Un rey caído y restaurado: Una historia de la gracia de Dios

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La Biblia es bastante severa con sus héroes. Si bien registra sus grandes hazañas, también deja constancia de sus defectos y, con frecuencia, de sus peores pecados.


 

La Biblia es bastante severa con sus héroes. Si bien registra sus grandes hazañas, también deja constancia de sus defectos y, con frecuencia, de sus peores pecados.

David es uno de esos héroes. Fue el rey más amado de Israel, un líder militar sin igual, un pastorcillo que enfrentó sin temor a un león, a un oso y a un gigante, autor de decenas de salmos, y un hombre conforme al corazón de Dios.

Pero también fue pecador. Y no un pecador cualquiera, sino un hombre de Dios que cayó en el adulterio y el asesinato.

Es una de las historias más impactantes de la Biblia. David había sido escogido rey de Israel, conquistado Jerusalén y convertido a esta en su capital. En medio de sus luchas por consolidar el reino y defenderlo de sus enemigos, siempre estaban a su lado sus leales “valientes”, un grupo de curtidos guerreros dispuestos a hacer cualquier cosa por su líder. Puede leer sobre ellos en 2 Samuel 23.

Uno de ellos se llamaba Urías. Curiosamente, este ni siquiera era israelita, sino heteo, un extranjero. Sin embargo, se sintió atraído por David desde el principio, probablemente porque reconoció que era un guerrero como él, que no temía a nada.

Urías era un guerrero íntegro y, como veremos en el relato, un hombre de lealtad y carácter inquebrantables. Cuando llegamos a la parte clave de la historia, Urías combatía fielmente por David y la nación de Israel contra el vecino reino amonita, la actual Jordania.

Pero Urías tenía un problema, aunque no lo sabía: una esposa muy hermosa, Betsabé, y un rey que se había apartado de Dios. Y este rey ya no le reciprocaba a Urías la fidelidad que él seguía profesándole.

Un rey sufre una estrepitosa caída

La historia se encuentra en 2 Samuel 11. El ejército de David, incluido Urías, combatía contra los amonitas en un lugar al oriente, ubicado a varios días de marcha. Una noche, David se encontraba en su palacio en Jerusalén y, al no poder conciliar el sueño, salió a caminar por la azotea. Cerca de allí vio a una mujer que se bañaba en su propia casa, quizá pensando que nadie la vería por ser de noche.

De cualquier modo, David la vio y, cautivado por su belleza, envió hombres para que la trajeran ante él. Como rey, se había acostumbrado a obtener todo lo que deseaba, incluidas varias esposas. Y, una vez más, resultaba evidente que se había apartado de Dios, pues sintió que podía tomar impunemente a esa mujer. La Biblia nos dice que David “durmió con ella . . . Y concibió la mujer” (2 Samuel 11:4-5).

Para empeorar la trágica situación, David sabía que ella era la esposa de Urías. En un intento de encubrir su pecado, envió a llamar a Urías para que regresara del campo de batalla y fuera a su casa, suponiendo que tendría relaciones conyugales con su esposa y creería que el hijo era suyo; pero no resultó así. Aunque Urías volvió a Jerusalén, era un hombre demasiado honorable: prefirió dormir a la intemperie, como sus compañeros soldados, en lugar de hacerlo en su propia cama, junto a su esposa.

El honor de Urías frustró el plan de David, así que tuvo que recurrir a medidas desesperadas. Envió órdenes selladas a su comandante para que colocara a Urías en el punto más fiero del combate y luego hiciera que los demás soldados se retiraran y lo dejaran morir en la batalla. Sin saberlo, Urías llevó consigo su propia sentencia de muerte al regresar al frente. La orden se cumplió de forma distinta, lo que puso en peligro aún más vidas.

El plan de David para encubrir su pecado con otro pecado aún mayor parecía haber funcionado. Betsabé hizo duelo por su esposo caído: “Y pasado el luto, envió David y la trajo a su casa; y fue ella su mujer, y le dio a luz un hijo” (2 Samuel 11:27).

La historia no termina aquí

La historia pudo haber terminado aquí, pero no fue así. De haber sido así, la historia de David habría sido simplemente la de un rey más, codicioso, abusivo y corrupto, uno de los miles que han manchado las páginas de la historia humana.

La historia no terminó allí por la gracia de Dios. Aunque David se había alejado mucho de él, él no se había alejado de David ni lo abandonó.

Dios ordenó al profeta Natán que visitara a David y le contara la historia de un hombre pobre que tenía una sola cordera, a la que amaba como a uno de sus propios hijos. Pero un hombre rico, que tenía muchas ovejas propias, había tomado la cordera del hombre pobre para luego matarla y servirla como cena a un visitante.

Como era de esperarse, David se indignó al escuchar la historia. “Vive el Eterno, que el que tal hizo es digno de muerte”, exclamó con ira (2 Samuel 12:5). Sabía que era una injusticia atroz y que una persona tan insensible y dura de corazón merecía la muerte.

Pero David no esperaba la respuesta de Natán: “Entonces dijo Natán a David: Tú eres aquel hombre” (2 Samuel 12:7).

Natán, hablando de parte de Dios, dijo que el Eterno le había dado a David todo cuanto tenía, y que el rey ya contaba con múltiples esposas. Pero, al igual que el malvado de la historia, eso no le bastaba. David quiso aún más: tomó la única esposa de un hombre inocente y luego ordenó en secreto que lo mataran.

David se vio acorralado. No tenía excusas, y sabía que había sido condenado por la misma sentencia de muerte que acababa de pronunciar. Solo le restaba admitir su atroz pecado delante de Dios, y así lo hizo. Natán le reveló entonces que, gracias a la misericordia de Dios, no moriría por este pecado, pero que este acarrearía consecuencias.

El niño que Betsabé recientemente había dado a luz moriría. Lo que sigue es una de las historias más desgarradoras de la Biblia. El niño enfermó, y “entonces David rogó a Dios por el niño; y ayunó David, y entró, y pasó la noche acostado en tierra” (2 Samuel 12:16). Sus consejeros intentaron animarlo e instarlo a que comiera, pero él se negó. Esto continuó durante siete días, hasta que el niño murió.

Al ser informado de que el niño había muerto, “David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa del Eterno, y adoró”, y luego comió. Cuando sus siervos le preguntaron por qué ahora comía en lugar de hacer duelo, David les dio esta conmovedora respuesta: “Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 Samuel 12:22-23).

Ese niño murió a causa de lo que David había hecho. La pérdida lo hirió profunda y dolorosamente, pero David necesitaba ser sacudido. Se había vuelto complaciente e insensible, y se había alejado de Dios hasta caer presa de pecados sumamente graves. Un Dios misericordioso sabía que David necesitaba aprender una lección dolorosa por su propio bien espiritual. Y, a través de esa dolorosa pérdida, obtuvo algo mucho mayor: la restauración de su relación con Dios. Esta también fue una lección importante para la nación de aquel tiempo, y para todos nosotros hasta el día de hoy.

Como resultado de esta experiencia, David escribió una reflexión muy conmovedora y sentida: el Salmo 51, que durante 3000 años ha permanecido en la Biblia como modelo de lo que debe ser un corazón y una actitud verdaderamente arrepentidos.

Una vez restaurado, David logró hacer cosas aún más grandes y mejores. Pero ninguna es más importante para nosotros hoy que esta historia de la gracia divina, que llevó a un rey caído al arrepentimiento y la restauración de una relación correcta con Dios.

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