La Iglesia de Dios en la actualidad

Si desea encontrar al verdadero “pueblo de Dios” —la Iglesia que edificó Jesucristo— necesita conocer las características lo identifican.

“Por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:20-21).

Jesús le prometió a su Iglesia que “las puertas del Hades”, el sepulcro, no prevalecerían contra ella. La Iglesia de Dios nunca moriría; sobreviviría a todos los intentos que se hicieran para destruirla.

¿Cómo puede usted encontrar esa Iglesia verdadera, la que Jesús edificó? ¿Cómo puede usted identificar al pueblo especial de Dios en medio de la gran variedad de sectas religiosas que se conocen como el cristianismo? ¿Qué es lo que distingue a esta gente especial de aquellos a quienes Jesucristo dijo: “Nunca os conocí” (Mateo 7:23)?

Para contestar estas preguntas necesitamos entender una lección muy importante que Jesús enseñó en una de sus parábolas.

La lección de un recaudador de impuestos

Para poder reconocer qué es lo que distingue a los verdaderos siervos de Dios de aquellos que miden su fe por sus propios conceptos o tradiciones, debemos mirar más allá de las apariencias. En su parábola acerca del fariseo y el publicano (recaudador de impuestos), Jesús nos muestra cómo discernir las cosas que a Dios le agradan, las cuales son muy distintas de las que suelen impresionar a la gente (Lucas 18:9-14).

En esta parábola el ejemplo del fariseo es impresionante. Él parecía ser un modelo de piedad, alguien que todo lo hacía bien. Pagaba diezmos fielmente y despreciaba la injusticia y la inmoralidad; ayunaba y oraba en forma regular y frecuente. Además, el agradecerle a Dios su propia justicia implicaba que el fariseo estaba convencido de que su comportamiento religioso le era grato a Dios. Se consideraba a sí mismo como un hombre justo, y de seguro también impresionaba a otros con su aparente justicia.

En cambio, el recaudador de impuestos se veía a sí mismo de manera muy diferente, y su reputación era muy distinta. Cualquiera hubiera sospechado que él era corrupto, dado a la codicia y a los sobornos. Difícilmente alguien hubiera confiado en él; la mayoría de la gente hubiera huido de él como de la peste.

No obstante, en esta parábola ¿quién era el que realmente le agradaba a Dios? El recaudador de impuestos estaba sinceramente arrepentido y reconocía cuán insignificante era ante Dios. Veía su pasado tal cual había sido. No trataba de ocultar sus pecados, sino que pedía humildemente ser perdonado. En su vida estaba ocurriendo una transformación espiritual. En cierta forma, mostraba una actitud semejante a la de Jesús, quien dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Pero el fariseo, creyendo confiadamente que era un verdadero siervo de Dios, permanecía ciego a su propia condición espiritual. Creía que tenía una buena relación con Dios y estaba convencido de que lo estaba complaciendo. Pero no comprendía lo que era el arrepentimiento y la justicia verdaderos. Se contaba entre aquellos “que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros” (Lucas 18:9).

Si a usted le hubieran pedido que decidiera entre el fariseo y el recaudador de impuestos quién era el que en verdad le agradaba a Dios, ¿podría haberlo discernido correctamente? ¿O se habría usted dejado impresionar por la aparente justicia del fariseo debido a que parecía ser un ejemplo sobresaliente de la espiritualidad, miembro de uno de los grupos religiosos más prestigiosos de ese tiempo?

Debemos estar conscientes de que Dios ve a la gente de una manera muy diferente de como nosotros la vemos. Nosotros podemos ver el exterior, pero Dios ve dentro de las personas: “El Eterno no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Eterno mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Cómo fue engañado Pablo

El apóstol Pablo es un ejemplo clásico de alguien que aprendió lecciones muy valiosas por medio de las cosas que experimentó. Había sido fariseo, miembro de una de las sectas judías más estrictas de su tiempo. Era sincero en sus creencias y costumbres. Él mismo resumió su celo y adhesión a los preceptos que había aprendido como fariseo: “Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6).

Pablo explicó la razón por la que había tenido esa ceguera espiritual: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:1-3).

Este es un problema muy generalizado. Pablo persiguió a la Iglesia de Dios por razón de su ceguera espiritual y su propio concepto de la justicia. Más adelante, reconociendo su error, dijo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad” (1 Timoteo 1:12-13).

Pablo era un fariseo sincero, pero estaba sinceramente equivocado. Después de que Dios le abrió el entendimiento, pudo ver claramente cuán equivocado estaba.

La condición del cristianismo

Muchos de los que siguen la corriente del cristianismo tradicional se parecen mucho a Pablo antes de que Dios lo guiara al arrepentimiento. Son sinceros pero no entienden lo que es la verdadera justicia de Dios. Y como el fariseo de la parábola de Jesús, no se les ocurre que puedan estar equivocados. Habiendo sido engañados por un evangelio falso, no obedecen la ley de Dios, pero están sinceramente convencidos de que siguen a Cristo.

Al igual que el apóstol Pablo antes de que lo llamara Dios, no reconocen el pecado que hay en ellos mismos. Debido a su falta de entendimiento, ni siquiera saben lo que es el pecado realmente. Si se les pide la definición bíblica del pecado, la mayoría no tiene idea de cómo ni dónde define Dios el pecado en la Biblia.

Lo mismo que hicieron sus predecesores, ellos también siguen los mandamientos o tradiciones de hombres en lugar de los mandamientos de Dios. Han sido cegados por la influencia de Satanás, la cual ha penetrado en todos los aspectos de nuestra sociedad.

Muchos son sinceros. Han aprendido algo sobre el propósito de la vida, muerte y resurrección de Cristo, por lo que pueden entender hasta cierto punto el plan de salvación para la humanidad. Muchos leen la Biblia y sinceramente quieren agradar a Dios. Pero, tristemente, lo mismo que Pablo antes de que Dios lo llamara, permanecen ciegos al significado real de lo que son el pecado, el arrepentimiento y la conversión.

¿Es acaso en vano el conocimiento y respeto que ellos tienen por la Biblia? En ninguna manera. Cuando Dios les abra los ojos a la verdad y voluntariamente reconozcan sus errores, entonces comprenderán lo que es el pecado y se arrepentirán.

La ventaja de conocer la Biblia

Cuando empezó la Iglesia de Dios en aquella Fiesta de Pentecostés (Hechos 2), se inició entre las únicas personas que conocían bien lo que entonces constituían las Sagradas Escrituras. El conocimiento de las mismas les fue de gran ventaja.

En una de sus epístolas el apóstol Pablo preguntó: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios” (Romanos 3:1-2). Aunque los israelitas del tiempo de Pablo tenían conceptos equivocados con respecto a muchas partes importantes de las Escrituras (como es el caso hoy en día entre mucha gente que se considera cristiana), la mayoría de ellos habían aprendido cuando menos las verdades elementales. Esa era su ventaja.

El conocimiento bíblico representa un beneficio para una persona, para una comunidad y para toda una nación. Todos los que conocen la Biblia han obtenido una ventaja, y los que ponen en práctica lo que de ella han aprendido tienen mayor ventaja aún.

Debido a que los compatriotas de Pablo habían adquirido un considerable conocimiento bíblico en sus casas y sinagogas, contaban con un fundamento sobre el cual podían edificar. Lo que habían aprendido les era un recurso valioso. Los gentiles, que no tenían conocimiento del Dios verdadero y de sus caminos, no tenían ese fundamento. No obstante, y para vergüenza de aquellos israelitas que conociendo la ley no la obedecían, algunos gentiles, a pesar de no tener el conocimiento correcto, tenían una clara actitud de obediencia voluntaria (Romanos 2:14-15).

Lo mismo sucede hoy en día con aquellos que creen que la Biblia es la Palabra de Dios pero piensan que ellos pueden escoger qué enseñanzas bíblicas son las que desean aplicar en sus vidas. Se les ha enseñado a pasar por alto algunos de los mandamientos de Dios y aceptar tradiciones humanas. Pero muchos de ellos tienen algún conocimiento de la Biblia, y eso es valioso.

Conocer la Biblia puede proporcionarles la misma ventaja que tenían los judíos del tiempo de Pablo. Pero para aprovechar esa ventaja, tienen que aprender a entender la Biblia correctamente y dejar que ésta sea su guía principal tanto en la creencia como en la práctica. Bajo la influencia de Satanás, el seudocristianismo ha engañado a muchos, mas sólo los que obedecen a Dios son su pueblo especial.

Analice su propio entendimiento

Quizá usted sea como los judíos de que habló Pablo. Quizá usted, aunque conoce la Biblia, ha empezado a entender sólo las enseñanzas básicas. Quizá apenas está aprendiendo acerca de la importancia de guardar los mandamientos de Dios, el arrepentimiento verdadero, el asombroso potencial del hombre, el Reino de Dios, el significado de la salvación y lo que es realmente la Iglesia de Dios.

Si usted ya conoce la Biblia, tiene una ventaja. Continúe estudiándola, aumentando con esmero lo que ya sabe y corrigiendo lo que no haya entendido bien. Si usted no ha estudiado la Biblia, le será de gran beneficio aprender lo que ésta enseña. Contiene el conocimiento fundamental para la salvación (2 Timoteo 3:15-17). (Para más ayuda no deje de solicitar nuestro folleto gratuito Cómo entender la Biblia.)

Pero sobre todo, permita que Dios lo corrija y lo guíe por medio de su Palabra escrita. Tenga la actitud de David: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmos 139:23-24).

Si usted desea encontrar al verdadero “pueblo de Dios” —-la Iglesia que edificó Jesucristo— necesita saber lo que está buscando. Necesita conocer las características que identifican al pueblo de Dios.

Por sus frutos los conocerá

Más que cualquier otra cosa, son los frutos lo que identifican al pueblo de Dios. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:20-21).

Usted seguramente querrá encontrar esas personas que son especiales para Dios porque hacen la voluntad del Padre. Según lo que dijo Jesús, esta obediencia es indispensable. Pero también señaló otra característica esencial del pueblo de Dios: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). El apóstol Pablo expresó el mismo concepto en otras palabras: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10).

Para Dios, el amor y la obediencia son inseparables: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). Los hijos de Dios no sólo hacen su voluntad, sino que la hacen “porque el amor de Dios ha sido derramado en [sus] corazones por el Espíritu Santo que [les] fue dado” (Romanos 5:5).

El Espíritu Santo hace que el amor de Dios, encauzado en su ley, fluya a través de los que le obedecen. Su ley define y dirige el amor, de manera que hacer algo en contra de la ley de Dios es hacer algo totalmente opuesto al amor. Por ejemplo, la mentira, el homicidio, el adulterio o el hurto quebrantan la ley de Dios. El cometer cualquiera de estas violaciones demuestra la falta de amor hacia Dios y hacia el prójimo.

¿Cuán importante es la relación entre el amor y la obediencia? Es la clave que distingue a los verdaderos hijos de Dios de los que están engañados por Satanás: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10).

El amar y el obrar son requisitos fundamentales e inseparables para los seguidores de Cristo. Uno de los apóstoles nos dice: “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:22-25).

Dios no acepta la simple alabanza de labios. Jesús dijo: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo 15:8). Dijo además: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35).

El corazón y la mente de los siervos de Dios son transformados por su Espíritu de manera que puedan obedecerlo. Se someten a él y lo obedecen voluntariamente. Servir a Dios es un modo de vivir, no un rito vano. Los verdaderos cristianos le creen a Dios y ponen por obra lo que han creído.

La prueba de su obediencia se hace claramente visible en los frutos de sus vidas. Realmente usted puede conocerlos “por sus frutos”, particularmente en los frutos del amor mutuo y de la obediencia a Dios. (Para una explicación más amplia del amor y la obediencia, puede solicitar nuestro el folleto gratuito Los Diez Mandamientos.)

Cómo definen el amor las leyes de Dios

Todo lo que Dios exige, y toda norma bíblica del buen vivir, se basa en dos principios fundamentales: amar a Dios y amar al prójimo.

En cierta ocasión se le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (Mateo 22:36). Respondiendo dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (vv. 37-40).

El pueblo de Dios entiende las Escrituras. Ellos saben que la creación y el propósito de la ley de Dios están basados en amar a Dios y amar al prójimo. Entienden que tratar a los demás como Dios lo manda es practicar el amor.

Dios, por medio de Moisés, le preguntó a Israel: “¿Qué pide el Eterno tu Dios de ti, sino que temas al Eterno tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas al Eterno tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos del Eterno y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?” (Deuteronomio 10:12-13). Esta no es más que una forma ampliada del primer y gran mandamiento que citó Jesús: Amar a Dios con todo el corazón, alma y mente. Notemos también que amar a Dios y obedecerlo son dos cosas inseparables. A Dios le demostramos nuestro amor obedeciendo sus leyes, las cuales nos dio para nuestro bien.

Leyendo los versículos 16 al 19 vemos una ampliación parecida del segundo gran mandamiento: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz. Porque el Eterno vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”.

El mensaje de Dios es sencillo, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Debido a que Dios es imparcial y ama a todos por igual, incluso a personas que no suelen ser muy apreciadas —extranjeros, huérfanos y viudas—, manda a sus seguidores que también ellos amen imparcialmente a todos, conforme a lo que él ordena en su ley.

Los convertidos y obedientes a Dios

En Apocalipsis 12:13 se nos presenta a la Iglesia como una mujer atacada por Satanás. El tiempo de esta profecía es poco antes del retorno de Cristo. “Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (v. 17).

Notemos que aquí se hace referencia a que la Iglesia obedece los mandamientos de Dios y conserva todas las enseñanzas de Cristo. Esto prueba que la Iglesia que edificó Jesucristo ha obedecido siempre los mandamientos de Dios y aún estará haciéndolo cuando Cristo retorne a la tierra.

Este pasaje deja muy claro que ninguna iglesia puede decir que conoce a Dios si no obedece sus mandamientos como él lo ordena. Esto también se confirma con lo que leemos en 1 Juan 2:3-6: “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso [pseustes en griego, que proviene de la misma raíz que el prefijo castellano seudo-], y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”.

La Iglesia está formada por gente obediente que se esfuerza por vivir “de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4) y seguir el ejemplo de Jesucristo. Son personas que diariamente acuden a Dios en oración, pidiéndole que les dé la fortaleza y la actitud que necesitan para complacerlo y crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 Pedro 3:18).

Los hijos de Dios están convertidos; saben que han recibido su Espíritu (Romanos 8:9). Entienden cómo y cuándo da Dios su Espíritu: que uno primero tiene que arrepentirse y ser bautizado (Hechos 2:38). Saben muy bien que el bautismo sin arrepentimiento es sólo un rito vano y nulo.

Por ejemplo, el apóstol Pablo tuvo que bautizar nuevamente a algunas personas que ya habían sido bautizadas pero que les faltaba el suficiente entendimiento para estar verdaderamente convertidas (Hechos 19:1-5). Habían sido sumergidos en agua, pero no recibieron el Espíritu Santo hasta que Pablo los instruyó debidamente y los bautizó “en el nombre del Señor Jesús” y les impuso las manos (vv. 5-6).

La verdadera conversión requiere un entendimiento elemental tanto del arrepentimiento como del bautismo. (Para una explicación más amplia del arrepentimiento, el bautismo y la conversión, no vacile en solicitarnos el folleto gratuito El camino hacia la vida eterna.)

El engaño de Satanás ha sido causa de falsas conversiones

Son muchos los que “aceptan a Cristo” pero no entienden en qué consiste el pecado; por consiguiente, no han podido arrepentirse sinceramente para ser convertidos. En este aspecto el engaño de Satanás ha sido muy eficaz. Jesús claramente dijo que muchos seguirían a los falsos profetas, creyéndose estar convertidos.

¿Cómo puede ocurrir esto? Ocurre porque muy pocas personas entienden lo que es el pecado. Se les ha dicho que ya no es necesario guardar toda la ley de Dios, y que ellos pueden decidir qué obedecer. Han creído un evangelio falso que, en el fondo, enseña que se puede desobedecer parte de la ley de Dios, o toda ella.

Satanás ha convencido a la gente para que “crea en Cristo” sin entender lo que él enseñó. Los ha convencido para que acepten que la Biblia es la Palabra de Dios y les ha hecho creer que pueden recibir la salvación sin haberse arrepentido de su desobediencia a las leyes divinas. Por medio de tales engaños el diablo ha causado un inmenso número de falsas conversiones y ha creado un cristianismo que carece del Espíritu de Dios: ¡un seudocristianismo!

La Iglesia en la actualidad

La Iglesia que edificó Jesucristo es un cuerpo de personas verdaderamente convertidas que se han arrepentido de su desobediencia a las leyes de Dios y han sido transformadas por el bautismo y por haber recibido el Espíritu de Dios. Tienen fe de que Jesucristo les ayudará a vivir por toda palabra que sale de la boca de Dios.

Jesucristo se vale de su Iglesia hoy como instrumento para proclamar la verdad del futuro Reino de Dios en todo el mundo (Mateo 24:14). Es la familia que Dios está formando —sus hijos e hijas— quienes al retorno de Jesucristo recibirán la vida eterna (1 Juan 3:1-2; 1 Corintios 15:51-53).

Como hijos de Dios, la Iglesia espera “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13). Sus miembros aguardan ansiosos el retorno de Jesucristo, bajo cuya guía estarán enseñándole al mundo lo que son el arrepentimiento y la conversión verdaderos (Lucas 11:2; Apocalipsis 3:21).

Para cumplir su misión y conservar la intimidad y unidad que Cristo espera de ellos, los miembros de su Iglesia se reúnen con regularidad obedeciendo el mandamiento que se encuentra en Éxodo 20:8-11. Toman muy en serio la advertencia que se nos hace en Hebreos 10:24-25: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”.

La Iglesia se reúne el séptimo día de la semana, el sábado, como era la costumbre de Jesús y de los apóstoles (Lucas 4:16, 31-32; Hechos 13:14, 42, 44). Sus miembros luchan por seguir el ejemplo de Jesús y sus primeros discípulos en todo (1 Juan 2:6; 1 Corintios 11:1).

Los miembros de la Iglesia de Dios Unida están dedicados a conservar y anunciar “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). Nuestras congregaciones están luchando para hacer su parte en el cumplimiento de la misión que Cristo dio a su Iglesia.

Nos reunimos en algunas de las principales ciudades del mundo. Somos celosos en nuestra obediencia a Dios, en amarnos unos a otros y en cumplir la misión de proclamar el evangelio del Reino de Dios. Siempre son bienvenidos todos los que desean aprender la verdad, obedecer a Dios y reunirse con otros que tengan la misma actitud.

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