Aterricemos con mansedumbre

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Nuestro trato hacia los demás puede ser suave o bastante brusco, tal como el aterrizaje de un avión. ¿Cómo podemos cultivar la mansedumbre que Cristo nos pide?

 


 

Vivimos en una época en que la antipatía y la exigencia de los derechos personales se aplauden a expensas de la bondad y consideración hacia los demás.

El lenguaje rudo y grosero, así como las actitudes prepotentes, invaden cada vez más espacios con el propósito de perturbar verbal y mentalmente a los demás. Esta falta de civismo, alimentada por la inmadurez emocional, se manifiesta en forma creciente en personas de todas las edades y en muchos ámbitos: el hogar, la escuela, la vida pública y las redes sociales.

Esta tendencia en las relaciones humanas está mermando rápidamente la consideración por los derechos ajenos, y los límites del respeto se vulneran deliberadamente.

¿Acaso debería sorprendernos? Las Escrituras advierten que en los postreros días “habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos” (2 Timoteo 3:1-2).

Reflexionemos sobre nuestro propio trato diario hacia los demás. Permítame hacer una analogía con los viajes en avión, en particular con los despegues y aterrizajes. Al llegar a nuestro destino, quizá comentemos: “Ese sí que fue un aterrizaje suave”, y al bajar, hasta felicitemos al piloto. ¡Pero los aterrizajes suaves no ocurren por sí solos! Requieren entrenamiento, dedicación y práctica.

Por supuesto, no todos los aterrizajes son tan suaves. Algunos nos dejan temblando, preguntándonos si querremos volver a volar en determinada aerolínea, o volver a volar siquiera.

A lo largo del día podemos “aterrizar” suavemente en la vida de los demás a través de pequeños detalles: siendo amigables, abriéndole la puerta a alguien o expresando gratitud aun por las cosas más sencillas. Pero quizá aterricemos violentamente: nos abrimos paso a empujones entre una multitud, nos impacientamos por tener que hacer una fila y para colmo, renegamos. Tan fugazmente como entramos en el día de una persona, giramos y despegamos, a menudo para no volver a verla jamás.

La gran pregunta es: ¿cómo aterrizamos y despegamos usted y yo en la vida de los demás? ¿Estrellándonos contra su día y siguiendo de largo, o aterrizando con mansedumbre y siendo genuinamente cuidadosos?

Cómo llegar a ser espiritualmente auténticos

Nunca ha habido nadie tan reconocido por sus perfectos aterrizajes y despegues en la vida de los demás como Jesús de Nazaret. Él acoge con agrado cada ocasión de interactuar con las personas. Así fue durante su vida en la Tierra, y así sigue siendo hoy, sentado a la diestra de Dios el Padre en el cielo. La invitación de Jesús aparece en Mateo 11:28-29:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (énfasis nuestro en todo este artículo).

Estas son las palabras de quien fuera la persona más auténtica, por dentro y por fuera, jamás nacida de mujer. Como discípulos de Jesucristo, ¿cómo respondemos al llamado de este humilde Maestro a seguirlo (Marcos 8:34), e incorporamos y reflejamos la hermosa cualidad de la mansedumbre en el caótico mundo que nos rodea?

Pero no confundamos mansedumbre con debilidad. El débil es aquel de quien resulta fácil abusar o aprovecharse; el manso, en cambio, es quien cuida a los demás con consideración, amor y dominio propio, procurando una experiencia provechosa para ambas partes.

En las Escrituras, la mansedumbre se refiere a fuerza bajo control, una sumisión voluntaria a Dios y una preocupación genuina por los demás. No surge del ego, sino del poder del Eterno por medio de su Espíritu Santo.

Entonces, ¿por dónde comenzar para llegar a ser discípulos auténticos de Jesucristo? Consideremos cuatro claves que nos ayudarán a ejercitar el músculo espiritual de la mansedumbre.

Clave 1: Dios nos ordena seguir la mansedumbre

Comencemos preguntando: ¿por qué? Las Escrituras declaran en 1 Timoteo 6:11 que debemos huir de los pensamientos y las conductas equivocados: “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”.

La poderosa intensidad del verbo que aquí se traduce como sigue es muy notoria. En el original griego significa literalmente “perseguir”: inclinarse hacia adelante, ir tras la meta y darlo todo, mientras recurrimos al poder y la sabiduría del Espíritu de Dios para nutrir activamente el desarrollo de ese Espíritu sembrado en nosotros, a fin de dar fruto en nuestra vida y en la de los demás. Uno de esos frutos es la mansedumbre (Gálatas 5:22-23).

Así como un piloto no llega a dominar los aterrizajes suaves con solo desearlo, la mansedumbre tampoco surge por sí sola: se siembra en el suelo de la humildad, que nos permite tocar a la puerta del corazón de las personas en lugar de irrumpir en su vida alocadamente.

Como escribió el apóstol Pablo: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo . . . Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:3, 5).

Me gusta comparar las reuniones sociales con un brindis exitoso. Si al momento de brindar dos personas estrellan sus copas, las bebidas pueden derramarse sobre ellas y las copas hacerse añicos; ninguno se beneficia. Pero si ambas acercan sus copas y las hacen tintinear suavemente, hay unidad, paz, y casi ningún riesgo de mancharse la ropa. Sin duda, todos pueden disfrutar un brindis así.

La búsqueda de la mansedumbre puede comenzar en el propio hogar, con nuestro cónyuge y nuestros hijos, y extenderse a vecinos, colegas, amigos y desconocidos.

Recordemos que nuestra búsqueda personal de la mansedumbre queda marcada por nuestras entradas y salidas en la vida de los demás, y podemos ofrecer un gesto de amabilidad aun cuando no sea correspondido.

Clave 2: La mansedumbre permite que otros crezcan

Pablo destaca los efectos duraderos de la mansedumbre en los demás describiendo su manera de tratar a los tesalonicenses. Les dijo que bien habría podido tratarlos con más dureza, según era su prerrogativa. Sin embargo, les recordó el beneficio de un trato gentil:

“Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos” (1 Tesalonicenses 2:7-8).

Una de las mayores pruebas de mansedumbre se da cuando enfrentamos un conflicto o la necesidad de corregir a un hermano en la fe. Las Escrituras nos instruyen a restaurar a los demás “con espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6:1). La mansedumbre no evade las conversaciones difíciles, pero comunica la verdad de tal manera que busca la restauración, nunca la humillación que tantas veces resulta cuando se recurre a la rudeza.

Quizá conozcamos el Evangelio, lo que dice y lo que significa, pero el mensaje más elocuente y memorable que podemos dar consiste en practicar lo que sabemos o predicamos. ¡Esa es la verdadera muestra de autenticidad!

¿Ha reflexionado alguna vez sobre la forma en que Dios finalmente logró captar la atención del profeta Elías cuando este huyó a una cueva en el monte Sinaí? El Eterno recurrió a varios llamados de atención naturales como viento, terremoto y fuego para despertar a su abatido siervo. Pero lo que finalmente motivó al profeta a servir un día más fue “un silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:8-13).

¿Cuántos corazones han sido transformados de verdad por la fuerza bruta o las palabras ásperas? Proverbios 15:4 describe magníficamente la capacidad de nuestras palabras para edificar o destruir:

“Las palabras suaves son un árbol de vida; la lengua engañosa destruye el espíritu” (NTV).

Clave 3: La mansedumbre es señal de sabiduría

¿Cuál es su coeficiente intelectual? Perdone la pregunta tan personal, pero es necesaria para explicar algo. No me refiero a su coeficiente intelectual, sino a su coeficiente de identidad: la medida en que usted responde cada día, como discípulo de Cristo, a su invitación de “sígueme”. Esta es la verdadera medida de la autenticidad en un mundo que persigue lo falso disfrazado de genuino.

Leamos juntos las palabras de Santiago 3:17-18: “Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”.

Clave 4: El crecimiento espiritual no ocurre en un vacío

Tratar con mansedumbre, sin favoritismos y con sinceridad a todas las personas que se cruzan en nuestro camino en un día cualquiera, es una tarea difícil. Esto no se logra con buenos deseos, sino con el poder del Espíritu Santo de Dios. Aun así, tenemos que hacer nuestra parte. A nuestro alrededor hay personas esperando el toque apacible del Eterno a través de usted.

En el juego del tiro al blanco, la secuencia correcta no es disparar, alistarse, apuntar, sino que primero hay que alistarse, apuntar y, por último, disparar. El Espíritu de Dios nos prepara para extender la mansedumbre a los demás; solo cuando estamos listos podemos apuntar y dirigirla realmente a quienes nos rodean. Y ¡pum!, si nos hemos sometido debidamente a Dios, disparamos dando en el blanco de la verdadera mansedumbre.

A medida que aceptamos la realidad de que el cristianismo no es una mera teoría, sino la práctica firme y constante de seguir el ejemplo de Jesucristo, quien es “el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6), experimentamos el crecimiento espiritual: no de la nada, ¡sino por la gracia de Dios!

Para un momento como este

Se ha dicho que a los actores de cine se les conoce por sus entradas y salidas: eso es lo que la gente recuerda. Pero nosotros no estamos actuando, sino imitando a Jesucristo, transformándonos en seres genuinos y auténticos como él.

No le quepa duda: somos como pilotos que aterrizan y despegan, entrando y saliendo de la vida de las personas diariamente cuando interactuamos con ellas. Así que ¡abróchese el cinturón!, y prepárese para aplicar el toque manso de Cristo a los demás cuando aterrice en sus vidas. ¿Quién sabe si usted ha llegado a la vida de alguien a la manera de Cristo, para ser semilla de un llamado divino?

Tal vez el intercambio amable que usted tenga hoy con una persona sea la semilla que Dios use para acercarla a Cristo. En palabras de Ester 4:14, quizá el Eterno lo haya puesto en la vida de esa persona “para un momento como este” (NTV). BN


 

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