“Ni se adiestrarán más para la guerra”

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La causa principal de la guerra es la naturaleza codiciosa y egoísta de la gente, que la hace envidiar y desear lo que otros tienen.


Fuente: Jordan McQueen/Unsplash

La rendición de Alemania; la detonación de la primera bomba atómica en Hiroshima y la segunda en Nagasaki; la capitulación japonesa. Una vez más el mundo recuerda estos hechos que acabaron con la peor guerra de toda la historia de la humanidad, un conflicto en el que murieron entre 60 y 70 millones de personas.

Cuando yo era niño, la Segunda Guerra Mundial aún estaba fresca en la memoria de la gente. Al menos cuatro series semanales de televisión se basaban en dicha guerra y regularmente se transmitían películas relacionadas con ella. Como muchos otros niños, yo tenía una gran colección de soldaditos estadounidenses, alemanes y japoneses.

Aun a tan tierna edad estaba totalmente decidido a unirme al ejército cuando fuera grande, tal como mi padre y la mayoría de mis tíos lo habían hecho durante la guerra. Este era para mí el curso lógico y natural de la vida. Sin embargo, en el camino algo sucedió y mi forma de pensar cambió.

Aunque en esa época yo no tenía interés en la Biblia, mis padres comenzaron a tomarla seriamente y a realizar una serie de cambios fundamentales, que afectaron nuestra vida en todo sentido. Me contagié de estos cambios y también comencé a tomar la Biblia en serio, comprobando que era la inspirada e inalterable Palabra de Dios.

La Biblia nos dice que no debemos tomar la espada ni pelear en los conflictos de los gobiernos de este mundo (Mateo 26:52; Juan 18:36). Y agrega: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19; 22:39; Romanos 13:9; Levítico 19:18).

Aprendí que la Biblia nos revela la causa principal de la guerra: la naturaleza codiciosa y egoísta arraigada en las personas y que las hace envidiar y desear lo que otros tienen. El apóstol Santiago dice: “¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Pues de los malos deseos que siempre están luchando en su interior . . . matan, sienten envidia de alguna cosa, y como no la pueden conseguir, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios; y si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres” (Santiago 4:1-3, Dios Habla Hoy).

Empecé a entender que la historia de la humanidad es una historia de guerras interminables y que las palabras en Isaías 59:7-8 explican nuestro mundo de violencia sin fin: “Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente . . . destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz . . . sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz”.

Caí en la cuenta de que estas palabras también me describían a mí, y que si quería vivir una vida que pudiera complacer a Dios tendría que comenzar con un cambio en mi corazón y en mi mente. Ahora, 45 años después, aún estoy trabajando en ese cambio y tratando de ser más como Dios y menos como yo.

Y aunque nuestros titulares están colmados del terror, las atrocidades y la agitación que nos traen a la memoria aquel horripilante y sangriento periodo de hace 70 años, mi mente y mi corazón están colmados de la paz y la esperanza que me infunde la promesa del venidero Reino de Dios, aquel que Jesucristo establecerá en la Tierra a su regreso.

Esta esperanza se resume muy bien en Isaías 2:4, que habla del tiempo que ha de venir: “Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”.

Espero ansiosamente la llegada de ese tiempo, y espero que usted se nos una en oración para rogar fervientemente, como Jesús nos ordenó, “Venga tu Reino”.

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