Qué hacer con el pecado
Muchas personas saben cómo definir el pecado, pero muy pocas piensan en qué hacer después de haber fallado. Descubre por qué luchamos con el pecado y el camino de esperanza que Dios ofrece para el arrepentimiento, el cambio y el perdón.
Si te preguntara: “¿Qué se te viene a la mente cuando piensas en el pecado?”, apuesto a que tu cerebro ya tiene listas unas cuantas respuestas. Probablemente las expresarías más o menos así:
“Pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4)
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23)
“La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23)
Todas estas respuestas son buenas y bíblicamente precisas. Pero déjame darte algunas respuestas alternativas, igualmente válidas desde la Biblia, y fíjate si detectas un patrón:
“Buscad, y hallaréis” (Mateo 7:7)
“Vete, y no peques más” (Juan 8:11)
“Él es fiel y justo para perdonar” (1 Juan 1:9)
¿Ves la diferencia? El primer grupo de respuestas se concentra en definir el pecado. Eso es algo que la mayoría hacemos bastante bien. Todos sabemos que no debemos mentir, usar lenguaje vulgar, ver pornografía, etc. Pero ¿qué tiene de diferente el segundo grupo? Que se enfoca en qué hacer con el pecado.
¿Por qué pecamos?
Antes de abordar el tema de qué hacer con nuestros pecados, primero necesitamos entender por qué pecamos. En realidad, hay muchas razones.
1 Juan 2:16 las resume:
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”.
Hay deseos carnales que nos llevan a pecar (sexo, drogas, etc.). Los deseos de los ojos son semejantes a la codicia (querer algo que en realidad no nos corresponde tener, como los bienes, los amigos o la vida de otra persona). La vanagloria de la vida podría resumirse como vanidad: pensar tan bien de nosotros mismos, que nos creemos capaces de decidir qué está bien y qué está mal, y que no necesitamos la guía de Dios.
Tú conoces mejor que yo las tentaciones que enfrentas cada día, ya sea que alguien te ofrezca drogas, el deseo de ver pornografía en tu teléfono, practicar deportes en el sábado, o lo que sea. Tú sabes cuáles son las tentaciones que te llevan a pecar. Sabes de dónde vienen y a qué conducen.
“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:13-15).
Aunque Satanás sea quien pone por delante las tentaciones (1 Pedro 5:8), a fin de cuentas la decisión de sucumbir a ellas es solo nuestra.
¿Se puede prevenir el pecado?
Entonces, si entendemos que el pecado es tan malo y que al fin y al cabo depende de nosotros decidir si pecamos o no, ¿por qué no simplemente evitarlo? Puede sonar como una meta descabellada e irreal, pero en realidad es un buen punto de partida.
No, no podrás vencer cada tentación que enfrentes, pero piensa en ello como si fuera un partido de ping-pong. Quizás estés jugando contra alguien con más experiencia y habilidad que tú, pero ¿significa ello que cuando él lance la pelota a tu lado deberías quedarte ahí parado y verla pasar? ¡Claro que no! Al menos deberías intentar devolver el saque. De igual manera, necesitamos intentar resistir el pecado.
Una forma de hacerlo es fortalecernos espiritualmente mediante la oración. Mateo 7:7-11 nos dice:
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”
“Malos” en este sentido significa humanos y carnales, en comparación con lo espiritual y perfecto, como es Dios. Lo que Jesús quiere decir es que si le pedimos a Dios cosas buenas, como por ejemplo, ayuda para evitar el pecado, él está encantado de ayudarnos.
El estudio bíblico es otra forma de ayudarnos a evitar la enfermedad del pecado. Sabes que debes honrar a tus padres, ¿verdad? Probablemente sabes que puedes encontrar ese mandamiento en Éxodo 20. Pero ¿sabes por qué debes hacerlo? Obviamente, porque es un mandamiento de Dios y debemos obedecerlo, pero considera lo que dice Efesios 6:1-3:
“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”.
Claro, todos conocemos la versión corta: “Honra a tu padre y a tu madre”, pero Pablo señala que el mandamiento en realidad tiene una redacción más específica. Él cita Éxodo 20:12 y Deuteronomio 5:16 con más detalle, lo cual apunta también a la razón por la que debemos guardar este mandamiento. No obedecemos solo por obligación, sino que mostramos honra a nuestros padres por respeto y amor. Este tipo de detalles son los que fácilmente olvidamos si no abrimos nuestras Biblias regularmente para leer y estudiar la Palabra de Dios.
Cómo recuperarse del pecado
Por más que lo intentemos, todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). A veces sabemos que está mal, a veces lo hacemos por ignorancia, y las consecuencias pueden variar. No obstante, en ambos casos pecamos. La pregunta que debemos responder cuando inevitablemente pequemos es: ¿Y ahora qué?
Considera una de las respuestas alternativas del principio: “Vete, y no peques más”. Esto proviene del relato de Juan 8, donde una mujer fue sorprendida en el acto de adulterio. No había duda de que era culpable y la ley de Moisés decía que debía ser apedreada. Pero ¿qué pensaba Jesucristo que debía hacerse con ella? Esa era la pregunta en la mente de los escribas y fariseos que la llevaron ante él (vv. 1-5). Su respuesta no fue ejecutarla ni administrarle un castigo físico, sino: “Vete, y no peques más”.
¿Merecía ella la muerte? Sí. ¿La merecemos nosotros? Sí. Pero es importante notar que eso no es lo que Dios y Jesucristo quieren para nosotros. Lo que ellos quieren es que cambiemos nuestros hábitos y dejemos de pecar. Se nos recuerda esto también en los escritos de Pedro:
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
El objetivo final de Dios y de Jesús no es que muramos, sino que nos arrepintamos y rechacemos el camino que nos llevó a pecar.
Una promesa increíble
El arrepentimiento es una parte clave de la recuperación del acto de pecar, y algo que debemos hacer después de haber transgredido la ley de Dios.
“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19).
Arrepentirse es más que simplemente decir “fue mi culpa” o “lo siento”; en realidad es un cambio de mentalidad que dice: “No me parece correcto hacer cosas pecaminosas y quiero dejar de hacerlo”.
“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto” (2 Corintios 7:10-11).
Sentirnos mal solo porque nos descubrieron no es suficiente. El arrepentimiento y lo que Dios desea es que nos sintamos mal y no queramos volver a hacerlo jamás. Es con esa mentalidad que Dios puede trabajar para desarrollar en nosotros un carácter santo y justo.
Esa es nuestra responsabilidad, lo que nosotros debemos hacer con el pecado. La parte emocionante es que hay un paso más, un paso que Dios da. 1 Juan 1:9 dice:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Esta es una de mis escrituras favoritas en toda la Biblia. ¡Qué promesa y qué regalo tan increíble de parte de nuestro maravilloso Dios!
Efectivamente, todos están destituidos de la gloria de Dios y pecan. Las Escrituras lo dicen, y tu propia experiencia personal sin duda lo confirma. La cuestión no es solo qué es el pecado, o por qué lo cometemos, sino algo más importante: qué hacemos al respecto.
La próxima vez que te encuentres batallando con el pecado, dedica tiempo en oración para arrepentirte y pídele a Dios que te ayude a entender por qué pecaste y qué necesitas cambiar. Luego tómate un momento para regocijarte, sabiendo que tu Dios es fiel para perdonar. EC