#307 - 1 Corintios 2-4: "El llamamiento de Dios; analogías del ministerio"

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#307 - 1 Corintios 2-4

"El llamamiento de Dios; analogías del ministerio"

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Esto se debía en gran parte a las culturas religiosas que impedían creer en este sacrificio. A los estudiosos judíos les parecía algo contradictorio lo que Pablo decía de la forma que Dios estaba llevando a cabo su plan de Salvación, pues no concebían aun Mesías que vendría para sufrir y morir por la humanidad, sino uno que vendría a conquistar el mundo y reinar para siempre.

En cambio, a los griegos les costaba creer en un dios que estaba dispuesto a sufrir y morir, pues sus líderes religiosos les habían enseñado que esto sería mostrar debilidad. Por ejemplo, Aristóteles, el famoso filósofo griego, consideraba que la máxima virtud era el orgullo y la auto suficiencia, al no aceptar ser insultado. Para ellos, la humildad era algo para los esclavos y un dios que se humillaba mostraría ser débil y no ser digno de adorar.

Pero Pablo les recuerda a los de la iglesia: “Hermanos, deben darse cuenta de que Dios los ha llamado a pesar de que pocos de ustedes son sabios según los criterios humanos, y pocos de ustedes son gente con autoridad o pertenecientes a familias importantes. Y es que, para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por [inculto]; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles. Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo, es decir, a los que no son nada, para anular a los que son algo. Así nadie podrá presumir delante de Dios. Pero Dios mismo los ha unido a ustedes con Cristo Jesús, y ha hecho también que Cristo sea nuestra sabiduría y que por medio de Cristo seamos librados de culpa, consagrados a Dios y salvados. De esta manera, como dicen las Escrituras: Si alguno quiere enorgullecerse, que se enorgullezca del Señor” (1 Corintios 1:26-31, versión Popular).

Esta descripción del llamamiento de Dios sigue siendo tan cierta hoy como ayer. La gran mayoría de personas que Dios llama vienen de las clases modestas. Jesús dijo al respecto: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó… y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lucas 10:21-24). El Comentario del Conocimiento Bíblico dice: “La brillantez del hombre no puede apreciar ni captar lo que es el plan de Dios (Isaías 55:8-9). No es la erudición de los orgullosos, sino es la fe modesta la que permite entrar por el camino angosto”.

Barclay añade: “El filósofo platónico Celso, alrededor del año 178 d.C. dijo del cristianismo: ‘Vemos a los cristianos en sus casuchas, trabajando como zapateros, hilanderos, y tejedores, es decir, obreros de clases más vulgares y menos cultas’. Pero eso era precisamente la gloria del cristianismo. En el Imperio Romano había sesenta millones de esclavos (la mitad de la población). A ojos de la ley, un esclavo era solo una herramienta viviente, un “algo” y no una “persona”. El amo podía arrojar a un esclavo de la casa tal como lo haría con una pala vieja. Podía entretenerse torturando a sus esclavos, y hasta podía matarlos sin ser castigado. Para el amo, no existía tal cosa como un matrimonio de esclavos, pues los hijos de los esclavos le pertenecían a él, tal como los corderos que nacen no son de las ovejas, sino del pastor. El cristianismo hizo que tales esclavos se sintieran como auténticas personas; es más, en hijos e hijas de Dios. Les brindó respeto a los que no conseguían respeto. Les ofreció a los que no tenían vida la vida eterna. Les dijo que, aunque no eran tomados en cuenta por los hombres, sí lo eran ante Dios. Les dijo a personas que no valían nada ante el mundo que ante Dios valían la muerte de su único Hijo. El cristianismo era, y sigue siendo, el mensaje más alentador que ha existido”.

Pablo sigue: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:1-5). Pablo sabía que los griegos eran famosos por exaltar la oratoria de filósofos como Platón, Aristóteles y los oradores como Demóstenes. Plutarco, el historiador griego, dice de su raza: “Los oradores griegos convierten sus voces en dulces sonidos al incorporar cadencias musicales, modular los tonos y las reverberaciones resonantes” Barclay añade: “Los oradores griegos no se enfocaban tanto en lo que decían, sino en cómo lo decían. Sus pensamientos podían ser venenosos, pero valían si venían envueltos en palabras melosas. Adrián, el sofista, tenía tal reputación en Roma que cuando su mensajero apareció con un anuncio de que iba a disertar, se vació el Senado y los juegos fueron abandonados para poder escucharlo”. Por eso, Pablo no trató de impresionar a los corintios con su oratoria, sino que dejó que el mensaje de lo que Dios había hecho por ellos fuera lo más importante.

Pablo le dice a la iglesia: “Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madures; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo [los filósofos y grandes rabinos], que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Corintios 2:6-8).

Recuerden que fue la clase gobernante del mundo de los griegos, romanos y judíos la que sentenció a Jesús a morir. Por eso, Dios decidió desde el principio revelar sus grandes verdades y su plan de Salvación no a los ricos y sabios del mundo, sino a las personas sencillas pero sinceras y humildes. Pablo explica que la persona normal, no importa lo inteligente que sea, no puede entender las cosas de Dios si Dios no la llama. Dice: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman, Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino [por] el espíritu del hombre que está en él? Así también nadie conoció las cosas de Dios, sino [por] el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:9-11).

Noten aquí que Pablo hace un claro paralelo entre el espíritu que está en el hombre, y el Espíritu Santo que está en Dios. Ahora bien, nuestro espíritu está en nosotros, pero no es una persona distinta a nosotros. De igual manera, Pablo explica que el Espíritu de Dios está en Dios, pero que no es una persona distinta a él. Esto es una clara refutación a la idea de que el Espíritu Santo sea una persona como enseñan respecto a la Trinidad.

Pablo continúa: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el [hombre] espiritual juzga todas las cosas [en forma espiritual]; pero él no es juzgado de nadie [natural]” (1 Corintios 2:12-15). En otras palabras, se necesita tener el Espíritu Santo para poder entender las cosas espirituales de Dios, incluyendo entender correctamente la Biblia.

Así es como Pablo desea hablarles, como una persona con discernimiento espiritual que comparte con miembros que tienen esa misma perspectiva. Pero encontraba que, en vez de ser espiritualmente maduros, tenían todo tipo de actitudes carnales, celos, envidias, rencores y divisiones entre ellos. Por eso les dice: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como los niños en Cristo [o seres espiritualmente inmaduros]. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres [naturales]? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores, por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor” (1 Corintios 3:1-8).

Pablo usa la analogía de un agricultor para explicarle a los corintios que como ministro ellos sólo son el medio, y no el fin, que Dios usa para que crezcan espiritualmente; Pablo trajo a Corinto la Palabra de Dios, que Jesús comparó con una semilla que se siembra en el suelo (Lucas 8:11). Luego fue Apolos quien continuó la labor de Pablo cuando éste se fue, y siguió regando la semilla con su predicación y la atención pastoral a los hermanos. Pero un ministro jamás debe atribuirse el crecimiento espiritual de los miembros, pues es en realidad Dios el que los hace crecer espiritualmente. En otras palabras, sin esa relación espiritual directa entre el miembro y Dios, el ministro trabaja en vano.

6)

¿Qué sucede entonces, y de quién es la responsabilidad? Pablo da la respuesta en la segunda analogía que usa – la construcción de un edificio. Dice: “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:10-17).

La segunda analogía es la del ministro como un arquitecto que sirve para poner los cimientos del edificio espiritual, que es la fe en el sacrificio de Cristo [lo que Pablo llama “la cruz de Cristo”: el arrepentimiento, el bautismo y la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo (vea Hechos 2:38)]. Luego de poner los cimientos, se empieza a construir el edificio, (lo que Pablo llama “sobreedificar” que hoy se llama la “superestructura” del edificio), que se compara al desarrollo espiritual del miembro dentro de la Iglesia. El miembro, a través de su relación con Dios, puede crear cierta calidad espiritual en su vida dentro de la Iglesia, que es el templo de Dios. Normalmente la calidad espiritual de los materiales debe ir mejorando con el tiempo. Al pasar exitosamente una prueba de la fe se debe producir ese “oro” espiritual dentro de uno: un carácter espiritual mucho más valioso ante Dios (1 Pedro 1:6-7). De los seis materiales mencionados aquí, tres sobreviven la prueba de fuego que Pablo dice “la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará”. Tres materiales no sobreviven al fuego. La hojarasca, o mejor traducido como “rastrojo”, se usaba para atar las piezas de madera y para techar con paja, es lo primero que desaparece. Por eso, la fe “de hojarasca” es la que tiene muy poca duración. Cristo describe este tipo de fe: “Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra [de Dios], y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (Mateo 13:20-21).

El segundo material es la paja, que tiene un poco más de sustancia y resistencia, pero igual se quema fácilmente. El tercero es la madera, más tarda en quemarse, pero igual no sobrevive a un fuerte incendio. Si la calidad de fe sólo se puede comparar a estas tres sustancias, hay un grave peligro de no sobrevivir las futuras pruebas.

En cambio, si la calidad de fe ha llegado a ser más sólida y madura, es comparada a los tres últimos materiales que sobreviven las pruebas más duras. Las piedras preciosas no se queman, pero quedan resquebrajadas. La fe sobrevive, pero queda debilitada. La plata no se quiebra, pero si se destiñe, y ya no tiene su brillo original. Sólo el oro queda mejor después de la prueba de fuego que antes, pues lo único que se quema son las impurezas, y así el oro brilla más que nunca. 

Pablo menciona que, si la labor del ministro en la Iglesia sobrevive las pruebas, tendrá una recompensa y Dios sabrá que es apto para tener más responsabilidades en su reino. Pero si la iglesia se desintegra después de una gran prueba, o la prueba final durante los tiempos del fin, no podrá esperar una recompensa o muchas responsabilidades en el reino de Dios, aunque él mismo tenga suficiente fe para poder entrar.

Por eso Pablo aboga por mantener una actitud humilde ante Dios y los hombres. “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está; Él prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres, porque todo es vuestro; sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Corintios 3:18-23).

Pablo ha usado las analogías de un agricultor y de un arquitecto para describir la relación entre la labor de los miembros, del ministerio y de Dios. Ahora menciona una tercera analogía: la mayordomía. “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los ministerios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:1-2). El término “administrador”, o oikonomous, era el esclavo puesto a cargo de la casa de su amo. El ministro está a cargo de la iglesia, pero no como amo, sino como un siervo que Dios le ha dado una gran responsabilidad y tendrá que rendir cuentas por ello. Por eso debe ser hallado fiel.

Pablo sabe que es criticado por la forma que administra la iglesia, pero también tiene su conciencia tranquila. Dice: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros” (1 Corintios 4:3-6).

Aquí vemos el motivo detrás de las divisiones: en vez de poner a Cristo primero, algunos estaban exaltando al ministro, y envaneciéndose contra los otros grupos. Respecto a las críticas, todos debemos tener cuidado al condenar a otra persona en la iglesia y atribuirle motivos que a veces son meras conjeturas. Por eso es mejor esperar hasta que los frutos se manifiesten claramente. Es decir, hay que ver por sus acciones los motivos que existen detrás de las cosas. Recuerden que es Dios nuestro juez, y vendrá el día cuando todas “las intenciones de los corazones” se manifestarán.