El sacrificio de Jesucristo
Cristo es nuestro Salvador y el sacrificio supremo por el pecado.
Jesucristo es el punto central del cristianismo. Como dice Hechos 4:12: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. El perdón de los pecados y el don imperecedero de la vida eterna están disponibles únicamente a través de su sacrificio. Somos reconciliados con Dios por la muerte de Cristo, pero salvos por su vida (Romanos 5:9-10).
Las Escrituras se refieren a Jesucristo con varios títulos distintivos, entre ellos: el Verbo de Dios (Juan 1:1, 14; Apocalipsis 19:13), nuestro Salvador (1 Juan 4:14), nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 9:11), nuestro Señor (Apocalipsis 22:21), el Hijo de Dios (Apocalipsis 2:18; 1 Juan 5:5), nuestra Pascua (1 Corintios 5:7), el Hijo del Hombre (Apocalipsis 14:14), y Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).
Cristo es nuestro Salvador y el sacrificio supremo por el pecado. Aunque era divino, Jesús se hizo hombre para sufrir y morir por los pecados de la humanidad (Filipenses 2:5-7; Hebreos 2:9). Como el Hijo del Hombre, fue humano en el sentido más pleno, capaz de experimentar las pruebas de la vida humana (Hebreos 4:15) para poder compadecerse mejor de nosotros como nuestro misericordioso Sumo Sacerdote (Hebreos 2:17).
Cristo, como nuestro Salvador, dio su vida para que nosotros pudiéramos vivir. Padeció una muerte horrible, como nuestra Pascua (prefigurada por el cordero pascual sacrificado en el Antiguo Testamento), para que pudiéramos comprender la magnitud del pecado y el monumental significado de su sacrificio, el cual fue hecho por cada ser humano. Él fue “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29; compare con Apocalipsis 5:6, 12; 7:14; 12:11). El pecado, la infracción de la ley de Dios (1 Juan 3:4), es verdaderamente horrible. La desobediencia a la ley de Dios ha traído un dolor y una miseria incalculables, además de su pena máxima: la muerte (Romanos 6:23). Jesús vivió una vida perfecta y, por lo tanto, no merecía la agonía atroz que experimentó ni la pena de muerte que le fue infligida. Sin embargo, fue predestinado desde la fundación del mundo para sufrir y morir por los pecados de la humanidad. Aunque en más de una ocasión Cristo fue acusado de violar la ley de Dios, él, como el sacrificio perfecto por el pecado, nunca la quebrantó.
Aceptamos el sacrificio de Cristo como algo esencial para nuestra salvación. Al modelar nuestra vida según la suya, figurativamente “tomamos nuestra cruz” y lo seguimos (Lucas 14:27), lo cual incluye la disposición a sufrir y ser perseguidos, tal como él nos dio el ejemplo (1 Pedro 2:19-23). Agradecemos a Dios el Padre por haber entregado a su Hijo Jesucristo como ese sacrificio perfecto por toda la humanidad (Juan 3:16; Romanos 8:32).
Todo pecado es perdonado tras el arrepentimiento y la aceptación del sacrificio de Cristo. No obstante, el perdón de los pecados requiere el sacrificio supremo: la muerte de Jesucristo. Su crucifixión hace casi 2000 años fue esencial para el plan de redención y salvación de Dios.
Por medio de su sacrificio, Jesús tomó sobre sí la pena máxima del pecado —la muerte— para librarnos de que esta sea nuestro destino final, si aceptamos su sacrificio en arrepentimiento continuo (Hebreos 2:9; 9:15). Y al entregarse durante su vida para cuidar de los demás, y finalmente a través de la desgarradora agonía que padeció, Jesús también cargó con las otras consecuencias del pecado: el dolor y el sufrimiento.
Como comienza Isaías 53:4: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”. Mateo 8:17 lo expresa así: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias”. E Isaías 53:5 concluye: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. Así, Jesús soportó la brutalidad y la miseria como base para nuestra liberación del sufrimiento, incluyendo la sanidad.
Y si bien Dios no elimina todo el sufrimiento ahora, así como tampoco ha eliminado aún la muerte, a veces alivia parte del dolor cuando confiamos fielmente en él. Un ejemplo es la sanación física de una enfermedad mediante la unción con aceite (Santiago 5:13-16). Además, tenemos la promesa de Dios de que un día, tanto la muerte como el sufrimiento dejarán de existir
(1 Corintios 15:54; Romanos 8:18; Apocalipsis 21:4).
Al comprender y aceptar el sacrificio de Jesucristo con arrepentimiento y fe, podemos tener la seguridad de que nuestros pecados son borrados. Esto nos permite avanzar en nuestra vida cristiana con confianza, sabiendo que por medio de ese sacrificio uno puede ser reconciliado con el Padre.
Como resultado de esta reconciliación, podemos desarrollar una relación con nuestro Padre que nos brinde esperanza y seguridad para el futuro, y experimentar sanidad hoy. También aguardamos con anhelo la vida eterna en el Reino de Dios como un don de su gracia, debido a este extraordinario sacrificio que Jesús y el Padre voluntariamente hicieron por cada uno de nosotros. EC