Aún así, se subió al barco

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La vida está llena de decisiones. A la hora de la verdad, cuando hay mucho en juego, ¿qué decisión tomaremos?

Antiguo Puerto de Mileto
El autor frente a la entrada de las ruinas del antiguo puerto de Mileto, donde Pablo dio un emotivo discurso de despedida a los

Fuente: Charles Melear

Aún así, se subió al barco. Esta frase ha cruzado mi mente muchas veces este último año. ¿Por qué? Porque encapsula muy bien lo que Dios espera de nosotros.

Hace un año, mi esposa, yo y casi ochenta personas más fuimos bendecidos con la oportunidad de recorrer una variedad de sitios bíblicos en Turquía, incluyendo las siete iglesias mencionadas en Apocalipsis 2 y 3. Una tarde, un grupo de nosotros tomó un viaje adicional a las ruinas de la ciudad de Mileto, el otro gran puerto antiguo al sur de la ciudad de Éfeso, en la costa occidental de Asia Menor.

No hay mucho que ver en Mileto, ya que la ciudad ha sido devastada por el tiempo y varios terremotos a lo largo de los últimos dos mil años. Lo más notable son un teatro grecorromano que se ha preservado muy bien, un enorme complejo de baños construido a fines del segundo siglo con fondos donados por la esposa del emperador romano Marco Aurelio (el emperador que aparece al comienzo de la película Gladiador), y los restos de un monumento que conmemora la victoria de Octavio sobre Marco Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Accioen 31 a. C. Esta batalla preparóel escenario para que Octavio se convirtiera en César Augusto y estableciera el Imperio romano en su camino a la grandeza.

El monumento estaba situado a la entrada del puerto principal de Mileto, y una calle principal se extendía desde ahí hasta el corazón de la ciudad. Mientras nuestro grupo estaba parado en ese lugar y tratábamos de imaginar cómo había sido ese antiguo puerto, se me cruzó un pensamiento por la mente: el apóstol Pablo había caminado solo a unos metros de este lugar.

He ido a varias de las ciudades que visitó Pablo: Jerusalén, Roma, Éfeso, Cesarea Marítima y Puteoli, pero ninguna provocó en mí el impacto emocional que me embargó al estar parado en este lugar en Mileto. ¿Por qué? Por lo que ocurrió aquí y el ejemplo que nos entrega.

Pablo visita Mileto

La visita de Pablo a Mileto tuvo lugar cerca del final de su tercer y último viaje registrado. A medida que su viaje llegaba a su fin, “se había propuesto pasar de largo a Éfeso . . . pues se apresuraba por estar el día de Pentecostés” (Hechos 20:16).

Debido a que estaba corto de tiempo, Pablo pasó por alto Éfeso, donde se había quedado por dos años anteriormente en ese mismo viaje (Hechos 19:10). Sin duda había forjado muchas amistades en Éfeso, y de haberse quedado ahí hubiese pasado días con esos amigos y no habría tenido suficiente tiempo para llegar a Jerusalén antes del día de Pentecostés.

Por lo tanto, se decidió por la segunda mejor opción. Paró en el siguiente puerto principal, al sur de Éfeso, y les mandó a decir a los ministros efesios que fueran a verlo ahí (Hechos 20:17).

Aquella reunión debe haber sido muy emotiva, porque no se habían visto hacía muchos meses. Sin duda derramaron lágrimas de felicidad cuando se reencontraron en Mileto, pero estas serían rápidamente reemplazadas por lágrimas de profunda tristeza.

El sufrimiento de un siervo

El camino de Pablo después de su milagrosa conversión, más de veinte años antes, no había sido fácil. Había aprendido a fuerza de duros golpes. Como estaba muy cansado de tener que defenderse de sus enemigos y ministros falsos que se jactaban de cuán grandiosos eran en comparación con él, Pablo dejó que sus antecedentes hablasen por sí mismos:

“He trabajado con más esfuerzo, me han encarcelado más seguido, fui azotado innumerables veces y enfrenté la muerte en repetidas ocasiones. En cinco ocasiones distintas, los líderes judíos me dieron treinta y nueve latigazos. Tres veces me azotaron con varas. Una vez fui apedreado. Tres veces sufrí naufragios. Una vez pasé toda una noche y el día siguiente a la deriva en el mar.

“He estado en muchos viajes muy largos. Enfrenté peligros de ríos y de ladrones. Enfrenté peligros de parte de mi propio pueblo, los judíos, y también de los gentiles. Enfrenté peligros en ciudades, en desiertos y en mares. Y enfrenté peligros de hombres que afirman ser creyentes, pero no lo son.

“He trabajado con esfuerzo y por largas horas y soporté muchas noches sin dormir. He tenido hambre y sed, y a menudo me he quedado sin nada que comer. He temblado de frío, sin tener ropa suficiente para mantenerme abrigado. Además de todo eso, a diario llevo la carga de mi preocupación por todas las iglesias” (2 Corintios 11:23-28, Nueva Traducción Viviente).

Pablo había sufrido mucho. La gente lo odiaba y había tratado de matarlo por el mensaje que enseñaba, y él sabía que continuarían intentándolo. También sabía que después de su muerte se producirían divisiones y apostasía, por lo que se sintió obligado a dejarles a estos ministros un mensaje muy importante.

Las últimas palabras de Pablo a los ministros efesios

Ese memorable mensaje se me pasó por la mente mientras estaba parado ahí, en el puerto de Mileto. Pensé en el último encuentro de Pablo con sus colegas y amigos, y reflexioné acerca de las últimas palabras que les dijo:

“Ustedes saben que desde el día que pisé la provincia de Asia [en el occidente de Turquía] hasta ahora, he hecho el trabajo del Señor con humildad y con muchas lágrimas . . . Nunca me eché para atrás a la hora de decirles lo que necesitaban oír, ya fuera en público o en sus casas. He tenido un solo mensaje para los judíos y los griegos [y otras nacionalidades] por igual: la necesidad de arrepentirse del pecado, de volver a Dios y de tener fe en nuestro Señor Jesús.

“Ahora estoy obligado por el Espíritu a ir a Jerusalén. No sé lo que me espera allí, solo que el Espíritu Santo me dice que en ciudad tras ciudad, me esperan cárcel y sufrimiento; pero mi vida no vale nada para mí a menos que la use para terminar la tarea que me asignó el Señor Jesús, la tarea de contarles a otros la Buena Noticia acerca de la maravillosa gracia de Dios. Y ahora sé que ninguno de ustedes, a quienes les he predicado del reino, volverá a verme” — es decir, hasta que el reino venga (Hechos 20:18-25, NTV, énfasis nuestro).

Sus palabras fueron impactantes y solemnes a la vez. A continuación, Pablo les encomendó una obra y les entregó una advertencia: les dijo que alimentaran y cuidaran al rebaño de Dios que les estaba dejando a cargo y les advirtió que algunos de ellos se alzarían para robar ovejas de Dios para sí mismos — un patrón que, trágicamente, se ha repetido con demasiada frecuencia a través de los años, para vergüenza de ciertos hombres que aman el poder más que al querido rebaño de Dios.

Mediante el Espíritu de Dios, Pablo sabía que su tiempo de servicio a Dios estaba llegando a su fin. En lugar de poder viajar libremente y enseñar la Palabra de Dios, le esperaba solo sufrimiento y encarcelamiento. Y sabía que lo más probable era que no volvería a ver nuevamente a estos entrañables amigos.

Ecos de Aquel que había pasado por lo mismo anteriormente

En muchos sentidos, las palabras de Pablo a sus amigos en Mileto me recordaron las palabras de otro rabino que anteriormente había reunido a sus amigos para entregarles un último y apasionado mensaje. Esto había tenido lugar en Jerusalén, donde Pablo iría ahora a encontrarse con su destino siguiendo los pasos de su Maestro.

La vida está llena de decisiones. Jesús de Nazaret se vio enfrentado a muchas decisiones durante el último viaje de su vida, cuando “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51). Cristo sabía lo que estaba por venir [en el occidente de Turquía]: sufrimiento, encarcelamiento y muerte. Él pudo haberse desviado de su camino en cualquier momento, pero no lo hizo. ¿Por qué? Porque deseaba cumplir la voluntad de su Padre y hacer realidad el deseo que ambos tenían de ofrecernos la vida eterna a usted y a mí. Jesús eligió aotros, no a sí mismo.

Cuando llegó el momento de tomar una decisión, Pablo optó por el mismo camino. Él también sabía a dónde lo llevaría finalmente — al sufrimiento, al encarcelamiento y, finalmente, a la muerte. Él nunca dudó, ya que sabía que había sido comprado y pagado por un precio, y que su vida ya no era suya (1 Corintios 6:20; Gálatas 2:20).

Aun así, se subió al barco

Hechos 20:36-38 registra la parte final de la visita de Pablo a sus queridos amigos en Mileto: “Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos. Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco”.

Esta es una escena tremendamente conmovedora y dolorosa, que en muchas maneras resume la vida de un hombre profundamente motivado y convertido. Sabiendo lo que el futuro le deparaba, aun así se subió al barco. 

Él pudo haberse dado la vuelta. Pudo haberse ido con ellos de regreso a Éfeso y continuado su obra ahí. Tenía toda Asia Menor a su disposición, donde pudo haber ido a cualquier lugar, pero no lo hizo. Pablo siguió el ejemplo de Jesucristo, quien a pesar de lo que le esperaba tomó aquel viaje final y fatal a Jerusalén, sabiendo el precio que pagaría.

La vida está llena de decisiones, pero quizá ninguna sea tan importante como escoger a quién decidiremos servir: a Dios o a nosotros mismos. Y la Palabra de Dios nos dice que a medida que los tiempos se vuelvan más difíciles y los días se oscurezcan, las consecuencias de nuestras decisiones serán cada vez más serias.

A la hora de la verdad, sabiendo lo que nos espera en el futuro, ¿tendremosla valentía necesaria para subirnos al barco a pesar de todo?   BN

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