la caída de Judá a manos de los babilonios, le dijo a Isaías: “. . . yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero . . . Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré” (Isaías 46:9-11).

Sólo Dios tiene el poder de profetizar los acontecimientos y hacer que sucedan. Él aún hará que se cumplan todas las profecías que están consignadas en su Palabra inspirada. Si usted desea recibir más información acerca de la veracidad de las Sagradas Escrituras, por favor solicítenos el folleto titulado ¿Se puede confiar en la Biblia?

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