El monstruo entre nosotros

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Los actos de violencia que acaparan los titulares parecen fortuitos, pero ¿lo son realmente? Detrás de tanto odio y crueldad 
se esconde un enemigo real, empecinado en hacernos daño.


 

No hace mucho, me desperté con un titular verdaderamente espantoso: un muchacho de dieciséis años y su perro habían sido asesinados a tiros en su propia casa. Las vidas de un joven y de su fiel compañero fueron truncadas en un instante por un acto de violencia sin sentido.

Lo que hizo este caso particularmente impactante fue que no ocurrió en una zona peligrosa de la ciudad ni a altas horas de la noche, cuando los tratos entre comerciantes de drogas suelen terminar mal. Por el contrario, sucedió un sábado temprano en la mañana en una zona rural de Carolina del Norte [EE. UU.], donde un muchacho y su perro debían sentirse perfectamente seguros.

“En ciertos momentos de mi vida he cuestionado la brújula moral de la sociedad, y este es, indudablemente, otro de esos momentos”, declaró el alguacil del condado de Forsyth, Bobby Kimbrough Jr., en un comunicado de prensa emitido el 2 de mayo de 2026. “El hecho de que un niño de dieciséis años y su mascota puedan ser acribillados en la quietud de las primeras horas de la mañana me hace cuestionar nuestro sentido de la moralidad y me provoca verdadera angustia. No se equivoquen: hay un monstruo entre nosotros”.

El alguacil Kimbrough tiene más razón de la que quizá él mismo imagina. La maldad no es la única responsable de este horrendo acto. Tampoco lo es la violencia juvenil, ni las armas, ni las drogas. No es siquiera la decadencia moral que, según él acertadamente señala, está afectando a nuestro mundo ahora mismo. Hay un monstruo en particular que opera a gran escala tras bastidores, y su influencia permea incluso los detalles de la vida de cada ser humano en todo el planeta. El nombre de ese monstruo es Satanás el diablo.

El monstruo

Aunque esto pueda sonar trillado y hacerle pensar: “Bueno, pero qué hay de nuevo”, nuestro mundo de hoy con frecuencia no tiene la menor idea de quién es el verdadero enemigo.

Las Escrituras nos advierten: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

No se equivoque: Satanás el diablo quiere verlo muerto, pero eso no es todo.

El desgarrador asesinato de un muchacho y su perro en una zona campestre, un tiroteo por el control territorial en un barrio peligroso dominado por el narcotráfico, e incluso decenas de miles de soldados que se matan unos a otros en un campo de batalla, no le bastan a nuestro enemigo. No; porque en realidad, sus planes son mucho más ambiciosos. Su objetivo es separar a las personas de Dios, destruir a la humanidad y frustrar el propósito divino para el género humano.

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:12-14).

Lucifer, aquel poderoso ser angelical, quería gobernar no solo la Tierra, sino también el universo y a su Creador. Tras intentar derrocar el trono divino, Lucifer fue arrojado a la Tierra, donde se convirtió en Satanás el diablo (Lucas 10:18). Incapaz de vencer a Dios, este ángel caído enfocó su atención en destruir todo lo que el Eterno ama, en especial su creación más preciada: la humanidad. Para más información sobre este tema, consulte nuestro folleto gratuito ¿Existe realmente el diablo?

Las armas del monstruo

Aunque Satanás se vale de cosas como la guerra y la codicia para que los seres humanos se maten unos a otros, estas son solo algunas de sus armas. El apóstol Pablo recordó a la congregación de Corinto que Satanás recurriría a todas las artimañas imaginables en su guerra contra la humanidad. Refiriéndose específicamente a una actitud de falta de perdón, Pablo nos exhorta a tener cuidado “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).

Pero lo que el monstruo utiliza para darnos caza no son armas de fuego ni bombas. En la guerra que él libra, recurre a un arma mucho más mortífera: el pecado.

Recordemos la meta principal de nuestro enemigo: la aniquilación de la humanidad, pero no solo ahora, sino para siempre. Quiere que rechacemos al Eterno y nuestra oportunidad de alcanzar la vida eterna, y su arma predilecta es la tentación de pecar. Si logra que cometamos pecados persistentes de los que nos negamos a arrepentirnos, nos separamos eternamente de Dios porque lo rechazamos a él, a sus leyes y el sacrificio de Jesucristo. El resultado es entonces la muerte eterna (Isaías 59:2; Romanos 6:23). Sin duda, la táctica de Satanás puede dar resultado en nosotros. Sin embargo, aunque el diablo ejerce una poderosa influencia en este mundo, cada ser humano sigue siendo responsable de las decisiones que toma y de los pecados que comete.

Como Pablo expresó con toda sencillez en Romanos 6:23, “la paga del pecado es muerte”. Si pecamos, nos ganamos esa paga: la muerte. Si Satanás logra persuadirnos de que nos entreguemos a una vida de pecado sin arrepentimiento, quiere decir que no necesita hacer nada más; con eso le basta.

Desde luego, esto plantea un enorme problema, ya que todos pecamos (Romanos 3:23). Por lo tanto, todos nos hemos hecho merecedores de la muerte.

Entonces, ¿ya ganó Satanás?

No. Y no ganará.

Al recibir una visión de lo que habría de suceder, el apóstol Juan escribió: “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones . . .” (Apocalipsis 20:1-3). Las Escrituras explican a continuación que Satanás será soltado por un poco de tiempo, tras lo cual recibirá su castigo final en el lago de fuego. Nunca más podrá engañar ni influir en nadie (Apocalipsis 20:7-10).

Pero ¿por qué?

Esto nos lleva a otra pregunta: si al final se le impedirá a Satanás hacer daño a la humanidad, ¿por qué permite Dios que este enemigo cause tantos estragos ahora?

Satanás es “el dios de este siglo”, y el Eterno está permitiendo, por ahora, que este ser nuble el entendimiento de las personas hasta el punto de incapacitarlas para comprender el Evangelio de Jesucristo (2 Corintios 4:4).

Entonces, ¿por qué permitir que este monstruo atormente nuestra existencia? ¿Y qué decir del daño que causa ahora mismo, al tentarnos e inducirnos, a usted, a mí y a todos los que han existido, a pecar, y así separarnos de Dios?

Satanás no fue creado como un monstruo maligno. De hecho, Dios nunca creó a Satanás, sino a Lucifer, quien era, literalmente, un ángel perfecto.

En un pasaje que se entiende como una descripción de Lucifer, el querubín ungido que se convirtió en Satanás, leemos: “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:12-15).

Dios creó a Lucifer perfecto en sus caminos, pero con el tiempo, a causa de su propio orgullo, sus decisiones y rebelión, su conducta se volvió perversa. Como vimos antes en Isaías 14, resolvió exaltarse a sí mismo e intentar derrocar al Eterno.

Lucifer se convirtió en Satanás como resultado de sus propias decisiones. Como consecuencia, fue expulsado del ámbito celestial (Lucas 10:18) y hasta el día de hoy sigue atormentando a la Tierra y a sus habitantes.

En cuanto a por qué Dios permite esto por ahora, el dolor y sufrimiento que vemos sí tienen un propósito. El Eterno permite que la humanidad experimente las consecuencias de rechazar su camino. A fin de cuentas, el ser humano debe aprender que es incapaz de gobernarse a sí mismo con éxito cuando se aparta de Dios. Para aprender más, vea el programa de Beyond Today en Español sobre este tema o lea nuestro folleto gratuito ¿Por qué Dios permite el sufrimiento?

Al cegar a gran parte de la humanidad ante las buenas nuevas y propagar sus actitudes equivocadas, Satanás arrastra a la sociedad a la decadencia moral que vemos actualmente. Si no comprendemos los principios correctos que deben guiar nuestra vida y que son definidos en la Palabra de Dios, quedamos a merced de nuestros propios deseos carnales, que el diablo amplifica mediante su influencia para producir el dolor y el sufrimiento que acarrea el pecado.

La derrota del monstruo

Finalmente, como vimos antes, Satanás será derrotado. Pero a su paso habrá dejado una estela de destrucción, en particular, las consecuencias del pecado que la humanidad ha acumulado sobre sí misma bajo su influencia.

Así como Satanás tiene un arma predilecta, Dios proporciona el medio para alcanzar la victoria: ¡Jesucristo!

Al lamentarse por la lucha que todos enfrentamos contra el pecado y su inevitable desenlace, el apóstol Pablo dijo: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (Romanos 7:15).

Y continúa: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (v. 18). El desafío consiste no solamente en distinguir el bien del mal, sino en tener la determinación y la firmeza para hacerlo realmente.

Frustrado por esta lucha, Pablo exclama: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24).

Luego, cuando parece que la batalla está perdida, Pablo identifica el arma secreta que tenemos: nuestra liberación del pecado. “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (v. 25).

El apóstol amplía este concepto en 2 Corintios 
10:3-5: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.

Tanto estos “argumentos” como la mencionada “altivez” son sinónimos del pecado de todo tipo que se opone al conocimiento y la autoridad de Dios. El asesinato sin sentido de un muchacho inocente, el orgullo de Lucifer que lo llevó a intentar elevarse por encima del Eterno, nuestras propias faltas y defectos: todos reflejan la influencia destructiva del pecado y son fortalezas espirituales que no podemos derribar por nuestra cuenta. Y como el pecado es un problema espiritual, no puede vencerse con meros esfuerzos físicos.

Cuando aceptamos que la ley de Dios es buena y justa y nos esforzamos por llevar cautivos nuestros pensamientos y acciones mediante un arrepentimiento sincero y de corazón en obediencia a Cristo, el Eterno nos da la ayuda y fortaleza necesarias para vencer. Si Cristo vive en nosotros por medio del Espíritu Santo, la victoria sobre el pecado es posible.

¡Victoria declarada!

El arma más poderosa de Satanás, el pecado, no tiene poder alguno sobre nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Hay un monstruo al acecho. Satanás el diablo, quien escogió la rebelión y sucumbió al pecado, trabaja sin descanso para tentarnos a hacer lo mismo. Los resultados de su influencia y de las decisiones humanas son guerras, asesinatos fortuitos de niños inocentes y toda clase de actos viles y pensamientos malvados que violan las leyes y los estatutos de Dios.

La derrota del monstruo es segura. Y aunque sigue muy activo en nuestro mundo de hoy, se acerca el tiempo en que su arma predilecta ya no tendrá poder sobre nosotros. Por medio de Jesucristo, Dios otorga el perdón y la eliminación del pecado (Marcos 2:10; 1 Juan 1:9). A su tiempo, toda la humanidad tendrá la oportunidad de conocer al Eterno, comprender el sacrificio de Cristo y escoger su camino de vida. Por fin desaparecerán el dolor y el sufrimiento que la influencia de Satanás ha provocado durante siglos.

No tenemos que vivir con temor a Satanás ni a su arma principal, el pecado. Santiago 4:7 nos dice: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”. Cuando nos volvemos al Eterno, nos arrepentimos de nuestros pecados, aceptamos la salvación por medio de Jesucristo y nos entregamos para ser guiados por el Espíritu Santo, el monstruo que gobierna nuestro mundo es derrotado. BN

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