El perdón que perdura
¿Qué significa perdonar? Y, más importante aún, ¿cómo sabemos cuando hemos perdonado de verdad?
Todos lo hemos experimentado: alguien dice o hace algo que nos lastima y duele profundamente. Pudo haber sido producto del descuido, o un acto intencional. Y quizá le siguió el silencio, como si nada hubiera pasado.
El perdón no es un acto inconsecuente. No viene acompañado de un punto final, ni deja el corazón intacto. Para muchos, comienza con confusión, no con claridad. El dolor que inicialmente exige justicia no ha desaparecido, el mal sigue sin resolverse y es posible que quien infligió la herida nunca lo reconozca. No obstante, las Escrituras y las palabras del mismo Jesucristo nos enseñan que el perdón no es opcional.
Pero ¿qué significa perdonar? Y, más importante aún, ¿cómo sabemos cuando hemos perdonado de verdad?
Perdonar significa renunciar, no llegar a un acuerdo
En el Nuevo Testamento, la palabra griega más común que los traductores interpretan como “perdonar” es aphiēmi, que significa liberar, despedir o soltar. Esto quiere decir que no se trata de saldar cuentas, sino de perdonar el pecado. No se trata de borrar lo que ha sucedido, sino de liberarlo de nuestro control.
Es un acto de índole espiritual. Perdonar no es olvidar, ni excusar. No minimiza el pecado ni descarta la responsabilidad del ofensor, pero reconoce que el juicio no nos pertenece. Lo que debemos hacer es sacudir el asunto de nuestras manos y devolverlo a las manos de Dios.
“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37). Estas no son ideas separadas. Están directamente conectadas y son expresiones de una sola verdad: que el juicio justo y la autoridad para condenar solamente le pertenecen a Dios.
Esta claudicación no siempre es inmediata. Para muchos, se desarrolla en etapas: la primera puede ser verbal; la siguiente, emocional; y la última, espiritual. Este proceso puede demorar semanas, meses o años, y cada etapa a menudo expone otra herida, otra arista dolorosa que estaba demasiado enraizada como para hablar de ella la primera vez. Eso no significa que no hayamos perdonado: significa que todavía estamos perdonando.
El perdón y el dolor no son mutuamente excluyentes
Aquí es donde a menudo surge la confusión: si todavía siento dolor cuando recuerdo la ofensa, ¿significa acaso que no he perdonado? No necesariamente.
El perdón no es la ausencia de dolor, sino la ausencia de represalias. El dolor es la evidencia de la herida, pero el perdón es la decisión de no actuar para desquitarse de esa herida, de no permitir que dicte la forma en que tratamos a quien nos ofendió. Podemos llorar, y aun así renunciar a seguir ofendidos. Podemos recordar, y aun así optar por no tomar represalias.
Jesucristo perdonó mientras sufría. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Estas fueron las palabras de una mente gobernada por el Espíritu de Dios, incluso en medio de su agonía.
Sentir dolor no significa que no hayamos perdonado; pero si ese dolor se vuelve hacia dentro y comienza a enconarse hasta convertirse en amargura o desprecio, entonces es posible que nuestra renuncia no haya sido completa.
Intercesión: la verdadera medida del perdón
Cuando logramos orar de corazón por quien nos ha hecho daño, es el momento en el que podemos decir, sin presunción, “he perdonado”.
Interceder no es olvidar la ofensa, sino interponerse entre el ofensor y la consecuencia y pedirle misericordia a Dios. Ese es el ejemplo que nos dio Cristo, y el patrón que siguió Esteban cuando dijo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60). No se trataba de una negación, sino de una claridad nacida de la convicción. Al tomar su último aliento, Cristo escogió el perdón en lugar de la venganza y la intercesión en lugar de la justicia personal.
Cuando uno puede orar por alguien no de manera general ni a regañadientes, sino con sinceridad deliberada, ya no está atado a lo que esa persona hizo. Ya no está reaccionando con agravio, sino respondiendo con obediencia. Este tipo de oración no nace de un impulso natural: es la obra del Espíritu de Dios, que moldea nuestra respuesta cuando la justicia y la emoción se hacen incompatibles. Además, es la evidencia de que el perdón ha echado raíces.
La reconciliación es deseable, pero no está garantizada
También debemos reconocer esta verdad: el perdón y la reconciliación no son lo mismo. El perdón puede llevarlo a cabo un solo corazón; la reconciliación requiere dos.
Hay ocasiones, quizá demasiadas, en las cuales la reconciliación es imposible. La otra persona puede no arrepentirse, ser inalcanzable, o haber fallecido. En tales casos, el perdón sigue siendo necesario, pero puede que la reconciliación no lo sea, y esto conlleva su propio dolor.
Porque la reconciliación es lo que anhelamos. Refleja la plenitud de la intención de Dios: la restauración de lo que el pecado destruyó, la sanación de lo que las relaciones deberían ser. El ministerio de Cristo es la reconciliación entre Dios y la humanidad, y entre aquellos que lo siguen. Pero incluso cuando la reconciliación se nos niega, no quedamos exentos de nuestro deber de perdonar.
No tenemos que depositar nuestra confianza donde esta no se ha reconstruido, pero sí liberarnos de lo que no nos corresponde retener. Debemos poner el resultado en manos de Dios y comprometernos a confiar en su misericordia.
La continua labor del perdón
Al fin y al cabo, el perdón no es un momento único. Es un camino, a veces largo, a veces cuesta arriba, a veces doloroso, pero cada paso que tomamos es importante. Cada vez que escogemos orar en lugar de resentirnos, tener paz en lugar de revivir la ofensa, perdonar en vez de vengarnos, estamos caminando con la mente de Cristo, y ese camino nos transforma.
Porque perdonar no es solo liberar a otra persona del juicio: es liberarnos a nosotros mismos del cautiverio. No del cautiverio de la otra persona, sino de las emociones, los recuerdos y las cargas que nos impiden caminar plenamente con Dios.
Por lo tanto, la presencia de dolor no significa que hayamos fracasado en perdonar, sino que seguimos siendo humanos. Lo que importa es cómo respondemos a ese dolor, qué decidimos retener y a qué decidimos renunciar.
Perdonar es renunciar. La intercesión es la prueba que tenemos, y la sanación, en el tiempo de Dios, es el fruto que sigue.
Pablo también escribió en Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. EC