#284 - Hechos 25-28: "Pablo apela a César; viaje, naufragio y llegada a Roma"

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#284 - Hechos 25-28

"Pablo apela a César; viaje, naufragio y llegada a Roma"

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Comenzamos en el cap. 25, al tomar Porcio Festo el mando en Judea en el año 59 d.C. Fue un buen procurador, pero murió dos años después por una enfermedad. Explica Josefo: “Luego Festo reemplazó a Félix como procurador y se dedicó a eliminar del país a los malhechores que perturbaban la paz. Logró capturar a la mayoría de los bandidos y ejecutó a muchos. Luego le sucedió Albino, que no siguió el ejemplo de su predecesor, más bien cometió muchas atrocidades” (Guerras de los Judíos, libro 2, cap. 14, sec.1).

Al asumir el mando, Festo se encuentra con el caso de Pablo. Al subir a Jerusalén para conocer a los líderes judíos, ellos le piden que se juzgue a Pablo en Jerusalén, pues habían preparado “una celada [emboscada] para matarle en el camino” (Hechos 25:3). Sin embargo, Festo les dijo que “Pablo estaba custodiado en Cesarea, adonde él mismo partiría en breve” (Hechos 25:4). Como ciudadano romano, Pablo se quedaría en donde estaba.

En Cesarea, los líderes judíos acusaron a Pablo de serios cargos, pero, como no tenían testigos, él sencillamente negó cada acusación. Festo se encontraba en un dilema. Vio que los judíos no podían probar el caso contra Pablo, pero como era el nuevo gobernador, no quería enemistarse con los líderes judíos. Explica la Biblia: “Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo dijo: ¿Quieres subir a Jerusalén, y allá ser juzgado de estas cosas delante de mí?” (Hechos 25:9). 

Pablo sabía que, si era llevado a Jerusalén, probablemente moriría en el camino o Festo sería presionado, tal como lo habían hecho con Poncio Pilato en el juicio contra Jesús, a entregarlo a la justicia judía y seguramente sería apedreado.

Por eso, Pablo, como ciudadano romano, recurrió al último recurso que le quedaba: apelar a César. Dijo: “A César apelo. Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: ‘A César has apelado; a César irás’” (Hechos 25:11-12). Festo así se “lavó las manos” de este asunto.

Según la ley romana, todos los ciudadanos romanos tenían derecho de “apelar a César” cuando sentían que habían sido injustamente juzgados en alguna provincia. En latín el derecho es llamado: provocatio ad Caesarem.

Pero antes de ser enviado a Roma, Pablo tiene la oportunidad de presentar su defensa ante el último descendiente de la dinastía de Herodes, Herodes Agripa II (27-100 d.C). Era el hijo de Herodes Agripa I, que murió en Cesarea por su vanidad (Hechos 12:20-23). Herodes Agripa II sólo tenía 17 años cuando su padre murió inesperadamente. Fue criado en la corte del emperador Claudio y hecho rey del norte de Israel unos años después. Su territorio colindaba con el de Festo y ahora vino con su hermana, Berenice, para congraciarse con él. Festo aprovechó la ocasión para explicarle las dificultades del juicio de Pablo, que era de índole religiosa, algo que él no entendía (Hechos 25:18-22). 

Ante estos dignatarios, Pablo se defendió relatando su conversión al cristianismo. Menciona que sólo estaba obedeciendo las órdenes de Jesús, que le dijo: “...porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:15-18). No existe más bello resumen de la misión de Pablo que éste. Ellos deciden enviarlo por nave a Roma, una peligrosa travesía en esa temporada.

Festo y Herodes Agripa II estaban convencidos de la inocencia de Pablo, pero no podían librarlo sin incurrir en la ira de los líderes judíos y decidieron que la mejor opción política era aceptar la apelación de Pablo ante Nerón César. Así se escapó Pablo de una muerte segura en manos de los líderes en Jerusalén. En los primeros años de su gobierno, Nerón fue un buen emperador, al ser guiado por el filósofo Séneca, el hermano de Galión

Al zarpar la nave desde Cesarea, Lucas vuelve a narrar en primera persona, pues él mismo viajó con Pablo y Aristarco, un miembro y sirviente fiel que lo atendería constantemente (sobre Aristarco vea Colosenses 4:10 y Filemón 24). “Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta” (Hechos 27:1). 

Esta compañía Augusta, llamada en latín, Cohors Augusta, era una unidad especial de soldados llamados speculatores que cumplían funciones policiales y judiciales. Como los otros centuriones mencionados en la Biblia, Julio mostró ser un soldado bondadoso y valiente, el orgullo del antiguo ejército romano que gobernó gran parte del mundo conocido por más de 700 años. 

Al llegar a Sidón, Julio permitió a Pablo, bajo custodia, que conversara con los hermanos allí. Dice Lucas: “Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos, para ser atendido por ellos. Y haciendo a la vela desde allí, navegamos a sotavento [contra viento] de Chipre, porque los vientos eran contrarios” (Hechos 27:3-4).

El viaje por mar narrado por Lucas es considerado “uno de los documentos más instructivos del conocimiento marítimo de la antiguedad” (Bruce, p. 498). James Smith, un experto navegante y erudito, cuidadosamente siguió la ruta del relato de Lucas y comprobó que fue escrito con una precisión científica.

La temporada de otoño se estaba acabando y la navegación en el Mediterráneo se volvía muy peligrosa por los fuertes y arremolinados vientos que llegaban del oeste. Se consideraba bastante arriesgado navegar mar abierto después del 14 de septiembre y era prohibido desde el 11 de noviembre hasta principios de febrero. 

Sigue el relato: “Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia” (Hechos 27:5). Allí termina el viaje de esa nave, que desembarca sus granos de Egipto y regresa. Ahora tendrían que esperar hasta que llegara una nave rumbo a Roma. Perdieron preciosos días de buen clima esperando, hasta que por fin llegó la nave indicada. Lucas cuenta: “Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que zarpaba para Italia, nos embarcó en ella”. El grano de Egipto era tan vital para el Imperio Romano que estas naves pertenecían al estado romano y eran alquiladas a los mercaderes, que los navegaban, cargaban y asumían algunos de los riesgos. Por eso, el centurión tenía todo el derecho de ordenar que los subieran a bordo. 

Llegó la época de los peligrosos vientos occidentales. Dice Lucas: “Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. Y habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba” (Hechos 27:7-9).

La nave que llevaba a Pablo es desviada a mar abierto

Aquí, Lucas menciona el Día de Expiación, que es la quinta Fiesta Santa en la Biblia (vea Levítico 23). A través de todo el libro de Hechos, vemos que los apóstoles y los miembros guardan todas estas Fiestas Santas.

Bruce comenta: “Mientras esperaban en Buenos Puertos, se dieron cuenta de que no lograrían terminar el viaje a Italia antes de que comenzara el invierno. Esta peligrosa temporada para la navegación empezaba alrededor del 14 de septiembre y duraba hasta el 11 de noviembre. Después de esta fecha, se suspendía toda navegación por mar abierto hasta el final del invierno. Al decir Lucas, “el Ayuno”, desde luego, se refería al Gran Día de Expiación, que caía en Tisri 10. En el año 59 d.C., se guardó en el 5 de octubre y se requiere de una fecha tardía como ésta para ajustarse al relato del viaje a Italia. Luego de esa terrible odisea, en la isla de Malta pasaron los tres meses del invierno (noviembre, diciembre, enero), por lo tanto, deben haber salido de Buenos Puertos a mediados de octubre” (p. 506).

Pablo, que ya había naufragado tres veces y conocía muy bien los peligros de navegar en esas fechas, intentó persuadirlos a quedarse en Buenos Puertos durante el invierno. Lucas relata: “Pablo les amonestaba, diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas [que eran 276 abordo, vea Hechos 27:10; había naves en ese entonces que llevaban hasta 600 personas]. Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía. Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y sudeste, e invernar allí” (Hechos 27:9-12).

Fue un gran error salir del puerto, por incómodo que fuera. Sigue el relato: “Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón” (Hechos 27:13-14). Bruce describe lo que sucedió: “Una suave brisa surgió y pareció que los llevaría sin problemas a Fenice. Rodearon el Cabo Matala, y en pocas horas debían llegar a Fenice. Sin embargo, el viento cambió de nuevo y un ciclón del noroeste azotó la nave e hizo que fuera en la dirección opuesta. Los marineros reconocieron este viento arremolinado como el viejo adversario que llamaban “Euroclidón”, de Euro, o viento occidental, y clidón, viento norteño” (p. 509).

La nave quedó a la merced de este huracán. Lucas cuenta: “Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar. Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife” (Hechos 27:15-16). El esquife era un pequeño barco que servía para transportar personas al muelle, ayudar con las anclas, o usado en emergencias. Cuando el tiempo era bueno, era arrastrado por una cuerda, pero en tiempos de tormenta, lo tenían que subir, pues se llenaba de agua y frenaba la nave. 

La nave empezó a desarmarse por el embate de las olas y tuvo que ser reforzada. “Y una vez subido a bordo [el esquife], usaron de refuerzos para ceñir la nave; y teniendo temor de dar en la Sirte [un banco de arena] arriaron las velas y quedaron a la deriva. Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. Y no aparecieron ni sol ni estrellas por muchos días [para guiarse], y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” (Hechos 27:17-20). Es aquí donde Pablo los anima a todos, pues les contó: “Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo” (Hechos 27:22-24). Pablo había estado orando por todos, y Dios le concedió su petición de salvarlos.

Pasaron 14 terribles días hasta que por fin llegaron cerca de una isla. La nave encalló en un banco de arena, y todos nadaron o se colgaron de algo para llegar a la isla. El centurión prohibió que mataran a los prisioneros para salvar la vida de Pablo, pues si un preso escapaba, el soldado que lo guardaba tendría que cumplir la misma pena. Todos los 276 a bordo llegaron sanos a la isla. 

Una vez allí, los isleños los socorrieron, pues Malta era una isla bajo la autoridad romana. Cuando Pablo ayudó a echar leña al fuego, “una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano… y él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció. Ellos estaban esperando que él se hinchase, o cayese muerto de repente; mas habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios” (Hechos 28:3-6). Luego Pablo sanó al padre del gobernador de la isla de una fiebre, que aún se llama “fiebre de Malta”. “Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados; los cuales también nos honraron con muchas atenciones; y cuando zarpamos, nos cargaron de las cosas necesarias. Pasados tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cástor y Pólux [los dos hermanos de la constelación Gémini, que, si se veían sus estrellas, se consideraba como buena suerte por los marinos]. Y llegados a Siracusa, estuvimos allí tres días. De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli, donde habiendo hallado hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días; y luego fuimos a Roma, de donde, oyendo de nosotros los hermanos [Pablo escribió su epístola a los Romanos alrededor del año 57] salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas; y al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento. Cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto militar, pero a Pablo se le permitió vivir aparte, con un soldado que le custodiase” (Hechos 28:11-16). Así termina esa travesía de seis meses, pero tal como Dios lo había prometido, Pablo y sus dos compañeros llegaron sanos y salvos.

De allí, Pablo llama a los líderes judíos para explicarles lo que le había acontecido. “Entonces ellos le dijeron: Nosotros ni hemos recibido de Judea cartas acerca de ti, ni ha venido alguno de los hermanos que haya denunciado o hablado algún mal de ti. Pero querríamos oír de ti lo que piensas; porque de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella” (Hechos 28:21-22). Pablo, aliviado, sabe que no hay un verdadero caso contra él, ni testigos que vendrán. 

Les entrega a los judíos el mensaje del evangelio “del reino de Dios… persuadiéndolos acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas. Y algunos asentían a lo que se decía, pero otros no creían” (Hechos 8:23-24). Como muchos rechazaron el mensaje, Pablo les dijo que iría a los gentiles. “Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán. Y cuando hubo dicho esto, los judíos se fueron, teniendo gran discusión entre sí. Y Pablo permaneció dos años enteros [60-61 d.C.] en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Hechos 28:28-31). Escribió muchas epístolas allí.

Así termina el relato de Lucas, que aparentemente lo completa hasta ese año. Según Eusebio, el historiador del cuarto siglo, Pablo fue liberado ante Nerón, y “de nuevo partió para seguir en su ministerio de la predicación. Pero cuando por segunda vez llegó a Roma [64 d.C.], murió martirizado en tiempo del mismo emperador” (Historia Eclesiástica, p. 113).

El libro de Hechos no termina con el acostumbrado “amen” y puede ser porque muchos de los hechos de los futuros líderes de la iglesia también quedarán registrados aquí, cuando vuelva Jesucristo a la tierra.