Hijos literales de Dios

Las Escrituras indican que todas las personas son descendientes de los dos primeros seres humanos, Adán y Eva.

Las Escrituras indican que todas las personas son descendientes de los dos primeros seres humanos, Adán y Eva. Nosotros somos su familia inmediata. Y  por haber sido creado directamente a semejanza de Dios, Adán era hijo de Dios (Lucas 3:38; compare con Génesis 5:1-3). Por lo tanto, si somos descendientes de Adán, también somos hijos de Dios. Dios es nuestro Padre porque él engendró a nuestro primer padre humano. Como nos dice Hechos 17:28-29, “Porque linaje suyo somos”.

Sin embargo, el propósito de Dios trasciende la creación de seres mortales y perecederos. Él está en el proceso de modelar y formar “una nueva creación” (2 Corintios 5:17, NVI), engendrando a sus propios hijos espirituales—inmortales e incorruptibles, imbuidos de su misma naturaleza y carácter.

Mientras mejor entendamos lo que esto significa, más nos maravillaremos, no sólo del majestuoso propósito de Dios, sino que también de lo que esto significa para cada uno de nosotros en el plano personal.

Una familia según la imagen de Dios

Pablo explica esta nueva creación haciendo un contraste entre el “viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos”, y la “nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad” (Efesios 4:22-24, versión Dios Habla Hoy).

En este pasaje, Pablo describe una transformación indispensable por la que deberá pasar la humanidad. Esto comprende, primero que nada, un cambio en la naturaleza y el carácter de las personas. El segundo paso es la resurrección, una metamorfosis absoluta mediante la cual se convertirán en seres espirituales capaces de vivir eternamente.

Dios está llevando a cabo esta transformación a través del poder del Espíritu Santo. Uno de los términos que describe esta transformación espiritual es salvación. Pablo se refiere a quienes recibirán esta salvación como a “hijos de Dios”: “El Espíritu mismo [es decir, el Espíritu Santo de Dios] da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:16-17).

¿Podemos comenzar a entender el significado de esta inspirada declaración de Pablo?  Nos explica el por qué estamos aquí, y la razón misma de nuestra existencia, de por qué nacimos. Le da significado a la vida misma, y explica por qué Dios desea que toda la humanidad llegue al conocimiento de la verdad. Las Escrituras nos dicen que Dios está creando una familia—su propia familia. ¡Y nosotros tenemos la incomparable oportunidad de ser parte de ella, de la familia de Dios!

Esta relación familiar, en la que llegaremos a ser hijos de Dios el Padre, ¡es el corazón y la esencia del magnífico plan de Dios para la humanidad!

Desde el comienzo mismo de la humanidad, este propósito ha sido claramente enfatizado por Dios. Fíjese nuevamente en las palabras de Génesis 1: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza’ . . . Y creó Dios al hombre a su imagen; . . . varón y hembra los creó” (vv. 26-27). Tanto hombres como mujeres fueron creados a imagen y semejanza de Dios, para que fueran como él.

Este lenguaje bíblico se refiere a la familia. Notemos que solo después de crear  a las plantas y animales para que se reprodujeran “según su género”, Dios dijo “hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (v. 26). Esto demuestra que el hombre fue creado de acuerdo “al género divino”. De hecho, para ayudarnos a comprender el paralelo de la creación del hombre a la imagen y semejanza de Dios, Génesis 5:3 dice que más tarde, el primer hombre, Adán, “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set”. Así es que Dios estaba esencialmente reproduciéndose a sí mismo a través de la humanidad. Estudiaremos este tema más adelante.

Dios afirma claramente que su familia incluye a personas que ahora son hombres y mujeres físicos, y que son sus hijos e hijas: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya que no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28).

Generalmente, y con bastante frecuencia, la Biblia se refiere a los hijos físicos de ambos sexos como “hijos” porque esa era la costumbre en los tiempos en que se escribió la Biblia. Tal costumbre ha continuado en muchos idiomas durante siglos. En los idiomas hebreo y griego, en los que originalmente se escribió la Biblia, la palabra “hijos” por lo general se usaba para referirse a los “descendientes”. De manera similar, nosotros usamos las palabras humanidad y hermanos en un sentido general, para incluir a ambos sexos.

Dios también nos dice “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18). Al igual que tanto hombres como mujeres son hijos de Dios por medios físicos, también pueden llegar a ser sus hijos por medios espirituales.

¿Somos verdaderamente los hijos de Dios?

Pero cuando Dios nos llama “sus hijos” y nos instruye para que lo llamemos “nuestro Padre”, ¿está hablando en sentido literal? ¿Está Dios realmente engendrando otra familia semejante a él mediante un proceso reproductivo? ¿O será que esta expresión suya se refiere a que él es también Padre de la raza humana por medio de la creación?

Por ser el creador de todo cuanto existe, Dios es también Padre de los ángeles, y los llama “hijos de Dios” en Job 38:7. No obstante, él desea ser Padre de los seres humanos en un sentido mucho más trascendental, un privilegio que ni siquiera se le ha concedido a los ángeles.

En el libro de Hebreos se puede apreciar esto: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ‘Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy’, y otra vez: ‘Yo seré a él Padre, y él me será a mi hijo?’” (1:5). En este versículo se hace una comparación entre la naturaleza de los ángeles y la de Jesucristo, el hijo divino de Dios. Sin embargo, aquí también existe una aplicación a los seres humanos.

Debemos reconocer que como “Hijo unigénito de Dios”, Jesús está en una posición inmejorable (Juan 1:18; 3:16; 1 Juan 4:9). En su calidad de Verbo Divino, él estuvo con el Padre incluso antes de su concepción humana (Juan 1:1-3, 14). Después, mediante el poder del Espíritu Santo proveniente de Dios el Padre, fue concebido de manera sobrenatural como Jesucristo, el ser humano, en el vientre de María, cuando ésta todavía era virgen (Lucas 1:35; Mateo 1:20).

Jesús no tuvo un padre carnal, sino que su padre directo fue Dios el Padre, incluso en el plano físico, por medio del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, Jesús también fue engendrado por el Padre (compare con Juan 5:26; 6:63). Y al momento de su resurrección, después de su muerte, Cristo regresó junto a su Padre y a la gloria que habían compartido juntos, habiendo orado así justo antes de morir: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).

Aunque los demás seres humanos no somos concebidos físicamente de la manera sobrenatural en que lo fue Jesucristo, podemos, no obstante, seguir su ejemplo para llegar a ser concebidos espiritualmente por Dios, aun cuando sea en los años posteriores de nuestra existencia física. Los cristianos convertidos también son llamados “nacidos” de Dios (1 Juan 5:1, 18), como hijos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:16, 21; 1 Juan 3:1-2), y, como se explicó anteriormente, como “hijos e hijas” de Dios (2 Corintios 6:18).

En efecto, estos hijos son descritos en 1 Pedro 1:23 como “siendo renacidos, no de simiente corruptible [simiente viene del griego sperma y aquí  quiere decir que ellos no provienen de la célula espermatozoide masculina que fertiliza el óvulo femenino para producir  la vida mortal y perecedera], sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”.

Esta vida incorruptible e imperecedera, a la que son guiados por las Escrituras, es el resultado del Espíritu de Dios que él ha implantado en ellos, porque “El que da vida eterna es el Espíritu de Dios” (Juan 6:63, Traducción en Lenguaje Actual). De hecho, el Espíritu Santo es el agente de la concepción espiritual. Note una vez más las palabras de Pablo en Romanos 8:16: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Y por medio de ese Espíritu, se hace posible que nosotros seamos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4), la misma naturaleza de Dios.

Volviendo al libro de Hebreos, debemos comprender que aunque la expresión “ser engendrados por Dios” no se aplica a los ángeles, sí se aplica a Jesucristo, y no solamente a él, sino que también a sus seguidores. Se nos dice que los ángeles son “espíritus dedicados al servicio divino, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación” (1:14, NVI).

Estos seres humanos convertidos son los hijos de Dios, los hermanos de Cristo, que al igual que él, son engendrados de Dios. Además, se nos dice que Cristo va a “llevar muchos hijos a la gloria . . . Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos [es decir, como mencionan otras traducciones, del mismo padre o de la misma familia]; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (2:10-11).

Jesús es el “primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Éstos deben ser “nacidos del Espíritu” (Juan 3:6) para llegar a ser como él, que ahora, como “espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45), se sienta “a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).

De hecho, ellos se unirán a Jesucristo en gloria y majestad como “hijos de la resurrección” (Lucas 20:36), siendo Cristo “el primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18; Apocalipsis 1:5).

Todo esto deja muy en claro que los cristianos convertidos por el Espíritu se convierten en hijos de Dios, verdadera y literalmente, gracias a una regeneración espiritual—siendo nacidos otra vez a nueva vida por medio del Espíritu Santo. Así es que Dios está gestándonos según su “género”, como se afirma en Génesis 1 —no solo como modelos físicos de sangre y carne, sino que también como entidades espirituales iguales a él (Juan 4:24). Algunas personas se valen de unos cuantos versículos para afirmar que los cristianos son hijos de Dios adoptados y no sus verdaderos hijos concebidos por él mismo, pero esto está basado en un malentendido (vea “¿Adopción o filiación?”, página 16)

Seremos como Jesucristo

Ahora que ya hemos reconocido que estamos hechos a la imagen de Dios y que debemos seguir los pasos de Jesucristo para entrar en esa gloria futura, examinemos más a fondo lo que esto significa. ¿Qué tanto nos pareceremos a Dios, a fin de cuentas?

¡El propósito de Dios es convertirnos en fieles copias de Jesucristo! En Efesios 4, Pablo enfatiza muy bien este punto. Él explica que los miembros de la Iglesia de Dios deben llegar “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13). El comentario de Pablo en Gálatas 4:19, “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”, expresa el mismo concepto con distintas palabras.

¿Alcanza usted a vislumbrar el significado de lo que Pablo está diciendo cuando explica que tendremos la plenitud de Cristo? Según el apóstol, podemos llegar a ser totalmente iguales a Jesucristo, con su mismo carácter desarrollado en nosotros. Sin embargo, ¡eso no es todo!

Como hemos visto, Jesús, el Hijo de Dios, es además Dios el Hijo. Él es Dios junto con Dios el Padre—dos seres divinos ligados en profunda unidad.

Considerando que Jesucristo es el Hijo de Dios, nuestro destino también es ser hijos inmortales de Dios. Por supuesto que Jesús es el Hijo de Dios de una manera única, como ya hemos visto. Contrariamente a nosotros, él ha sido el Verbo de Dios por toda la eternidad, junto a su Padre (Juan 1:1). No obstante, el Nuevo Testamento declara que Jesús es también, como ya hemos visto, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29) y enfatiza que sus seguidores son también los hijos de Dios.

El apóstol Pablo explica el verdadero significado de sus palabras: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios . . . Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:1-3).

Los seres humanos que formen parte de la familia que Dios está creando serán finalmente seres espirituales glorificados, semejantes al Jesucristo resucitado (Filipenses 3:20-21) que reina sobre el universo, en su estado glorificado, a la diestra de Dios el Padre. A esto se refiere la descripción de Daniel, de que los justos en el futuro “resplandecerán . . . como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:2-3) ¡Los seres humanos resucitados a vida eterna serán como Jesucristo glorificado!

Pero ¿qué significa esto en realidad? Piense en que los hijos humanos son como sus padres y como sus hermanos y hermanas. Todos ellos pertenecen al mismo tipo o género de seres—al de los seres humanos. De la misma manera, los hijos de Dios finalmente serán como él y como Jesucristo, su hermano divino.

Jesucristo, Dios el Hijo, es como Dios el Padre, con la misma clase de gloria y poder. Estos versículos de las Escrituras nos dicen que los otros hijos de Dios, aquellos que serán glorificados al momento de su resurrección, ¡serán como el Padre y como Cristo!  Además, pertenecerán a la misma clase de seres representada por Dios el Padre y Jesucristo: ¡seres divinos, por difícil que ello parezca!

Según se nos explica en la Palabra de Dios, el asombroso potencial de cualquier ser humano parece tan increíble, que la mayoría de las personas no puede entender esta verdad bíblica cuando la lee por primera vez. Y aun cuando en la Biblia se explica claramente, la gente generalmente la pasa por alto. De hecho, este magnífico futuro encarna todo el propósito y la razón por los cuales Dios hizo a la humanidad. ¡Ésta es la razón de por qué nacimos y por qué existimos!

¿Son ustedes dioses?

Vayamos al meollo de este tema. En tiempos de Jesús, los judíos lo acusaban de blasfemo porque afirmaba ser el Hijo de Dios: “porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33).

Fíjese en esta intrigante respuesta: “Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley [en Salmo 82:6]: ‘Yo dije, dioses sois?’ Si [Dios] llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: ‘Tú blasfemas’, porque dije: ‘Hijo de Dios soy?’” (Juan 10:34-36).

En otras palabras, Cristo les dijo: “¿Si la Escritura claramente llama dioses a los seres humanos, por qué se molestan si yo declaro que soy el Hijo de Dios?”

Pero ¿son realmente dioses los seres humanos? ¿Qué quiso decir él con eso?

En Salmos 82:6, la escritura que Jesús citó, Dios les dice a los seres humanos: “Yo dije: ‘Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo’”. Aquí, la clave se encuentra en la palabra hijos, como hemos visto en otros versículos. Debemos entender que Dios es una familiauna familia divina compuesta por más de una persona. Hay un Dios (la familia Dios) constituida por más de un ser divino (vea “La familia ‘Dios’”, página 12).

Como se explicó anteriormente, desde un comienzo la familia “Dios” comprendía dos seres divinos: Dios y el Verbo. Este último se convirtió en sangre y carne como Jesucristo, el Hijo de Dios, hace 2.000 años (Juan 1:1-3, 14). Después de vivir y morir como ser humano, Jesús resucitó a una existencia espiritual divina como “primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18) y “primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Por lo tanto, Jesús nació espiritualmente al resucitar, como el primero entre muchos “hermanos” o hijos que vendrían en el futuro.

Nuevamente, como lo indicamos al comienzo de este capítulo, Hechos 17:28-29 afirma que los seres humanos son “linaje” de Dios (la palabra griega genos aquí significa “linaje”, “raza”, “especie”, “estirpe” o “familia”). Como vimos en Génesis 1, el propósito de Dios al crear al hombre a su propia imagen y semejanza era el de hacerlo conforme al “género de Dios”, para reproducirse a sí mismo por medio de la humanidad.

Salmos 82 es mucho más fácil de entender en este aspecto. En el versículo 6, la palabra dioses se compara con “hijos del Altísimo”. Esto tiene mucho sentido, porque cuando cualquier tipo de ser produce descendientes, éstos son de su misma clase o género. Los descendientes de los gatos son gatos. Los descendientes de los perros son perros. La progenie de los seres humanos son seres humanos. Los descendientes de Dios son, en las propias palabras de Cristo, “dioses”.

Sin embargo, aquí debemos tener mucho cuidado. Los seres humanos no son  dioses en el sentido literal de la palabra, al menos no todavía. De hecho, las personas inicialmente ni siquiera son realmente hijos de Dios, excepto en el sentido de que él creó a la humanidad y la hizo a su propia imagen y semejanza.

Dios es un espíritu eterno. Los seres humanos son carne mortal, pero con un componente espiritual, como vimos anteriormente. Ese componente es el espíritu humano, que nos otorga entendimiento. Esta diferencia entre Dios y los seres humanos es de gran importancia.

Salmos 82 se refiere a los seres humanos como dioses, en el sentido de ser descendientes de Dios y cuyo deber es representarlo a él en autoridad y justicia en toda la tierra, pero declara que, no obstante, todavía son imperfectos y sujetos a corrupción y muerte. Por lo tanto, son de la familia divina, pero sólo en un sentido limitado.

Una de las explicaciones de esto es que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero en un plano físico y mortal, con dominio limitado; parecido a Dios, pero sin su gloria ni su carácter divino. Otro de los aspectos de esto es que el hombre tiene el potencial máximo de convertirse en la misma especie divina a la que pertenecen el Padre y Jesucristo.

De hecho, Dios a menudo “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17), considerando sus propósitos como si ya se hubieran realizado. Increíblemente, el propósito de Dios es elevar a los seres humanos de esta existencia carnal al mismo nivel de existencia espiritual que él tiene, como veremos a continuación.

En camino hacia el resultado final: la gloria divina

Esto involucra el proceso de reproducción espiritual antes mencionado, en el cual Dios nos engendra como hijos suyos. Ahora que hemos visto un panorama más amplio de lo que Dios está haciendo, repasémoslo brevemente, para entenderlo mejor. El proceso reproductivo espiritual comienza con la unión del Espíritu de Dios y nuestro espíritu humano. Una vez más: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). Mediante esta unión milagrosa, nos convertimos en “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

Por lo tanto, el cristiano engendrado por el Espíritu es un hijo de Dios y un miembro verdadero de la familia de Dios, aunque no de manera definitiva todavía. Como hijos, todavía debemos pasar por un proceso de desarrollo en esta vida, un periodo en el que debemos moldear nuestro carácter y asemejarnos cada vez más a Dios en la manera en que pensamos y nos comportamos. Y al final de esta vida, en la resurrección que se llevará a cabo al retorno de Jesucristo, los verdaderos cristianos serán transformados en seres espirituales, como el Padre y Cristo.

Medite nuevamente en esta asombrosa verdad registrada por el apóstol Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

Para ampliar aún más este tema, en numerosos pasajes de las Escrituras se nos dice que recibiremos la gloria divina del Padre y de Cristo: “Es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo” (1 Pedro 5:10 versión Dios Habla Hoy; vea también Romanos 5:2; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 2:12; 2 Tesalonicenses 2:14; Colosenses 1:27; Hebreos 2:10).

Por otra parte, como coherederos de Cristo recibiremos dominio sobre todas las cosas, incluyendo la totalidad del vasto universo, una autoridad que solo Cristo tiene (compare Romanos 8:17; Hebreos 1:1-3; 2:5-9; Apocalipsis 21:7).  Para ejercer dominio cabal sobre todas las cosas, incluyendo los candentes hornos termonucleares de 50 mil millones de billones de soles, y cada partícula subatómica de cada átomo de cada molécula en la inmensidad cósmica—se requiere el poder omnipotente de Dios.

¿Y qué ocurrirá con nuestras mentes? Como seres humanos, jamás podríamos contar todas las estrellas del universo, de a una por segundo, aunque viviésemos un trillón de vidas. Sin embargo Dios, en un comentario casual, dice que él conoce todas las estrellas por su nombre (Salmo 147:4). Asombrosamente, Pablo afirma: “Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido [por Dios]” (1 Corintios 13:12), mostrando que vamos a poseer la omnisciencia de Dios. Y por qué no, ¡puesto que tendremos el Espíritu Santo, la mente misma de Dios, en plenitud!

Piense en esto: eventualmente, los seres humanos convertidos poseerán la naturaleza divina, la gloria divina y el poder absoluto sobre la creación, compartiendo el infinito conocimiento de Dios. ¡Todo esto es imposible sin poseer su divinidad! 

En aquel tiempo futuro, al igual que Jesús, por fin estaremos “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19; compare Colosenses 1:19; 2:9). ¿Cómo puede una persona estar llena de la plenitud de Dios y ser al mismo tiempo inferior a Dios?  Por lo tanto, al momento de ser transformados seremos también divinos, aunque el Padre y Cristo siempre serán superiores a nosotros.

La enseñanza de la deificación

Esta verdad bíblica seguramente causará gran impacto en quienes han escuchado sólo la perspectiva tradicional de las principales religiones cristianas respecto a la recompensa suprema de los justos. Sin embargo, quienes se apresuren a atacar esta enseñanza probablemente se asombrarán aún más al saber que muchos de los “primeros padres” de las religiones tradicionales —bastante apegados a las enseñanzas apostólicas originales— sí entendían esta increíble verdad, por lo menos en parte. Y hasta en nuestros días es posible apreciar ciertos indicios de ello.

Note lo que afirman los párrafos 398 y 460 del actual Catecismo de la Iglesia Católica (las fuentes están entre corchetes):

“El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria (pero pecó). . .”

“El Verbo (Jesucristo) se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” [2 Pedro 1: 4]: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” [Ireneo, siglo II, Contra los Herejes, libro 3, cap. 19, sección 1]. “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios [Atanasio, siglo IV, La encarnación del Verbo, cap. 54, sección 3]. “El Hijo Unigénito deDios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza,para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” [Tomás de Aquino, siglo XIII, Opúsculo 57, conferencias 1-4, énfasis nuestro]. 

Esta enseñanza es todavía más predominante en la tradición ortodoxa oriental, donde se la conoce con el término griego theosis, que significa “divinización” o “deificación”. Es completamente distinta al concepto de la Nueva Era, en que uno es absorbido dentro de una conciencia universal, o al de considerarse uno mismo como un ser inherentemente divino. Fíjese en esta notable explicación de Tertuliano, uno de los primeros teólogos católicos, escrita alrededor del año 200 d.C.:

“Sería imposible admitir a otro Dios, cuando no se le permite a ningún otro ser el poseer nada perteneciente a Dios. Ustedes pueden decir: bueno, entonces, según ese criterio, nosotros no tenemos nada de Dios. Pero sí lo tenemos, y así seguirá siendo. Solo que es de parte de él que lo recibimos, y no de nosotros mismos. Porque nosotros llegaremos a ser incluso dioses, si es que merecemos estar entre aquellos de quienes él declaró ‘Yo he dicho, “Ustedes son dioses’”, y ‘Dios se yergue en la congregación de los dioses’. Pero esto proviene de su propia gracia, no de algún atributo nuestro. Porque solo él puede hacer dioses” (Contra Hermógenes, cap. 5, Ante-Nicene Fathers [Los padres antinicenos], Vol. 3, p. 480, citado en “Deification of Man” [Deificación del hombre], David Bercor, editor, A Dictionary of Early Christian Beliefs [Diccionario de creencias cristianas primitivas], 1998, p. 200). Más aún, esta fue la creencia generalizada durante los primeros siglos del cristianismo.

Algunos escritores más recientes también han vislumbrado esta verdad bíblica. C.S. Lewis, tal vez el autor cristiano más popular del siglo pasado, escribió: “El mandamiento Sed, pues, vosotros perfectos [Mateo 5:48] no es un concepto idealista, ni un mandamiento para hacer lo imposible. Él nos va a convertir en criaturas que serán capaces de obedecer tal mandamiento. Dios dijo (en la Biblia) que somos ‘dioses’ y que él será fiel a sus palabras.

“Si se lo permitimos (porque podemos impedírselo si queremos), él hará del más débil y depravado de nosotros un dios o una diosa, una criatura deslumbrante, radiante e inmortal, que vibre con un gozo y una sabiduría y un amor que ahora no podemos imaginar; un brillante espejo sin mancha alguna que refleje a Dios a la perfección (aunque, claro está, a escala menor) en su poder sin límites, su gozo y su bondad. Este proceso será muy prolongado y a veces muy doloroso; pero para eso estamos. Para nada menos que eso. Cristo sabe lo que dice” (Cristianismo . . . ¡y nada más!, Editorial Caribe, 1977, p. 195).

La relación familiar suprema

Sin embargo, este tema requiere cierta aclaración muy importante. La enseñanza bíblica no dice que algún día nos convertiremos en un ser único, fundido con Dios, perdiendo así nuestra identidad individual. La realidad es que Dios es una familia. Y de la misma manera que los individuos que conforman una familia son seres distintos con identidades especiales, así será también en la familia de Dios.

No obstante, mediante el Espíritu Santo, los miembros de la familia de Dios compartirán una unidad intelectual, de propósito y de naturaleza, que trasciende la identidad y unidad común que es posible dentro de la familia humana.

De hecho, hay un solo Dios, pero ese Dios es una familia. Cuando el término dios se refiere a nuestro destino, en realidad lo que intenta es distinguir entre los múltiples seres divinos que constituyen ese Dios único—ese Dios que significa “la familia Dios”. Como vimos anteriormente, en la actualidad hay dos miembros divinos de la familia “Dios” —dos seres separados— Dios el Padre y Dios el Hijo, Jesucristo. Y, por increíble que parezca, habrá muchos más en el futuro.

Como mencionamos más arriba, Dios declaró: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18). Y Dios lo dice en serio. El Padre desea procrearnos como a sus propios hijos, para transformarnos en el mismo tipo de seres que él y Cristo actualmente son, pero, repetimos, siempre estaremos sujetos a la amorosa autoridad y liderazgo de ambos.

Cabe destacar que cuando los seres humanos que lleguen a ser salvos sean elevados al nivel existencial divino como verdaderos hijos de Dios y miembros legítimos de la familia de Dios, nunca desafiarán, ni de manera individual ni colectiva, la preeminencia del Padre y de Cristo como líderes de la familia. En realidad, todos estarán subordinados a Jesús, excepto el Padre, y Cristo mismo estará subordinado al Padre (vea 1 Corintios 15:24-28). El Padre y Cristo se mantendrán eternamente en la cúpula de la familia, reinando con plena autoridad sobre los miles de millones de hijos divinos.

¡Esta es, por lo tanto, la razón por la que usted y yo nacimos! Este es el futuro potencial supremo de toda la humanidad, y el asombroso propósito por cual fuimos creados. Al prever nuestro destino final, Jesús citó lo siguiente: “Yo dije: dioses sois”. ¡Nuestro futuro no puede ser más sublime ni mejor que esto!

A continuación veremos cómo puede usted llegar a ser parte de la familia inmortal de Dios, y analizaremos más detalladamente la maravillosa vida que nos está reservada. 

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¿Por qué existimos? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Hay algún propósito o razón para la vida humana? Estas preguntas han dejado perplejos incluso a los más grandes pensadores y filósofos a través del tiempo.

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