Seguridad financiera y tranquilidad mental

Pocas personas saben que la Biblia contiene una increíble cantidad de información acerca de cómo acumular riquezas y manejarlas.

Una popular revista de la farándula, algunas celebridades de Hollywood, cada una de las cuales gana más de 35 millones de dólares anuales, están profundamente endeudadas. De igual forma, otro artículo en un periódico reveló que cierto músico muy famoso se vio obligado a reorganizar drásticamente sus finanzas, ya que sus gastos personales aumentaron un promedio de 400.000 dólares.

Al mismo tiempo, muchas naciones están sumidas en serios problemas económicos y arrastran descomunales déficits a pesar de su productividad a nivel industrial, comercial y agrícola, y de su avance en el área de conocimientos tecnológicos. 

Siguiendo estos mismos patrones, las bancarrotas personales continúan en aumento y muchas familias deben tanto dinero, que tienen muy pocas esperanzas de salir de sus deudas. 

Es irónico que nuestro mundo materialista, el que valora la adquisición de riquezas sobre casi todo lo demás, esté tan seriamente agobiado precisamente por culpa de ellas. No es difícil darse cuenta de que hay algo fundamentalmente erróneo y desequilibrado en todo esto. En vez de ser una bendición y una fuente de estabilidad y seguridad, el dinero se ha vuelto una maldición que a menudo produce gran estrés y ansiedad, ya que las personas no han aprendido a usarlo correctamente.

El enfoque del hombre en el materialismo

Vivimos en un mundo que no busca el conocimiento de su Creador, ni tampoco sus consejos financieros. Pocas personas saben que la Biblia contiene una increíble cantidad de información acerca de cómo acumular riquezas y manejarlas. Dios quiere que seamos prósperos y felices (3 Juan 2), y él ofrece la guía para hacer esto posible. 

En su mayoría, las personas sienten que pueden manejar solas sus asuntos personales, incluyendo las decisiones e inversiones monetarias. No se dan cuenta de que al hacerlo están cometiendo un craso error, alejándose involuntariamente del favor de Dios y su guía, los cuales podrían llevarlos al éxito económico que tanto buscan.

Por ejemplo, y contrariamente a la inclinación humana, Dios nos dice que no le demos gran prioridad a la acumulación de riquezas y bienes materiales. Él nos dice en cambio que a pesar de nuestras necesidades físicas, los valores y objetivos espirituales son más importantes y duraderos y que debemos buscar primeramente su Reino antes que las cosas de este mundo. Dios nos promete que si hacemos esto, él satisfará las necesidades físicas que todos tenemos (Mateo 6:19-34).

Sin embargo, debido a que las personas tienen una inclinación natural a adquirir lo más posible para sí mismas, muchas consideran que el enfoque de Dios es difícil de aceptar y poner en práctica. Pero si queremos lograr una verdadera estabilidad y seguridad económica —y paz mental— debemos reconocer la importancia de poner a Dios primero. Después de todo, él es la fuente principal de nuestras bendiciones. La codicia, junto a la falta de disciplina y autocontrol, es la causa principal de gran parte de los problemas económicos personales y nacionales (1 Timoteo 6:10).

La Palabra de Dios advierte firmemente en contra de la codicia. El décimo mandamiento de Dios (Éxodo 20:17) prohíbe codiciar — el desear con intensidad o de manera obsesiva lo que normalmente no podríamos obtener ni costear legítimamente.

El profeta Jeremías acusó al reino de Judá por la codicia de sus ciudadanos (Jeremías 22:17). Jesucristo advirtió de sus peligros (Lucas 12:15-34). Hebreos 13:5 nos dice: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora”. Demasiadas son las personas que no logran reconocer los riesgos de ceder a sus deseos y antojos, especialmente cuando éstos están fuera de su alcance. 

La fuente de toda riqueza

Muchos han olvidado (o nunca han considerado) que es Dios quien nos da el poder para obtener riquezas. A pesar de que el esfuerzo diligente es una parte necesaria para el éxito de cualquier persona, Dios nos recuerda que cuando decimos en nuestros corazones: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”, debemos acordarnos del “Eterno tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día” (Deuteronomio 8:17-18).

Como nos dice 1 Crónicas 29:11-12: “Tuya es, oh Eterno, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas . . . Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos”. 

Salmos 24:1 añade: “Del Eterno es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan”.

Estos versículos nos dan una perspectiva divina sumamente importante, que debemos tomar en cuenta. Dios es quien nos da la vida y nuestras capacidades, y quien ha creado las materias primas de la Tierra, de las cuales se derivan los bienes de consumo y las riquezas. 

Reconocer a Dios por sus bendiciones

Como Dios es el creador, el dador de vida y sustentador de cada ser viviente, es lógico que él tenga la prerrogativa de solicitar algo a cambio a quienes viven como inquilinos en su propiedad. Miles de años atrás, él instituyó el principio económico del diezmo (el dar 10% de nuestras ganancias a sus representantes) como una forma de reconocerlo a él como la fuente de nuestras bendiciones. El diezmar también nos da los medios para permitir que su verdad sea compartida con otros. 

Las Escrituras nos muestran que los patriarcas del antiguo testamento, como Abraham y Jacob, diezmaban (Génesis 14:18-20; 28:22). Dios le ordenó a toda la nación de Israel que diezmara (Levítico 27:30). Jesucristo abogó por el diezmo (Mateo 23:23; Lucas 11:42). 

La gente que piensa que el diezmar es una confabulación de hechura humana para obtener riquezas, no alcanza a ver que esta práctica económica fue ordenada por Dios, no por el hombre, para un gran propósito espiritual. Estas personas tampoco alcanzan a ver que el estar dispuestos a reconocer y obedecer a Dios en esta materia es un paso importante para alcanzar la felicidad personal y el éxito económico. 

Dios promete bendiciones materiales a aquellos que lo obedecen y lo honran con sus riquezas (Proverbios 3:1, 9-10). A través del profeta Malaquías, Dios nos advierte que retener su diezmo es igual que robarle, pero dice que bendecirá a aquellos que diezman (Malaquías 3:7-12). 

Dios nos da “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17). El devolverle un décimo a él, junto con las ofrendas que expresan nuestra gratitud, es una obligación financiera primordial. Poner a Dios primero en la planificación de sus finanzas demuestra que usted tiene sus prioridades en orden y está dispuesto a seguir la instrucción de Dios. El primer décimo de nuestras ganancias es sagrado y le pertenece a Dios (Levítico 27:30) y debe ser separado para suspropósitos y sus deseos en vez de los nuestros.

¿Cuál es nuestra prioridad principal?

Eclesiastés 2:1-11 muestra la futilidad de buscar los placeres mundanos, las riquezas y el materialismo. Al final, tales búsquedas son vanas: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto” (Eclesiastés 5:10).

Esto ilustra nuevamente la importancia de poner primero las cosas de Dios y su Reino, porque solamente ello puede brindarnos satisfacción y realización duraderas. 

Jesucristo nos dice que no podemos enfocarnos exitosamente y poner el énfasis correcto en Dios y en las riquezas al mismo tiempo (Mateo 6:24). Por lo tanto, la decisión de cuál de los dos escogemos es de gran importancia. 

Para ayudarnos a considerar y evaluar estas alternativas, Jesús contrastó el valor de cada una de ellas. Él dijo que los tesoros mundanos son fácilmente destruidos o robados, mientras que las riquezas del cielo son invulnerables a la pérdida o al robo, y por lo tanto, más permanentes y sustanciales (vv. 19-20). 

Enseguida, él continúa este tema mostrando que la preocupación excesiva por las cosas de este mundo y el engaño de las riquezas pueden sofocar la influencia de la Palabra de Dios e impedir el crecimiento y la madurez espiritual (Mateo 13:22).

En Mateo 19:16-26 y Lucas 12:13-34, él nos da aún más ejemplos sobre la gran importancia y el valor de poner nuestros corazones en las prioridades espirituales en vez de las preocupaciones materiales y mundanas.

Las responsabilidades hacia los demás 

La Palabra de Dios ofrece muchos otros principios y verdades económicas que debemos estudiar y poner en práctica para obtener sabiduría y dirección según la mente de Dios. 

Un consejo muy sabio es el de pagar nuestros impuestos. Romanos 13:1-7 nos enseña que debemos cumplir con los requerimientos tributarios del gobierno. Algunos piensan equivocadamente que están exentos de la autoridad gubernamental y que no tienen obligaciones hacia ella, pero esto no es lo que la Biblia enseña (excepto en aquellos casos en que las leyes de Dios estén en conflicto con las del hombre; vea Hechos 5:29).

El no pago de impuestos puede acarrear costosas multas, ya que va en contra del derecho común y las leyes de la nación. Jesús mismo nos dijo que debemos pagar nuestros impuestos, pero que al mismo tiempo no debemos ser negligentes con lo que le debemos a Dios (Mateo 22:17-21). Debemos pagar tanto lo que le pertenece a Dios como aquello que exige el gobierno. 

El apóstol Pablo nos enseña que debemos estar dispuestos a ser generosos y contribuir a aliviar las necesidades de otras personas (2 Corintios 9:6-15). Él expande este concepto explicando que debemos trabajar para tener “qué compartir con el que padece necesidad” (Efesios 4:28).

La clave para estar contentos

Las palabras de Pablo destacan un concepto poco común respecto al propósito de la riqueza. La mayoría de las personas considera que el trabajo y el dinero son solo medios necesarios para satisfacer sus necesidades y deseos personales, los que con frecuencia pueden estar encauzados egoístamente. Pero una actitud cristiana aplica el espíritu de la ley de amor de Dios, la que se preocupa del bienestar de otros además del propio. Debemos tener esto en mente cuando contemplemos cómo usar el dinero y otras riquezas materiales. 

Al examinar el ejemplo y las palabras de Pablo, vemos que durante los diferentes periodos de su vida él aprendió a estar contento con lo que tenía (Filipenses 4:11). A veces, ello era prácticamente nada.

Dios nos dice que “gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:6-8).

El querer cada vez más puede ser muy peligroso espiritualmente. Pablo reconoció esto: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañinas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (vv. 9-11).

La constante presión para comprar y satisfacer cada uno de nuestros antojos hace muy difícil que adoptemos tal enfoque y que estemos contentos. Pero mientras más contentos estemos con lo que tenemos, mejor nos sentiremos. Debemos aprender a enfocarnos en nuestras necesidades genuinas y no en aquellas cosas que los frívolos publicistas nos han convencido que necesitamos.

Ser responsable de uno mismo

Pablo alentó a los cristianos a trabajar duro, a preocuparse de sí mismos y a ser autosuficientes (1 Tesalonicenses 4:11-12). Él mismo nos dio un ejemplo de cómo llevar nuestra propia carga y no aprovecharnos de otros (2 Tesalonicenses 3:7-13).

En este mismo sentido, él enseñó que las familias deben preocuparse de su propio grupo familiar y de sus parientes de edad avanzada (1 Timoteo 5:8), y que deben también compartir sus bendiciones materiales con aquellos menos afortunados (1 Timoteo 6:17-19). 

Debido a que Dios juzgará a cada uno de nosotros por lo que hacemos en esta vida (2 Timoteo 4:1; 1 Pedro 4:17), debemos poner nuestros corazones en la instrucción de Dios y en hacer el bien cada vez que podamos. Ninguno de nosotros sabe lo que traerá el mañana, por lo que debemos aprender a aplicar ahora mismo estos principios y enseñanzas (Santiago 4:13-17; 5:1-5). 

Reflexiones finales

Como hemos visto, el dinero puede ser usado para propósitos tanto buenos como malos. El desafío es aprender a darle prioridad a lo esencial y a poner en práctica los principios económicos que complacen a Dios.

A pesar de que es sabio establecer cuentas de ahorros personales como un fondo de protección frente a los imprevistos del futuro (los expertos sugieren ahorrar el equivalente a seis meses de sueldo antes de invertir en nuevos proyectos), no debemos volvernos tan codiciosos y ególatras que lleguemos a perder de vista nuestras responsabilidades financieras hacia Dios y los más necesitados.

Además, nunca debemos olvidar que es mucho más fácil adquirir deudas que salir de ellas. El estar endeudados, especialmente por bienes comprados con una alta tasa de interés y que se devalúan, nos hace más vulnerables cuando vienen los momentos difíciles. Pagar al contado, lo más que podamos, es una forma mucho más sabia y segura de vivir.

¿Y qué se puede decir sobre comprar una casa? En contraste con la mayoría de las formas de endeudamiento, comprar una casa es generalmente una buena inversión, por su tendencia a mantener e incluso incrementar su valor, y por los beneficios de deducción de impuestos (en algunos países). No obstante, es un gran compromiso y algo que cada grupo familiar debe evaluar cuidadosamente en base a sus circunstancias individuales.

Este análisis de la instrucción sobre finanzas contenida en la Biblia le ayudará a adquirir el conocimiento y equilibrio necesarios para manejar sus ingresos, de manera tal que pueda honrar a Dios además de beneficiarse a sí mismo y a la humanidad. 

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