La madre de los exiliados

12 minutos tiempo de lectura

La mayoría de los cristianos actuales no han vivido fuera de sus países, no han tenido que lidiar con las barreras del idioma ni han sufrido el silencioso agobio de tener una nacionalidad distinta a la de quienes los rodean. Y, aun así, las Escrituras describen al pueblo de Dios como extranjero y peregrino. Para entender el porqué, quizá sea necesario salir de la comodidad de sentirnos en casa.


 

Mientras los Estados Unidos se acercaban a su primer centenario, en 1876, el pueblo de Francia preparaba un regalo sin precedentes para sus primos de América del Norte. El político y jurista francés Édouard René de Laboulaye y el escultor Frédéric Auguste Bartholdi habían concebido una colosal estatua a la que llamaron La libertad que ilumina el mundo. Una vez terminada, sería la estructura más alta de Manhattan y se alzaría sobre el puerto de Nueva York como símbolo de los ideales políticos que, según ellos, Estados Unidos encarnaba.

La estatua se financió con donaciones privadas en Francia. Los estadounidenses debían costear la construcción del pedestal, pero las donaciones a ambos lados del Atlántico no fueron suficientes y a principios de la década de 1880 el proyecto se estancó.

Los esfuerzos por recaudar fondos en los Estados Unidos incluyeron una exposición de nombre algo tedioso: “Art Loan Fund Exhibition in Aid of the Bartholdi Pedestal Fund” (Exposición del Fondo de Préstamos Artísticos en pro del Fondo del Pedestal Bartholdi), realizada en 1883. El catálogo de la exposición comenzaba con un soneto de Emma Lazarus que, con el tiempo, modificaría el significado simbólico de la estatua. Los versos más célebres de “The New Colossus” (El nuevo coloso) —el poema que hoy aparece grabado en una placa adosada al pedestal— invitan a las multitudes cansadas, pobres y apretujadas del Viejo Mundo a refugiarse en el Nuevo.

La misma Emma Lazarus descendía de inmigrantes judíos. En 1882, tras enterarse de las oleadas de violencia antijudía en el Imperio ruso, se lanzó de lleno a ayudar a los refugiados judíos que llegaban masivamente a los Estados Unidos. Su difícil situación, según escribió en una carta a una amiga, “absorbió de manera paulatina y creciente mi mente y corazón, y casi ha desterrado de mi pensamiento todos los demás temas”.

Su pasión por la difícil situación de aquellas personas, sumada a la insistencia de una amiga, la motivó a ofrecer su talento literario a la misión de recaudar fondos. En unos versos menos conocidos de “The New Colossus”, le dio a la estatua un nombre que quizá evidenciaba su afecto por aquellos refugiados: La madre de los exiliados. Aunque tal vez no estuvo consciente de ello, el sentir del poema concuerda con la frecuente imagen bíblica de un pueblo desplazado en busca de una patria.

Mucho antes de que se concibiera la Estatua de la Libertad, e incluso antes de que los Estados Unidos fueran una nación, los colonos del Nuevo Mundo adoptaron con mucho convencimiento la imagen bíblica del peregrino, el forastero y el exiliado. Al escribir (a mediados del siglo xvii) sobre los primeros colonos de Massachusetts, el gobernador William Bradford describió a un pueblo que “dejó aquella hermosa y agradable ciudad . . . pero sabían que eran peregrinos, y no repararon mucho en aquellas cosas, sino que alzaron los ojos al cielo, su patria más anhelada . . .”.

Sus palabras evocan Hebreos 11:13-16, que describe a los héroes bíblicos de la fe: nuestros antepasados espirituales que, “confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra . . . [sin estar] pensando en aquella de donde salieron . . . anhelaban una [patria] mejor, esto es, celestial”.

Para principios del siglo xix, se volvió común referirse a las primeras oleadas de inmigrantes en términos bíblicos.

En 1821, John Quincy Adams los describió así: “Eran exiliados voluntarios de un país que les era más valioso que la vida. Pero eran los exiliados de la libertad y de la conciencia, que les eran aún más valiosas que su país”.

En 1830, Daniel Webster describió a los “padres peregrinos”, que habían desembarcado en la Roca de Plymouth 200 años antes, como quienes “buscaban gozar de un mayor grado de libertad religiosa”. Hoy, los estadounidenses tienden a asociar a los peregrinos con los de aquellas épocas coloniales más que con los bíblicos.

Pero esos peregrinos iniciales no fueron los primeros ni los últimos cristianos en ver los temas bíblicos de peregrinar y viajar en su propia historia. Desde hace mucho, los cristianos exiliados han encontrado semejanzas con aquellos en el libro de Hebreos. Incluso en circunstancias menos extremas, los cristianos que viven en lugares desconocidos se identifican con estos héroes y con el anhelo que los motivaba.

Forasteros modernos

La mayoría de nosotros pasamos toda la vida como residentes del país donde nacimos. Cuando la Biblia habla de extranjeros y foráneos, probablemente lo primero que se nos viene a la mente son los inmigrantes que llegan a nuestro país. En cambio, los cristianos que emigran a otras tierras comprenden esta realidad por experiencia propia.

Nicole Roig Espinoza emigró de Chile a los Estados Unidos en 2017, poco antes de casarse con su esposo, Garrett Fenchel. Ambos se conocieron en Chile en 2010 y se reencontraron mientras servían juntos en un proyecto del United Youth Corps en Guatemala, en 2015. Tras vivir varios años en los Estados Unidos, al padre de Nicole le diagnosticaron un raro trastorno neurológico degenerativo, y la pareja se mudó a Chile para estar cerca de él en sus últimos meses.

Residieron en Chile cinco años antes de regresar a los Estados Unidos.

La experiencia de vivir como inmigrantes en la patria del otro les dio a Garrett y a Nicole una comprensión recíproca de la vida como extranjeros y peregrinos.

“Parte de tu identidad es el hecho de que eres inmigrante —reflexionó Garrett—. Al volver a casa, esperas sentirte mucho mejor de lo que terminas sintiéndote. Crees que sentirás euforia o alivio, pero yo terminé sintiéndome mucho más confundido”.

Nicole expresó un sentimiento parecido.

“Cuando volví a Chile, fue como si hubiera perdido algo”, dijo.

Esta mentalidad de identificarse como extranjeros y foráneos es la que Dios ha procurado cultivar en su pueblo durante miles de años.

Las primeras palabras de Dios a Abraham registradas en el libro de Génesis son: “Vete de tu tierra” (Génesis 12:1). El Eterno le mostró a Abraham que su descendencia “[moraría] en tierra ajena” (Génesis 15:13). Y así fue: primero como nómadas, y posteriormente como esclavos de los antiguos egipcios. Su identidad como foráneos les quedó indeleblemente grabada antes de que el Eterno los rescatara de manera milagrosa.

Mientras viajaban hacia su Tierra Prometida, Dios les dio leyes sobre el trato al extranjero que no tenían paralelo en las culturas antiguas. “Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Éxodo 22:21). Trajo a la memoria su identidad ancestral como una exhortación.

Cuando uno adopta su identidad de extranjero en este mundo, la noción de hogar se vuelve un tanto esquiva.

“Después de haber vivido fuera [de tu país natal] el tiempo suficiente, si vas y vienes, ¿cuál es tu verdadero hogar?”, preguntó Garrett.

Nicole dijo que, para ella, el hogar no es un lugar en absoluto. “Eres itinerante —dijo—. No siento que mi hogar está en Chile, ni tampoco aquí. Mi hogar está donde está mi familia”.

Sin un hogar al cual regresar

El ir y venir de la familia Fenchel Roig es catalogado por algunas agencias como “migración de retorno”, lo cual refleja la libertad de movimiento que tienen algunos migrantes. Pero para otros, la migración es solamente de ida.

Natallia Teague emigró a los Estados Unidos desde Bielorrusia, pasando por Barbados. Creció en la Unión Soviética, en una sociedad atea donde le enseñaron que los creyentes eran personas sin educación. No era terreno fértil para la labor cristiana, pero Natallia se sintió atraída hacia el cristianismo a pesar de la ausencia generalizada de religión.

“No fue mi búsqueda personal; fue Dios quien me llamó”, dijo.

Se enteró de las fiestas de Dios (descritas en Levítico 23) y se reunió con un pequeño grupo en Estonia para la Fiesta de los Tabernáculos.

“Ahí había un espíritu diferente. Quizá parezca algo normal cuando uno lo vive de manera habitual cada semana, pero cuando lo experimenta por primera vez, es extraordinariamente diferente —dijo—. La gente era muy amable y considerada entre sí. Llevaban juguetes a los niños pobres y visitaban a las personas en sus casas. Uno podía ver en sus ojos que se preocupaban por los demás. Parecían . . . no pertenecer a este mundo”.

Tras mudarse a Barbados, su vida dio algunos giros inesperados. Quería irse, pero no había modo de volver a Bielorrusia por la sencilla razón de que allí no había una congregación. Sirvió como voluntaria para la Iglesia de Dios Unida, ayudando a editar literatura en ruso. La Iglesia la invitó a trabajar desde su oficina central en Ohio en 2010. Conoció a su esposo, David, a las pocas semanas de llegar, y se casaron un año y medio después.

Al relatar todo esto, Natallia hizo un recorrido virtual por la ciudad de Bielorrusia donde pasó buena parte de su juventud, hablando de los museos y el teatro cercanos a la casa en la que vivía.

“Es una ciudad hermosa —rememoró—. La extraño, pero no pertenezco allá”.

A su manera, ella se identifica con aquellos que, “si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella” (Hebreos 11:15, NVI). En cambio, eligió a su familia espiritual por encima de lo que alguna vez le había sido familiar. Hebreos describe a Dios como un Padre que “no se avergonzó de ser llamado su Dios y les preparó una ciudad” (Hebreos 11:16, NVI).

La misericordia de Dios para con el extranjero

Aun sin haber vivido como foráneos, la mayoría de nosotros tiene alguna experiencia personal de sentirse fuera de lugar: ya sea por mudarnos a una nueva ciudad, empezar en una nueva escuela o, simplemente, por visitar un sitio desconocido. Esos momentos nos dan una idea de la incomodidad de sentirnos extraños, la cual Dios quiere que sepamos aprovechar, tanto al considerar que somos cristianos como al conducirnos en nuestro trato con los demás.

Werner Solórzano nació y se crio en Ciudad de Guatemala, y emigró a los Estados Unidos en 2024 para trabajar en el equipo de medios de comunicación de la Iglesia de Dios Unida. Esta incomodidad no le es ajena.

“Al vivir como foráneo, te sientes incómodo. Hay una sensación constante de no pertenecer, de no ser parte de la sociedad en la que vives”, dijo. Mirando a su esposa, Stephanie, le preguntó: “¿A ti te resultaba incómodo vivir en Guatemala?”.

Stephanie Rorem se crio en Pacífica, California. Su papá hablaba español con fluidez, y la familia Rorem viajaba con regularidad a Centro y Sudamérica para servir en esas congregaciones. Stephanie conoció a Werner en uno de esos viajes. Se casaron en 2018 y vivieron seis años en Ciudad de Guatemala antes de mudarse a los Estados Unidos.

“¿Incómoda? Un poco. Es obvio que llamo la atención”, dijo entre risas. De cabello rubio claro y piel pálida, era alguien poco común en Ciudad de Guatemala.

“Esa [incomodidad] tenía que ver más con algo personal que con el trato que recibía”, dijo. Incluso al margen de cómo los trataban los demás, ambos experimentaron un desasosiego silencioso en sus respectivos lugares por el simple hecho de saber que eran diferentes.

“Hay un pasaje de las Escrituras que dice que no se oprima al extranjero, porque conoces el corazón del extranjero”, dijo Werner, evocando Éxodo 23:9. Al igual que las generaciones de israelitas que no conocieron la esclavitud ni el peregrinaje, los cristianos modernos que nunca llegan a ser foráneos deben cultivar el corazón de un forastero.

Tenemos que recordar nuestra propia incomodidad a partir de cualquier experiencia personal que hayamos tenido. De no hacerlo, perdemos oportunidades de estrechar lazos con los demás.

“Creo que rara vez escucho hablar sobre lo que es sentirse como un foráneo”, dijo Werner respecto al mensaje cristiano actual. “Hay personas que simplemente no logran identificarse con eso”.

Cuando uno logra recurrir a su propia experiencia como extranjero, comprende las necesidades de quienes viven, de algún modo, marginados; de quienes dependen de la bondad de la mayoría, y a quienes Dios mismo cuida.

“Porque el Eterno vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido” (Deuteronomio 10:17-18).

El Antiguo Testamento suele hablar del extranjero en el mismo sentido que de otras personas desamparadas y marginadas, señalando que Dios se interesa de manera especial por ellas.

Jesucristo usó descripciones parecidas de los desvalidos para ilustrar el cuidado que esperaba que sus discípulos demostraran.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis” (Mateo 25:35). Los cristianos que comprenden su identidad de extranjeros y peregrinos hacen que esa incomodidad se transforme en preocupación por los demás.

Garrett y Nicole sintieron eso cuando regresaron a los Estados Unidos. Mientras esperaban a sus hijos en la parada de bus escolar, los padres de un compañero de clase de su hija se les acercaron.

“Aparecieron de la nada y [la mamá] dijo: ‘Oye, sé que es algo difícil para ti vivir aquí. Y solo quería que supieras que me importa tu situación’ —contó Nicole—. El impacto fue enorme. Fue como un soplo de aire fresco”.

Cuando logramos aprovechar nuestra propia experiencia como foráneos, sentirse extraño se vuelve algo normal.

“Tal vez esa sea la manera de conectarse”, dijo Werner. “Que la gente pueda mirar más allá de tu condición de foráneo y ver solamente a otra persona que vive aquí”.

Vivir como extranjeros

Aceptar nuestra identidad cristiana de extranjeros y peregrinos comprende mucho más que simplemente conectarnos con las personas que nos rodean: nos conecta con Dios mismo.

El apóstol Juan describe a Jesús como Aquel que “se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros” (Juan 1:14, NTV). Vivió como extranjero y peregrino en un mundo hostil. No estaba alineado con los movimientos ni los gobiernos de su tiempo, sino con el propósito de Aquel que lo envió. Vivió entre fervientes nacionalistas judíos, conquistadores romanos y fanáticos religiosos, pero no como uno de ellos, sino como el otro, un verdadero foráneo.

Jesús no pide a sus discípulos nada que él no haya vivido, esto es un gran consuelo para Nicole.

“Me parece que Dios ve lo que estoy viviendo”, dijo ella. “Siento que hay alguien allá arriba que me entiende”.

Vivir como cristianos es reconocer cuán ajenos somos a los gobiernos y sistemas que existen a nuestro alrededor, y vivir como representantes de un reino diferente, tal como lo hizo Jesús.

Al igual que los héroes de Hebreos 11, los cristianos de hoy buscan una patria. Pablo le recordó a la Iglesia de Filipos que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). Eso no significa que no tengamos ciudadanía ni responsabilidades terrenales, sino que estas deben estar supeditadas a una realidad superior.

Pablo repite este tema de dónde se encuentra nuestra ciudadanía y define los límites de nuestra condición de extranjeros: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Él combina las ideas de ciudadanía y familia en una visión completa de pertenencia.

Esto no es un lenguaje florido, pues existe un Reino real al que los cristianos ya pertenecen: un gobierno que se establecerá sobre la Tierra y que no tendrá fin; solo que aún no ha llegado.

Se halla en “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10), la “ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (Hebreos 12:22), la misma ciudad que Juan describe como “la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo” (Apocalipsis 21:2) a una nueva Tierra. Esta ciudad es más que un monumento esperanzador, un faro de libertad o una simbólica Madre de los exiliados; es “la madre de todos nosotros” (Gálatas 4:26).

Para el cristiano, es su hogar.  BN


 

Course Content