La crisis moral de la sociedad moderna

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La sociedad ha abandonado en gran medida el código de conducta moral tal como se establece en la Biblia. En su lugar, las personas deciden por sí mismas lo que es un comportamiento apropiado. Todos debemos reconocer las consecuencias devastadoras de rechazar la moralidad bíblica y también la necesidad de un cambio de rumbo. 


 

Sin duda vivimos en una época de profunda polarización política; pero algo en lo que muchos coinciden es que la moral de la sociedad moderna está en franco deterioro. Creen que las personas son menos confiables, honestas, corteses y éticas que antes. Cada día los noticieros muestran un incesante incremento de asesinatos, tiroteos masivos, violencia escolar, saqueos, disturbios, escándalos sexuales, explotación infantil, corrupción política y fraude empresarial, por nombrar solo algunos de los males de la sociedad, lo que revela niveles epidémicos de inmoralidad.

No todo está perdido, pero debemos admitir que algo terriblemente malo está ocurriendo antes de ver la necesidad y la forma de corregirlo, tanto en el mundo en general como en nuestras propias vidas.

Un mundo desviado que rechaza a Dios

Entonces, ¿cuál, exactamente, es la causa de este desplome moral? Se origina al rechazar a Dios y su código de conducta moral revelado en la Biblia, lo cual significa hundirse en el pecado, que es la infracción de la ley de Dios (1 Juan 3:4). Y esto tiene su raíz en las decisiones que el ser humano tomó hace mucho tiempo y sigue tomando bajo la influencia malévola del gobernante invisible de este mundo, Satanás el diablo (véase “Hundidos en el pecado — y el rescate que Dios ofrece”, comenzando en la página 4).

Dios es la única fuente de verdad ética absoluta (véase Salmos 93:5; 111:7; Juan 14:6; 17:17), y sus leyes son perfectas (véase Salmo 19:7). En su momento, varias naciones modernas recurrieron a las leyes y principios bíblicos como base de la ética que fundamentó y dio forma a sus propios sistemas legales.

Pero hoy, quienes realmente se guían por la Biblia en esas naciones se están convirtiendo en minoría. En gran medida, la Biblia ha sido descartada en los Gobiernos, las escuelas y la vida pública. Muchos niegan la existencia de Dios y desechan por completo su Palabra escrita.

Cuando las personas dejan de creer en Dios, ya no sienten culpabilidad ante él y se creen libres de decidir por sí mismas lo que es o no un comportamiento aceptable. El biólogo evolucionista Richard Dawkins encarnó esta mentalidad hace unos años cuando encabezó una campaña publicitaria atea en Inglaterra con el eslogan: “Probablemente no hay Dios. Así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”.

Por supuesto, incluso quienes aún profesan creer en Dios pueden llegar a la falsa conclusión de que no necesitan obedecer los mandamientos bíblicos. El engañoso corazón humano, bajo la influencia de Satanás (véase Jeremías 17:9; Mateo 15:19; Apocalipsis 12:9), ha llevado a individuos y naciones enteras a abandonar en gran parte la instrucción bíblica, quizás a un nivel que el mundo no había experimentado desde los días previos al diluvio, en tiempos de Noé.

Es importante evaluar lo que está ocurriendo en nuestra cultura para no caer en formas erróneas de pensar. A continuación presentaremos seis tendencias que tal vez usted esté presenciando en el mundo que lo rodea y que conducen a resultados terribles. Pueden constituir verdaderos desafíos para quienes se esfuerzan por vivir como Cristo, pero es necesario resistir cada una de ellas, lo que es posible lograr con la ayuda de Dios.

1. El auge de la autoidolatría

Cuando las personas comienzan a abandonar la Biblia, uno de los primeros mandatos de Dios que descartan suele ser el primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). En su lugar, la autoidolatría cobra predominio.

La autoidolatría se refiere a una fascinación o devoción excesiva hacia uno mismo, o a priorizar las perspectivas o deseos personales por encima de los valores y la voluntad de Dios. La Escritura clasifica específicamente a los codiciosos como idólatras (Efesios 5:5; Colosenses 3:5). A menudo se obsesionan buscando atención, dinero, posesiones, prestigio, puestos de influencia o control, etc., para elevar su sentido de autoestima o para alcanzar la felicidad. Tienden a ser sabios en su propia opinión (véase Proverbios 3:7) y creen que no necesitan la guía de Dios ni de nadie más, por lo que confían desmedidamente en lo que pueden lograr por sí mismos.

Las evidencias de autoidolatría están por todas partes. En las redes sociales, la gente se autopromociona sin avergonzarse y sostiene acalorados debates para defender sus opiniones personales. Etiquetas como #amorpropio y #quiéreteatimismo se han vuelto extremadamente comunes. Frases como “Ponte a ti primero” y “Cree en ti mismo” se repiten por todos los medios. En cuanto a estilos de vida, los autoidólatras suelen enfocar sus energías y tiempo en acumular riqueza y bienes materiales para satisfacer deseos personales, mientras descuidan su relación con Dios y con los demás.

Compare todo esto con la visión saludable que enseña la Escritura: que no tengamos un concepto más alto de nosotros mismos del que debemos tener (Romanos 12:3). Necesitamos mantener esta perspectiva bíblica en nuestras vidas. Si bien es correcto tener cierta medida de confianza en uno mismo, nuestra seguridad fundamental debe estar en Dios, quien nos sustenta (Proverbios 3:5-6). También es correcto satisfacer deseos personales, pero Mateo 22:37-39 nos recuerda que esto debe estar en el lugar correcto, pues primero hay que amar a Dios y al prójimo.

Cuando surge la autoidolatría, nuestra atención y lealtad al Creador se desvían y dejamos de pensar en el bienestar de quienes nos rodean (en el trabajo, la iglesia, la comunidad, etc.). Se hace imposible cultivar relaciones sanas, puesto que ninguna sociedad puede prosperar cuando sus ciudadanos solo se ocupan de sí mismos. Pero si seguimos lo que dice la Biblia, podemos disfrutar muchas bendiciones.

2. La normalización del engaño

Otra norma bíblica que ha sido pisoteada es Levítico 19:11: “No hurtaréis, y no engañaréis ni mentiréis el uno al otro”. Este versículo enfatiza la importancia de la honestidad y la integridad en nuestras relaciones y tratos comerciales.

La Biblia nos enseña a cumplir nuestros compromisos, a respetar la propiedad ajena y a no aprovecharnos intencionalmente de los demás ni engañarlos (mediante fraude, medias verdades, exageraciones, etc.). Es imposible tener buenas relaciones con los demás si ellos no pueden confiar en que actuaremos honradamente (y viceversa, si no podemos confiar en ellos). La veracidad y la integridad edifican a una comunidad, mientras que el engaño la destruye.

Otros versículos que hacen hincapié en la importan-
cia de la honestidad son: “Los labios mentirosos son abominación al Eterno; pero los que hacen verdad son su contentamiento” (Proverbios 12:22); “Hablad verdad cada cual con su prójimo” (Zacarías 8:16); “No mintáis los unos a los otros” (Colosenses 3:9); “No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás” (Levítico 19:13); y “El peso falso es abominación al Eterno; mas la pesa cabal le agrada” (Proverbios 11:1). Conozca más sobre estos principios en la guía que ofrecemos al final de este artículo.

Lamentablemente, la sociedad otra vez está haciendo lo contrario de lo que Dios ordena. La gente miente en sus declaraciones de impuestos y solicitudes de empleo, hace trampa en los exámenes, roba a sus empleadores o finge estar enferma, y no le da importancia. Los estafadores habitualmente engañan al público al hacer negocios. Los políticos y sus agentes miran a la gente a los ojos y le dicen cosas que saben que no son ciertas. Varias encuestas revelan que muchos occidentales creen que hay situaciones en las que es aceptable mentir. Todas estas faltas se relacionan con el punto 1: cuando satisfacer nuestros deseos personales es la máxima prioridad, la mente humana puede razonar que está bien hacer trampa o engañar si eso es lo que se necesita para obtener lo deseado.

En cambio, todos debemos esforzarnos por ser dignos de confianza (véase también “Cómo crecer en fidelidad para ser como Dios”, comenzando en la página 20).

3. El declive del civismo

En cada área de la vida moderna vemos menos civismo, que es la cualidad de ser educado, respetuoso y cortés. En cambio, en nuestra época proliferan la grosería, el acoso, la violencia al volante y los insultos vulgares. Vemos falta de dominio propio por todas partes, especialmente en los debates públicos o en los comentarios anónimos de Internet. Hoy en día, muchos sienten que tienen derecho a atacar públicamente a quienes discrepan de ellos.

A primera vista esto puede parecer inofensivo, pero incluso las faltas relativamente menores cuentan. Las actitudes de mala educación pueden intensificarse y agravarse si no se frenan, convirtiéndose en los perturbadores episodios que aparecen en las noticias: cuando la gente reacciona violentamente en aeropuertos, centros comerciales, escuelas, oficinas, etc., porque algo los hace enojarse. El civismo es esencial para que las comunidades sean estables, fuertes y armoniosas.

Los historiadores señalan que la falta de civismo ha desempeñado un papel en la decadencia de casi toda gran civilización. En su obra clásica Reflections on the Rise and Fall of the Ancient Republicks [Reflexiones sobre el auge y caída de las antiguas repúblicas], el autor del siglo XVIII Edward Wortley Montagu observó que, con el desplome de las virtudes cívicas en los imperios griego y romano, sobrevino una degeneración de costumbres que redujo a esos pueblos, otrora valientes y libres, a la más abyecta esclavitud (1759).

Cuando el civismo se desmorona, la civilización comienza a resquebrajarse.

Lo más importante es que la falta de civismo contrasta radicalmente con la moralidad bíblica, donde debe estar nuestro enfoque. La Escritura nos instruye a “vivir quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:2), a “honrar a todos” (1 Pedro 2:17), y “que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres” (Tito 3:2). Cuando mostramos consideración y respeto hacia los demás, nuestras relaciones mejoran y la sociedad progresa.

4. El desprecio por la santidad de la vida

Aunque en buena parte de Occidente las tasas de homicidio han disminuido un poco en años recientes, la santidad de la vida humana, lamentablemente, sigue siendo menospreciada. El sexto mandamiento declara explícitamente: “No matarás” (Éxodo 20:13). Proverbios 6:16-17 nos advierte que derramar sangre inocente es abominación a Dios, sin embargo, muchos parecen ignorar este mensaje o no darle importancia.

A nivel mundial, cada año hay aproximadamente seis muertes por homicidio por cada 100 000 habitantes, según estadísticas de las Naciones Unidas.

A eso se suman todas las vidas inocentes perdidas por el aborto. La Organización Mundial de la Salud informa que alrededor de 73 millones de bebés son abortados en todo el mundo cada año, unos 200 000 al día. Esto refleja un profundo desprecio por la santidad de la vida que Dios quiere que respetemos. Dios espera que honremos y protejamos la vida humana que él creó.

“Interrumpir un embarazo no solo es cometer un acto de violencia, sino también arrogarse el derecho de destruir una obra de Dios”, escribe Richard Hays en The Moral Vision of the New Testament [La visión moral del Nuevo Testamento]. “Somos criaturas de Dios. No nos creamos a nosotros mismos ni nos pertenecemos . . . [El aborto] asume en forma arrogante la autoridad de disponer de una vida que no nos pertenece” (1996, p. 450). Hays recalca que la vida humana es un regalo de Dios y que el aborto, o cualquier forma de homicidio, es claramente una afrenta a Dios y, obviamente, perjudicial para la sociedad.

Es importante ver el mal en todo esto y gemir y clamar “a causa de todas las abominaciones” que se cometen en la sociedad (véase Ezequiel 9:4). Debemos denunciar las injusticias siempre que tengamos oportunidad (véase Isaías 58:1).

5. La redefinición del matrimonio, la familia y el género

A menudo se ha descrito a la familia como “el pilar fundamental de la sociedad”, y eso es exactamente lo que Dios quiso que fuera. Génesis 2:24 describe una unión de “una sola carne” entre un hombre y una mujer. Es dentro de ese contexto que deben nacer y criarse los hijos para aprender moralidad y rectitud (Malaquías 2:15).

En Invitation to Christian Ethics [Invitación a la ética cristiana], Ken Magnuson explica que el matrimonio establece el orden correcto de la sexualidad y previene el deterioro de las relaciones y el orden que ocasiona la promiscuidad (2020, p. 188). Destaca que la familia es el medio principal por el cual las verdades morales se transmiten de una generación a la siguiente. Las familias que funcionan según los principios bíblicos constituyen hogares estables, lo que a su vez fomenta la solidez de la sociedad. Por el contrario, cuando las familias se desintegran, los efectos se manifiestan en toda la sociedad con el aumento de la criminalidad, la pobreza y la decadencia moral.

Tristemente, como ya dijimos, la gente se ha extraviado al alejarse de las instrucciones de Dios. Muchas personas ya no creen que el matrimonio deba ser entre un hombre y una mujer. Tampoco la mayoría piensa que un compromiso matrimonial sea necesario para que las parejas convivan. Quienes se casan tienen menos hijos o ninguno. Las tasas de divorcio siguen altas. El número de hogares monoparentales (generalmente encabezados por madres) se ha duplicado desde la década de 1960, y el 40 por ciento de los niños viven separados de sus padres biológicos.

En medio de la confusión, nuestra cultura incluso ha redefinido el género. En lugar de solo los dos géneros, varón y hembra, como dice Génesis 1:27, se espera que aceptemos todo un espectro de géneros y la transición “fluida” entre ellos. Es lamentable que se elogie a los padres por no “imponer” preferencias sexuales o de género a sus hijos.

El peligro es que cuando no seguimos el diseño de nuestro Creador e intentamos de alguna manera cambiar nuestro género, estamos, como escribe Andrew Walker en God and the Transgender Debate [Dios y el debate transgénero], rebelándonos contra el orden natural y objetivo de las cosas y rechazando la vida que sería el mayor bien para nosotros (2017, pp. 54-55). Al fin y al cabo, Dios quiere lo mejor para nosotros. Entonces, es vital que nos sometamos a su plan y sus leyes. Quienes se han desviado necesitan acudir a él en busca de misericordia y ayuda para andar por el camino correcto.

6. La aceptación de la inmoralidad sexual

Relacionado con la sección anterior está todo el tema de la intimidad sexual. La Biblia enseña que las relaciones sexuales deben practicarse únicamente dentro del vínculo matrimonial, entre un hombre y una mujer (Efesios 5:31). La actividad sexual fuera de la unión matrimonial entre esposo y esposa está prohibida, y lo mismo se aplica a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo (Éxodo 20:14; Levítico 18:20, 22; 20:13). Dios creó la sexualidad para la reproducción humana y también como una experiencia placentera que se comparte entre cónyuges y los une más estrechamente. Lamentablemente, la sociedad se ha desviado de estos propósitos que él estableció para el sexo.

Durante muchas décadas ha habido poca o ninguna vergüenza asociada a las relaciones sexuales prematrimoniales o extramatrimoniales, lo que antes servía más como disuasivo. El sexo “casual” sin compromiso a largo plazo se ha aceptado cada vez más. Esto genera nuevos problemas, ya que las relaciones sexuales fuera del matrimonio pueden llevar a embarazos no planificados, que muy a menudo terminan en abortos.

Otro fenómeno es que más personas están experimentando relaciones sexuales con personas del mismo sexo. Una encuesta Gallup de 2025 informa que la cantidad de estadounidenses que se identifican como lesbianas, gays, bisexuales, transgénero o de otra orientación distinta a la heterosexual se ha duplicado en los últimos cinco años. En gran parte, esto se debe sin duda a que la industria del entretenimiento promueve estilos de vida “alternativos” en su programación.

La pornografía también está generalizada; las estimaciones de la industria sitúan su valor global en decenas de miles de millones de dólares anuales. Según una encuesta de Barna Group, cerca de dos tercios de los hombres estadounidenses ven pornografía al menos una vez al mes, frecuentemente por Internet. En Latinoamérica, México es el mayor consumidor regional de pornografía y se ubica entre los cinco países con mayor consumo a nivel mundial. Le siguen en la región Brasil, Argentina y Colombia.

Las consecuencias son muy preocupantes. Cuando las personas se alejan del propósito que Dios diseñó para la intimidad sexual, casi siempre se enfocan en saciar sus propios deseos egoístas, como mencionamos en el punto 1. Al hacerlo, devalúan o lastiman a otras personas, causando rupturas de relaciones y dejando niños sin hogares estables o sin buenos modelos para imitar. Con el tiempo, la unidad familiar se debilita; y esta, como se señaló en el punto 5, es el pilar fundamental de una sociedad estable y fuerte.

Sin embargo, muchos evitan siquiera considerar que todo esto sea destructivo, porque están atrapados en una forma errónea de pensar. Los que están extraviados en caminos equivocados necesitan orar a Dios pidiendo ayuda para ser libres. Y quienes lamentamos el descarrío del mundo debemos orar a Dios para que envíe pronto el día en que las cosas serán corregidas. Mientras tanto, ofrezcamos ayuda y ánimo a los demás tanto como podamos.

Una advertencia y nuestra única esperanza verdadera

Mientras las naciones de hoy continúen transgrediendo las leyes morales de Dios, los males sociales solo se intensificarán. Ninguna civilización puede sobrevivir a largo plazo cuando sus ciudadanos no viven según normas morales absolutas y en cambio hacen lo que les parece correcto. Proverbios 14:12 y 16:25 dicen: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte”.

El apóstol Pablo nos advierte que los últimos días serán “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1), porque los seres humanos se habrán vuelto “amadores de sí mismos” y “aborrecedores de lo bueno” (vv. 2-3). Otra forma de decirlo es que los seres humanos serán tan arrogantes, que estarán convencidos de no necesitar a Dios. Esto se parece mucho a nuestra cultura contemporánea.

Pero usted no tiene que dejarse llevar por la corriente de la sociedad. Dios revela un camino diferente para resistir la cultura predominante y vivir como él desea, el camino que es mejor para usted y para todos. Asegúrese de leer el artículo central de esta edición, “Hundidos en el pecado — y el rescate que Dios ofrece”, a partir de la página 4. En medio de la oscuridad de esta era, decídase por Dios, y él le dará la ayuda que necesita.

Por otra parte, más allá del mundo atribulado de hoy, en el horizonte hay buenas noticias. La Biblia nos dice que en algún momento Jesucristo regresará a la Tierra para establecer el Reino de Dios. Las leyes morales perfectas del Eterno, que nos ayudan a distinguir el bien del mal y nos muestran cómo vivir en armonía con los demás, se convertirán en el código de conducta prescrito para el mundo entero. ¡Por fin la gente experimentará la liberación de los caminos destructivos del pecado, y el verdadero gozo y los beneficios de vivir según el estilo de vida de Dios!

Esta es la única esperanza verdadera de la humanidad y la única forma en que la inmoralidad de la sociedad por fin terminará. ¡Que Dios apresure ese día! Comience a vivir hoy en la certeza de esa esperanza, y acepte la ayuda que Dios quiere darle. BN

 

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