¿Permite Dios que las mujeres sean pastoras?
Dios ha llamado a su Iglesia tanto a hombres como a mujeres. Pero ¿ha llamado a ambos a realizar la misma labor en la Iglesia? ¿Pueden las mujeres ser pastoras? ¿Qué dice la Palabra de Dios al respecto?
Hay una pregunta que surge una y otra vez acerca del papel de la mujer en las iglesias cristianas modernas: ¿pueden las mujeres ser pastoras?
Aunque este debate suele parecer un asunto exclusivo del liderazgo eclesiástico, en realidad está estrechamente ligado a convicciones culturales más amplias, según las cuales hombres y mujeres deberían ocupar funciones y responsabilidades idénticas en todos los aspectos de la vida.
Esta manera de pensar no surgió de la noche a la mañana. Se ha desarrollado a lo largo de siglos y ha cobrado impulso mediante movimientos que han buscado redefinir los papeles de hombres y mujeres en la sociedad. En 1848 se produjo un hito con la primera convención formal sobre los derechos de la mujer en Estados Unidos, celebrada en Seneca Falls, Nueva York. Muchos consideran que su “Declaración de Sentimientos”, con su llamado a la igualdad en todos los ámbitos de la vida, echó los cimientos del feminismo moderno.
A medida que estas ideas ganaban aceptación cultural, las expectativas respecto a los papeles de hombres y mujeres cambiaron no solo en la sociedad, sino también dentro de muchas iglesias.
Ciertas responsabilidades que históricamente eran reservadas a hombres calificados se han ido abriendo cada vez más a las mujeres. Según una encuesta de Lifeway Research publicada en 2022, aproximadamente el 55 por ciento de los pastores protestantes de Estados Unidos afirman que en su congregación una mujer puede servir como pastora principal.
En una época en que las suposiciones culturales y las interpretaciones modernas suelen poner en duda verdades bíblicas largamente arraigadas, es esencial que los cristianos regresemos con humildad a las Escrituras. En lugar de permitir que la sociedad defina la estructura y el liderazgo de la Iglesia, debemos procurar entender el diseño de Dios para el hombre y la mujer, y las funciones específicas que él ha confiado a cada uno dentro de su Iglesia.
Habiendo crecido en la Iglesia y servido en ella de diversas maneras desde que era niña, y ahora como esposa de pastor, he visto a generaciones de hombres y mujeres lidiar con lo que las Escrituras enseñan sobre el papel de la mujer en el Cuerpo de Cristo.
Yo misma batallé con esta pregunta en mi juventud. Sin embargo, con el tiempo, lo que comenzó como un cuestionamiento de la Palabra de Dios se convirtió en una entrega voluntaria a ella y al propósito que él tenía para mí. En esa entrega he sido bendecida y fortalecida en mi matrimonio, mi vida familiar y mi comunidad religiosa. Es mi guía en todos los aspectos de la vida, y es lo que uso para discernir la verdad en una época en que esta suele considerarse ambigua o sujeta a interpretación personal.
Mi propia trayectoria refleja una pregunta que sigue generando debate tanto dentro como fuera de la Iglesia.
¿Qué enseña la Biblia? ¿Diseñó Dios el oficio de pastor para hombres y mujeres por igual, o ha establecido funciones diferentes para cada uno en el liderazgo de la Iglesia?
¿Qué es un pastor?
Las Escrituras describen una comunidad eclesiástica estructurada en la cual ciertas funciones, en particular la principal labor pública de enseñanza y supervisión en la asamblea de fieles, se asignan a hombres calificados.
La lista de requisitos para quienes sirven como pastores o ancianos incluye ser “marido de una sola mujer”, junto con exigencias de carácter, dominio propio y aptitud para enseñar (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-9). Note que “esposa de un solo marido” no figura en la lista.
Esto no significa que los hombres sean mejores ni que de algún modo se hayan ganado esta posición de autoridad. Dios creó primero a Adán y después a Eva, como compañera y ayuda para él (Génesis 2:18). Las Escrituras usan este orden de la creación como parte de la explicación de las distintas funciones dentro de la vida familiar y de la Iglesia.
Esto concuerda con lo que Pablo señala en 1 Corintios 11:1-12. Veamos una sección de este pasaje:
“Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza . . .” (vv. 8-10). Esta señal de estar bajo autoridad, es decir, el cabello más largo en la mujer, es distinta de cualquier requisito semejante para el hombre.
En el versículo 3 del mismo capítulo, Pablo muestra que todos están bajo autoridad, ¡incluso Cristo! Y esto es algo positivo; solo resulta insultante o degradante cuando se malinterpreta la verdadera autoridad divina:
“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”.
Esto nos brinda un contexto más amplio para entender algunos pasajes clave de 1 Corintios 14, donde se detallan el orden y la estructura de las asambleas que Dios ordena.
Llamado al silencio
Las comunidades cristianas e iglesias de hoy se reúnen periódicamente para rendir culto a Dios, recibir enseñanza y animarse mutuamente. Pero esto no es casualidad: es un mandamiento de Dios (Levítico 23:3). Y puesto que es él quien nos ordena congregarnos con este propósito, también es apropiado que usemos su Palabra como guía de lo que conviene en dichas asambleas.
En 1 Corintios 14, el apóstol Pablo aborda a fondo el tema del orden y la conducta en las asambleas. Allí encontramos un par de versículos que suelen considerarse polémicos en cuanto a este tema:
“Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (vv. 33-35).
Este lenguaje puede sonar extraño, duro y hasta ofensivo. Pero antes de descartar esta instrucción como una idea humana obsoleta, observe lo que Pablo dice en el versículo 37: “. . . lo que os escribo son mandamientos del Señor”.
Esto no era una preferencia personal de Pablo: dichas instrucciones llevaban autoridad divina.
A algunos les resultan difíciles estas instrucciones, porque contrastan fuertemente con las ideas modernas sobre la autoridad y la igualdad. Sin embargo, las Escrituras revelan de manera sistemática que los mandamientos de Dios están motivados plenamente por el amor y buscan nuestro bien supremo (1 Juan 4:7; 1 Timoteo 1:5).
A lo largo de 1 Corintios 14, hay ocasiones en que tanto a hombres como a mujeres se les ordena guardar silencio en ciertos momentos del servicio de culto (versículos 28 y 30). Pero en el versículo 34, Pablo se refiere a la conducta dentro de las santas asambleas de Dios y reitera el orden que él estableció para la instrucción pública.
Aunque las Escrituras mencionan a mujeres que oraban y profetizaban en otros contextos (1 Corintios 11:5), nunca presentan a una mujer que ejecuta labores pastorales o ministeriales, con la responsabilidad de supervisar y enseñar a la Iglesia.
Esto no es algo que Pablo dijo únicamente a las personas de su tiempo: Dios preservó estas palabras para nosotros en la actualidad y estableció esta estructura desde la creación.
La labor de la congregación
Si bien las Escrituras señalan algunas cosas que las mujeres específicamente no deben hacer durante el servicio, 1 Corintios 14 también muestra lo que Dios manda hacer en él:
“Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). Cabe hacer notar que un profeta no es solamente alguien que predice el futuro; en este contexto, se refiere a un orador inspirado.
Durante la parte de enseñanza de un servicio, en realidad solo unas pocas personas hablan. La mayoría está allí con otro propósito. La palabra griega traducida aquí como “juzguen” es diakrino, que significa discernir, o aprender mediante un proceso de clarificación.
Las mujeres, como todos los creyentes, deben escuchar con atención, comparar lo que se enseña con las Escrituras y desarrollar el discernimiento necesario para distinguir la verdad del error. Los hermanos de Berea fueron elogiados por ese proceder en Hechos 17:10-11.
En Hebreos 4:12 se refuerza este principio: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.
Las palabras de Pablo en 1 Timoteo 2 arrojan aún más luz sobre el papel de la mujer en los servicios de la Iglesia. En el versículo 11, ella es exhortada a aprender en silencio. Las mujeres tienen el deber de ser estudiantes de los caminos de verdad de Dios.
Esto, como ya dijimos, no se aplica exclusivamente a las mujeres. Al contrario, tanto hombres como mujeres son llamados a ser estudiantes de la Palabra de Dios y a aplicar lo aprendido en la vida diaria.
En los versículos 9-10 se exhorta a las mujeres a ataviarse debidamente, tanto en el vestir como en la conducta:
“Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (énfasis añadido).
La mujer demuestra su piedad mediante la benevolencia: ayudando a los necesitados, compartiendo sus recursos, viviendo con integridad y bondad. Y en todo lo que haga, debe hacerlo como si trabajara directamente para el Señor (Colosenses 3:23).
En la convivencia cercana, a las mujeres también se les manda enseñarse y exhortarse unas a otras, guiándose mutuamente por el camino recto y estrecho de Dios (Tito 2:3-5).
¿Es Dios injusto?
A menudo se supone que existe injusticia respecto a este tema. Y aunque las mujeres de la Convención de Seneca Falls y las feministas modernas aleguen que sí la hay, Dios no es injusto: no da mandamientos injustos, y su camino es perfectamente justo (Deuteronomio 32:4; Ezequiel 18:25, 29).
Las Escrituras nos dicen que cada uno tiene un papel que desempeñar en el Cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia, pero no todos pueden ejercer la misma labor. Servir en funciones diferentes no hace a nadie mejor ni peor. Al contrario: Dios enaltece ciertas funciones que humanamente podríamos considerar inferiores (1 Corintios 12:23-25).
El gran consuelo para hombres y mujeres es saber que cada persona está puesta exactamente donde debe estar.
“Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18).
Ello no significa que todos aquellos que Dios coloca en una función la ejercen debidamente. Esto se aplica a hombres y mujeres por igual, y la Biblia está llena de ejemplos de ambos.
Toda conversación honesta sobre la autoridad religiosa reconoce que la historia contiene abundantes ejemplos de personas en puestos de liderazgo que abusaron de ese poder mediante el control, la explotación o la opresión de hombres y mujeres.
Estos fracasos no son meras acusaciones modernas. La Biblia misma contiene fuertes advertencias contra el abuso de autoridad y exige a los líderes un nivel más alto de responsabilidad, precisamente por la influencia que ejercen (Santiago 3:1; Hebreos 13:17).
El hecho de que existan estas advertencias es prueba de que los peligros inherentes a todo sistema de liderazgo humano son reales. Pero esto pone de relieve las fallas de la humanidad, no las de los mandamientos divinos.
El ejemplo de Cristo
Aunque los hombres que sirven como pastores no cumplan a la perfección sus responsabilidades, la vida y el ministerio terrenal de Jesucristo, “el Príncipe de los pastores” (1 Pedro 5:4), son el reflejo perfecto de lo que un pastor debe ser.
Con su ejemplo, él puso de relieve el trato debido a la mujer en un período de la historia en el cual las mujeres solían ser tratadas como ciudadanas de segunda clase y los hombres habían perdido de vista cómo debían ejercer el liderazgo.
Era poco común que un hombre de la época de Cristo se dirigiera directamente a una mujer en público, y mucho menos a una que era considerada impura debido a un flujo de sangre. Sin embargo, Jesús lo hizo.
En Marcos 5:25-34, una mujer que padecía ese mal desde hacía doce años extendió ansiosamente su mano hacia Cristo en busca de sanidad, con la fe de que él podía quitarle aquella implacable aflicción con solo tocar el borde de su manto. Fue un toque casi imperceptible para cualquiera en medio de la multitud que lo apretujaba; sin embargo, Jesús sintió que de él había salido poder, y quiso ver quién tenía esa clase de fe.
Con temor y temblor, ella se adelantó y se postró ante él. Cristo le habló directa y amorosamente: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote” (v. 34).
También habló abiertamente con una mujer sorprendida en el pecado de adulterio (Juan 8:10-11). Durante su ministerio interactuó con muchas mujeres y sanó a varias de ellas (Lucas 7:11-15; 8:1-3; 11:27-28; 13:12; 23:27-31). Además, animó a una mujer llamada María para que se sentara a sus pies y aprendiera en lugar de ocuparse únicamente del trabajo doméstico, como lo hacía su hermana Marta (Lucas 10:38-42).
Igualdad de oportunidades
Cristo dejó en claro que mujeres y hombres son igualmente capaces de recibir la salvación que él ofrece, e igualmente necesitados de ella (Romanos 3:23; Hechos 4:12). Esta verdad era un elemento central del mensaje de las buenas nuevas.
“Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él” (Juan 3:16-17, NTV).
Las interacciones personales de Cristo fueron culturalmente revolucionarias, pero él nunca se apartó de la estructura que Dios estableció en la creación. De modo que, aunque la cultura cambie a nuestro alrededor, podemos permanecer fieles a lo que Cristo y todas las Escrituras nos han mostrado.
Una labor para toda la Iglesia
Aunque comúnmente se cree que la autoridad es intrínsecamente opresiva, ciertamente la autoridad bíblica no debe considerarse de ese modo, ni es eso a lo que está llamado el ministerio.
La labor del pastor consiste en apacentar con mansedumbre el rebaño que se le ha confiado (Jeremías 3:15; Hechos 20:28), como Cristo mismo lo demostró de manera suprema al dar su vida tanto por el hombre como por la mujer.
Las personas a quienes Dios coloca en el poder, pues él es quien establece y quita autoridades (Romanos 13:1; Salmos 75:6-7), han recibido instrucciones cuidadosas de no abusar de su autoridad, sino de servir y sacrificarse por el rebaño que pastorean, tal como lo hizo Cristo (Juan 10:11-14; 1 Pedro 5:2-4).
Tanto hombres como mujeres son llamados a hacer la obra de Cristo, y reciben la misma exhortación: usar cualquier autoridad que se les confíe como la usaría él.
A mujeres como Febe, a quien Pablo llamaba “hermana” y quien servía a la iglesia de Cencrea como diaconisa (Romanos 16:1-2), se les confiaron funciones y responsabilidades diferentes de las de un anciano o pastor. Aun así, Pablo le dijo a la iglesia en Roma: “Os recomiendo . . . que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos . . .”.
Pablo continúa honrando y reconociendo a varias mujeres y hombres que servían a la Iglesia de diversas maneras, como Priscila y su esposo Aquila, a quienes llamó “mis colaboradores en Cristo Jesús” (v. 3).
El hecho de que Dios haya establecido que los pastores sean hombres no hace que esta distinción de funciones sea injusta ni parcial; sencillamente, es la manera en que él lo dispuso. La Biblia muestra que así fue por diseño. Y las mujeres también fueron diseñadas para hacer una labor en favor de la Iglesia, solo que de una manera diferente.
A mí me encanta la labor que se me ha llamado a realizar para la Iglesia de Dios, no solo como esposa de pastor, sino sencillamente como mujer. Nuestro papel de sumisión es un ejercicio de humildad que agradezco y que me siento privilegiada de desempeñar.
Las Escrituras llegan a comparar el papel de la mujer, o de la esposa, con el papel de la Iglesia hacia Cristo y exhorta a los esposos a amar a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia. Funciones distintas, labores distintas, pero todas con un mismo propósito (Efesios 5:22-25).
No me corresponde ponerme de pie y dar un sermón ante mi congregación, pero esto no disminuye mi valor ante los ojos de Dios. Al contrario: sé que lo honro al obedecerlo y someterme a su verdad, porque él lo diseñó así.
Esto puede resultar exasperante o chocante para quienes no ven estas verdades en las Escrituras, pero no debe disuadirnos de hacer lo que es correcto.
Así como Cristo desafió las normas culturales con la forma en que trataba a las mujeres y su ejemplo de liderazgo servidor, nosotros también podemos defender la verdad de Dios sin avergonzarnos.
Podemos ir contra la corriente de la sociedad y ejercer gustosamente las funciones que el Eterno diseñó para nosotros, confiando en que su sabiduría excede con creces todo razonamiento humano y que cada miembro de su Iglesia ocupa un lugar importante dentro de su propósito. BN