Entre la tradición y la verdad

Lo que el mundo ofrece y lo que Dios promete
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Muchas celebraciones populares se asocian con entrañables momentos en familia y con la adoración a Dios. Pero ¿qué hay realmente detrás de estas tradiciones, y a quién honran?


 

El Día de los Muertos, Halloween, la Navidad y la Pascua Florida están saturados de tradiciones conocidas: disfraces y colecta de golosinas por las casas, árboles decorados e intercambio de regalos, conejos y búsquedas de huevos. La cultura de consumo está siempre lista para recordarnos cada festividad que se aproxima, y las tiendas suelen llenar sus estantes de telarañas decorativas y adornos navideños con meses de anticipación.

Estas tradiciones están tan arraigadas en nuestra sociedad que muchas personas las celebran sin cuestionar sus orígenes. Para muchos, son sencillamente tradiciones agradables que reúnen a familiares y amigos. Sin embargo, el hecho de que usted no vea estas festividades a través de un prisma religioso, o que solo se limite a practicar sus elementos religiosos “buenos”, no borra el origen de ellas.

Como cristianos, somos llamados a seguir el ejemplo de Cristo y a examinar con cuidado cómo andamos en los caminos de Dios, y eso incluye cómo lo adoramos. En realidad, la pregunta que hay que responder es: ¿a quién se debe adorar? ¿Es la adoración un simple conjunto de tradiciones que pueden torcerse y adaptarse según lo que la sociedad necesite en el momento? ¿O tal vez sea una serie de costumbres repetitivas para dar a la gente el consuelo de la rutina?

A lo largo de la Biblia, la respuesta es clara: la adoración es para Dios y él es quien la establece.

Mezcla de verdad y error

A esta mezcla de creencias y prácticas tradicionales se le ha asignado un término teológico: sincretismo. El Diccionario de la lengua española define sincretismo como “combinación de distintas teorías, actitudes u opiniones”. Suele ser el resultado del encuentro de dos culturas que mezclan su idioma, arte y costumbres sociales. El sincretismo no es necesariamente malo cuando describe la fusión de culturas, pero el sincretismo religioso es un problema grave porque introduce prácticas de otras formas de adoración en el culto a Dios. Además, altera los métodos de adoración que Dios describe específicamente.

Las tradiciones en torno a festividades como Halloween, el Día de los Muertos, la Navidad y la Pascua Florida son ejemplos conocidos de cómo pueden mezclarse distintas prácticas religiosas y culturales. La gente participa en estas celebraciones sin saber de dónde vinieron ni qué representaban originalmente.

Pero el sincretismo no se limita a las festividades. También se da cuando usamos ideas, prácticas o tradiciones de otras religiones en nuestro culto a Dios. Esto puede ocurrir sutilmente y, si no examinamos cuidadosamente nuestras costumbres, puede echar raíces en nuestra vida.

El ser humano ha encontrado atractivo el sincretismo desde el inicio mismo de la humanidad. Es parte de nuestra naturaleza buscar cosas nuevas y emocionantes, incluso si ello implica apartarnos de las cosas buenas que Dios nos manda hacer.

Cuando Dios sacó a los israelitas de la esclavitud en la tierra de Egipto, sabía que les costaría desprenderse verdaderamente de las prácticas de aquella cultura. Durante cientos de años, Israel había vivido en esa sociedad politeísta saturada de costumbres paganas. Al sacar al pueblo de esa tierra con mano poderosa y muchos milagros, el Eterno les advirtió que no adoptaran las prácticas de las naciones vecinas:

“Cuando el Eterno tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así al Eterno tu Dios; porque toda cosa abominable que el Eterno aborrece, hicieron ellos a sus dioses . . .” (Deuteronomio 12:29-31, énfasis nuestro en todo este artículo). Es muy evidente que Dios no acepta cualquier forma de adoración. Él desea que su pueblo sea santo y se aparte de la sociedad que lo rodea (Levítico 11:45; Romanos 12:1-2).

Entremezclar los mandamientos de Dios con las prácticas circundantes es tratarlo a él como algo común. Al final de este pasaje, él agrega una instrucción importante: “Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás” (Deuteronomio 12:32).

Pero no solo debemos abstenernos de añadir prácticas falsas a los mandamientos de Dios: también debemos cuidarnos de no eliminar ninguno de ellos. Encontrarle significado a costumbres que Dios ha prohibido no es una buena razón para continuar con ellas.

Solo Dios puede establecer el modo correcto de rendirle culto; por más sincera que sea la intención, ninguna otra forma de adoración le resulta aceptable. 

Formas más sutiles de sincretismo

El hecho de incorporar elementos paganos en la adoración a Dios no es la única manera de distorsionarla. Los fariseos del Nuevo Testamento fueron culpables de esto mediante el desarrollo y práctica de numerosas tradiciones que violaban la naturaleza misma de los mandamientos.

Una de las muchas tradiciones a las que se aferraban los fariseos era el requisito de lavarse las manos de una manera especial antes de comer. Cuando notaron que los discípulos de Cristo no hacían esto, los criticaron: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan” (Mateo 15:2).

La respuesta de Cristo probablemente sorprendió a aquel grupo de hombres muy religiosos y sumamente estimados en la sociedad de su tiempo: “¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (v. 3).

El problema no radicaba en el acto de lavarse las manos, sino en la importancia sagrada que le daban a una práctica que Dios nunca dispuso ni exigió. Al añadir sus propias estipulaciones, estaban transgrediendo los mandamientos de Dios.

Lo peligroso del sincretismo es que puede comenzar sutilmente. Es improbable que los fariseos idearan deliberadamente maneras de convertir los mandamientos de Dios en una carga y que concibieran formas específicas de añadir a la ley. Sin embargo, la práctica de estas tradiciones llegó a ser tan importante para ellos que pensaron, erróneamente, que apartarse de ellas sería pecado.

Sus racionalizaciones y el fervor con que las guardaban carecían en absoluto de relevancia: nada de eso podía cambiar los mandamientos de Dios. De igual modo para nosotros, no importa cuán sinceros sean nuestros intentos de adorarlo: es importante evaluar constantemente cómo nos acercamos a él para asegurarnos de rendirle culto según él desea.

Lo que produce el sincretismo

El sincretismo puede dividir nuestra lealtad y desviar nuestra atención de Dios. Cristo advierte contra esto: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

Guardar los mandamientos de Dios parcialmente, mezclándolos con otras prácticas no bíblicas, es quedarse a medio camino, sin comprometerse plenamente con él. Dios espera de sus seguidores una conversión completa y pura. Y aunque estamos expuestos a una infinidad de puntos de vista y costumbres alternativas, es imperativo que nos mantengamos espiritualmente separados de ellos.

Cristo reconoció que los seguidores de Dios estarían en el mundo, pero no pidió que fueran apartados de él, sino que oró: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15).

Al fin y al cabo, lo que Dios quiere saber es si su pueblo lo seguirá. Cuando estamos rodeados de prácticas contrarias a su camino, él puede ver qué decisión tomaremos: ¿lo seguiremos a él y le obedeceremos de corazón, o sucumbiremos a los caminos del mundo?

Qué debemos hacer frente al sincretismo

Una vez que sabemos que el sincretismo no es la manera en que Dios quiere ser adorado, ¿qué debemos hacer al respecto, especialmente cuando es algo que experimentamos en nuestra propia vida?

Pablo nos exhorta a no conformarnos al mundo que nos rodea con estas palabras: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). Esto comprende examinar y proteger cuidadosamente nuestra mente.

Santiago alienta a sus lectores a limpiar sus manos y purificar sus corazones, evitando el doble ánimo o la indecisión (Santiago 4:8). Aun los creyentes devotos pueden encontrar difícil mantener una mente espiritualmente íntegra, que es la disposición a concentrarse por completo en Dios y dejar de lado todo lo que nos desvía de él. Esto exige comparar continuamente nuestras actitudes y prácticas con la Palabra de Dios.

El sincretismo puede ser sutil. Suele infiltrarse en nuestras costumbres sin que lo notemos, incluso cuando nuestras intenciones son buenas. Pero que algo sea agradable, significativo y bienintencionado no significa que sea correcto.

Repasemos algunos pasos para identificar y desarraigar el sincretismo de nuestra vida.

Identifique sus costumbres

Las costumbres son nuestros patrones de conducta, a veces llamados tradiciones, pero pueden adoptar muchas formas. Un buen ejemplo de ello es la celebración de la Navidad y otras festividades populares, pero el sincretismo puede manifestarse de otras maneras que a primera vista no parecen religiosas.

La razón de nuestras costumbres debe basarse en la Palabra de Dios y en lo que él quiere de nosotros. Cuando el centro de nuestra atención se dirige a cualquier otra cosa, uno comienza a desviarse hacia costumbres sincréticas. Esto puede manifestarse en el pleno apoyo a un partido político y en dar por ciertas cada norma y declaración de dicho partido antes de compararlas con la Biblia. También puede reflejarse en la experimentación con la espiritualidad de la Nueva Era: cristales, astrología, manifestación [creencia según la cual uno puede atraer y materializar sus deseos o metas utilizando únicamente el poder de su mente, pensamientos y emociones] y energía espiritual que no proviene de Dios.

Sea honesto consigo mismo: ¿de qué maneras está adorando a Dios? ¿Hay algo en su vida que está desplazándolo a él y reemplazándolo con otra persona o costumbre?

Una vez que haya identificado algunas de sus costumbres, pregúntese: ¿de dónde vienen estas tradiciones, y qué significan? ¿Cuáles son mis motivaciones para observarlas? Si dejara de hacerlo, ¿sentiría que algo está mal? ¿Por qué?

En la sociedad existen muchas cosas que se han normalizado y pueden parecer inofensivas, pero que otros acepten cierta tradición no la hace aceptable ante Dios.

Se nos dice “probad los espíritus si son de Dios” (1 Juan 4:1). Dicha responsabilidad recae sobre cada uno de nosotros individualmente: averiguar lo que le agrada y le desagrada a Dios. ¡No deje que otros disciernan por usted! Escudriñe la Biblia para ver qué dice el Eterno sobre las tradiciones que ha identificado en su vida.

Desarraigue el sincretismo

Después de examinar sus costumbres y discernir si son aceptables ante Dios, es momento de desarraigarlas de su vida.

Esto puede ser difícil, especialmente si sus costumbres involucran a familiares o amigos. Sin embargo, el compromiso pleno con Dios exige llegar a ser un “sacrificio vivo” (Romanos 12:1) y abandonar nuestros viejos caminos para obedecerlo. Arrancar partes de su vida anterior puede ser doloroso y sentirá como si le faltara algo, pero, gracias a Dios, ¡él nos tiene reservado algo mucho mejor!

Sin embargo, deshacerse de algo no es suficiente. Una vez que identificamos y extirpamos las prácticas que no pertenecen a nuestra adoración, ¿qué debe ocupar su lugar?

En su misericordia, Dios no nos creó para luego dejarnos sin instrucciones sobre cómo reverenciarlo. Todo lo que necesitamos saber sobre la forma en que él desea que le rindamos culto en nuestra vida está revelado en su Palabra.

Indudablemente, Dios no quiere ser adorado de la forma en que algunos veneran a los dioses falsos, porque los métodos de ellos no tienen nada que ver con el gran significado de sus directrices claras y estructuradas. En cambio, él nos muestra una manera mejor y más sencilla de seguirlo. Empecemos con tres áreas principales.

1. Los Diez Mandamientos

Los Diez Mandamientos de Dios, estipulados en Éxodo 20 y Deuteronomio 5, resumen la manera en que él quiere que vivamos. Nos dan instrucciones sobre cómo amar a Dios (mandamientos primero al cuarto) y cómo amar a los demás (quinto al décimo).

Un mandamiento que ha sido ampliamente mal aplicado es el cuarto: “Guardarás el día de reposo para santificarlo . . .” (Deuteronomio 5:12). Este mandamiento no ha cambiado, y ningún ser humano tiene autoridad para alterarlo.

Estos Diez Mandamientos son los cimientos mismos de lo que Dios espera de la humanidad. Muestran un modo de vida que lleva al éxito a los ojos de nuestro Creador, y este camino es el que conduce a una vida más abundante (Juan 10:10). Para aprender más sobre estas leyes fundamentales, lea o solicite nuestro folleto gratuito Los Diez Mandamientos.

2. Las fiestas santas

Levítico 23 describe “las fiestas solemnes del Eterno” (v. 2), que incluyen el sábado semanal (el séptimo día de la semana) y las siete fiestas anuales de Dios. Mediante estas fiestas, Dios traza su plan completo para la humanidad: desde la muerte y resurrección de Cristo hasta su retorno y su Reino venidero, en el cual Dios el Padre finalmente traerá la Nueva Jerusalén a una Tierra nueva.

En cada uno de estos días, los creyentes descansan de su trabajo y acuden a una santa convocación para adorar a Dios y recibir enseñanza sobre el significado del día de parte de sus ministros. Estos días no son días judíos, sino de Dios, y por lo tanto siguen vigentes hoy.

El Nuevo Testamento registra que Cristo y sus discípulos guardaban estos días, y su muerte no anuló estos mandamientos (vea Mateo 26:17-19; Hechos 2:1-21; 27:9; Juan 7:1-14, 37-38).

Mientras la sociedad en general celebra grandes festividades colmadas de sincretismo, Dios tiene un conjunto mejor de fiestas santas que desea que sus seguidores guarden. En lugar de centrarse en los placeres terrenales, los festivales sagrados de Dios se enfocan en su Reino y brindan a sus seguidores un anticipo de la eternidad (1 Juan 2:15-17; Colosenses 3:2).

3. El ejemplo de Cristo 

El Verbo, que había existido eternamente con el Padre, descendió a la Tierra en la carne como Jesucristo y vivió una vida perfecta, entregándola finalmente para redimir a la humanidad de sus pecados y la muerte eterna (Marcos 10:45; Hechos 4:12; Romanos 5:8-11).

Solo mediante una vida perfecta podían ser expiados los pecados de todos y, mediante su gran ejemplo, Cristo nuestro Salvador nos mostró cómo poner en práctica los mandamientos de Dios. Cristo no anuló la ley con su muerte; al contrario, la magnificó y enseñó su significado más profundo. Su sacrificio nos libró de la pena de muerte por nuestros pecados, pero no eliminó nuestra responsabilidad de vivir de toda palabra de Dios (Mateo 4:4).

Cristo enseñó la aplicación de la ley y cómo tratar a los demás a lo largo de todo su ministerio. Los relatos de los Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) presentan la imagen de un Cristo que demuestra y magnifica cómo el vivir la ley de Dios puede obrar también en nuestra vida.

Profundice y sea honesto

Estos son buenos puntos de partida para reemplazar las costumbres sincréticas con la adoración verdadera, pero esta lista no está completa. Cuanto más estudiamos la Biblia y buscamos respuestas de Dios, más aprendemos sobre cómo seguirlo y abandonar las prácticas equivocadas.

Todos heredamos tradiciones y adoptamos ideas de lo que nos rodea. No somos inmunes a ello, pero sí somos responsables de examinarnos y asegurarnos de que nuestra adoración pertenezca solo a Dios.

La manera en que él diseñó el culto que debe rendírsele es perfecta y él desea que se haga con un corazón puro, libre de influencias ajenas. Esto puede requerir que renunciemos a tradiciones familiares muy arraigadas, como el árbol de Navidad o la búsqueda de huevos de Pascua. También puede significar limpiar nuestra mente de ideologías que le restan prioridad a Dios.

Practicar el sincretismo es malinterpretar el propósito principal de la adoración: honrar a Dios conforme a su voluntad. Solo él puede definir lo que es aceptable en la forma de adorarlo, y los intentos humanos de mezclar sus mandamientos con otras creencias y costumbres, por bienintencionados o agradables que sean, no honran a nuestro Creador.

Es importante que, como cristianos, examinemos constantemente nuestras costumbres y nos aseguremos de que lo que hacemos esté conforme a la voluntad de Dios. No obstante, además de examinarnos debemos deshacernos de nuestras creencias sincréticas y reemplazarlas con la Palabra de Dios, purificando así nuestro corazón delante de él. BN


 

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