La fe triunfa sobre el temor
Muchas cosas en la vida pueden causarnos temor. Pero ¿fue la intención de Dios que sintiéramos miedo? Descubra el papel que la fe debe desempeñar en nuestra visión del futuro.
La fe es un tema bíblico muy popular en la comunidad cristiana. Sin embargo, a veces podemos descubrir que nos falta este atributo; y aun cuando lo tengamos, tal vez nos demos cuenta de que necesitamos más.
¿Qué es la fe? Indudablemente, es la confianza en Dios. Es tenacidad; es el sometimiento de nuestra voluntad. Sin embargo, va más allá de eso.
Hebreos 11 registra muchos ejemplos de personas que vivieron vidas de gran fe. ¿Cómo podemos tener una fe como la de aquellos hombres y mujeres?
Un aspecto importante de nuestro caminar en la fe, y del que no hablamos con frecuencia, es la tendencia humana, muy real, a sentir miedo.
¿Por qué sentimos temor?
En nuestro trayecto para salir del pecado, no debemos tener miedo. Dios no nos induce a ser temerosos, pero sí puede permitir situaciones que nos incomoden. En parte, esto nos ayuda a aprender a confiar verdaderamente en él, a tener fe en que nos librará del pecado y de los tiempos de angustia, y en que nos conducirá a la vida eterna y nos llevará adonde ya no habrá temor. La relación entre no tener miedo y tener una fe plena en Dios es un componente esencial de nuestro llamamiento.
Si usted está en medio de una dificultad y alguien le dice: “No tengas miedo”, ¿desaparece el miedo automáticamente? No; por el contrario, a menudo empeora. Pero Dios nos dice que no tenemos razón para temer, ni siquiera en las circunstancias más graves.
Por ejemplo, al hallarse atrapado entre los egipcios y el mar Rojo, Moisés dijo a la nación de Israel: “No temáis; estad firmes, y ved la salvación que el Eterno hará hoy con vosotros” (Éxodo 14:13). Esa manera de pensar va en contra de nuestras tendencias humanas cuando nos abruman los problemas. Normalmente, lo lógico sería huir y ponernos a salvo.
“Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo”, dijo Dios a los israelitas por medio de Moisés en Deuteronomio 31:6. Luego, Moisés fue inspirado a decirle a Josué que tuviera esa misma fuerza y ese mismo ánimo (versículos 7-8). Y el Eterno le dijo directamente lo mismo a Josué en el primer capítulo del libro que lleva su nombre. Hasta los líderes designados por Dios pueden carecer de fuerza o de ánimo en un momento de temor.
¿Qué produce el temor en nosotros?
El temor humano nos lleva a preocuparnos y a reaccionar mal ante lo desconocido. Nos inquieta la incertidumbre y nos sentimos agobiados. Pero, como nos recuerda Jesucristo, la preocupación no cambia nada: “¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?” (Mateo 6:27). La confianza en Dios se basa en la certeza de que él tiene el control. Entonces actuamos en consecuencia, seguros de que somos parte del plan maestro que él está llevando a cabo.
En 1 Reyes 18 leemos acerca del gran enfrentamiento en el monte Carmelo entre el profeta Elías y los 450 profetas de Baal que aconsejaban a Acab, rey de Israel. Elías les plantea un desafío: ¿quién puede consumir la ofrenda con fuego, el Dios Eterno o Baal? Dios muestra su poder tras una breve oración de Elías.
Elías aprovecha entonces la oportunidad y pregunta a los israelitas a quién van a servir. Ellos declaran que el Eterno es el Dios verdadero y Elías les ordena dar muerte a los profetas de Baal allí reunidos. Acab era un rey débil, influenciado para seguir caminos muy equivocados por su esposa pagana, Jezabel. Cuando ella se entera de la muerte de los sacerdotes paganos, jura matar a Elías.
¿Qué hace Elías? No comienza orando a Dios por liberación; en cambio, reacciona con miedo y corre más de 160 kilómetros, saliendo no solo de la ciudad, sino del país, hasta Beerseba, muy al sur (1 Reyes 19:3). Piensa que cuanto más lejos llegue, mejor le irá. Después de este largo viaje, se sienta bajo un árbol y por fin ora. No pide que Dios lo fortalezca, ni que le muestre qué hacer, ni que pelee esta batalla por él. No: en su oración pide morir. A estas alturas, Elías ha cedido al miedo y se ha dado por vencido.
Sin embargo, aun en estas circunstancias encontramos la misericordia y paciencia de Dios. En medio de una prueba o de una gran dificultad, por lo general no pensamos con claridad: necesitamos perspectiva. En el caso de Elías, el Eterno envía a un ángel a alimentarlo varias veces. Luego, ya fortalecido con esa comida, Elías camina otros cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb, también llamado monte Sinaí (1 Reyes 19:8). Allí Dios le pregunta: “¿Qué haces aquí, Elías?” (v. 9).
Elías probablemente pensó que era una pregunta absurda. En esencia, le dice a Dios: ¿Acaso no ves por lo que estoy pasando? Está justificando su miedo. El Eterno entonces le muestra que tiene la perspectiva equivocada de la situación.
Mediante asombrosos despliegues de poder, Dios envía un viento fuerte, un terremoto y un fuego. Pero luego se acerca a Elías como un silbo apacible y delicado, y le pregunta una vez más: “¿Qué haces aquí, Elías?” (v. 13). La pregunta busca reenfocar a Elías y darle la perspectiva correcta. Dios sabía lo que estaba pasando, pero Elías no lo veía. Lo único que veía era el problema que tenía por delante.
A partir de allí, Dios le indicó a Elías que continuara con otras labores que tenía para él. Le mostró que su obra no se manifestaría con cosas impactantes, como terremotos o fuegos, sino como un silbo apacible y delicado. El Eterno ayudó a Elías a modificar su perspectiva y a seguir adelante, actuando por fe y no por temor.
Modifiquemos nuestra propia perspectiva
El temor humano suele nacer de la incertidumbre, lo que hasta cierto punto es comprensible. Como somos humanos, nos concentramos en lo físico: lo que somos capaces de ver, sentir, gustar, etcétera. Cuando no contamos con esa información física, podemos sentirnos muy inquietos.
En Lucas 12:4, Cristo ofreció una perspectiva diferente: “Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo . . .”. ¿Puede imaginar la reacción de la multitud, sobre todo tratándose de judíos que vivían bajo la ocupación romana? Habrán pensado: ¿Hablas en serio? ¿Cómo no voy a temer a algo así?
Cristo tenía otro punto de vista. Pasó a explicar que, si alguien nos mata, ya no puede hacernos más daño. Quizá eso no nos parezca muy consolador, pero cuando uno está muerto no puede sentir dolor y cesa el sufrimiento. Todas las preocupaciones quedan atrás.
Cristo comparte la perspectiva correcta en el versículo 5 cuando dice: “Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a este temed”. La palabra griega que aquí se traduce como “infierno” es gehena. Por supuesto, Cristo habla de temer a Dios.
¿Debemos temer a Dios? Sí y no. Debemos temer lo que él puede hacer, pero no quién él es. No necesitamos temerle por incertidumbre acerca de lo que dice o nos pide hacer.
Sin embargo, sí debemos temer las consecuencias de ignorar esas cosas. Dios puede poner fin a nuestra existencia de manera permanente, mientras que los hombres solo pueden quitarnos la vida física aquí y ahora. Entender esto nos da una perspectiva muy diferente.
Visión a largo plazo
¿Cómo podemos desarrollar una fe similar a la de Elías? Además de ajustar nuestra perspectiva, tenemos que ver las cosas a largo plazo.
Cuando Jesús oró al Padre la noche antes de morir, sudó sangre. La presión que soportaba mientras se sometía a Dios era inmensa. Hebreos 5:7 señala que oró “al que le podía librar de la muerte” y que “fue oído a causa de su temor reverente”. Jesús no temía la muerte física en la cruz ni la muerte eterna. Sabía que iba a morir, porque compartía con su Padre la visión a largo plazo del plan maestro.
Vino a ofrecer su vida sin pecado para que pudiéramos recibir el Espíritu Santo después del arrepentimiento y el bautismo, y recibir así el don de la salvación. Pero note que estas oraciones fueron oídas a causa de su temor reverente. Young’s Literal Translation (“Traducción literal de Young”) lo expresa así: “. . . habiendo sido oído respecto a aquello que temía”. Cristo se sometió a lo que debidamente temía y honraba.
En Hechos 7 vemos otro asombroso ejemplo de triunfo de la fe sobre el temor cuando el diácono Esteban es apedreado. La lapidación quebraba huesos, desgarraba la carne y mataba. Las piedras eran tan grandes que había que arrojarlas con ambas manos, no simplemente lanzarlas.
Esteban repasa la historia de Israel y luego la lleva al plano personal. Sus oyentes están furiosos con él; no quieren oír que son como sus antepasados respecto a la forma en que resisten a Dios. Arrodillado bajo la lluvia de piedras de los allí reunidos, Esteban clama al Eterno: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”, y muere de inmediato (v. 60).
¿Cómo puede una persona pasar por algo así y mantenerse en paz? Todo se reduce a lo mismo: se debe tener la visión correcta. Si solo pensamos en el aquí y el ahora, tendemos a concentrarnos en lo injusto de las cosas y en todo lo que no tenemos. Ello nos lleva al miedo y al enojo.
En Hebreos 11:13-15 leemos de quienes siguieron fielmente a Dios en el pasado: “Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver”. Nosotros también debemos tener en la mente la imagen de algo más grande: un futuro mejor.
¿Qué visión lo motiva a usted? Con demasiada frecuencia solemos paralizarnos por el miedo, sin saber qué hacer. Los desafíos de la vida tal vez nos parecen insuperables, y sentimos que no tenemos opciones.
Compare eso con la actitud que deberíamos tener. Si vemos con claridad lo que Dios está haciendo en nuestra vida, tendremos presente que él está al mando y que nada puede impedirle cumplir sus propósitos. Sin importar las circunstancias, ni siquiera el resultado inmediato, podemos saber con confianza que está llevando a cabo su plan de salvación. Solo tenemos que someternos a él, y eso es algo que podemos hacer con su ayuda.
Esa es la visión. Todo lo demás es sencillamente algo por lo que hay que pasar para llegar allá. Esto produce una mentalidad ante la vida muy distinta a la de ver todo lo que tenemos delante como un obstáculo insuperable.
En Isaías 12:2, el profeta escribe: “He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH el Eterno, quien ha sido salvación para mí”. (JAH es una forma abreviada del nombre divino).
Deténgase a meditar en esto. Por lo general, la reacción humana ante un problema difícil es tratar de resolverlo, y nos asustamos o llenamos de temor si no lo logramos.
Isaías nos recuerda que debemos reconocer quién es nuestra fortaleza: Dios. Si confiamos en que él es la fuerza que necesitamos, podemos verdaderamente relajarnos y tener confianza en que, sea lo que sea que esté ocurriendo, al final obrará para bien (Romanos 8:28). Podemos tener fe en que, sin importar cuánto tarde, ni qué rumbo tome ni cuál sea el desenlace, Dios está presente.
El propósito de Dios se está cumpliendo, no solo para la humanidad en su conjunto, sino para nosotros en el plano individual. En la medida en que hacemos nuestra parte, Dios se convierte en nuestra salvación. Debemos arrepentirnos, bautizarnos y recibir su Espíritu; pero, además de eso, debemos mantenernos en comunión con él.
Con su ayuda, aun en medio de las pruebas, podemos seguir avanzando. David escribió en el Salmo 57:1: “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; porque en ti ha confiado mi alma . . .”.
Creemos que confiamos en Dios, y decimos que confiamos en él, pero a veces nos encontramos inesperadamente frente a algo que no entendemos o no queremos aceptar. En esos momentos, no abandonemos la visión ni dejemos de confiar en Dios.
La fe triunfa sobre el temor
Al observar el ejemplo de los antiguos israelitas, vemos cómo se olvidaron de Dios y terminaron experimentando terribles calamidades y gran temor. Sin embargo, en su misericordia, él los libró. Su ejemplo nos recuerda que no podemos mirar únicamente lo que tenemos justo enfrente de nosotros, sino también lo que Dios nos ofrece: su panorama completo para nuestro futuro.
¿Está su visión alineada con la de él?
Esto no significa que nunca sentiremos miedo, pero siempre debemos recordar por qué la visión es importante. Lo pasajero no durará para siempre. Dios revela su intervención en nuestra vida una y otra vez. Él es nuestro refugio y fortaleza, y con él, nuestro futuro está seguro.
En Lucas 12:32 leemos: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”.
Dios no está llevando a cabo su plan para la humanidad de mala gana: al contrario, le ha placido hacerlo. Él desea que lleguemos a su Reino. Esa es su visión.
Sea lo que sea que enfrentemos en la vida, no temamos; más bien, confiemos en Dios con gran fe mientras esperamos ansiosamente su Reino. BN