La fe viva y la gracia de Dios

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Debemos tener fe en que Cristo verdaderamente vivió y murió por nosotros y en que nos transformará ahora y, finalmente, en la resurrección.

Efesios 2:8 nos dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe”. No somos salvos sin que haya alguna acción de nuestra parte, que incluye el arrepentimiento y el creer, teniendo fe en el supremo sacrificio de Jesucristo y en la obra continua de Dios en nosotros.

Colosenses 2:11-12 (NVI) dice a los cristianos respecto a Cristo: “Ustedes . . . [fueron] sepultados con él en el bautismo. En él también fueron resucitados mediante la fe en el poder de Dios, quien lo resucitó de los muertos”.

Tal como tenemos fe en que Cristo resucitó de los muertos para que pudiéramos ser salvos y, de igual modo, ser levantados de la muerte en la resurrección, también debemos tener fe en que este plan dará resultado. Debemos tener la fe de que Cristo verdaderamente vivió y murió por nosotros, y que él nos transformará ahora y, finalmente, en la resurrección.

Pablo continúa en Colosenses 2:13 (NVI): “Antes de recibir esa circuncisión, ustedes estaban muertos en sus pecados . . . Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados”. Así creemos, mediante la fe, en esta obra que Dios realiza en nuestra vida. Creemos que somos perdonados y que resucitaremos a la vida eterna, tal como Jesucristo resucitó a la vida eterna. Y aunque la obediencia es necesaria para seguir creciendo en el entendimiento espiritual, eso no significa que la obediencia nos dé derecho a dicha salvación. Solo Dios, mediante su gracia y su misericordia, perdona el pecado, nos concede ayuda para vencer y ofrece la salvación como un don. Pero también espera que nosotros hagamos nuestra parte, mientras él cumple el resto.

El apóstol Santiago destacó este principio en Santiago 2:21-22, donde describió la fe de Abraham y su obediencia a Dios hasta el punto de sacrificar a su hijo, antes de que Dios le impidiera consumar el acto: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?”.

Vemos aquí cómo la fe interviene al aceptar la gracia de Dios. Cualquiera que estudie cuidadosamente Santiago 2 puede ver que él enseña que la fe cristiana es mucho más que buenos pensamientos: exige que el creyente cristiano demuestre su fe con sus acciones. ¡Demostramos que tenemos fe por la manera en que vivimos después de aceptar a Jesucristo! Esta fe viva y activa implica esforzarse por obedecer y confiar en que Dios nos dará el poder y nos ayudará a lograrlo, lo que produce obras de obediencia. De lo contrario, como concluye Santiago, “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26). Es inútil, porque no logra nada.

Por eso Pablo dice en 2 Tesalonicenses 1:11-12 (NVI): “Por eso oramos constantemente por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos del llamamiento que les ha hecho, y por su poder perfeccione toda disposición al bien y toda obra que realicen por la fe. Oramos así, de modo que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por medio de ustedes, y ustedes por él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo”.

Todo esto forma parte de la misma ecuación: fe, obras, la gracia de Dios, su perdón, su propósito y el hecho de que Jesucristo sea glorificado en nosotros. ¡Nuestra fe y la consiguiente obediencia son parte necesaria de recibir la gracia de Dios y de permanecer en ella!

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