Dios otorga a los cristianos ayuda divina por medio de su Espíritu

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¿Qué hace el Espíritu Santo por nosotros como cristianos? Esta pregunta va al corazón mismo de nuestras creencias religiosas; porque, sin el poder del Espíritu Santo de Dios, no podemos tener una relación profunda y cercana con el Padre, ni tampoco podemos convertirnos en sus hijos. Si somos llamados hijos de Dios, es porque el Espíritu mora en nosotros (Romanos 8:14-17).

Debemos entender lo que significa ser “guiado por el Espíritu”. El Espíritu de Dios no nos lleva, arrastra o empuja, sino que nos guía. No impide que pequemos, ni nos obliga a hacer lo correcto. Nos guía, pero debemos estar dispuestos a seguirlo.

¿Cómo nos guía el Espíritu de Dios? Veamos algunas maneras.

El Espíritu Santo nos mantiene en contacto con la mente de Dios

El Espíritu de Dios trabaja en nuestra mente. El apóstol Juan lo describe de esta manera: “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24). Mediante el Espíritu de Dios, el cual él nos da, podemos ser influenciados por él para hacer el bien y obedecer sus mandamientos. Esto contrasta drásticamente con el mundo que nos rodea y con nuestra propia naturaleza, los cuales nos instan a hacer el mal.

El Espíritu de Dios también nos ayuda a comprender mejor su verdad. Cuando Jesús les prometió a los apóstoles que les enviaría el Espíritu, les dijo que este los guiaría “a toda la verdad” (Juan 16:13).

El Espíritu de Dios nos inspira a tener mayor entendimiento de su Palabra, propósito y voluntad

Como leímos anteriormente, 1 Corintios 2:9-11 nos dice: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino [mediante] el Espíritu de Dios”.

Sin el Espíritu de Dios, una persona no puede llegar a comprender la Palabra y la voluntad de Dios que han sido expresadas divinamente: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

El Espíritu de Dios “convence” a nuestra conciencia y nos ayuda a ver el pecado como realmente es

Hablando del Espíritu Santo, el cual les sería dado a sus seguidores después de su muerte y resurrección, Jesús dijo que “convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). El Espíritu de Dios que mora en nosotros, trabajando junto con nuestra conciencia, nos ayuda a reconocer y evitar el pecado. La culpa que sentimos es legítima cuando proviene del reconocimiento del pecado.

El Espíritu Santo produce buenos frutos en nosotros

Tal como un manzano produce manzanas, el Espíritu de Dios produce un tipo particular de frutos en la vida de un cristiano. Pablo nombra los frutos que deben ser evidentes en quienes son guiados por el Espíritu de Dios: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gálatas 5:22-23, NVI).

Todos los aspectos de estos frutos son en sí mismos dignos de un estudio detallado, junto con un autoanálisis para ver hasta qué punto se manifiestan estas características en nuestras vidas.

El apóstol Pedro explica cómo es el proceso de crecer en madurez espiritual: “Su divino poder [el poder de Dios], al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina.

“Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, los harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos.

“En cambio, el que no las tiene es tan corto de vista que ya ni ve, y se olvida de que ha sido limpiado de sus antiguos pecados. Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió. Si hacen estas cosas, no caerán jamás, y se les abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:3-11, NVI).

El Espíritu de Dios también nos consuela, alienta y ayuda

Jesús prometió enviarles a sus seguidores el Espíritu Santo como un “Consolador” (Juan 14:16). El verdadero consuelo y apoyo viene del Espíritu de Dios que mora en nosotros, y no debemos preocuparnos excesivamente de lo que pueda pasarnos. El Espíritu de Dios nos da la seguridad de que, sin importar lo que pase, todas las cosas ayudan para bien “a los que aman a Dios . . . a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).

Esta seguridad proporciona una perspectiva de la vida que no es común en nuestro mundo. Sí, un cristiano puede desanimarse, pero por medio del Espíritu Santo puede comenzar a ver la vida de una manera distinta. Como se dijo anteriormente, la paz es otro fruto del Espíritu de Dios en la vida de un cristiano.

Vemos la maravillosa verdad de cómo y por qué Dios trabaja en nuestras vidas para transformarnos, ayudándonos a obedecerle y crecer en su camino mientras tenemos esta vida física. Su Espíritu Santo opera en nosotros para que podamos experimentar una transformación increíblemente inspiradora en el futuro, al regreso de Cristo.

Un artículo de:
El poder del Espíritu Santo

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