Más allá del Milenio

Después de su regreso a la tierra, Jesucristo transformará al mundo con la ayuda de sus fieles siervos ya convertidos en seres espirituales.

Hemos visto que después de su regreso a la tierra, Jesucristo transformará al mundo con la ayuda de sus fieles siervos ya convertidos en seres espirituales. Pero aun después de este reinado de mil años de paz y prosperidad, quedará mucho trabajo importante por realizar.

Jesús habló de un tiempo en que la gente de todas las naciones se reunirá ante él. ¿Para qué? Para que él pueda apartar “los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos” (Mateo 25:32).

Notemos la naturaleza y el resultado de esta separación: “Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo . . . Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles . . . E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (vv. 33-34, 41, 46).

¿Cómo sucederá esto? ¿Quiénes tendrán parte en este juicio? Notemos cómo llevará a cabo Jesús la separación de los malos y los justos. Al principio de su reinado él empezará a juzgar entre las naciones, enseñándoles a volverse de la maldad a la justicia (Isaías 2:4).

 

Satanás será desatado por un poco de tiempo

La Escritura nos dice también que al principio del reinado de Cristo un ángel prenderá “al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo [atará] . . . hasta que [sean] cumplidos mil años”. Sin embargo, este no es el final del papel de Satanás en los asuntos humanos, porque “después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo” (Apocalipsis 20:2-3).

Veamos lo que sucederá al final del Milenio: “Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre. . .” (vv. 7-10).

¿Por qué Dios va a soltar a Satanás para que seduzca de nuevo a la gente después de los mil años del maravilloso reinado de Jesucristo? Aunque no se da ninguna explicación específica, parece ser evidente que hay una razón lógica para este giro de acontecimientos.

Durante el Milenio la humanidad tendrá la posibilidad de escoger un solo camino de vida, el que Cristo les va a enseñar. Muchas generaciones vivirán sin haber sido expuestas jamás a ningún otro modo de vida. No obstante, desde el principio Dios siempre les ha permitido a los seres humanos escoger entre el bien y el mal (Deuteronomio 30:19). Sería un error creer que ninguna persona nacida durante el Milenio jamás escogería los caminos de Satanás si tuviera la oportunidad de hacerlo.

Por los acontecimientos descritos en Apocalipsis 20 podemos ver que Dios permitirá que muchas personas que vivan durante esa era tengan la posibilidad de escoger. También es razonable creer que algunas de ellas responderán a la intriga de Satanás y optarán por seguir sus caminos de egoísmo y rebelión por encima de los caminos de Dios de amor y colaboración.

El número de personas que tomará esta decisión será suficiente para formar un gran ejército: “Subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió” (Apocalipsis 20:9).

Dios siempre ha probado a su pueblo para ver qué hay en sus corazones (Deuteronomio 8:2; 1 Tesalonicenses 2:4; Hebreos 11:17). No debemos suponer que los que vivan durante el Milenio no van a ser probados. Sin duda, todos los que vivan durante ese período tendrán alguna forma de probar si serán fieles a Dios y sus caminos. Sin embargo, el único ejemplo que nos ha sido revelado es que al final de ese período Dios soltará a Satanás por un poco de tiempo.

Una vez que esta prueba haya terminado, Satanás nunca más podrá engañar a nadie.

 

Una gran resurrección general

Luego empezará el juicio más grande de todos. Como leímos antes, al regreso de Cristo serán resucitados únicamente sus siervos fieles. La profecía revela que “los otros muertos no [volverán] a vivir hasta que se [cumplan] mil años” (Apocalipsis 20:5). Esto quiere decir que después del Milenio ¡habrá otra resurrección!

La magnitud de este acontecimiento es difícil de expresar, y su significado es verdaderamente maravilloso. ¿Qué sucederá con los miles de millones de personas que vivieron alguna vez pero no tuvieron la oportunidad de recibir la salvación?

En este tiempo de juicio, a todos aquellos que vivieron desde el tiempo de Adán hasta la segunda venida de Cristo y que no heredaron la vida eterna en la primera resurrección, se les dará la misma oportunidad de salvación que les fue dada a unos cuantos de sus contemporáneos y a todos los que vivieron durante el Milenio. ¡Todos ellos serán resucitados y por primera vez tendrán la maravillosa oportunidad de conocer a Dios!

Primeramente, notemos la descripción de esta resurrección: “Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. . .” (v. 11).

Entonces el apóstol Juan ve una asombrosa visión: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (v. 12).

Esta es la resurrección de “los otros muertos” mencionados en el versículo 5. En su visión Juan los ve de pie ante el trono de Dios.

¿Qué significa esto? Debemos dejar que la Biblia se explique a sí misma. Pero primero necesitamos entender la implicación de ciertas palabras y expresiones cruciales.

La palabra juicio no implica necesariamente una sentencia de muerte; se puede referir también a una absolución, la determinación de que una persona no debe ser castigada. El juicio es simplemente un proceso para decidir quién ha de recibir un castigo y quién ha de recibir una recompensa. El juicio descrito en Apocalipsis 20 es precisamente eso: una separación de los malos y los justos. Algunos serán castigados, pero muchos más tendrán la bendición de que sus nombres sean escritos en el libro de la vida.

¿Cuál es el criterio para este juicio? Existen dos factores. Estas personas son juzgadas “por las cosas que estaban escritas en los libros” y “según sus obras” (v. 12). La palabra libros en este contexto se refiere a los libros de las Sagradas Escrituras, la Biblia. Las personas que vuelven a la vida en esta resurrección son juzgadas de acuerdo con el criterio bíblico de justicia.

Ahora bien, ¿cuáles de sus obras deben ser juzgadas? Es importante entender esto.

La razón por la que estas personas no resucitan en la primera resurrección es porque no están entre las primicias, que son los primeros en ser llamados y juzgados dignos de recibir la vida eterna en esa primera resurrección. Dios decidió no llamarlos a salvación en la era presente del hombre. Es importante tener en cuenta que el apóstol Pedro dijo que el don del Espíritu Santo (y por ende la salvación) estaría disponible “para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39; ver también Juan 6:44). Si bien este es el tiempo de salvación para los que Dios ha llamado (2 Corintios 6:2), no es el único tiempo en el que los seres humanos puedan recibir la salvación.

En la mayoría de los casos, las obras pasadas de estas personas contarán en su contra. Pero en otros pasajes de la Biblia se explica que ellos no serán juzgados sólo con base en su comportamiento pasado. Cuando resuciten, se les dará la oportunidad y el tiempo necesario para arrepentirse de su modo de vida pecaminoso y demostrar su buena disposición de obedecer a Dios. Al fin y al cabo, en su gran mayoría estos miles de millones de hombres, mujeres y niños resucitados nunca antes habrán conocido al Dios verdadero ni habrán oído de Jesucristo y la Biblia.

 

La resurrección a juicio

Jesús declaró que los de su generación resucitarían junto con la gente de otras épocas y otras naciones: “La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar” (Mateo 12:42).

Notemos lo que Jesús dijo: que “la reina del Sur” —mejor conocida como la reina de Sabá, quien vivió casi mil años antes, en el tiempo de Salomón— ¡será resucitada con aquellos que escucharon la predicación de Jesús en su día!

“Y tú, Capernaum . . . si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti” (Mateo 11:23-24). Aquí Jesús dice que aquellos que vivieron en Sodoma —que fueron destruidos por su notoria depravación casi 2.000 años antes— estarán más dispuestos a reconocer y obedecer a Dios “en el día del juicio” que los propios contemporáneos de Jesús.

Este será un tiempo verdaderamente extraordinario, cuando gentes de todas las épocas y naciones serán resucitadas y tendrán la oportunidad, por vez primera, de aprender la verdad de Dios. Al contrario de la creencia religiosa común de que la gente que nunca oyó hablar de Cristo va al infierno o al purgatorio al morir, la Biblia revela que todos tendrán su oportunidad para decidir por sí mismos si quieren o no aprender los caminos de Dios, arrepentirse de sus pecados y recibir el don divino de la vida eterna.

 

Detalles de esta gran resurrección

¿Qué sucederá cuando todas estas multitudes vuelvan a la vida para participar en este período de juicio? El profeta Ezequiel nos da la respuesta. En una visión, él ve un enorme valle lleno de huesos secos, los restos de muchas personas muertas desde hace largo tiempo (Ezequiel 37:1-2). Se le dice lo siguiente: “Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí, ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos” (v. 11).

Como la mayoría de las personas, ellos probablemente creyeron que cuando un pecador muere, pierde toda esperanza. Por medio de la asombrosa visión de Ezequiel, Dios corrige este concepto falso.

He aquí lo que Dios revela con respecto a este enorme número de personas que murió sin haberse arrepentido: “He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy el Eterno, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y . . . sabréis que yo el Eterno hablé, y lo hice, dice el Eterno” (vv. 12-14).

Dios resucitará a estas multitudes, no con el propósito de condenarlas o destruirlas, sino para que vivan y puedan recibir su Espíritu y heredar la vida eterna. Recordemos que “Dios nuestro Salvador . . . quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:3-4).

Esta resurrección hará posible que se cumpla el ferviente deseo de Dios. Abrirá la puerta de tal modo que toda la gente que haya vivido alguna vez tenga la oportunidad de aprender la verdad y de arrepentirse, para poder recibir el Espíritu de Dios y ser salvos. Esto significa que ese juicio se llevará a cabo durante un período lo suficientemente largo como para permitir que los resucitados aprendan los caminos de Dios y cambien su modo de vivir, un tiempo suficiente para que muestren frutos del arrepentimiento y confirmen su fidelidad a Dios.

Desde luego, Dios es paciente; también es misericordioso. Es por eso que el apóstol Pedro nos dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Según su plan maestro de salvación, Dios ha programado un tiempo y una oportunidad de arrepentimiento para todos.

 

El juicio de Dios es completo

Cualquier tiempo de juicio implica la necesidad de examinar y de tomar decisiones. En este período de juicio, Dios apartará los inicuos de los justos y destruirá a los inicuos para siempre: “. . . fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades [el sepulcro] fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:13-15).

A diferencia de aquellos que son resucitados a la inmortalidad en la primera resurrección (v. 6; 1 Corintios 15:50-53), las personas que participan en esta resurrección están compuestas de carne y hueso (Ezequiel 37:4-10). Son mortales y reciben vida temporal para que tengan la oportunidad de aprender, arrepentirse y escoger el camino de vida de Dios. Tienen la posibilidad de sufrir “la muerte segunda”, y algunos todavía rehusarán arrepentirse y someterse a Dios.

Veamos quiénes, según la inspirada Palabra de Dios, sufrirán la segunda muerte en el lago de fuego: “Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).

La segunda muerte será destrucción completa, de la cual no habrá resurrección. Como Jesús mismo explicó, todos los que no se arrepientan perecerán (Lucas 13:2-5). El profeta Malaquías explica lo que sucederá en esta destrucción: “He aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho el Eterno de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama” (Malaquías 4:1).

Aun en esto, Dios es misericordioso. En lugar de permitir que algunos continúen viviendo una vida de pecado y rebelión, que únicamente les traería sufrimiento y angustia a sí mismos y a otros, Dios simplemente eliminará toda fuente posible de sufrimiento. Aquellos que se nieguen a arrepentirse y a escoger la vida eterna, serán destruidos completamente, reducidos a cenizas (v. 3). Este es un destino mucho más misericordioso y amoroso que el representado por el concepto común, pero erróneo, según el cual los impenitentes son atormentados eternamente en las llamas del infierno. (Si a usted le interesa saber más acerca de esta verdad bíblica, por favor solicítenos el folleto titulado ¿Qué sucede después de la muerte?)

 

Cielo nuevo y tierra nueva

Pero la visión del apóstol Juan no termina con el lago de fuego: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron. . .” (Apocalipsis 21:1). Los dos últimos capítulos del Apocalipsis nos presentan la visión que tuvo Juan de una maravillosa renovación del cielo y de la tierra. Se nos dice que en la tierra nueva “el mar ya no existía más” (mismo versículo); es decir, que en la tierra nueva ya no habrá necesidad de los océanos, tan indispensables ahora para la supervivencia de la vida física.

¿Quiénes heredarán este cielo nuevo y tierra nueva? Juan cita la respuesta que Dios nos da: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (v. 7).

Estos hijos de Dios serán “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17); serán semejantes a Jesucristo (1 Juan 3:1-2) y heredarán con él ese cielo nuevo y esa tierra nueva.

Como explica el apóstol Pablo, “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” cuando heredemos “todas las cosas” (Romanos 8:18; Apocalipsis 21:7).

Esta herencia prometida viene a ser posible por medio de Jesucristo, “por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten”, quien desempeña el papel central de “llevar muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10).

Pablo comenta sobre la gloria que podemos heredar: “Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. . .” (1 Corintios 15:41-44).

Los pobladores del cielo nuevo y la tierra nueva serán los hijos de Dios, quienes habrán sido transformados milagrosamente en seres inmortales compuestos de espíritu (vv. 51-54).

 

La familia eterna de Dios

La siguiente cosa que el apóstol Juan ve en su visión es una ciudad, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo como una dádiva de Dios. La ciudad se describe como “una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:2), descripción que hace hincapié en la relación de sus habitantes. Representa el grupo familiar o la comunidad de los hijos de Dios. El esposo, o prometido, es Jesús (Mateo 25:1), que es “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).

Dios mismo habita entre ellos: “Oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3). Esta comunidad es la familia de Dios.

Los residentes de esta ciudad son el verdadero “Israel de Dios” (Gálatas 6:16). La nueva Jerusalén tiene “un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel” (Apocalipsis 21:12). En otras palabras, ellos son los descendientes espirituales de Abraham, “y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29; ver también Romanos 4:11-12). Porque “por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia . . . Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:8-10).

Las enormes dimensiones de la ciudad nos hacen ver el impresionante éxito que Jesucristo tendrá en traer al arrepentimiento y a la salvación a la gran mayoría de las personas que han vivido a lo largo de la historia. “La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios [2.500 kilómetros]; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales” (Apocalipsis 21:16).

Dios nos revela que el número de personas que se van a arrepentir y van a recibir la vida eterna será como la arena del mar y las estrellas del cielo: más allá de la capacidad natural de cualquier ser humano para contarlas. Esta es la bendición que Dios le prometió a Abraham (Génesis 22:17).

La visión que el apóstol Juan tuvo de esta majestuosa ciudad nos permite visualizar la magnitud de la familia que Dios está creando. Dios morará en medio de esta ciudad con sus hijos inmortales.

 

Otro huerto del Edén

El relato bíblico acerca del hombre empieza en un huerto en Edén, en la confluencia de cuatro ríos. Dios puso el árbol de vida en medio del huerto, y también el árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2:8-15). Satanás, el archiengañador, persuadió primero a Eva a pecar, y después Adán se unió a ella y pecó también. En su rebelión contra el mandamiento de Dios, Adán y Eva decidieron tomar del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, una mezcla mortal que le ha traído sufrimiento y angustia a la humanidad desde entonces (Génesis 3:1-6).

El capítulo final del relato de los designios de Dios termina con una descripción de otro huerto, el cual circunda el trono de Dios, del cual fluye un río de “agua de vida”. “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida. . .” (Apocalipsis 22:1-2).

Los frutos en este paraíso son buenos: “No habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán” (v. 3).

 

Podemos conocer el futuro

Al principio de este folleto planteamos una pregunta: ¿Acaso tenemos que permanecer ignorantes acerca de lo que nos depara el futuro? Ahora podemos ver que Dios nos da un cuadro claro de nuestro potencial como seres hechos a su imagen. Pero la decisión es nuestra. Debemos decidir si vamos a dejar los caminos de Satanás y del presente mundo malo (representados en el huerto del Edén por el árbol de la ciencia del bien y del mal), para volvernos a los caminos justos de Dios (representados por el árbol de la vida).

Prestemos atención a las palabras con las que Jesús termina la visión del cielo nuevo y la tierra nueva: “Estas palabras son fieles y verdaderas . . . ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Apocalipsis 22:6-7).

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