Adorar a Dios, pero ¿bajo las condiciones de quién?
Navidad, Pascua Florida, Día de los Muertos, Halloween, carnaval de Brasil. Para millones de personas, estas celebraciones forman parte de sus recuerdos de infancia más entrañables: reuniones familiares, deliciosos aromas, música y la emoción de compartir las tradiciones. Todo ello está tan arraigado en nuestra cultura que pocos se detienen a pensar en el origen de tales celebraciones o a quién honran verdaderamente. Son, simplemente, parte de la vida . . . ¿no es así?
La Biblia plantea una pregunta que puede parecer incómoda: ¿estamos adorando a Dios según sus condiciones, o según las nuestras? Esta pregunta no es irrelevante, puesto que tiene consecuencias reales en todas las áreas de la vida. Y si esa pregunta nos molesta cuando se refiere a nuestras celebraciones, tal vez nos incomode aún más a la hora de compararlas con otras áreas de nuestra vida. Pero empecemos por donde más importa: la forma en que rendimos culto a Dios.
A pesar de tener su Palabra a su alcance, muchos aún no saben exactamente lo que él espera. Algunos creen que es una especie de ser impreciso y esquivo. ¿Por qué hace lo que hace? ¿Qué quiere de mí? ¿Cómo sabemos si lo que hacemos está bien o mal, si le agrada o lo hace enojar?
Dios es todopoderoso y omnisciente, pero nunca complicado. Nos dio su Palabra, que explica tanto lo que quiere de nosotros como el porqué de lo que hace.
Empecemos respondiendo el porqué: “Andad en todo el camino que el Eterno vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer” (Deuteronomio 5:33). Aunque este mandato fue dado específicamente al antiguo Israel, la razón fundamental de todos sus mandamientos es la misma: son para nuestro propio bien. Dios es amor (1 Juan 4:8), y todo lo que nos manda nace de ese amor.
Entonces, ¿qué podemos decir sobre la forma de adorar a Dios? ¿Basta con nuestra intención, o hay reglas sobre cómo hacerlo?
Como dijimos, podemos aprender de los mandatos dados al antiguo Israel: “Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que el Eterno el Dios de tus padres te ha dado para que tomes posesión de ella, todos los días que vosotros viviereis sobre la tierra. Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego; y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar. No haréis así al Eterno vuestro Dios . . .” (Deuteronomio 12:1-4, énfasis añadido).
Dios fue muy claro: no adopten las prácticas de adoración de otras religiones (vea también los versículos 29-32). Esto se conoce como sincretismo, es decir, la mezcla de religiones que da como resultado una combinación de verdad y mentira. Una rápida búsqueda sobre festividades como la Navidad y la Pascua Florida comprueba que estas son ejemplos clásicos de sincretismo: prácticas usadas para venerar a dioses paganos que han sido adaptadas a la adoración del Dios verdadero. Esto es exactamente lo que él dijo que no hiciéramos.
¿Cómo adora usted a Dios? ¿Sigue la norma de él o la suya propia? Puede parecer una pregunta extraña, con una respuesta obvia. Pero sea honesto consigo mismo: ¿está adorándolo realmente según él ordena? Esto podría sorprenderlo, pero si hace unos días usted alistó un tazón con golosinas para los niños que salieron a pedirlas en su vecindario, o si ya comienza a pensar en cómo va a decorar su casa esta Navidad, no está adorando a Dios conforme él ordenó.
En el artículo de portada de esta edición, “Entre la tradición y la verdad”, examinamos a fondo cómo espera Dios que lo veneremos. Pero el asunto no se limita únicamente a la adoración.
Lo que muchos no saben es que detrás de lo que ofrece el mundo —sus festividades, filosofías y redefiniciones de lo bueno y lo malo— hay un adversario real que se vale de falsificaciones: cosas que se ven hermosas, familiares y que todo el mundo acepta, pero que no provienen de Dios. En esta edición revelamos quién es ese enemigo y cuál es su verdadero objetivo. Examinamos la relación entre el temor y la fe: cuando la vida se pone difícil, ¿quién decide las condiciones de nuestro proceder?
También abordamos la forma en que se definen los roles de hombres y mujeres en la Iglesia: ¿según la cultura del mundo o según el diseño de Dios? Aprenderemos que la mansedumbre no es debilidad, sino la manera en que Cristo nos enseñó a tratar a los demás. Y para nuestros lectores más jóvenes, preguntamos: el cuerpo, la imagen, la actitud, ¿reflejan al mundo o reflejan a Dios?
El hilo que une cada página de esta edición es una verdad que infunde esperanza: las condiciones de Dios no son restricciones. Son el camino hacia la vida que él diseñó para usted, más plena, libre y segura que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer. Lo invitamos a seguir leyendo con esa pregunta en mente y a descubrir, artículo tras artículo, que entre la tradición y la verdad, elegir la verdad de Dios es elegir el camino de la vida.