¿Ha orado usted alguna vez un mictam?

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Seis de los Salmos incluyen este tipo de oración en sus encabezados. ¿Qué tiene ella de especial? ¿Y cómo se relaciona con nuestras circunstancias actuales?


 

David huía para salvar su vida. El rey Saúl había jurado matarlo y enviado hombres a capturarlo. David se dirigió a la tierra vecina de los filisteos, eternos enemigos de Israel, y buscó refugio con Aquis, el rey de Gat (1 Samuel 21:10). Parecía una decisión extraña, ya que David había matado al gigante Goliat, el campeón filisteo de esa ciudad, y a muchos otros filisteos. Quizás David pensó que Aquis respetaría su audacia o que le resultaría útil contra Saúl. Tal vez ya le habían hecho alguna oferta previamente. Al menos estaba fuera del alcance de Saúl.

Los funcionarios de Aquis advirtieron que David era considerado rey en Israel y recordaron sus victorias pasadas contra ellos, mencionando el cántico de los israelitas: “Hirió Saúl a sus miles, y David a sus diez miles” (v. 11). Al oír esto, David tuvo miedo y fingió estar loco. “Y cambió su manera de comportarse delante de ellos, y se fingió loco entre ellos, y escribía en las portadas de las puertas, y dejaba correr la saliva por su barba” (v. 13). Confundido, el gobernante filisteo quiso alejarlo de su presencia, pero no lo mandó matar, quizás porque los locos se consideraban tocados por los dioses, y tal vez pensó que David aún podría serle útil como ventaja contra Saúl.

Poco después, David escapó de Gat y huyó a una cueva en las tierras bajas entre Judá y Filistea (1 Samuel 22:1). Mientras estaba en Gat, temiendo por su vida, David escribió el Salmo 56. El peligro que enfrentaba era en parte el resultado de sus propias decisiones imprudentes, que ya no podía deshacer. Sabía que solo un milagro de Dios podía salvarlo. David nos dejó una importante lección de fe en el versículo 11: “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”.

El Salmo 56 es uno de los seis salmos designados como “Mictam de David”. El Salmo 16 está situado aparte de los demás, mientras que los Salmos 56 al 60 forman una secuencia consecutiva de cinco. Estos últimos cinco fueron musicalizados, con letras adaptadas a canciones conocidas de la época, lo que facilitaba su memorización.

¿Qué es un mictam? ¿Y cómo podría aplicarse esta forma de salmo en nuestra vida?

La palabra mictam (también escrita mikhtam o miktam) tiene un significado incierto. Algunos eruditos piensan que significa “grabado” o “inscripción”. Otros la relacionan con una palabra que significa “oro fino”, sugiriendo algo valioso y permanente, como un sello de oro estampado. También se ha sugerido que se refiere a una composición escrita que originalmente no tenía música, o a palabras que merecían ser grabadas para preservarlas. En cualquier caso, el término parece indicar algo precioso que vale la pena recordar para siempre.

Lo que sí queda claro es que cada salmo designado como mictam es una oración sumamente intensa durante un momento de extremo peligro o necesidad. Todos incluyen situaciones de vida o muerte que no pueden resolverse con esfuerzo humano, cuando Dios es la única respuesta. En ellos, David reconoce el poder y la soberanía de Dios y pide liberación. Y cada oración concluye con una expresión de seguridad y convicción en la ayuda divina. 

Quizás el más conocido de los mictam sea el primero, el Salmo 16, reconocido como profético. El versículo 10, “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”, es citado por los apóstoles Pedro y Pablo como referencia a Jesucristo (Hechos 2:27; 13:35). Sin duda, este salmo estaba en la mente de Jesús mientras oraba en el huerto de Getsemaní antes de ser arrestado y enjuiciado, y muchos creen que habría estado recitando sus palabras.

¿Ha orado usted alguna vez un mictam? Si usted es cristiano, llegará un momento en su vida en que lo hará. Dios permite desafíos y dificultades para probar nuestro carácter (Deuteronomio 8:2-3; 1 Pedro 1:7). Todos llegaremos a un punto en el que habremos agotado todo esfuerzo para resolver un problema, sin éxito. Tal vez sea una enfermedad u otro padecimiento físico para el cual hemos intentado toda opción médica, solo para descubrir que nada de lo que hacemos funciona. Nuestro único recurso será acudir a nuestro Creador para que nos sane, y confiar en su voluntad. Otros desafíos también pueden llevarnos a orar un mictam: problemas laborales, conflictos familiares o dificultades económicas, todos los cuales pueden ser muy graves.

Todo cristiano necesita aprender las mismas lecciones que aprendió David, y felizmente estas quedaron registradas para nosotros. El apóstol Santiago señaló que “la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:3). Los momentos en que debemos elevar una plegaria intensa y ferviente —un mictam— forjan un carácter más fuerte. Pablo escribió: “Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza” (Romanos 5:3-5).

Las lecciones que nos dejaron los mictam son sencillas y directas.

Confianza en la protección divina: “Protégeme, oh Dios, pues en ti me refugio” (Salmo 16:1, La Biblia de las Américas).

Fe en medio del temor: “En el día que temo, yo en ti confío” (Salmo 56:3).

Fe durante la persecución: “Mi vida está entre leones . . . Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto” (Salmo 57:4, 7).

Confianza en la defensa de Dios: “A causa del poder del enemigo esperaré en ti, porque Dios es mi defensa” (Salmo 59:9).

Llegará el día en que enfrentaremos una situación grave y comprenderemos que nuestro Dios y Salvador es la única respuesta. Tal como hizo David cuando su vida corría peligro, elevaremos nuestro propio mictam: una oración intensa y suplicante, de preciado valor, grabada en nuestra mente para siempre. Y nuestro Dios escuchará esa oración. BN

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