Las experiencias que conforman nuestra vida, tienen implicaciones de mayor alcance del que podemos ver a simple vista; como cristianos no vivimos por vivir, sino que buscamos crecer y dar frutos.
La memoria da forma a quienes y cómo somos. Nuestro pasado personal es inmensamente importante, pero también la historia que nos precede ¿Qué hemos aprendido de ella?
¿Cuánto apreciamos el sacrificio de Jesucristo? ¿Estamos conscientes del papel que éste juega en nuestra salvación? Más aún, ¿haremos nuestra parte para ser parte de la familia de Dios?
La Iglesia de Dios se ha mantenido viva a lo largo de los siglos, dejando valiosas lecciones para aquellos que en ella crecen y se adiestran para el futuro. ¡Aqui 4 de ellas!
¿Estamos preparándonos para el Reino de Dios? No es sólo conocer la palabra, es también vivir en fe, obrando conforme a la voluntad de nuestro Padre y no como el mundo vive.
El rey Saúl hacía las cosas a su manera, desobedeciendo abiertamente las órdenes de Dios, y pese a las amonestaciones de Samuel, se justificaba continuamente. ¡Aprendamos a escuchar la reprensión del Eterno a tiempo!
Para todo cristiano es necesario evaluarse a sí mismo para poder mejorar. Muchos personajes bíblicos han realizado este ejercicio, ¡Aprendamos de ellos!
Debemos deshacernos de todo aquello que nos perjudica y que impide que nuestra relación con Dios sea limpia, directa y Santa; ¡necesitamos comprender la voluntad del Eterno!
Meditemos las enseñanzas que Cristo nos deja después de cada fiesta, maduremos espiritualmente anhelando su regreso.
Debemos ser coherentes no participando en las festividades del mundo, enseñando lo correcto y lo verdadero, examinando la conveniencia de ser fiel a Dios.
Decirse a uno mismo cristiano, sugiere que nuestras vidas reflejan la forma de ser de Jesucristo.
La vida cristiana supone realizar cambios de fondo en nuestras vidas; necesitamos vencer el pecado ¡huir de él!. La Biblia nos presenta una fórmula práctica para iniciar nuestro crecimiento espiritual.