Principios esenciales de la profecía bíblica

La profecía revela muchos detalles del gran propósito de Dios.

¿Por qué inspiró Dios a los autores de la Biblia para que escribieran las profecías? ¿Podría ser porque además de revelarnos la manera como Dios interviene en los asuntos del hombre, también nos explica por qué lo hace? De hecho, la profecía revela muchos detalles del gran propósito de Dios; explica la actividad divina en el ámbito humano y cómo ésta se relaciona con el plan que Dios está llevando a cabo.

Examinemos primero los principios y temas proféticos. Éstos son claves que nos ayudan a despejar los enigmas de la profecía. Hacen posible que podamos entender muchos aspectos de la profecía que de lo contrario parecen aislados e incongruentes.

 

1. El papel de Jesucristo

Gran parte de la profecía que Dios inspiró se relaciona con las dos venidas de Jesucristo. La profecía explica la necesidad tanto de su primera venida como de la segunda en el plan divino para la humanidad.

Con el propósito de demostrar que Jesús era el Mesías prometido, en numerosas ocasiones los apóstoles citaron profecías específicas que él ya había cumplido. Pero ellos también hablaron muchas veces de su segunda venida. Es muy natural que nosotros nos preguntemos acerca de las profecías que tienen que ver con su segunda venida, porque son predicciones que pueden afectar nuestra vida, incluso tal vez nuestro futuro inmediato.

Por consiguiente, la primera clave para entender la profecía bíblica es reconocer que casi toda la profecía se relaciona directamente con la intervención en los asuntos humanos de un personaje principal: Jesús el Mesías. (Los vocablos Mesías y Cristo vienen del hebreo y griego, respectivamente, y ambos significan “el Ungido”.)

Aunque a Jesucristo no se le menciona específicamente en cada pasaje profético, él es la figura central de la profecía. De hecho, uno de los propósitos principales de la profecía es revelar su misión. Después de que Jesús resucitó de la muerte, dejó esto bien claro para sus discípulos: “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24:44-45).

Sin reconocer el papel de Cristo en estas profecías, sus discípulos no podían entenderlas. La mayoría de las profecías que tienen que ver con el futuro tratan directa o indirectamente con la misión y obra de Jesús.

 

2. El Reino de Dios: tema central de la profecía

El enfoque profético de la misión de Jesucristo es el Reino de Dios. Durante su ministerio “Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios” (Lucas 8:1). Después de su resurrección volvió a sus apóstoles y “se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3).

El Reino de Dios es el tema central del mensaje de Cristo. Es más, casi toda la profecía bíblica está relacionada, de alguna manera, con la instauración del gobierno y la autoridad de Jesucristo sobre todas las naciones en el reino literal que él establecerá en la tierra. El profeta Daniel explicó que “el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido . . . desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44). En una de sus parábolas, Jesús se comparó a sí mismo con un “hombre noble [que] se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver” (Lucas 19:12).

En una visión, Daniel vio cómo recibirá Jesús ese reino: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días . . . Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Daniel 7:13-14).

El apóstol Juan nos dice que cuando suene la última de las siete trompetas proféticas, se proclamará un anuncio de victoria: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15). Jesús nos enseñó a orar así: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Lucas 11:2).

El regreso de Jesucristo para establecer el Reino de Dios marcará el principio del fin de los muchos males que amenazan la existencia misma de la humanidad. Este vibrante mensaje de esperanza es un tema esencial en los escritos de los profetas de Dios.

 

3. El objetivo final: la redención y salvación de la humanidad

Otro propósito de la profecía es instar al arrepentimiento y ofrecerle a todo el mundo el perdón de sus pecados por medio del sufrimiento y muerte de Jesucristo. En las profecías de la Biblia impera el deseo de conducir a todas las personas al arrepentimiento. Jesús mismo dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46-47).

Por medio del profeta Isaías, Dios revela el problema fundamental que necesita resolverse: “Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Isaías 29:13). Dios dice que, por naturaleza, tenemos un “corazón de piedra”; es decir, una actitud indoblegable ante Dios y ante sus leyes y enseñanzas. Esta dureza de corazón nos hace llevar una vida de egoísmo, codicia, envidia y odio, lo cual nos acerca cada vez más al borde de la destrucción.

No obstante, la profecía bíblica nos revela cómo Dios resolverá finalmente este problema: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27).

La profecía explica el plan que Dios tiene para efectuar este cambio fundamental de corazón —conocido como arrepentimiento y conversión— en todas las personas y resolver de raíz los problemas que amenazan con destruirnos. Hasta ahora sólo unos pocos se han arrepentido y han permitido que sus corazones sean convertidos por el poder del Espíritu de Dios. Según la profecía, en el futuro Dios conducirá al resto de la humanidad al arrepentimiento y a este cambio de corazón.

Para entender mejor la profecía, debemos tener en cuenta que, aunque Dios la inspiró para beneficio de todo el mundo, tanto en sus aspectos que ya se cumplieron como en sus aspectos que aún están por cumplirse, los corazones de la gran mayoría de las personas no han cambiado. Sus actitudes y acciones son las de un “corazón de piedra” (Ezequiel 36:26; Romanos 8:7). Si queremos entender el trato de Dios para con la humanidad, no debemos olvidar este hecho.

La Biblia compara la relación de Dios con la humanidad a la de un padre con sus hijos. Los hijos a menudo desobedecen a sus padres y se rebelan contra ellos; optan por acciones que decepcionan a sus padres y en ocasiones incluso los hacen enojar. Pero eso no disminuye la paciencia, esperanza y amor de los padres para con sus hijos. El tener presente esta perspectiva nos ayuda a entender las profecías de Dios, nuestro Padre celestial, quien se relaciona con nosotros como sus hijos.

 

4. Casi no se dan fechas específicas

La profecía bíblica analiza el pasado y proporciona una perspectiva del futuro (Isaías 46:9-10). A menudo revela acontecimientos específicos, pero rara vez revela el tiempo exacto de ellos.

Es muy natural que queramos saber cómo y cuándo se cumplirán las profecías, y los discípulos de Jesús no fueron la excepción. Cuando él se les apareció después de su resurrección, le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” Él les contestó: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hechos 1:6-7). El principio que aquí se enuncia es válido para la mayoría de las profecías. Dios rara vez revela el tiempo específico de su cumplimiento; por lo tanto, casi nunca tienen éxito los que pretenden identificar las fechas específicas del cumplimiento de profecías sin fecha.

Debemos creer lo que Jesús dijo. No es el propósito de Dios que sepamos el tiempo exacto del cumplimiento de la mayoría de las profecías. Él quiere que reconozcamos las muchas profecías que ya se han cumplido, porque su cumplimiento nos asegura que las promesas de Dios son fieles y verdaderas.

En otra ocasión, los discípulos de Jesús le preguntaron: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas . . . ?” (Mateo 24:3). Querían saber cómo podían reconocer la inminencia de su venida, cuando tocara a su fin el mundo presente, esta era que se encuentra bajo el dominio y la influencia de Satanás.

Jesús no les dio una fecha específica. En los versículos siguientes les explicó que habría guerras, hambres, pestes y terremotos devastadores; pero les advirtió que tan horrendos acontecimientos no significarían el fin de esta era, “porque es necesario que todo esto acontezca —les dijo—, pero aún no es el fin” (v. 6). Tan enormes desastres serán apenas el “principio de dolores” (v. 8).

Cuando sus discípulos le pidieron una señal que les indicara el tiempo aproximado de su retorno, Jesús no les dio tal señal. En cambio, hizo hincapié en la necesidad de poner cuidado, de estar espiritualmente alerta y en guardia, para no ser engañados (v. 4).

Aunque Jesús y los apóstoles dejaron en claro que los cristianos pueden y deben vigilar los acontecimientos que indiquen que su venida está cerca (Lucas 21:28-31; 1 Tesalonicenses 5:4-6), en ninguna parte de la Biblia se menciona fecha alguna para la segunda venida de Cristo o para los acontecimientos relacionados con ella.

 

5. La dualidad en la Biblia

A veces las declaraciones proféticas no se limitan a un solo cumplimiento; este principio se llama dualidad. Un ejemplo típico de la dualidad es la primera venida de Cristo para expiar nuestros pecados y su segunda venida para gobernar como Rey de reyes.

También en la Biblia se habla de los descendientes de alguien como su “simiente”. En algunos pasajes, el vocablo simiente implica tanto un solo individuo (Jesucristo) como múltiples descendientes (gente de descendencia israelita).

La dualidad temática es común en las Escrituras. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribió que “fue hecho el primer hombre Adán alma viviente” y “el postrer Adán, [Jesucristo, fue hecho] espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45). Pablo señaló que la circuncisión física era señal del pacto que Dios había hecho con la descendencia de Abraham, pero Dios definió la circuncisión espiritual —un corazón convertido— como la verdadera clave para la relación de un ser humano con Dios (Romanos 2:27-28; Deuteronomio 10:16; Jeremías 4:4). Pablo escribió que el verdadero pueblo de Dios no es una raza de gente físicamente circuncisa; más bien, el “Israel de Dios” son los que siendo espiritualmente circuncisos, son “una nueva creación” (Gálatas 6:15-16). Son éstos los que forman la Iglesia de Dios.

Jesús hizo alusión de manera específica a la aplicación dual de algunas profecías. Cuando le preguntaron acerca de la profecía de “Elías”, a quien Dios habrá de enviar “antes que venga el día del Eterno” (Malaquías 4:5), él respondió: “A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino. . .” (Mateo 17:11-12). Los discípulos entendieron que el “Elías” que ya había venido era Juan el Bautista (v. 13). Pero la declaración de Jesús claramente implica que otro “Elías” vendrá antes de su segunda venida para anunciar su regreso así como Juan el Bautista precedió la primera venida de Cristo.

Otra profecía que tiene una aplicación dual es la que Jesús dio en el monte de los Olivos (Mateo 24; Marcos 13; Lucas 21), que domina la ciudad de Jerusalén. Muchas de las condiciones que se describen en esta profecía llegaron a existir en los días anteriores al sitio y destrucción de Jerusalén llevados a cabo por los romanos en el año 70 de nuestra era. Pero Jesús dejó en claro que poco antes de su regreso prevalecerían condiciones similares.

En la profecía del monte de los Olivos, Jesús habló de una “abominación desoladora”. En el año 167 a.C. Antíoco Epífanes cumplió la profecía de Daniel acerca de la abominación desoladora, pero Jesús predijo un acontecimiento futuro similar (ver el Apéndice II, titulado “La futura ‘abominación desoladora’”, p. 82).

Debemos examinar cuidadosamente el contexto de las profecías para entender su significado y discernir si en algún aspecto la profecía quedó incompleta después de su primer cumplimiento. Asimismo, debemos evitar aplicar el principio de dualidad a pasajes que no admiten tal interpretación. Debemos tener mucho cuidado para discernir correctamente si el principio de dualidad se aplica a la profecía que estemos estudiando.

También debemos entender que casi todas las interpretaciones del cumplimiento futuro de las profecías son en cierto grado especulativas, y en muchos casos sólo podremos reconocer el cumplimiento de una profecía cuando esté a punto de cumplirse o cuando ya haya sucedido.

 

6. El principio de causa y efecto

Otro principio fundamental que se aplica a la profecía bíblica es la correlación de causas y efectos. En muchos casos, el principio de causa y efecto es implícito en la predicción de los acontecimientos futuros. La naturaleza humana es muy previsible, especialmente para Dios, quien nos hizo y sabe cómo pensamos. Por consiguiente, él puede predecir las tendencias generales, y los resultados desastrosos, basado en su conocimiento de causa y efecto. Dicho de otra manera, Dios permite que la gente coseche, individual y colectivamente, lo que siembra (Gálatas 6:7-8). Él hace esto para nuestro beneficio a largo plazo.

Muchas de las calamidades que le sobrevienen a la gente son consecuencia de sus propios pecados y de las actitudes hostiles de los unos hacia los otros. El profeta Jeremías expresó adecuadamente este principio: “Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán. . .” (Jeremías 2:19). Sin embargo, Dios algunas veces ejerce control sobre las consecuencias de las actividades y conflictos humanos para lograr sus objetivos finales. En ocasiones él interviene en forma dramática para alterar el curso de la historia. Su intervención, que puede incluir castigos personales y colectivos, tiene como fin realizar un propósito mayor.

Dios mencionó el principio de causa y efecto cuando dio su ley al antiguo Israel. Él inspiró a Moisés para que advirtiera a Israel: “Cuídate de no olvidarte del Eterno tu Dios, para cumplir sus mandamientos . . . [para que no] se enorgullezca tu corazón . . . y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza . . . Mas si llegares a olvidarte del Eterno tu Dios . . . de cierto pereceréis. Como las naciones que el Eterno destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz del Eterno vuestro Dios” (Deuteronomio 8:11-20).

Aquí Dios le dijo al pueblo de Israel que ellos mismos determinarían su futuro con las decisiones que tomaran. Esto era profecía, pero profecía condicionada a las decisiones de la gente. Si los israelitas decidían obedecer a Dios y reconocer que todas las bendiciones venían de él, recibirían su favor y su protección. Pero si ellos se olvidaban de Dios y lo desobedecían, entonces sufrirían las consecuencias que se acarrea toda la gente desobediente.

Como podemos leer en Levítico 26 y Deuteronomio 28, Dios presentó ejemplos de las bendiciones que les da a los que fielmente lo obedecen. También enumeró las consecuencias devastadoras que les sobrevienen si volviéndole la espalda deciden desobedecerlo.

Si examinamos cuidadosamente estos dos capítulos entenderemos más claramente el principio de causa y efecto en lo que se refiere a las profecías bíblicas. Estos pasajes enumeran muchas de las bendiciones que Dios da por la obediencia y los castigos que da por la desobediencia, y establecen la base para la mayoría de las acusaciones posteriores y castigos proféticos que Dios ha pronunciado sobre Israel y otros pueblos.

El principio fundamental es sencillo: Tarde o temprano Dios reacciona al comportamiento humano. Por consiguiente, todos los pueblos determinan en gran parte su futuro por la manera en que responden a Dios y sus preceptos. El rey David notó esto cuando escribió: “Se hundieron las naciones en el hoyo que hicieron; en la red que escondieron fue tomado su pie” (Salmos 9:15). Una vez que comprendemos que la respuesta de Dios a la gente se basa en el principio de causa y efecto (bendiciones por la obediencia y calamidades por la desobediencia), desaparecen muchos de los misterios y conceptos erróneos acerca de la profecía bíblica. Por lo tanto, otros aspectos de ésta se vuelven más fáciles de comprender.

 

7. El contexto histórico de la profecía

La profecía no se da ni se cumple fuera de un contexto histórico. La profecía analiza actitudes y comportamiento —pasados, presentes y futuros— y revela la perspectiva y las reacciones de Dios. No podemos entender correctamente la profecía bíblica sin un conocimiento del contexto histórico de la época y de la sociedad en que vivía el profeta que la dio.

La Biblia revela el origen del género humano y sus divisiones étnicas (Hechos 17:24-26; Deuteronomio 32:7-8). Relata el ascenso y la caída de los imperios y revela las razones de su éxito y su decadencia. Explica el origen del pecado y el efecto que ha tenido en la historia del hombre. Estos factores constituyen el contexto histórico y son esenciales para poder entender la profecía.

Los libros proféticos tales como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel contienen muchos datos históricos y un análisis de las condiciones de la época en que fueron escritos. Contienen instrucción, corrección, advertencias y súplicas de cambio. Presentan opciones, y algunas veces explican de manera vívida las consecuencias de dichas opciones.

La profecía, por cuanto refleja la perspectiva de Dios de largo alcance, no puede entenderse si no se tiene en cuenta su contexto histórico. Para tener una perspectiva bíblica correcta del mundo es necesario entender la perspectiva que Dios tiene de la historia y cómo él influye en ella.

Necesitamos reconocer que Dios interviene en los asuntos del hombre para cumplir su propósito. Pero es igualmente importante que entendamos su perspectiva. Esto coloca a la profecía en su contexto apropiado.

Una profecía considerada fuera de su contexto es fácil de malentender. Esta es la razón por la que ha habido tantas interpretaciones erróneas, e incluso irracionales, de la profecía bíblica.

 

8. Una era satánica

Otra clave para entender la profecía bíblica consiste en comprender el papel que desempeña Satanás el diablo y la influencia que ejerce en el ámbito humano. Su dominio es tan férreo que el apóstol Pablo lo llama “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4). Si queremos entender la profecía bíblica, es necesario que tengamos en cuenta la penetrante influencia de Satanás.

La Biblia contrasta “este siglo” del gobierno de Satanás con “el [siglo] venidero” (Mateo 12:32; Efesios 1:21). Los cristianos tienen que luchar “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). El apóstol Juan nos dice que Satanás “engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9) y que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19).

Antes de que Dios creara los cielos y la tierra, hizo los ángeles. Uno de estos poderosos seres espirituales decidió convertirse en enemigo de Dios y por consiguiente su nombre fue cambiado a Satanás, que significa “adversario”. En Apocalipsis 12:4 se nos hace ver que Satanás (también llamado “el gran dragón”, v. 9) arrastró en su rebelión la tercera parte de los ángeles. Los ángeles que lo siguieron se conocen como demonios, los cuales forman las “huestes espirituales de maldad” de las que nos advierte Pablo en Efesios 6:12.

El “siglo venidero” (Marcos 10:30; Lucas 18:30) estará completamente libre de la influencia de Satanás. Dios le permitió al apóstol Juan ver en visión “al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”, cuando Dios lo hizo prender y atar por mil años “para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años” (Apocalipsis 20:2-3).

El retorno de Jesucristo y el encarcelamiento de Satanás darán inicio al profetizado siglo venidero, en el cual “los reinos del mundo [vendrán] a ser de nuestro Señor y de su Cristo” (Apocalipsis 11:15).

Con el diablo atado, el mundo por fin experimentará la paz bajo el gobierno de Cristo: “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del Eterno de los ejércitos hará esto” (Isaías 9:7).

 

9. El asombroso potencial humano

Cuando Dios creó al hombre le dio dominio sobre su creación, para supervisar todo lo que él había hecho: “Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:27-28).

Finalmente, Dios agrandará ese dominio en forma casi inconcebible: “¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Hebreos 2:6-8).

Por sorprendente que parezca, Dios desea poner todo lo que ha creado bajo nuestro control, para que lo administremos en armonía con su voluntad. Sin embargo, en nuestra condición humana actual eso es imposible. Pero recordemos que también Jesucristo fue un ser humano; él estuvo una vez en la carne, así como nosotros. En la actualidad, él participa de todo el poder del universo con nuestro Padre celestial (Mateo 28:18). (Si desea mayor información acerca del futuro que Dios tiene planeado para todos los que fielmente le sirvan, por favor no deje de solicitar un ejemplar del folleto titulado Nuestro asombroso potencial humano. Se lo enviaremos sin costo alguno para usted.)

Llegará el tiempo en que Cristo compartirá su autoridad con todos los que sean hechos hijos inmortales de Dios. Él nos promete: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).

Nuestro Padre celestial también nos dice: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Apocalipsis 21:7). Este es el futuro que Dios le promete a todo aquel que le rinda a él su voluntad.

Para poder entender la profecía, debemos familiarizarnos con estos principios bíblicos. Ahora, consideremos las promesas de Dios y los pactos en los cuales se basa toda la profecía.

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