Cómo crecer en fidelidad para ser como Dios

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La verdadera fidelidad significa ser completamente honesto, confiable y leal en cada área de la vida, reflejando el carácter mismo de Dios. Como Jesucristo enseñó, ser fiel en lo poco nos prepara para lo mucho. Con la ayuda del Espíritu de Dios, podemos crecer en esta excelsa virtud y un día escuchar: “Bien, buen siervo y fiel”.


 

Cuando se habla de ser fieles, lo primero que piensa la mayoría de las personas es en la fidelidad conyugal. Pero la fidelidad comprende mucho más que eso, y puede abarcar casi todas las áreas de nuestra vida.

Más que un deseo humano, la fidelidad es una cualidad de Dios mismo, y a él debemos parecernos en este sentido. (Vea “Confíe en la fidelidad de Dios” en la siguiente página.)

¿Qué es la fidelidad? ¿Cómo la practicamos y cuándo la demostramos en nuestras vidas?

Cómo desarrollar fidelidad

En nuestro esfuerzo por llegar a ser como Dios en carácter, debemos asegurarnos de que la fidelidad ocupe un lugar muy destacado en nuestro sistema de valores. Muchas personas dicen profesar fidelidad, pero muy pocas la demuestran. ¿Por qué? Porque a menudo es una virtud que cuesta, y pocas personas están dispuestas a pagar el precio. Pero para la persona piadosa, la fidelidad es una cualidad esencial, sin importar cuál sea el costo.

¿Qué es la fidelidad? En el lenguaje bíblico, la fidelidad denota aquello que es sólido y confiable. El Diccionario de la lengua española define así el término fiel: “Que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él”. Algunos sinónimos comunes son “confiable”, “seguro”, “digno de confianza” y “leal”. La palabra también tiene una connotación de honestidad e integridad absolutas.

La persona fiel es aquella digna de confianza y leal, confiable en todas sus relaciones y completamente honesta y ética en todo lo que hace.

¿Cómo se compara nuestra fidelidad con la de Dios? ¿Nos estamos asemejando cada día más a Dios nuestro Padre y a nuestro Hermano Mayor, Jesucristo?

¿A qué debería parecerse nuestra fidelidad? Examinemos tres áreas. 

1. Honestidad absoluta

La honestidad absoluta en el hablar y en los asuntos personales debe ser el sello distintivo de un cristiano fiel. “Los labios mentirosos son abominación al Eterno; pero los que hacen verdad son su contentamiento” (Proverbios 12:22, énfasis nuestro en todo este artículo). Y: “El peso falso es abominación al Eterno; mas la pesa cabal le agrada” (Proverbios 11:1).

Note que podemos ser infieles con nuestras palabras, ¡pero también con nuestros hechos y forma de negociar! Dios detesta la mentira y aborrece las transacciones comerciales deshonestas, es decir, el uso de tácticas turbias para engañar a otros. No solo se nos ordena no mentir, sino además evitar prácticas fraudulentas.

Mentimos o defraudamos cuando fingimos ser algo que no somos, cuando como estudiantes hacemos trampa en un examen, o cuando como contribuyentes omitimos declarar todos nuestros ingresos. ¿Cuánto le revelaría usted sobre su auto usado a un posible comprador? El tema de la honestidad abarca cada aspecto de nuestras vidas. Debemos demostrar honestidad absoluta.

Otros ejemplos de deshonestidad son las “mentiras piadosas” aparentemente inocentes, casos de exageración o de manipulación de los hechos de una historia aunque sea un poco. Tal vez no seamos tan honestos como creíamos.

Piense en Jesucristo. Un día les preguntó a sus enemigos: “¿Quién de ustedes puede, con toda sinceridad, acusarme de pecado?” (Juan 8:46, NTV). Si en algún momento Jesús hubiera distorsionado la verdad, incluso solo un poco, no habría podido hacer esa pregunta con tanta seguridad. Nosotros somos llamados a ser como Jesús y a seguir su ejemplo de absoluta honestidad.

¿Por qué ser tan estrictos sobre la honestidad absoluta en las minucias sociales de la vida? Porque es ahí donde esta comienza. Si somos cuidadosos en los detalles pequeños, sin duda tendremos el mismo cuidado para ser honestos en las cosas más importantes de la vida.

¿Recuerda lo que dijo Jesús?: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto” (Lucas 16:10). Nuestra sociedad necesita urgentemente volver a enfatizar la honestidad, tanto en sus operaciones comerciales como en sus relaciones sociales. De vez en cuando nos enteramos por medio de las noticias de los escándalos protagonizados por ciertas empresas, cuyos ejecutivos por lo general creen que es imposible tener éxito en los negocios de hoy sin transar con la verdad. En muchos casos, la misma actitud prevalece en la política, los deportes y cada aspecto de nuestra sociedad.

Como hijos de Dios, somos llamados a ser diferentes, y eso implica ser modelos de honestidad absoluta en cuanto a la fidelidad.

2. Confiabilidad total

Pocas cosas son más frustrantes que depender de alguien que no es confiable. Note lo que escribió Salomón: “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían” (Proverbios 10:26).

No poder contar con alguien debido a que es holgazán es comparable al sonido que hacen las uñas al raspar una pizarra: ¡su infidelidad lo hace insoportable! Podemos ser indiferentes a los hábitos de personas negligentes si no tenemos nada que ver con ellas, pero si dependemos de sus actos, sus hábitos de indolencia nos parecen infidelidad.

Nuestra sociedad necesita volver a darle a la confiabilidad la gran importancia que tiene. Hoy en día, con frecuencia esta es relegada en favor del deseo personal o la conveniencia. Algunas personas cumplen sus compromisos solo si les resulta conveniente.

Para quien practica el cristianismo, la confiabilidad es un deber no solo hacia sus semejantes sino, más importante aún, hacia Dios. Esta cualidad no es solo una obligación social: es también espiritual. A Dios le preocupa ante todo que seamos fieles a él.

En Salmos 15, David hace una pregunta importante y la responde: “Eterno, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón [honestidad absoluta] . . . El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia [confiabilidad total]” (vv. 1-4).

Este Salmo contiene una lista de estándares éticos que una persona debe mantener para morar en la casa de Dios y finalmente ser parte de su familia. En medio de esa lista está la última frase que vimos, también traducida por la Nueva Versión Internacional como “[el] que cumple lo prometido aunque salga perjudicado” (Salmos 15:4, NVI). Dios quiere que seamos confiables incluso si nos resulta costoso. Esto es lo que distingue la fidelidad cristiana de la confiabilidad común de la sociedad no creyente.

Hay numerosas situaciones en las que todos asumimos compromisos que, de vez en cuando, pueden resultar difíciles de cumplir. En momentos así necesitamos especialmente, con la ayuda de Dios, manifestar el fruto del Espíritu, que es la fidelidad.

Debemos ser personas plenamente confiables.

3. Lealtad inquebrantable

La persona fiel no solo es honesta y confiable, sino también leal. El tema de la lealtad suele surgir en relación con nuestros amigos. La palabra ha llegado a tener la connotación de permanecer con alguien en las buenas y en las malas. Quizás no hay mejor descripción de la lealtad que las palabras de Salomón: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” (Proverbios 17:17).

No existe tal cosa como “un amigo solo en las buenas”. Si la lealtad de una persona no garantiza su fidelidad hacia usted en tiempos difíciles, quiere decir que ella realmente no es su amiga. Simplemente se está valiendo de usted para satisfacer algunas de sus necesidades sociales personales.

Jonatán, el hijo del rey Saúl, constituye uno de los mejores ejemplos de lealtad en la Biblia. Su fiel amistad con David casi le costó la vida a manos de su propio padre. Asombrosamente, Jonatán comprendió que su lealtad a David terminaría por costarle el trono de Israel. Trátese de honestidad, confiabilidad o lealtad, la fidelidad es frecuentemente una virtud costosa.

Hay un tipo de lealtad que debemos evitar: la llamada “lealtad ciega”. Es aquella que se niega a admitir los errores o faltas de un amigo y, en realidad, es perjudicial. “Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece” (Proverbios 27:6).

Solo el amigo verdaderamente fiel se preocupa lo suficiente por nosotros como para emprender la tarea, a menudo ingrata, de señalarnos en qué estamos fallando. A ninguno de nosotros nos gusta que nos hagan ver o nos enrostren nuestras faltas, pecados o errores; por eso, con frecuencia dificultamos la tarea a nuestros amigos. Como resultado, a muchos les preocupa más expresar acuerdo mutuo que decir la verdad.

Esto no es lealtad. La lealtad dice la verdad con fidelidad, pero también con amor. La lealtad dice: “Me importas lo suficiente como para no permitir que sigas actuando equivocadamente o cometiendo pecado, lo que finalmente te perjudicará”.

Nuestro deber es mostrar una lealtad inquebrantable en la fidelidad a Dios y a los demás.

¿Cómo podemos cumplir con lo que Dios requiere?

El primer paso para crecer en fidelidad es reconocer el estándar bíblico. Debemos desarrollar convicciones congruentes con ese estándar y basadas en la Palabra de Dios. ¿Cómo lo hacemos?

• Primero, estudie los versículos bíblicos sobre el tema de la fidelidad.

• Segundo, evalúe su vida. Tal vez pueda conversar al respecto con su cónyuge o un amigo cercano. ¿Se esfuerza por ser concienzudamente honesto? ¿Pueden otros confiar en usted aun cuando le resulte gravoso? ¿Puede Dios depender de usted incluso si debe hacer un sacrificio? Piense en situaciones específicas que comprueben su fidelidad o le muestren dónde necesita hacer cambios para mejorar.

• Tercero, cuando vea una necesidad específica de fidelidad, haga de ello tanto un asunto de oración y también el objetivo de algunas acciones concretas de su parte. Nuestro esfuerzo y el poder del Espíritu Santo de Dios trabajan juntos para fortalecer nuestro carácter cristiano.

No podemos convertirnos en personas fieles solo con desearlo. Se requiere una dimensión divina que solo es posible mediante el Espíritu de Dios. La fidelidad es uno de los frutos del Espíritu Santo, contra los cuales no hay ley (Gálatas 5:22-23). Pero también es cierto que no podemos llegar a ser personas fieles si no lo intentamos y ponemos manos a la obra.

Aunque generalmente no tenemos que ser fieles hasta el punto de dar la vida, puede llegar el momento en que ello sea necesario. Jesús dice: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10). Así que considere la recompensa por la fidelidad: ¡es la corona de la vida, que representa la vida eterna!

Cómo demostrar fidelidad a Dios y entre nosotros

Todos apreciamos a un amigo o conocido que ha demostrado ser fiel, y más aún lo aprecia Dios. Usted sabía que podía contar con que esa persona cumpliría su palabra, y que podía confiar plenamente en ella. Si decía que lo llamaría, lo hacía. Si decía que estaría en algún lugar a cierta hora, ahí estaba. ¡Es maravilloso tener amigos fieles!

En la parábola de los talentos, note lo que dijo el Señor: “Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).

Se podría argumentar que la fidelidad en este pasaje se refiere a nuestra relación con Dios, no a la que tenemos entre nosotros, y es cierto. Pero la fidelidad a Dios incluye la fidelidad de los unos a los otros. En el mismo capítulo, Jesús dice: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (v. 40). Este es un elemento clave para entender todos los pasajes de las Escrituras sobre la fidelidad.

Los dos grandes mandamientos muestran que debemos amar primero a Dios, y luego a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es Dios quien requiere que seamos fieles en todas nuestras relaciones terrenales. Si nos esforzamos por crecer en fidelidad hacia Dios y entre nosotros, podemos contar con que finalmente escucharemos a nuestro Señor decir: “Bien, buen siervo y fiel”. BN

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Peter Eddington

Peter sirve en la oficina central de la Iglesia en Cincinnati como gerente de operaciones del Servicio de Medios y Comunicaciones.