A 72 horas del caos

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¿Qué nos enseñan los desastres naturales acerca de nosotros mismos y de nuestra sociedad? ¿Son nuestros fundamentos morales lo que debieran ser?


Fuente: Federal Emergency Management Agency

En el año 2005 trabajé como voluntario en un albergue para damnificados por el huracán Katrina. Allí tratábamos de consolar a personas confundidas, hambrientas y asustadas que habían sido rescatadas desde los techos de sus casas en Nueva Orleans y luego llevadas a San Antonio, Texas (Estados Unidos).

En dicho albergue divisé a una joven sentada en un catre de campaña, con la mirada perdida. Visiblemente conmocionada, hacía caso omiso al tumulto a su alrededor, así que me agaché y le pregunté si podía ayudarla. Ella me miró angustiada y preguntó: “¿Dónde está mi bebé?”

Nunca supe lo que ocurrió con aquella mujer, ni si encontraron a su bebé. Desde entonces, a menudo medito en cómo la vida de una persona puede degradarse súbitamente por la fuerza destructiva de los desastres naturales. Sin embargo, más inquietante aún es la forma en que los seres humanos se degradan mutuamente. Veamos cómo adoptar una perspectiva correcta.

Los desastres revelan la frágil fachada de la civilización

Nuestro trabajo en aquel centro de acogida para víctimas del huracán Katrina fue toda una cátedra sobre la frágil fachada de la civilización y cómo ésta encubre el caos que puede estallar en cualquier momento. Pude ver el extraordinario ejemplo de muchos voluntarios que simplemente se presentaban para colaborar, a veces sin supervisión, a fin de descargar los camiones con agua y alimentos, armar camas y ayudar a los cansados y hambrientos damnificados.

No obstante, era imposible estar completamente preparados para el drama humano que comenzaba a desarrollarse en el albergue. Como habían perdido sus casas y posesiones, los damnificados eran transportados a los refugios, donde se quitaban la ropa inmunda que llevaban para luego darse una ducha y escoger prendas entre las pilas de  ropa usada que la gente había donado. Posteriormente se les entregaba una botella de agua y una porción de pizza.

Pero a pesar de todos los esfuerzos por satisfacer las necesidades humanas básicas, reinaba el caos. La gente se sentía desorientada, confusa y disgustada: “¿Dónde estoy?” “¿Por qué fallaron los diques?” “¿Por qué nos han engañado los gobiernos estatales y federales?” “¿Cuándo voy a volver a mi casa?” “¿Dónde está mi bebé?”

En una de estas instancias, un oficial de policía, que custodiaba un depósito de provisiones donde había montones de frazadas, había recibido la orden de no permitir la entrada a ningún damnificado. Un pequeño grupo de hombres exigió frazadas para sus hijos que tenían frío, pero el oficial se rehusó a dárselas. El enfrentamiento se intensificó y amenazaba culminar violentamente, pero uno de los trabajadores voluntarios intervino para explicar que las frazadas eran usadas y tendrían que ser examinadas para descartar una posible contaminación de piojos.

En otra ocasión, recibí la llamada de una funcionaria gubernamental que coordinaba un albergue en otra ciudad. Con voz temblorosa me contó que algunos damnificados habían conseguido armas y se temía la posibilidad de un motín. El comportamiento civilizado no tardó en desaparecer tan pronto se agotaron las provisiones básicas para la supervivencia: agua, alimento, vestido y refugio.

¿Cuánto tardarían nuestros vecinos en atacarse mutuamente si fallara la electricidad por una semana, y no hubiera esperanza de solución al problema? ¿Qué tan pronto recurriría la gente al robo y a la violencia si hubiera una crisis económica como la Gran Depresión de los años 30?

Los desastres naturales nos permiten vislumbrar lo frágil que es la fachada de la civilización. Debajo de una delgada capa yace un polvorín de caos a punto de estallar. Cada día vemos la vulnerabilidad de esa capa, que se manifiesta en los crímenes, el violento mundo de la entretención, las guerras, la eutanasia y muchos otros ejemplos de la forma en que los seres humanos se degradan unos a otros. En situaciones estresantes, el desprecio hacia los demás puede desembocar en una violenta anarquía.

En un estudio realizado hace unos años en Gran Bretaña, se concluyó que dicho país estaba “a solo nueve comidas de la anarquía”. Un artículo en el periódico británico Daily Mail[Correo diario] estimó que solo tomaría “nueve comidas, es decir, tres días completos sin comestibles en los supermercados, para que la ley y el orden empezaran a resquebrajarse y las calles británicas se convirtieran en un caos”.

El artículo continúa diciendo: “¿Es esta una advertencia inverosímil para una nación del primer mundo, como Gran Bretaña? Aparentemente no, ya que eso fue exactamente lo que sucedió en los Estados Unidos como consecuencia del huracán Katrina. La gente se dedicó a saquear a fin de conseguir alimentos para ellos y sus familias” (Rosie Boycott, “Nine Meals From Anarchy –How Britain Is Facing a Very Real Food Crisis” [“A nueve comidas de la anarquía: Cómo enfrenta Gran Bretaña una verdadera crisis de alimentos”] junio 7, 2008). En otras palabras, tal como todos los países civilizados, Gran Bretaña se encuentra a solo 72 horas del caos.

¿Cuánto tiempo tardaría una persona en considerarse superior a otras, justificando así el robo de dinero, alimentos, ropa o una frazada?

La creciente insensibilidad  ante la depravación

En Europa encontramos otro ejemplo de la quebradiza caparazón de nuestra civilización. La prostitución ha sido una triste realidad en las sociedades de toda la historia, una horrenda arista de la naturaleza humana. Esta práctica envilece tanto a la institución del matrimonio como a la mujer misma. Es muy degradante que la mujer venda su cuerpo para ser usado como un objeto cualquiera, sin ninguna consideración a su valor como ser humano.

En noviembre de 2012, la ciudad de Zurich, en Suiza, legalizó las “casetas para sexo”. El diario británico The Telegraph informa que “estas casetas tipo garaje tendrán techo y paredes para facilitar la privacidad, y fácil acceso vehicular”. Michael Herzig, representante del departamento de bienestar social de Zurich, dijo: “Las mujeres estarán más protegidas de eventuales ataques y su negocio será más rentable; al permanecer en las casetas no tendrán que ‘desplazarse’ y así podrán atender a más clientes. Como modelo comercial, esto será mucho mejor para ellas que deambular por las calles” (Mathew Day, “Zurich to Open Drive-In Sex Boxes”[“Zurich inaugura casetas para el sexo”] 29 nov. 2012).

Suiza es considerada una nación altamente civilizada, y su gente se enorgullece de su tolerancia y sentido humanitario. Sin embargo, ¡a muchos de los residentes en Zurich no les parece degradante que una mujer venda su cuerpo en las “casetas” construidas por el gobierno!

Este tipo de historias es alarmante, o al menos deberíaserlo. No obstante, gracias al cine, la televisión, la radio, la música y los noticieros las 24 horas del día, estamos perdiendo sensibilidad  ante los grandes problemas morales de nuestro tiempo.

Debemos estar en guardia contra estas influencias, pues todos los grandes asuntos éticos tienen que ver con el propósito de Dios para la humanidad y con el valor de cada persona. En última instancia, todo lo relativo a la moral se relaciona con nuestro valor como seres humanos.

Necesitamos admitir que la moral se ha deteriorado

En lo personal, ¿debería usted preocuparse por los grandes problemas morales de la actualidad? Mientras nadie nos moleste, basta con llevarnos todos bien y no juzgarnos unos a otros, ¿verdad?

En general, muchos sienten que el único mal que existe es la intolerancia hacia los demás. Desde esta perspectiva, solo muy pocas cosas son maldad absoluta, salvo, quizá, promover la idea de que sí existen la bondad y la maldad absolutas, lo que se considera una intolerancia extrema.

Pero hay una característica de nuestra naturaleza humana que deberíamos comprender: a menos que seamos completamente amorales, queremos sentir que básicamente somos buenas personas. Queremos experimentar una gran autoestima con respecto a nuestras decisiones morales.

Si usted está convencido de ser una buena persona, ¿en qué basa su ética? ¿Qué criterios usa para decidir entre lo bueno y lo malo? ¿Cuánta hambre deberá sentir antes de golpear a su vecino hasta asesinarlo por un bocado de comida? En medio del caos, ¿cuánto tardará usted en volverse un bárbaro? ¿Tal vez no más de unas 72 horas?

Las ansias de sentirse moralmente bien han llevado a mucha gente a formarse una idea errónea de la moralidad. Veamos el siguiente ejemplo.

En California, Estados Unidos, un camión lleno de peces vivos se accidentó mientras transportaba su carga al mercado, y más de 700 kilos de pescado quedaron esparcidos en la autopista y murieron. De acuerdo a la publicación de la Prensa Asociada, la organización Partidarios del Trato Ético a los Animales (PETA, por sus siglas en inglés) pidió que se erigiera un monumento al lado de la vía para “recordarle a los conductores que valoraran a todos los animales y sintieran su dolor, bien fueran éstos humanos, pastores alemanes o corvinas”.

Otro vocero de PETA dijo: “Los peces iban a ser sacrificados y, desde luego, eso es de por sí bastante malo. Pero que sufrieran un accidente y murieran en medio de la autopista es simplemente inconcebible”.

Como se ve, la preocupación de algunas personas por la muerte de unos peces, o por el uso de éstos como alimento, ejemplifica el gran problema moral de nuestro tiempo. No estamos a favor de la crueldad contra los animales, pero igualar el valor de la vida de un pez con el de la vida humana se basa en la misma moral perversa que apoya la esclavitud, el aborto, la eutanasia y el genocidio.

Puede sonar cruel, pero esto nos hace cuestionarnos nuevamente un aspecto primordial de la verdadera moralidad: ¿cuál es el propósito y valor del ser humano?

La verdadera moral versus la automoralidad fabricada

El mensaje de que la Biblia fue inspirada por Dios para enseñarle al ser humano una ética correcta es ridiculizado por humanistas no religiosos, por la “iluminada” comunidad educativa y, tristemente, por muchos predicadores modernos.

La Biblia revela que el Dios Creador envió a su Hijo para librarnos del mal y enseñarnos el camino de la bondad y la felicidad. El libro de Hebreos afirma: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

Note que Jesucristo vino a la Tierra como ser humano porque somos “hijos”. Pero, ¿hijos de quién? ¡Hijos de Dios! La gran verdad moral de nuestro tiempo, y de todos los tiempos, es que Dios creó a los seres humanos porque está creando una familia. ¡Para eso fue que nacimos! Esta verdad debe ser la luz que lo guíe en todas sus decisiones morales.

Usted fue creado “a imagen de Dios” (Génesis 1:27), para tener la misma moral que tiene su Creador. Cuando usted tenga una correcta relación con Dios, experimentará un genuino sentimiento de rectitud. Al carecer de un fundamento moral apropiado, el ser humano intenta crear su propio código de ética para sentirse bien consigo mismo.  Cuando fabricamos una escala de valores hecha a la medida de nuestra conveniencia para acallar nuestra conciencia, solo estamos encubriendo nuestra propia barbarie.

Promover un monumento en honor a un grupo de peces muertos parece algo moral y otorga cierta sensación de espiritualidad a quien no comprende el exclusivo propósito de la vida humana. Defender el “derecho” de una mujer a “controlar su propio cuerpo” abortando el feto en su vientre parece algo liberador y moral, pero solo hasta que se cambia la palabra “feto” por “hijo de Dios hecho a imagen de él”.

Muchas veces, lo que el ser humano considera como ético no es otra cosa que la fachada que oculta su crueldad, pero el deseo de Dios es que desarrollemos el verdadero carácter del amor.

El apóstol Pablo escribió: “Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes, sin amor, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los placeres en vez de amadores de Dios; teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado su poder; a los tales evita” (2 Timoteo 3:1-5, La Biblia de las Américas).

La automoralidad hecha a la medida le proporciona al ser humano un gran sentido de autoestima y una sensación de espiritualidad. Como amadores de nosotros mismos, nuestro propio sentido del bien y del mal no es más que una delgada capa de barniz sobre una religiosidad vacía. Solamente el Creador de la vida puede determinar fehacientemente lo que es beneficioso o perjudicial para la vida. Dios quiere salvarlo de las desastrosas consecuencias de las decisiones morales incorrectas. ¡Quiere salvarlo del caos del mundo a su alrededor, librándolo del caos dentro de su propio ser!

El fundamento de las decisiones morales

¿Cómo empezar a comprender las instrucciones de Dios en cuanto a la decisión moral más importante? ¿En qué parte de la Biblia puede uno comenzar a entender cómo cambiar su frágil sentido de lo correcto e incorrecto por un sólido código moral según el criterio de Dios?

Usted puede empezar a entender la verdadera moral que Dios quiere que tenga en su vida a partir de dos sencillos pasajes bíblicos:

En Mateo 22:36-40 leemos que un hombre se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y el grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”

Usted nunca entenderá quién es hasta que comprenda quién es su Creador y por qué lo creó. Hasta que no se someta a Dios con todo su corazón, alma y mente, seguirá forjando falsos conceptos acerca del bien y el mal a fin de sentirse bien consigo mismo, y su vida continuará sumida en el caos. Este mandamiento es la enseñanza más ignorada de todas las que entregó Jesucristo. Puede que usted alabe a Dios, le cante y diga que es un creyente, pero, ¿están todas sus emociones, energía y pensamientos dedicados a obedecerle como su Padre?

El segundo pasaje que le ayudará a desarrollar cimientos morales sólidos se encuentra en Éxodo 20:1-17 (lo cual se reitera en Deuteronomio 5:1-22). Estos versículos registran la única vez en la historia de la humanidad que Dios habló a una nación entera para explicarle los principios morales básicos. Dichas instrucciones se conocen como los Diez Mandamientos.

¿Sabe usted realmente lo que dicen estos mandamientos? ¿Qué hay acerca del segundo mandamiento, que prohíbe el uso de imágenes para adorar a Dios? ¿Se arrodilla usted frente a estatuas de Jesús y María?

¿Y qué decir del cuarto mandamiento, que habla del “séptimo día de reposo”? Si usted guarda el domingo (primer día de la semana) como día de adoración, no hace más que seguir un precepto moral fabricado por el hombre.

¿Y qué hay respecto al mandamiento que condena el “falso testimonio”? ¿Es usted absolutamente honesto en sus prácticas comerciales? El décimo mandamiento prohíbe la codicia. ¿Entiende plenamente el significado de “codicia”?

Como vemos, la razón de que vivamos en una civilización superficial se debe a que en muchos casos la religión y la moralidad también son superficiales. ¡Es hora de que reflexione acerca de sus fundamentos morales y de que descubra el propósito de Dios para su vida!

Historia de dos grandes tiendas de departamentos

El albergue para los sobrevivientes del huracán Katrina que mencioné antes estaba ubicado en un centro comercial abandonado. Una semana después de la tragedia, la conmoción y el agotamiento de los damnificados se transformó en preocupación acerca de su futuro. El refugio proporcionaba tres comidas diarias y suficiente ropa usada. Cientos de personas dormían en catres, caminaban por las calles aledañas al refugio o veían fútbol en televisores que les habían donado, y muchos ya mostraban evidentes señales de aburrimiento.

Poco después de esa primera noche en el albergue visité otro centro comercial muy diferente, que estaba abriendo sus puertas con una gran celebración inaugural. Un grupo de violinistas deleitaba a los elegantes clientes, que recibían cupones para recibir rosas gratis y hacían fila para comprar carteras de cuero de 300 dólares. Un atento empleado me preguntó si quería probar el aroma de un nuevo perfume.

¡Qué contraste más agudo! No pude menos que pensar en el desagradable olor de las personas que habían quedado atrapadas en húmedos áticos escapando de la inundación. Pero esto me llevó a reflexionar y darme cuenta de que estaba caminando frente a la fachada de nuestra civilización, la misma que está al borde del caos.

La gran verdad moral de todos los tiempos es ésta: el propósito de la vida humana consiste en que Dios está creando una familia. Busque a Dios y no tendrá que temer al caos. ¡Él será el centro de su vida y lo guiará a su gran destino final sin importar lo que suceda!

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