#269 - Hechos 5-6: "Los apóstoles son arrestados y azotados; los diáconos"

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#269 - Hechos 5-6

"Los apóstoles son arrestados y azotados; los diáconos"

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Esta vez, los sacerdotes decidieron ser más severos con ellos. “Entonces levantándose el sumo sacerdote y todos los que estaban con él, esto es, la secta de los saduceos, se llenaron de celos; y echaron manos a los apóstoles y los pusieron en la cárcel pública” (Hechos 5:17). Aquí vemos que el sumo sacerdote y sus parientes eran de la secta de los saduceos. Eran los que más podían perder por las prédicas de los apóstoles, puesto que iban contra su autoridad y doctrinas. Los jefes religiosos creyeron que pronto todo el pueblo iría tras ellos y abandonarían su fe judía al cristianismo. Por eso los pusieron en la cárcel para intimidarlos y sacarlos de circulación. Pero les aguardaba una gran sorpresa.

“Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel y sacándolos, dijo: Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida” (Hechos 5:19-20). “Esta vida” se refiere a la vida nueva que estaban experimentando y predicando los apóstoles al tener el Espíritu Santo. Era el mensaje del reino de Dios (Hechos 1:3) y cómo podía uno ser parte de esa nueva vida al prepararse para ese reino.

Los apóstoles obedecieron al ángel: “Habiendo oído esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban. Entre tanto, vinieron el sumo sacerdote y los que estaban con él, y convocaron al concilio y a todos los ancianos de los hijos de Israel, y enviaron a la cárcel para que fuesen traídos. Pero cuando llegaron los alguaciles, no los hallaron en la cárcel; entonces volvieron y dieron aviso, diciendo: Por cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con toda seguridad, y los guardas afuera de pie ante las puertas; mas cuando abrimos, a nadie hallamos dentro. Cuando oyeron estas palabras el sumo sacerdote y el jefe de la guardia del templo y los principales sacerdotes, dudaban en qué vendría a parar aquello. Pero viniendo uno, les dio esta noticia: He aquí, los varones que pusisteis en la cárcel están en el templo, y enseñan al pueblo. Entonces fue el jefe de la guardia con los alguaciles, y los trajo sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo” (Hechos 5:21-26).

De nuevo van ante el Sanedrín, el cuerpo de 71 gobernantes judíos. Los amenazaron, al preguntarles, “¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre” (Hechos 5:28). Noten que odiaban tanto el nombre de Jesús que ni siquiera lo pronunciaban. El Talmud tampoco menciona el nombre de Jesús al hablar de él. Los apóstoles les responden con un gran principio: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). Por eso, a veces hay que desobedecer a cualquier persona, no importa su autoridad, si manda ir en contra de la ley y la voluntad de Dios. Jesús dijo: “Si alguno viene a mí, y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26, Nueva Reina Valera).

Este principio se basa en obedecer y poner primero la ley de Dios, ante todo. Los apóstoles explicaron: “Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5:32). Noten que, para recibir el Espíritu Santo, primero hay que obedecer a Dios y su Palabra. No basta con aceptar a Jesucristo como su Salvador, pues hay que aceptarlo también como nuestro Legislador. Juan explica: “El que dice: Yo le conozco [a Jesús y Dios Padre], y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado” (1 Juan 2:4-5). La reacción de los gobernantes religiosos fue inmediata: “Ellos, oyendo esto, se enfurecían y querían matarlos. Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo, mandó que sacasen fuera por un momento a los apóstoles” (Hechos 5:33-34). 

La vida de Gamaliel es registrada por Josefo y otros autores judíos que respaldan la descripción dada por Lucas. Gamaliel era el nieto del gran rabino, Hillel, que fundó la escuela de la cual hasta hoy día descienden los rabinos que dirigen al judaísmo. Más tarde hasta fue jefe del gran Sanedrín. Barclay explica: “Gamaliel no sólo era respetado, sino amado por el pueblo. Era un fariseo bondadoso y tolerante: de los pocos que no creían que la cultura griega era pecaminosa en sí. Fue el primero de los siete rabinos que recibió el título “Rabán”, o “Gran maestro”. Se referían a él como “la belleza de la ley”. Cuando murió, dijeron de él: “Desde que murió el Rabán Gamaliel, ya no existe la misma reverencia por la ley, y la pureza y la abstinencia se han debilitado”. Gamaliel reflejaba fielmente la doctrina farisea de que el libre albedrío se unía al destino. Creían que todas las cosas estaban en manos de Dios, pero que también el hombre era responsable por sus acciones. Así habló Gamaliel”.

Gamaliel les dijo: “Varones israelitas, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres. Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien. A éste se unió un número como de cuatrocientos hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados. Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios” (Hechos 5:35-39). 

Hay dos incidentes históricos que menciona Gamaliel que valen la pena estudiar. El primero era la revuelta instigada por Teudas, un nombre bastante común del griego Teodoro, y parece que hubo más de uno que encabezó rebeliones. Hubo una sublevación en el año 6 d. C. cuando fue depuesto Herodes Aquelao, y probablemente se refiere a esta. Josefo menciona una revuelta de un Teudas en el año 44 d. C., pero el relato aquí es alrededor del año 33 y, por lo tanto, no se refiere a ese Teudas. 

El otro caso sí es bien conocido y atestiguado por Josefo. Él relata que Judas el galileo instigó una revuelta en el año 7 d. C. en el tiempo del censo romano. Judas creía que los tributos sólo se deberían pagar a Dios y no a los romanos. Su grupo se llamaba “los Zelotes” por el celo que tenían por las cosas de Dios. Sin embargo, los romanos aplastaron el movimiento y mataron a Judas. Pero el grupo siguió en forma secreta, y uno de los discípulos de Jesús, Simón el Zelote (vea Hechos 1:13), había sido parte de ese grupo. 

Luego de que el Sanedrín escuchara al respetado Gamaliel, “convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad” (Hechos 5:40). Esta vez los apóstoles no salieron ilesos. De acuerdo con las leyes judías, el castigo por desacato de las órdenes del concilio era recibir 39 azotes, basado en el límite impuesto en Deuteronomio 25:3. 

Explica El Diccionario Bíblico Ilustrado: “Se administraba esta pena con un flagelo de tres correas. Y así, cada golpe equivalía a tres. Se daba, por tanto, trece golpes. Por el Talmud y por el N.T. se sabe que este castigo se ejecutaba a menudo en la sinagoga (Mateo 10:17; Mateo 23:34; Marcos 13:9; Hechos 5:40; Hechos 22:19). Pablo distingue entre los treinta y nueve golpes recibidos cinco veces de los judíos, y las tres veces que fue azotado por los romanos (vea 2 Corintios 11:24-25)”.

Luego de ser azotados, y tener sus espaldas ensangrentadas, “ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (Hechos 5:41-42). Estas acciones deben haber enfurecido más al Sanedrín, pues mostraban que los apóstoles no temían el castigo. ¡Qué valientes eran!

Ahora la mirada de Lucas se vuelve hacia la iglesia, donde surgió un nuevo problema. “En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria. (Hechos 6:1). 

¿De qué se trataba este problema? Noten que la Iglesia estaba compuesta por dos clases de judíos cristianos: el hebreo nacido en Judá, que hablaba arameo, la lengua oficial del país, y los judíos griegos, que habían llegado a Judá de otras partes del mundo y hablaban griego. Debido a las diferencias del idioma, los judíos nativos se sentían como los “locales” y con mayores privilegios que los “extranjeros”. Por su cultura hebrea, tendían a juntarse entre ellos, mientras que veían a los judíos que hablaban griego, como menos, celosos de la ley y de la cultura judía. Bruce explica: “La tensión entre los miembros se desbordó cuando la distribución diaria de comida y bienes entre los más pobres fue desigual. Estos bienes habían sido contribuidos por los miembros más pudientes de la congregación, normalmente “los hebreos”, y puestos a los pies de los apóstoles, quienes los repartían según la necesidad de cada uno de los pobres. Como las viudas nativas que hablaban arameo eran mejor conocidas, muchos de los que contribuían querían que ellas recibieran la mejor atención, y por eso tenían la preferencia. En cambio, las viudas de habla griego, que no eran del grupo mayoritario, eran dejadas para lo último, y a veces no quedaba nada para entregarles. Hubo una queja de los miembros que hablaban griego por esta desigualdad.” Los apóstoles se dieron cuenta de que los de habla griega tenían la razón y propusieron la siguiente solución.

“Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hechos 6:2-4). En cierto sentido, los apóstoles reconocieron que, tal como le sucedió a Moisés, no podían hacerlo todo (Éxodo 18:13-26), y tuvieron que delegar las funciones físicas de la congregación en otros. Es el comienzo de la formación de diáconos en la iglesia.

La Biblia dice: “Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía, a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos” (Hechos 6:5-6). 

Noten que toda ordenación en la iglesia se llevaba a cabo por la imposición de manos. Pablo explica sobre los diáconos: “Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. A estos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles. Las mujeres [diaconisas, como Febe, en Romanos 16:1] asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo” (1 Timoteo 3:8-11). De modo que aquí en Hechos 6 tenemos los primeros siete diáconos de la iglesia para ayudar con los asuntos físicos a los apóstoles. Uno de ellos era un “prosélito” término que se necesita entender para aclarar muchos conceptos en Hechos. Un prosélito era un gentil que se había convertido a la fe judía y había aceptado observar la ley judía en su totalidad (es decir, la ley bíblica y la oral, con todas las tradiciones de los rabinos que Cristo rechazó). Se convertía en un judío de plena comunión al llevar a cabo las tres ceremonias exigidas: (1) circuncidarse, algo bastante doloroso para un hombre maduro, (2) llevar a cabo un bautismo, para purificarse de su contaminación ceremonial (vea Juan 3:25) y (3) ofrecer un sacrificio en el templo de Dios. Por eso, Nicolás, uno de los nuevos diáconos, había sido un gentil que se había convertido al judaísmo y era ahora un judío.

Como resultado de esta solución al problema de la repartición de bienes, Lucas menciona: “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hechos 6:7). 

Noten que la religión enseñada por Jesús no iba en contra de la ley de Dios, pues muchos de los sacerdotes fueron convertidos. El falso cristianismo es el resultado de separarse del camino del Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento y de las bases judío-cristianas. En vez de seguir con la base de la ley de Dios, ahora magnificada por Jesucristo, estos falsos gentiles cristianos formaron una fe establecida en una mezcla de la Biblia y Platón y otros filósofos paganos que enseñaron cosas como la inmortalidad del alma, el irse al cielo o al infierno, un tipo de trinidad, fiestas paganas y comer cerdo y otras cosas inmundas que hacían los griegos. En vez, vemos aquí que muchos sacerdotes entraron en la verdadera Iglesia y muestra que no hay un rompimiento con el pasado, sino un perfeccionamiento de la fe.

Ahora llegamos a la vida del primer mártir cristiano, Esteban (nombre griego que significa “corona”). “Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8). Vemos aquí cómo un diácono puede seguir creciendo en la fe hasta convertirse en ministro. 

“Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban”. Esteban fue a las sinagogas de sus compatriotas judíos de habla griega para enseñarles sobre la fe en Jesús. Los libertos eran judíos que habían sido esclavos o eran descendientes de esclavos que habían recibido su libertad de los romanos. 

Estos judíos no aceptaron el mensaje de Esteban y lo acusaron con falsos testigos ante el Sanedrín. Explica Lucas: “Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Entonces sobornaron a unos para que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Y soliviantaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas; y arremetiendo, le arrebataron, y le trajeron al concilio. Y pusieron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la ley; pues le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio Moisés” (Hechos 6:10-14). 

Noten que estas eran falsas acusaciones. El cargo era blasfemar contra el templo y las costumbres de Moisés. Esteban estaba predicando la venida del “reino de Dios” y que Jesús iba a restaurar todas las cosas” (Hechos 3:21). Cuando Jesús viniera, no se seguirían las costumbres de los fariseos y saduceos. Lucas usa el término “ley, nomos y costumbres, ethos” en forma indistinta, pero no se refiere a los mandamientos de Dios, que jamás están en disputa, sino las leyes tradicionales rabínicas y el culto al templo. Cristo mismo descartó esas tradiciones, y dijo del templo que sería algo transitorio (vea Juan 4:21-24). Esteban estaba predicando exactamente lo que debía, y no era una exageración o una distorsión de un hombre arrebatado.

Cuando habló, estaba lleno del Espíritu de Dios, de tal forma que: “Todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel” (Hechos 6:5). Su rostro era puro, sincero, y llenó de inspiración, pero los líderes igualmente lo odiaban por la envidia que sentían y al estar cerrados a la verdad por su tradicionalismo y sus privilegios. Juan dijo: “Amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:43). En el siguiente estudio, analizaremos este importante discurso de Esteban, que le costó la vida.