Aférrese a la ayuda y la esperanza

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¿Siente que se está hundiendo, que por más que luche nunca podrá alcanzar la verdadera libertad y seguridad? 

El problema del pecado es que tiene la capacidad de agobiarnos y arrastrarnos hacia las profundidades para devorarnos. La difícil situación puede parecer insuperable, como si no hubiera salida. Nos consume la energía, debilita nuestra determinación y nos deja atrapados en la desesperanza.

Esto es mucho más que un problema personal: es un problema humano que afecta al mundo entero. Al mirar a nuestro alrededor, vemos que la sociedad se ahoga en aflicciones arraigadas en el pecado. Sin embargo, en su mayor parte, la sociedad ni siquiera entiende qué es el pecado.

La Biblia define el pecado como transgresión de la ley, es decir, vivir en violación de las leyes de Dios (1 Juan 3:4). Muchos leen la palabra “ley” y se imaginan a un Dios severo, listo para “castigar” a la gente por no seguir sus rigurosas normas. Según ellos, un Dios amoroso no impondría restricciones morales tan agobiantes. Sin embargo, Dios explica que las leyes que nos da son para nuestro propio bien (Deuteronomio 6:24; 10:13) porque él quiere lo mejor para nosotros. Sus leyes nos enseñan cómo tratar a los demás con amor (véase Romanos 13:10; 1 Juan 5:3) y, si todos las obedecieran, abundaría la armonía y el gozo. Proverbios 29:18 nos dice que “el que guarda la ley es bienaventurado”.

Pero el mundo ha sido desviado y conducido hacia el egoísmo y el desprecio hacia Dios y sus caminos, e incluso hacia la abierta rebeldía. Este es un problema que todo ser humano debería reconocer en sí mismo: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso . . .” (Jeremías 17:9), y que “los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

¿Acaso Dios simplemente nos deja luchar en vano y ahogarnos? No; su intención siempre ha sido rescatarnos y extendernos un salvavidas para sacarnos a flote, pero debemos aceptar su ayuda.

Dios nos ofrece el perdón de los pecados cuando nos arrepentimos de corazón y aceptamos a Jesucristo y su sacrificio. Él vino a morir en nuestro lugar para que vivamos. ¡Y esta liberación es esencial para dejar atrás nuestro pasado!

Pero ¿qué puede ayudarnos a no retomar la senda del pecado? ¿Cómo podemos lidiar con nuestra naturaleza corrupta que nos tira hacia abajo? El rescate que Dios nos ofrece no consiste simplemente en arrastrarnos en contra de nuestra voluntad. En realidad, él nos da poder para impulsarnos con fuerza hacia su presencia y aferrarnos a él. Este poder de Dios es la otra gran ayuda que él nos extiende: el poder del Espíritu Santo, que se nos concede tras nuestro arrepentimiento mediante la fe en Cristo y el bautismo (Hechos 2:38).

La magnitud del problema que enfrenta toda la humanidad —y la necesidad de aceptar la ayuda de Dios para rescatarnos— se explica en nuestro artículo de portada, “Hundidos en el pecado — y el rescate que Dios ofrece”. En él damos un vistazo a la decadencia moral del mundo que nos rodea y cuán importante es no dejarse llevar por la corriente.  Además, en nuestra sección de noticias mundiales vemos las terribles consecuencias de una historia de odio alimentada por la falsa religión, como es el caso de Irán, y la necesidad de que Dios finalmente enderece las cosas.

Una perspectiva vital sobre este tema se encuentra en el artículo sobre la fiesta bíblica de las Primicias o Pentecostés. Fue en este día cuando Dios dio su Espíritu Santo a sus seguidores en una manifestación milagrosa después de la muerte y resurrección de Cristo. A su regreso, los seguidores de Cristo que hayan sido investidos de poder en esta era le ayudarán a guiar al mundo entero para que se aferre al salvavidas de Dios.

Otros artículos en este número nos animan a desarrollar fe, fidelidad y esperanza por medio de la ayuda que Dios nos proporciona, junto con los pasos que podemos dar en el proceso de recuperarnos del pecado y seguir adelante.

Al recibir la ayuda de Dios debemos recordar que su Espíritu nos da poder, pero no nos obliga a obedecer. Debemos elegir someternos a su ayuda. Al hablar del Espíritu Santo, el apóstol Pablo le dijo al joven evangelista Timoteo: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti” (2 Timoteo 1:6).

Y si bien el poder proviene de Dios, no podemos simplemente ir en piloto automático, sino que debemos participar activamente. Como Jesús nos dijo: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta” (Lucas 13:24). Pablo describió su propia lucha como una pelea real, no como quien golpea al aire, sino con una autodisciplina decidida (1 Corintios 9:26-27). Sin embargo, ningún esfuerzo humano nos puede salvar. Todos necesitamos el poder transformador y milagroso de Dios para vencer y permanecer fieles hasta el fin.

Ojalá que todos nos aferremos al salvavidas de Dios y avancemos hacia la salvación definitiva. Como escribió Pablo: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

Sí podemos alcanzar la liberación definitiva. Como el mismo Jesús nos dice: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). ¡Acepte el salvavidas que Dios le ofrece y aférrese a él!


 

Tom Robinson, Director editorial
P.D.: Como nota personal, este será mi último número como director editorial de Las Buenas Noticias. Seguiré involucrado con la revista, pero mi responsabilidad principal se trasladará a nuestras guías de estudio, al curso de estudio bíblico y al comentario bíblico en inglés. Ha sido un privilegio servir en este puesto durante los últimos años, y oro para que todos nuestros esfuerzos mediáticos sigan brindándole la ayuda y esperanza que usted necesita. 


 

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