¿Por qué un Dios amoroso permite el sufrimiento?

Muchas personas creen que si Dios en verdad es un Dios de amor y de misericordia, debería sentirse obligado por su propio carácter y principios a impedir el sufrimiento en el mundo.

En su libro The Quest for God (“En busca de Dios”), el escritor e historiador Paul Johnson escribió acerca de uno de los dilemas teológicos más grandes de la humanidad. “Más que cualquier otra dificultad, sospecho que el problema del mal es el responsable de que más personas reflexivas se aparten de la religión” (1996, p.61).

Muchas personas creen que si Dios en verdad es un Dios de amor y de misericordia, debería sentirse obligado por su propio carácter y principios a impedir el sufrimiento en el mundo. Esto nos lleva a una pregunta muy interesante: ¿Por qué Dios no interviene para impedir el sufrimiento?

El mal que Dios permite, y las tragedias que decide no impedir, lleva a muchos a dudar de su sabiduría, su bondad y aun de su existencia misma. Algunos ateos citan la realidad de la existencia del mal como su carta de triunfo en los debates acerca de la existencia de Dios. Julian Huxley, biólogo y escritor inglés, opinaba que la existencia del mal “es un desafío al carácter moral de Dios” (Religion Without Revelation [“Religión sin revelación”], 1957, p.109).

Huxley concluyó que no existía ni revelación divina ni Revelador divino. (Para comprobar que Dios es real y que la evolución es una fábula, le recomendamos dos folletos gratuitos: ¿Existe Dios? y Creación o evolución: ¿Importa realmente lo que creamos?)

¿Por qué permite Dios el mal? Cualquiera que haya sentido algún dolor o haya experimentado alguna tragedia se lo ha preguntado. Teólogos, filósofos, historiadores y científicos han discutido el tema. Veamos algunas de sus conclusiones.

¿Un Dios malo y un Dios bueno?

Marción, un maestro nóstico del segundo siglo, creía que “había dos Dioses rivales: uno, el creador tirano y dador de la ley del Antiguo Testamento; el otro, el desconocido Dios de amor y misericordia que envió a Jesús para que comprara la salvación del Dios creador” (Webster Encyclopedia [“Enciclopedia Webster”], edición en un solo tomo, 1985, p.561).

Desde la perspectiva de Marción, el Dios que dio la ley era el responsable del dolor y del mal, y la tarea del Salvador era rescatar al mundo del dolor y del mal causados por ese Dios. Irónicamente, su perspectiva errada fue modificada y refinada por otros, y se fue aceptando gradualmente en la doctrina de la corriente principal de la cristiandad, en donde su influencia ha generado confusión y malentendidos hasta nuestros días.

Muchos suponen que Dios interviene furiosamente para castigarnos en el momento en que nos salimos de la línea, cuando la realidad es que generalmente nos permite sufrir las consecuencias de nuestro comportamiento egoísta e irreflexivo (ver Jeremías 2:19; 10:23). La mayoría de las personas no reconocen que Dios no tiene que intervenir directamente cada vez que pecamos; las leyes espirituales que puso en vigencia tienen el poder para castigarnos cuando las violamos.

¿Es obra de Dios?

Los historiadores se han enfrentado a la aparente contradicción de un mundo creado por Dios pero repleto de maldad. Según el historiador Arnold Toyn­bee, “una de las conclusiones que han sacado los espectadores humanos de la maldad moral del universo es que esta cámara de horrores no puede ser hechura de ningún Dios” (A Study of History [“Estudio de la historia”] versión abreviada, 1957, X:300).

Toynbee reconoció que gran parte del sufrimiento del mundo es causado por el gobierno de los tiranos. Las Escrituras nos muestran que Dios puede deponer a los hombres impíos (Daniel 2:21), pues humilló y destronó al rey Nabucodonosor de Babilonia, el monarca más poderoso de su época. La autoridad de Nabucodonosor era de tal magnitud que “a quien quería mataba, y a quien quería daba vida” (Daniel 5:18-19). Sin embargo, Dios lo humilló y le quitó completamente su poder durante siete años.

¿Por qué Dios no hace esto con más frecuencia? Nabucodonosor, con todo su poder y su arrogancia, fue la causa de tan sólo una parte minúscula de la miseria que algunos dictadores han infligido en nuestra época.

El físico Paul Davies reflexiona acerca de este argumento del bien contra el mal. Se pregunta por qué Dios, siendo todopoderoso, no interviene y detiene el mal. A la vez se pregunta: “¿Puede Dios prevenir el mal? Si es omnipotente, sí. Entonces ¿por qué no lo hace?” (God and the New Physics [“Dios y la nueva física”], 1983, p.143).

Las preguntas de Davies son muy razonables. ¿Es Dios inerme contra el sufrimiento? Si él existe, ¿por qué no actúa para quitar todo mal y dolor de la faz de la tierra? Las preguntas son inquietantes, pero no porque sean difíciles de contestar. Son incómodas porque las respuestas no son las que quisiéramos oír.

La verdad de este asunto nos obliga a reconsiderar las ideas que tenemos acerca de Dios y de su plan y propósito para con nosotros. Cuando los entendemos correctamente, entendemos que Dios tiene sus razones por las cuales no actúa ahora.

¿Un propósito más grande?

¿Por qué Dios no simplemente prohíbe el mal? Para entender la respuesta, debemos analizar las consecuencias que semejante acción podría traer.

Entender por qué Dios permite el mal y sus consecuencias requiere un entendimiento fundamental de uno de los dones más grandes que Dios nos ha dado, así como también entender cuánto ha abusado el hombre de él. El don a que nos referimos es el libre albedrío, o como se conoce más popularmente, la libertad de escoger. Dios les dio esta libertad a nuestros primeros padres, Adán y Eva, al momento de crearlos. Pero con el correr de los siglos nosotros hemos profanado horriblemente este incomparable don y echado por tierra la responsabilidad tan inmensa que nos impone.

Como Dios le explicó a la antigua nación de Israel, la libertad de escoger es esencial para el desarrollo de un carácter justo (Deuteronomio 30:15-19). Sin la libertad de escoger, no seríamos más que robots, con nuestra conducta programada de antemano o dictada en todos sus detalles por una fuerza externa tan poderosa como Dios mismo.

Pero esto no es lo que Dios quiere. Él tiene expectativas diferentes porque tiene un propósito más grande para nosotros. Quiere que escojamos obedecerle desde el fondo de nuestro corazón. Quiere que amemos y valoremos con entusiasmo sus principios y sus caminos, los cuales están basados en dos principios fundamentales: amarlo a él con todo nuestro corazón, y amar a nuestros semejantes tanto como nos amamos a nosotros mismos (Mateo 22:35-40).

Como veremos, debido a la libertad que tenemos de elegir, el escoger obedecer a Dios y aprender a amar a los demás es algo vital para el futuro que Dios tiene planeado para nosotros.

Diferentes niveles al tomar decisiones

De todas las criaturas que Dios ha hecho, sólo el hombre tiene la facultad de escoger. Los seres vivos más sencillos, tales como los microbios y los insectos, están preprogramados para reaccionar de cierta forma ante ciertos estímulos. Se comportan de acuerdo con su ambiente y no tienen la capacidad independiente de tomar decisiones como la tiene el hombre.

Las acciones de los seres vivos más complejos, tales como los mamíferos, también son gobernadas en gran parte por el instinto, aunque pueden tomar decisiones rudimentarias cuando reaccionan a los estímulos y tienen que adaptarse a ciertas situaciones.

Sólo los humanos tienen un sentido trascendente del tiempo. Eclesiastés 3:11 nos dice que Dios “ha puesto eternidad en el corazón de ellos”. En otras palabras, podemos reflexionar acerca del futuro. Podemos tomar decisiones y planear nuestras vidas con meses y años de anticipación. También podemos estudiar el pasado porque tenemos el sentido de la historia. Aprendemos lecciones de nuestras experiencias y las experiencias de otros. Dios nos dio la capacidad de tomar decisiones por adelantado, dotándonos con capacidades únicas dentro de su creación física.

Dios diseñó a los seres humanos de tal forma que pudieran tomar decisiones. Sin embargo, nunca hemos aprendido a tomar decisiones que siempre sean sabias y bien informadas. No hemos aprendido a manejar efectivamente nuestras emociones, motivaciones y deseos, ni tampoco la influencia que todo esto ejerce en nuestras decisiones.

El primer caso de libertad de elección

Nuestra libertad de elegir puede dar como resultado algo bueno o algo malo. Dios nos dio la libertad de reaccionar de ambas formas: buscando el bien y pensando en ayudar a nuestros semejantes, o buscando sólo nuestro propio bien de tal forma que nos causemos daño tanto a nosotros como a los demás.

Con frecuencia ejercemos nuestra libertad de elección en decisiones equivocadas, y tenemos que afrontar consecuencias que en ocasiones se manifiestan como castigos inesperados. Esto no es algo nuevo; ocurrió por primera vez con Adán y Eva en el huerto del Edén.

Dios había colocado dos árboles en el jardín. Uno era el árbol de la vida y el otro era el árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:9). Dios le dijo a Adán que podía tomar del primero, pero que no debía tomar del segundo. “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (vv.16-17).

Como se nos explica en el Apocalipsis, el árbol de la vida simbolizaba la obediencia a Dios que finalmente conduciría a la vida eterna (Apocalipsis 2:7; 22:1-2). El otro árbol —el del conocimiento del bien y del mal— representaba el rechazo del camino de Dios. Esta elección conduciría finalmente a la muerte.

Eva, al ser tentada por la serpiente, ejerció el libre albedrío de una manera imprudente, y fue engañada (2 Corintios 11:3). Dejó que su percepción humana le desviara de la obediencia a las instrucciones de Dios. Aunque el apóstol Pablo nos dice que Adán no fue engañado (1 Timoteo 2:13-14), permitió que su esposa lo persuadiera para que la acompañara en su desobediencia a Dios (Génesis 3:17).

El hecho de que Adán no fue engañado lo hizo aún más culpable de lo que había pasado; Dios lo hizo a él más responsable que a Eva. Sin embargo, actuaron juntos y decidieron prestar oído y seguir lo que la serpiente les decía (Génesis 3:1-6). La serpiente aparece identificada en las Escrituras como el diablo y Satanás (Apocalipsis 12:9).

Adán y Eva cosecharon las consecuencias de su pecado. Dios les dijo que morirían —lo que ocurrió después— pero la consecuencia inmediata fue que los expulsó del huerto y les cortó el acceso al árbol de la vida.

Ahora ellos tendrían que hacer su propia vida en medio de un mundo difícil (Génesis 3:22-24). Fueron dejados a merced de su propio juicio desvirtuado (v.6). A partir de entonces, en la vida habría dolor, pesadumbre y trabajo duro por haberse rebelado contra las claras instrucciones de Dios (vv.16-19).

Se establece un patrón

Miles de años más tarde el apóstol Pablo escribió que “la creación fue sujetada a vanidad” y a “la esclavitud de corrupción” (Romanos 8:20-21). Sin lugar a dudas se estaba refiriendo a las condiciones que comenzaron con los acontecimientos del Edén. Desde entonces “todos pecaron” (Romanos 3:23; 5:12) y han cosechado el castigo en que incurrieron Adán y Eva.

Muchas personas desdeñan la Biblia porque contiene muchos relatos acerca de personas que se comportaron mal. Pero están incluidos en las Escrituras porque éstas son un relato histórico de la vida pecaminosa que el hombre escogió cuando rechazó los mandamientos de Dios y cosechó por ello las consecuencias.

Dios inspiró el registro de las lecciones del Antiguo Testamento para que pudiéramos aprender de las experiencias de otros (1 Corintios 10:6, 11). Aunque el Nuevo Testamento contiene lecciones similares para nosotros, está más enfocado en el mensaje del Reino de Dios y en las buenas noticias de que Dios dio a su Hijo para salvarnos de nuestros pecados (Juan 3:16). También nos revela cómo, finalmente, van a cesar el dolor y el sufrimiento.

Elegir entre las bendiciones y las maldiciones

Cerca de 2500 años después de Adán y Eva, Dios les ofreció a los israelitas un descanso real del sufrimiento. Comenzó a trabajar con ellos mientras estaban todavía en esclavitud en Egipto. Prometió no sólo liberarlos de la esclavitud, sino darles además la oportunidad de ser un modelo de nación que otras querrían imitar (Deuteronomio 4:5-8).

Como parte de su pacto con Dios, ellos tendrían que obedecerlo (Éxodo 19:5). Les dio instrucciones acerca de los preceptos fundamentales de su ley espiritual y eterna: los Diez Mandamientos (Éxodo 20; Deuteronomio 5). Les dio leyes y estatutos adicionales, los cuales encontramos especialmente en los cinco libros escritos por Moisés (el Pentateuco).

Entonces les dijo: “...esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta” (Deuteronomio 4:6).

Dios les dijo a los israelitas que tenían la libertad de escoger entre dos formas de vida. “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando al Eterno tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días...” (Deuteronomio 30:19-20).

Dios les dijo que si lo obedecían tendrían muchas bendiciones (Deuteronomio 28:2), pero que si le desobedecían recibirían muchas maldiciones (vv.15-68), y podemos ver que son casi idénticas al dolor y al sufrimiento que estamos experimentando en las naciones modernas. Algunos de estos males afectarían a toda la nación; otras aflicciones serían personales, tanto físicas como mentales.

Desgraciadamente, Israel desobedeció y tuvo que afrontar las consecuencias de miseria que Dios le había advertido. Entre éstas estaban catástrofes agrícolas, pobreza, problemas familiares, falta de salud, crímenes y violencia, derrotas militares e incluso el cautiverio.

Después de varios siglos en que los israelitas ejercieron su libertad de elección —durante los cuales eligieron continuamente rechazar los caminos de Dios y hacer las cosas a su manera— fueron sometidos nuevamente al cautiverio.

Un principio que se pasa por alto

Con frecuencia Dios ha tratado de que el hombre comprenda el principio fundamental de que no hay efecto sin causa. Pero nos cuesta captarlo, y continuamente tenemos que sufrir los efectos nocivos de nuestras transgresiones.

Podemos ver que el origen de muchas tragedias y mucho sufrimiento han sido nuestras acciones y decisiones humanas. En un mundo con libertad de elección, algunas decisiones necesariamente nos conducen a resultados nefastos y dolorosos.

Las acciones inevitablemente traen consecuencias. Muchas personas reconocen la realidad del dicho: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”, pero no saben que esto lo dice la Biblia (Gálatas 6:7). Hace miles de años uno de los amigos de Job —no ajeno al sufrimiento— dijo que aquellos “que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan” (Job 4:8).

Cuando analizamos el fenómeno del sufrimiento, podemos aprender mucho si seguimos las circunstancias hasta encontrar su causa. Proverbios 22:3 nos exhorta a que reflexionemos acerca de las consecuencias que tendrán nuestras acciones a largo plazo: “El prudente ve el peligro y lo evita; el inexperto sigue adelante y sufre las consecuencias” (Nueva Versión Internacional).

Cuando buscamos las principales causas del sufrimiento, con frecuencia no es necesario ir más allá de nosotros mismos, es decir, de las decisiones y acciones de las personas y de la humanidad en general. En una forma u otra, la causa subyacente es el pecado, y el efecto es el sufrimiento.

Causas de la miseria

Las naciones y los individuos sufren mucho debido a la ignorancia y a la desobediencia a las mismas leyes espirituales que Israel desobedeció. Los mandamientos de Dios son preceptos vivos, con aplicación universal, que cuando se obedecen traen beneficios y cuando se desobedecen traen castigo. Las Escrituras nos dicen que aquellos que aman la ley de Dios tienen “mucha paz” (Salmos 119:165), pero el camino del impío y del infiel es muy difícil (Proverbios 13:15).

La Biblia señala que muchas de nuestras experiencias difíciles y dolorosas son el resultado directo del pecado. Una de éstas, por ejemplo, es la agresión militar. El apóstol Santiago nos dice cuál es el origen del conflicto armado: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis...” (Santiago 4:1-2).

Estas palabras se aplican tanto a las naciones como a las personas, ya que las naciones son simplemente grupos de personas que buscan sus propios intereses. Los agresores van a la guerra con el deseo de aumentar su poder, prestigio y riqueza. Al hacerlo se ponen en contra de la ley, la ética, la moral y la paz. Matan y despojan para lograr sus fines, aplicando los principios de que el poderoso es quien fija las reglas del juego, y de que al vencedor le pertenece el botín.

El historiador Will Durant entendió esta tendencia humana cuando escribió: “Las causas de la guerra son las mismas causas de la competencia entre los individuos: el deseo de adquirir, el espíritu batallador y el orgullo; el deseo de obtener alimentos, tierra, bienes materiales, combustible y dominio” (The Lessons of History [“Lecciones de la historia”], 1968, p.81).

Irónicamente, las naciones que libremente eligen la violencia, y por consiguiente la guerra, con frecuencia heredan una maldición similar a la de las naciones que destruyen. Jesús expresó esto cuando afirmó: “...todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mateo 26:52). La historia es una crónica de una sucesión de imperios que conquistan y son conquistados. Mientras el hombre siga insistiendo en escoger el camino de la desobediencia a Dios, está condenado a perpetuar este círculo vicioso.

Las decisiones traen consecuencias

Muchas formas de sufrimiento son simplemente las consecuencias inevitables de decisiones personales. Por ejemplo, en muchas naciones industrializadas todavía persisten zonas de pobreza, a pesar de las ingentes sumas que se invierten para combatir el problema.

Con frecuencia podemos seguir la pista de la pobreza en las decisiones individuales. Los jóvenes abandonan sus estudios y dejan a medias su educación, asegurándose así una vida de empleos difíciles, salarios bajos, dificultad financiera y ambiciones frustradas.

Muchos adolescentes tienen relaciones sexuales y el resultado es que miles de jovencitas tienen bebés fuera del matrimonio, muchos de los cuales nunca conocerán a sus padres. Los estudios muestran que los niños abandonados por sus padres son más propensos a consumir drogas, alcohol y tabaco a muy temprana edad, a adoptar un comportamiento criminal y a su vez volverse sexualmente promiscuos, trayendo sufrimiento a sí mismos y a otros.

Muchas madres jóvenes —frecuentemente solteras porque los padres huyen de su responsabilidad— se encuentran atrapadas en trabajos con muy bajos salarios, con hijos jóvenes que mantener, y terminan dependiendo de la ayuda que puedan recibir de programas de caridad. El patrón se repite una y otra vez en un círculo de pobreza que abarca varias generaciones, causado generalmente por las malas decisiones y acciones de las personas.

Nuestras decisiones y la salud

Debido a nuestras decisiones nos afligen incontables problemas de salud. Comemos deficientemente, no hacemos ejercicio, consumimos sustancias dañinas, y herimos a otros y a nosotros mismos en accidentes que se producen por falta de cuidado. Muchos sufren aflicciones mentales como resultado de violar los principios divinos que rigen las relaciones humanas.

Tenemos aflicciones físicas y sicológicas derivadas del abuso del alcohol y el consumo de otras drogas. Las personas que lo hacen no sólo ponen en peligro sus propias vidas y las acortan, sino que además infligen un gran sufrimiento en sus familiares y amigos. Aún más trágico es el hecho de que muchos causan accidentes que matan o dejan lisiadas a personas inocentes.

El daño causado por el cigarrillo es algo bien documentado. Cada año las enfermedades relacionadas con el hábito de fumar cobran 400.000 vidas tan sólo en los Estados Unidos, y millones más en otros países. Muchas de esas muertes son insoportablemente lentas y dolorosas. Está ampliamente reconocido que la mejor cura para el dolor causado por el hábito de fumar es simplemente dejar de hacerlo, aunque para muchos que son adictos es bastante difícil dar ese paso.

El fumar es tan sólo uno de los muchos hábitos que nos causan dolor y sufrimiento. El Dr. Paul Martin habla acerca de los comportamientos que parecen inofensivos, pero que pueden tener efectos que se acumulan con el paso de los años: “Existen muchos patrones de conducta que son muy comunes y que matan a las personas lentamente, pero en gran número” (The Healing Mind [“La mente que sana”], 1997, p.58).

Con mucha frecuencia, cuando tomamos decisiones que afectan nuestra salud, nuestros cuerpos nos alertan que hemos hecho una mala decisión. Paul Brand y Philip Yancey comentan que “el origen de un número asombroso de problemas de salud radica en que tomamos decisiones que hacen caso omiso de las claras señales que nuestros cuerpos nos transmiten” (The Gift Nobody Wants [“El regalo que nadie quiere”], 1993, p.226).

El Dr. Brand informó que en una gran conferencia nacional de salud él hizo una lista de ciertos problemas de salud que estaban directamente relacionados con el comportamiento. Entre ellos se incluían “problemas cardíacos y de hipertensión agravados por la tensión emocional, úlceras gástricas, cánceres asociados con toxinas ambientales, sida, enfermedades venéreas, enfisema y cáncer pulmonar causados por el hábito de fumar, daño fetal debido al abuso materno del alcohol y de las drogas, diabetes y otros desórdenes alimenticios, crimen violento, accidentes automovilísticos debidos al alcohol. Estas son preocupaciones endémicas, hasta epidémicas, para los expertos en salud” (ibídem, pp.226-227).

Cosechamos lo que sembramos

La conclusión debería ser obvia: las malas decisiones causan mucho sufrimiento. La Biblia nos ofrece una guía para que sepamos cómo vivir. Sin embargo, a partir de Adán y Eva hemos pasado por alto y despreciado repetidamente las instrucciones de Dios, por lo que nos hemos acarreado mucho dolor y sufrimiento.

La Biblia nos brinda consejos prácticos en casi todos los aspectos de la vida. Muchos de estos principios se refieren a cómo evitar —y en cierta manera aliviar— el sufrimiento.

No podremos vivir sustancialmente libres del sufrimiento hasta que nos reconciliemos con Dios y acatemos sus mandamientos. “Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán” (Proverbios 3:1-2).

Si como naciones siguiéramos las instrucciones de Dios, inmediatamente veríamos una tremenda reducción en el crimen, enfermedad, hostilidad entre las naciones, contaminación, accidentes, enfermedades mentales, familias destruidas, relaciones deterioradas y muchos otros males que nos causan tanto dolor. La ley de Dios ni es dura ni es gravosa. Es la ley de la libertad (Santiago 1:25) que eliminaría la mayor parte del dolor del mundo si se obedeciera universalmente.

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