Qué es la modestia según la Biblia
La modestia es una manifestación externa de la humildad, y es una de las maneras en que honramos a Dios con nuestro cuerpo.
E
n el sexto día de la creación, Dios hizo al ser humano a su imagen. Después de mirar todo lo que había hecho, dijo que era bueno en gran manera (Génesis 1:26-31). Cuando creó a Adán y a Eva, estaban desnudos y no sentían vergüenza (Génesis 2:25). Solo después de pecar al comer del árbol que Dios les había prohibido tocar, sintieron vergüenza y cubrieron su desnudez haciéndose delantales de hojas de higuera. Más tarde, después de que fueran expulsados del huerto de Edén, Dios les hizo vestiduras de pieles para cubrirlos (Génesis 3:7, 21).
La Biblia no especifica las medidas de dichos atuendos ni nos dice exactamente qué y cuánto cubría. Si la modestia solo tuviera que ver con las tallas correctas, Dios las habría detallado; él no omite las medidas cuando son necesarias. De hecho, en toda la Biblia no se habla mucho sobre cuánto de nuestro cuerpo se nos permite mostrar, y esto nos lleva a la pregunta: ¿qué es exactamente la modestia según la Biblia? ¿Se trata solo de nuestra apariencia, o va más allá?
La modestia no es solo para las damas
De entrada, debo aclarar que, como soy mujer, gran parte del enfoque aquí estará dirigido a las mujeres. Sin embargo, caballeros, ustedes también pueden aplicar los principios de este artículo, así que no los ignoren pensando que “es solo para damas”. Para los hombres que se esfuerzan por ser como Cristo, los principios de la modestia son igualmente importantes.
La mayor parte de lo que leemos en las Escrituras sobre la modestia bíblica y cómo debemos cubrir nuestro cuerpo se encuentra en el Nuevo Testamento. Creo que esto se debe a que la Iglesia primitiva vivía entre griegos y romanos, pueblos sumamente imbuidos de inmoralidad sexual e idolatría. No usaban su cuerpo para Dios, sino para rituales paganos y la satisfacción de sus pasiones. Algunos cristianos convertidos venían de estas culturas (1 Corintios 6:9-11). El mundo de hoy es increíblemente sexualizado y trata a hombres y mujeres como objetos para satisfacer las pasiones ajenas. Los escritos del Nuevo Testamento dan consejos prácticos sobre la modestia, que siguen vigentes en la actualidad. En el Antiguo Testamento leemos más sobre humildad que sobre modestia, pero ambas se relacionan.
La búsqueda de atención y el orgullo
Lo primero que piensa la mayoría al oír “modestia” es no mostrar mucho el cuerpo, especialmente en el caso de las mujeres. Aunque la vestimenta es un aspecto de la modestia (para hombres y mujeres), no es lo fundamental. Qué ropa se considera modesta es algo subjetivo, pues varía según la cultura, la época y la posición social. Dios sencillamente no nos da una regla universal sobre qué es modesto y qué no.
Pero la modestia es mucho más que la ropa: es una manifestación externa de la humildad. Nos ayuda a evitar el orgullo y la jactancia en cuanto a nosotros mismos o nuestras capacidades y es una de las maneras en que honramos a Dios con nuestro cuerpo. Cuando somos inmodestos en el vestir, la actitud o el hablar, lo deshonramos.
El mundo nos dice que tenemos derecho a ponernos lo que queramos, y que debemos vestirnos para sentirnos atractivos, poderosos y seguros, y para amarnos a nosotros mismos. ¡Suena divertido y liberador!
La Biblia dice: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20).
El mundo nos dice que somos libres de hacer con nuestro cuerpo lo que nos plazca, pero la Biblia nos dice que no lo somos, ni deberíamos anhelarlo. La independencia y libertad que ofrece el mundo en realidad solo significa seguir en la esclavitud del pecado y permanecer atrapados hasta arrepentirnos (Romanos 6:18-23; 2 Pedro 2:19).
El mundo considera motivo de orgullo que despertemos el deseo de otros. No podemos controlar los deseos de los demás, pero como cristianos debemos hacer lo posible por no ser objeto de la codicia de otra persona.
“Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (Romanos 14:13).
La atracción no es motivo de vergüenza, como tampoco lo es ser atractivo; pero tratar de que otros nos miren con deseo, o ser vanidosos y orgullosos por lo atractivos que somos, es pecaminoso y vergonzoso.
En mi adolescencia, la modestia era un desafío para mí. Me vestía como mis amigas y era muy admirada, ¡y eso me encantaba! Era fácil justificar lo que vestía cuando me comparaba con otras que usaban prendas más reveladoras. O compraba algo inapropiado y le decía a mi mamá que me pondría otra prenda encima y luego, convenientemente, “lo olvidaba”. Trataba de convencerla de que me dejara usar bikini porque era “imposible” encontrar un traje de baño bonito pero decoroso, y yo no quería verme como una anciana. Me quejaba constantemente de lo difícil que era encontrar algo que me gustara y a la vez fuera sobrio, y siempre optaba por lo que me gustaba en vez de lo modesto.
Al crecer, vi que jovencitas menores que yo imitaban algunos de mis comportamientos, atuendos y actitudes. Eso me hizo caer en cuenta de que había estado enfocada en mí misma y no en Dios, tanto en mi vida diaria como cuando me presentaba ante él en los servicios de culto. Comprendí que algo tan simple como un atuendo podía impedir la buena obra que Dios quería hacer en mí, por el ejemplo que les estaba dando a otras chicas.
Así que empecé a fijarme en las mujeres que admiraba y en cómo se vestían: mujeres cuya belleza provenía de su mente y de sus obras, no solo de su ropa. Esas mujeres se veían igualmente elegantes, hermosas y bien arregladas. Pero, más importante aún, eran amables, bondadosas y humildes, y tenían las prioridades correctas en la vida: Dios y la familia. Había en ellas una elegancia y una luz especiales que yo quería imitar. Cuando imaginaba a la mujer virtuosa en la que quería convertirme, la veía vestirse de un modo distinto al mío, y me pregunté: ¿por qué habría de imitar la moda de personas a las que no quiero parecerme cuando sea mayor?
Mi intención en ese entonces no era despertar deseos ni envidia en otros, pero tampoco hacía un esfuerzo por evitarlos. La intención es importante, y a Dios le importa nuestro corazón. Pero tenemos que ser de verdad honestos con nosotros mismos acerca de nuestras intenciones y razones escondidas.
Preguntas para reflexionar
sobre la modestia en la humildad
y la atención:
¿Cuánto tiempo inviertes arreglándote cada día, en comparación con el tiempo que le dedicas a Dios?
¿Justificas vestir prendas consideradas poco modestas porque se ven bonitas?
¿Buscas afanosamente que te admiren por tu apariencia física?
¿Tienes en cuenta la modestia cuando vas a comprar ropa?
La modestia material
En 1 Timoteo 2:9-10 leemos principios que se aplican tanto a hombres como a mujeres: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad”.
Los peinados y las perlas no son el problema, sino el hábito de vestirse con ostentación y atraer la atención sobre uno mismo. En esto, tanto hombres como mujeres pueden ser culpables.
Casas, vacaciones, autos, ropa, bolsos, zapatos, comida: la lista de las muchas maneras de gastar nuestro dinero puede alargarse indefinidamente. Estas cosas en sí no son malas. Dios bendice a la gente de distintas formas, y una de ellas es la riqueza material. Sin embargo, él quiere ver cómo usamos nuestras bendiciones. ¿Son solo para nosotros, o las compartimos con otros?
Como escribe el apóstol Juan: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17).
La modestia material no consiste en vestir la ropa más barata que encuentres, o levantarte de la cama sin que te importe en absoluto tu aspecto. Se trata de si glorificamos o no a Dios con nuestras bendiciones materiales. A él le interesa nuestra presentación personal, que incluye tanto nuestro aspecto como la manera en que tratamos a los demás. Nunca debemos ser generosos solo para parecer justos (Mateo 6:3-4); más bien, debemos dar porque sentimos compasión por nuestros semejantes, acorde con lo que Dios nos enseña. El Eterno busca personas humildes, modestas y generosas, no engreídas ni mundanas.
Preguntas para reflexionar sobre la modestia en las riquezas:
¿Te importa mucho la marca de lo que llevas puesto?
¿Examinas la ropa de los demás y consideras que la tuya es “mejor”?
¿Cuánto dinero y tiempo gastas en tu apariencia física?
¿Inviertes dinero y tiempo en otras personas?
¿Eres generoso y compasivo con quienes tienen menos que tú?
Sé modesto como Cristo
Como cristianos, hay muchas otras maneras en que podemos comportarnos con modestia. Pero, en general, debemos conducirnos como si Cristo estuviera justo a nuestro lado, pues en realidad él debe vivir en nosotros. Si crees que está bien decir algo delante de tus amigos, pero no te atreverías a decirlo delante de Cristo, pregúntate por qué. Y luego pregúntate si realmente deberías decirlo. Aplica este principio también a tus otras conversaciones. Piensa con cuidado antes de publicar cualquier cosa en las redes sociales y también en la privacidad de los mensajes personales y de texto. Jesucristo es tu abogado: él habla con el Padre acerca de ti y te defiende. ¡No le hagas el trabajo más difícil diciendo cosas que no deberías!
Juan escribe: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
Algunas maneras concretas de comportarnos con modestia son edificar a los demás y alegrarnos de verdad por los éxitos ajenos. Y cuando seas tú el que logró algo importante, compártelo con quienes te ayudaron a llegar adonde estás; nada de lo que hacemos en este mundo lo logramos exclusivamente por nosotros mismos. Aun si quienes te ayudaron son desconocidos que publicaron información útil en Internet, exprésales tu reconocimiento. Otra manera es hacerles preguntas a las personas y hablar de ellas. Y cuando alguien te haga una pregunta a ti, asegúrate de hacerle otra y de escuchar atentamente la respuesta. Hay muchas otras formas de practicar la modestia, pero una muy importante, y que a menudo se pasa por alto, es evitar las groserías, las malas palabras y la vulgaridad. Estas cosas no son aceptables, ni modestas, ni semejantes a Cristo, por más comunes que sean en el mundo. Hay quienes se valen de ellas con el dudoso pretexto del humor, pero ni siquiera deben usarse como “simple broma”. Cuidar nuestra lengua es probablemente una de las cosas más difíciles, pero más importantes, que podemos hacer como cristianos (Santiago 3:2).
Preguntas para reflexionar sobre la modestia en las acciones:
¿Humillas a otros para hacer reír?
¿Presumes de tus logros para impresionar a la gente?
¿Finges saber cosas para no quedar mal?
¿Te gusta el chisme?
¿Tu conducta en general guía a las personas hacia Cristo, o las aleja de él?
Después de reflexionar sobre estas preguntas, sé que todavía tengo mucho por cambiar, y me sorprendería que alguien que esté leyendo no vea algo que pueda mejorar en su vida. Espero que lo tomes en serio y lo converses con tus amigos, para ayudarse unos a otros a mejorar como hermanos en Cristo.
Porque “Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo” (Proverbios 27:17).
Hoy en día hay muchas más opciones de ropa gracias a las compras en línea y a las creadoras de contenido de moda enfocadas en la modestia, que pueden inspirar a quien necesite ideas. Ser modesto y verse muy bien es más fácil que nunca, así que te animo a caminar en esa dirección.
El apóstol Pedro escribe: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:3-4).
La modestia no tiene que ver solamente con cuánta piel muestras —aunque también es importante—, sino también con tu actitud y las intenciones más profundas detrás de lo que haces y dices. Al comenzar cada día, mientras te arreglas y preparas tu apariencia, planea en qué vas a pensar y en cómo vas a hablarles a los demás. Si se presenta la oportunidad de humillar a alguien para provocar una gran carcajada, ¿aun así lo harías? ¿Permitirás que tus emociones te dominen hasta el punto de estallar? ¿Serás paciente y trabajarás con esmero? Cuando te arregles cada día, vístete de misericordia y bondad. Destaca entre los demás no por tu ropa, sino por la luz y la gloria de Dios que brillan a través de ti. BN