#324 - Filipenses 1-2: "La epístola de agradecimiento"

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#324 - Filipenses 1-2

"La epístola de agradecimiento"

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La epístola a los filipenses es una de las más inspiradoras que escribió el apóstol Pablo. Era la iglesia que más lo apoyaba, y no importaba dónde estaba o en qué circunstancias se encontraba, él podía contar con el amor y apoyo de ellos, que los llama “gozo y corona mía” (Filipenses 4:1). ¿Por qué? Esa es la fascinante historia que vamos a estudiar y las grandes lecciones que podemos aprender de esta epístola.

Filipos fue la primera ciudad europea que Pablo visitó en sus viajes misioneros. Según Hechos 16:9, recibió una visión para viajar al continente de Europa donde debía predicar el evangelio de Dios. 

También según Hechos 16, Pablo llegó hasta la ciudad de Filipos, una colonia Romana donde los ciudadanos tenían la ciudadanía romana, tal como el mismo Pablo. 

Había pocos judíos, y solo existía una pequeña estructura al lado de un río donde los judíos se reunían. Allí conoció a una judía, Lidia, que Dios llamó y fue bautizada junto con los de su familia y empezaron a reunirse en su casa. 

Cuando Pablo expulsó un demonio de una joven adivina, fue acusado de sublevar la religión romana, y luego de azotarlo, junto con Silas, lo echaron en la prisión donde fueron encadenados. Esa noche, Dios hizo un tremendo milagro y sobrevino un gran terremoto en que las cadenas cayeron de todos los prisioneros y se abrieron las puertas de la prisión. 

El jefe de la guardia, pensando que todos los prisioneros se habían escapado y que sería cruelmente ejecutado como consecuencia, tomó la espada para matarse, pero Pablo le dijo que no lo hiciera y que todos los prisioneros aún estaban allí. 

El carcelero, atónito, se dio cuenta que todo esto había sido un gran milagro de Dios. En ese instante, se sometió a la voluntad de Dios y le preguntó qué necesitaba para convertirse a su religión. Pablo le explicó sobre la fe en Jesucristo, y el carcelero y su familia aceptaron y fueron bautizados. Así se formó el núcleo de la iglesia en Filipos, instruidos por Pablo y Silas.

Ahora, años más tarde, Pablo se encontraba bajo arresto domiciliario en Roma (Hechos 28:16). Pero la iglesia de Filipos seguía apoyándolo y le había enviado fondos para su mantenimiento, a pesar de los pocos ingresos que tenían. 

Pablo, muy agradecido, les envió las gracias a través de uno de los suyos, Epafrodito, que viajaba de vuelta a ellos. Es la única epístola a una iglesia donde no es corregida y el tema principal es la edificación y el espíritu servidor, a pesar de que Pablo estaba encadenado y pasando por una cruel prueba.

Luego del saludo, Pablo dice: “Doy gracias a mi Dios siempre en todas mis oraciones, rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora, estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo, como me es justo sentir esto de todos vosotros, por cuanto os tengo en el corazón y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia” (Filipenses 1:3-7). 

Hay dos palabras claves aquí. Una es “comenzó”. Esto significa que, una vez que Dios principia algo, jamás abandonará esa “buena obra". Nadie es llamado al azar, pero es uno el que puede abandonar esa “buena obra” que Dios empezó. 

La segunda palabra vital es “perfeccionará”. Esto significa que van a tomar pruebas para cumplir esa buena obra al perfeccionarnos y como consecuencia, desarrollar el carácter espiritual que Dios busca y así poder entrar en su glorioso reino. De hecho, los filipenses estaban pasando por diversas pruebas y hasta siendo perseguidos por la fe (vs. 29).

Aun encadenado, lo que más pensaba Pablo era en todos ellos y su fe. Dice: “Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo. Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de fruto de justicia, que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Filipenses 1:8-11). Aquí vemos que no hay nada mal que un pastor diga a su rebaño que los ama y que desea que el amor de ellos crezca, al igual que su conocimiento bíblico, para mejor entender la voluntad de Dios. El mérito, Pablo recalca, es todo de Cristo que está obrando en ellos.

Luego los anima, pues sabe que están preocupados por su estado en una lúgubre prisión en Roma. Les dice que en realidad ha sido una bendición, pues ha podido dar testimonio de la fe en la misma Roma y hasta en la familia real del emperador (Filipenses 4:22).

El apóstol Pablo admite que algunos en Roma predicaban el nombre de Cristo para sus propios fines, pero, aun así, “Cristo es anunciado” (Filipenses 1:18). Por el contexto, estos parecen ser los hermanos judaizantes que quería imponer la ley ceremonial en la iglesia que siguieron a Pablo dondequiera que iba, tratando de contradecirlo.

Luego dice, a través de las oraciones, pronto espera quedar libre y exculpado de las acusaciones en Roma. Sin embargo, añade que si es el tiempo de ofrecer el sacrificio máximo, que así sea, pues le daba igual seguir vivo o tener que morir. 

Dice: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Más si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Filipenses 1:21-24).

El apóstol Pablo sabía que, al morir, “los muertos nada saben” (Eclesiastés 9:5), pero que, en el siguiente instante de consciencia, estaría con Cristo en su reino, pues sería parte de la primera resurrección. Él sabía que no era inmediato ese encuentro, como dijo en 2 Timoteo 4:6-8: “El tiempo de mi partida está cercano… Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.

Los consuela al saber que estaban pasando por persecuciones parecidas en Filipos, pero no se disculpa por ello. Dice: “Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí” (Filipenses 1:29-30).

Ahora les revela por qué tienen que padecer, y el modelo perfecto a quien deben compararse. Se debe tomar en cuenta que estas palabras, probablemente algunas de las más sublimes jamás escritas, fueron redactadas en un penoso y sucio calabozo. 

Dice: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria, antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:3-8). 

Aquí tenemos el mejor resumen y descripción de la vida de Jesús. Estuvo con Dios Padre en los cielos; era igual en esencia y poder, pero por amor a todos nosotros, se despojó de esos poderes divinos, y llegó a la tierra como hombre, nacido de una mujer, y no escogió ningún privilegio, sino asumió el papel de un sencillo obrero, y se sometió por nuestros pecados a la muerte; y ni siquiera una muerte cómoda, como la de tragar rápidamente un veneno, sino la peor muerte concebida por la crueldad humana: la lenta crucifixión romana.

Pablo les dice que el sacrificio máximo lo hizo Cristo por todos nosotros, por ende, ¿qué es sufrir un poco por su nombre? Más bien, es un honor y privilegio.

Como resultado de lo que Cristo hizo, Dios Padre lo elevó por encima de todo, para asumir su puesto anterior como coligual con él en divinidad, pero también voluntariamente subordinado a él. Dice: “Por lo cual, Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Con esa gloriosa visión del futuro, Pablo los insta a no desanimarse y en vez, ocuparse en su labor hasta el fin. Les dice: “Por tanto, amados mías, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12).

Aquí vemos este principio tan importante, negado en las iglesias protestantes, que la salvación no es algo garantizado, sino que es condicional. Uno tiene que ocuparse para que no se apague el espíritu de Dios y quede descalificado. Debe temer y temblar para no descuidarse de tan gran responsabilidad y rendición de cuentas. 

A la vez, Pablo es cuidadoso que no se crea que todo depende del esfuerzo de uno, por eso añade: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Uno nunca debe olvidar quién está detrás de los esfuerzos espirituales de uno para desearlo al igual que al cumplirlo—es Dios. Por eso no debe haber jactancia de nuestra parte. Uno cree que Pablo ha terminado, pero tiene una última salva espiritual, que explica más detalladamente cómo debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor. 

Dice: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado, aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros. Y asimismo gozaos y regocijaos también vosotros conmigo” (Filipenses 2:14-18).

¡Qué hermosas palabras! Aquí se resume la vida cristiana, sus luchas, y su gloria final. Él sabía que posiblemente iba a morir al tener que enfrentar una sentencia negativa. Pero no se inmutaba, pues tenía las cosas claras. Había visto y hablado con Cristo múltiples veces, y no iba a abandonar la fe. Todo lo que hacía, lo comparaba con lo que había hecho Cristo, y lo que él hacía era insignificante. La humildad que muestra Pablo es simplemente pasmosa.

Cuando Pablo y Silas salieron de Filipos, dejaron a Timoteo a cargo. Ahora Pablo lo envía de nuevo y les revela algo del carácter de Timoteo que tristemente no hallaba común en el ministerio. Menciona: “Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado pues en ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a éste espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos; y confío y confío en el Señor que yo también iré pronto a vosotros” (Filipenses 2:19-24).

Sí, es un triste comentario, y muestra que, aunque uno sea un ministro de Dios, y enseñe las doctrinas correctas, no necesariamente mantendrá la humildad necesaria para llevar a cabo la obra, y eventualmente ponga sus intereses propios por encima de los intereses de Cristo, que son las ovejas del rebaño. Es una gran lección para todos nosotros. Es más fácil regir que servir. 

Pablo finaliza esta sección al mencionar a Epafrodito, y el gran esfuerzo que hizo para hacerle llegar las noticias y los fondos de ellos a Pablo. Por alguna razón, quizás como se demoró mucho para volver, los filipenses estaban preocupados por ello. Pablo les explica de la grave enfermedad que sufrió y que los fondos habían llegado sin problema. Ahora les insta recibirlo con mucha alegría por lo que hizo.