Dios, nuestro Padre: No es una metáfora, sino una relación
Dios no es como un padre: él es tu Padre. Aprende a cultivar una relación con él, aun cuando tu vida familiar sea complicada.
Hablando hace unos días con uno de mis alumnos del curso de conducción, a quien llamaré Antonio, me contó que lo criaron sus tíos, que su relación con ellos es tensa y que ahora, a sus 23 años, vive con su hermano. Más adelante en la conversación añadió que su mamá biológica le había ofrecido que viviera con ella, pero prefería arreglárselas por su cuenta. Ha intentado acercarse a su papá, a quien llama “mi viejito”, pero el viejito solo lo busca cuando necesita dinero. En una clase anterior, Antonio mencionó que después de meterse en problemas cuando era más joven, recientemente había empezado a regresar a la Iglesia, y agregó que quería tener una relación con Dios.
Al escuchar la historia de Antonio, sentí compasión y empatía. Me identifiqué de inmediato con él, porque yo también he tenido figuras paternas parecidas en mi vida. Fui criada por mis dos padres, pero nuestro hogar era muy disfuncional. Antonio sentía que no tenía padre, porque este nunca se había ganado ese título. Le comenté que su viejito parecía vivir solo para sí mismo, y que probablemente no sabía cómo manejar sus propios sentimientos ni enfrentar sus propios errores. Por eso, Antonio no podía esperar que su viejito fuera lo que él necesitaba. Le recordé nuestra conversación anterior, en la que había mencionado que quería regresar a la Iglesia e intentar relacionarse con Dios. Le dije que esa era la relación que necesitaba cultivar.
Nuestro Padre celestial
Los seres humanos somos criaturas sociales que anhelamos la interacción con otros. Dios nos diseñó así porque él mismo es relacional. Las primeras conexiones que tenemos son con quienes nos crían. Pero ¿alguna vez pensamos en Dios como nuestro Padre? ¿O lo vemos solo como un ser sobrenatural que parece estar muy lejos? Dios, quien se llama a sí mismo nuestro Padre, nos creó para que deseáramos interactuar y conversar con él y pasar tiempo de calidad a su lado. Solemos idealizar cómo debería ser eso y cómo debería darse, y a menudo basamos nuestras expectativas en lo que vivimos con nuestras propias figuras paternas terrenales. Por eso, para muchos puede ser difícil tener una relación con Dios como Padre, en especial si crecimos en un hogar disfuncional. En estos casos, una relación sana puede parecer inalcanzable.
Al igual que nosotros, Dios desea relaciones buenas e interactivas, conversación y tiempo de calidad. Es fácil acudir a él en oración cuando las cosas andan mal y necesitamos algo, pero ¿es esto todo lo que Dios significa para nosotros? ¿Alguien a quien recurrir solo en momentos de angustia?
Si el Eterno no es más que un ser sobrenatural distante, ajeno a nuestra vida, nos estamos perdiendo una parte enorme de la relación con él. Dios nos da la oportunidad de conocerlo por medio de su Palabra. Quiere que hablemos con él y lo veamos como el Padre amoroso que es. Él es la fuente del conocimiento y la sabiduría, la fuente del amor. Su plan, que nos incluye, es superior a cualquier plan que pudiéramos diseñar para nosotros mismos (véase Jeremías 29:11). Estas son solo algunas de las razones por las que necesitamos a Dios en nuestra vida y por las cuales es tan importante cultivar una relación con él. Jesucristo es la imagen misma del Padre (Hebreos 1:3) y, de hecho, lleva el título de “Padre eterno” (Isaías 9:6). Conocer a Cristo es dar un gran paso adelante para conocer al Padre.
¿Cómo nos relacionamos con Dios?
Dios a veces parece estar lejos, pero ¿será acaso porque él se aleja? ¿O somos nosotros los que nos alejamos de él? Por ejemplo, es fácil que, siendo joven, te concentres en tu propia vida y des por sentados a tus padres. Tal vez los alejes al encerrarte en tu cuarto, al estar metido en las redes sociales y al hablar solamente con tus amigos. Quizá no te das cuenta de que estás dejando fuera precisamente a las personas que te dieron la vida y sacrificaron tanto de la suya para sostenerte. Pero en el fondo sabes que, cuando necesitas algo, tus padres casi siempre están ahí para ayudarte.
¿No es esto lo mismo que hacemos con Dios? Creamos espacio y distancia en la relación, y con esa distancia llegan los problemas de la vida, conforme vivimos como pensamos que queremos vivir. Sin embargo, al apoyarnos en nuestras propias ideas y recursos, terminamos atrapados por Satanás. Es entonces cuando corremos a Dios para que nos salve o, lo que es igual de malo, lo culpamos por lo que nos ocurre.
Piénsalo así: ¿En quién piensas primero cuando algo sale bien y quieres compartirlo? ¿Y cuando algo sale mal, a quién quieres contárselo? Al salir del colegio o del trabajo, ¿a quién llamas o le escribes? ¿Quién es la primera persona con la que quieres hablar al despertar o antes de dormir? Es natural que compartamos las buenas y las malas noticias con nuestros mejores amigos o con nuestros padres, pero, ante todo, debemos acudir al Eterno en cualquier circunstancia. Cuando estamos pasando por un momento difícil, debemos hablarle de inmediato. Y cuando las cosas van bien, debemos agradecérselo a él.
Cultiva una relación con Dios
Al reflexionar sobre esa conversación con mi alumno, me acordé del ejemplo de Daniel, quien hablaba con Dios tres veces al día. Daniel 6:10 dice: “. . . abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes”. Nota que su costumbre, desde joven, era orar al Eterno tres veces al día. También me acordé de David como un hombre conforme al corazón de Dios. Hechos 13:22 dice: “Quitado este [Saúl], les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero”. Ser conforme al corazón de Dios significa que David buscaba el corazón de Dios, y por eso el Eterno lo escogió como rey.
Dios es nuestro Padre, y desea una relación con sus hijos. Pero, como humanos, puede costarnos sentir esa conexión con él tal como la sentimos con una persona de carne y hueso, y a algunos nos resulta difícil verlo tal como es. Vemos a un ser distante, en lugar de verlo como nuestro Padre. Que quede claro: no podemos ni debemos equiparar el carácter de Dios con el de un padre humano. Dios es amor y está lleno de gracia y misericordia. Es justo, fiel y perfecto. Conócelo como tu Padre y cultiva esa relación: una relación sana, no disfuncional. Hagamos nuestra parte y busquémoslo como lo hicieron Daniel y David.
La perspectiva correcta
Volviendo a la conversación que tuve con Antonio, me aseguré de que entendiera que no le estaba sugiriendo renunciar a la relación con su viejito. Le recomendé que, dadas las limitaciones de su papá, sería mejor tener expectativas realistas y que, sin dejar de honrarlo como Dios pide, conservara la prudencia necesaria para no seguir saliendo lastimado. Creo que si procede así, podrá empezar a romper las cadenas de la disfunción familiar. Le dije, además, que había llegado el momento de desarrollar una relación con su Padre celestial. En Santiago 4:8 se nos dice: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”. Dios nos da libre albedrío y no nos obliga a tener una relación con él, pero sí desea profundamente tenerla con cada uno de nosotros. Cultivemos una relación de padre e hijo con un Padre como ningún otro: ¡Dios, nuestro Padre! Cuando lo hagamos, nuestra relación con él transformará nuestras relaciones humanas. EC