Adaptación: Diseño de Dios, no un producto de la evolución

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Adaptación

Diseño de Dios, no un producto de la evolución

Durante su viaje de cinco años alrededor del mundo, allá por la década de 1830, el naturalista Charles Darwin observó que las especies se adaptaban a sus entornos. Llegó a creer que, con suficiente tiempo, todos los seres vivos podían desarrollarse mediante un proceso de variación y selección natural (o fuerzas de la naturaleza que actúan sobre ellos).

Sin embargo, no tenía idea de la extraordinaria complejidad de la célula que se conoce hoy en día. Una simple célula humana contiene un código genético exquisitamente escrito. Este código constituye un manual de instrucciones digital que, según la revista Wired, es comparable a “4200 libros de tamaño medio” (Rachael Pells, “Everything You Need to Know About Getting Your Genome Sequenced” [“Todo lo que usted necesita saber sobre la secuenciación de su genoma”], 21 de septiembre de 2023, énfasis nuestro en todo este artículo).

En efecto, si pusiéramos los 4200 volúmenes de este “manual genético” de punta a punta, abarcaría unos 106 metros de largo, o sea, ¡mucho más que una cancha de fútbol! Los científicos se quedan perplejos al ver cómo un código tan preciso y extenso, escrito en un “alfabeto” químico de cuatro letras, podría haber “evolucionado” por sí solo. Y su asombro es aún mayor al descubrir que en las diferentes formas de vida, desde la humilde bacteria hasta el ser humano, existen capas de sistemas complejos dentro de otros sistemas, incluyendo adaptaciones incorporadas para entornos cambiantes.

La adaptación preestablecida dentro de las especies valida el testimonio bíblico de la creación divina.

Dos grandes principios biológicos en Génesis 1

Darwin llegó a la conclusión de que si las formas de vida hubiesen sido producidas por un Creador, tendrían que permanecer fijas y serían incapaces de variar para adaptarse. Menospreció la Biblia por no poder explicar, aparentemente, la rebosante variedad de vida en el mundo.

Sin embargo, la evolución darviniana no ha sido capaz de explicar muchos aspectos básicos de la vida, como el origen de la vida, el origen de la autorreplicación o, como ya señalamos, el origen del código genético, ¡un lenguaje complejo que hasta incluye signos de puntuación! Además, no ha presentado pruebas fósiles de plantas o animales que se transformen gradualmente de una “clase” o tipo de especie en otra. En su lugar, los científicos han descubierto barreras genéticas en cada célula que garantizan que los organismos vivos se reproduzcan solo según su propia especie.

Lamentablemente, Darwin no tuvo en cuenta lo que la Biblia revela sobre las explicaciones de las características biológicas. Por ejemplo, no estaba enterado de los dos grandes principios biológicos establecidos en Génesis 1 que aún rigen las normas básicas de los reinos animal y vegetal.

El primero se encuentra en Génesis 1:11-12: “Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno”.

Así que Dios presenta aquí, al principio, la primera gran ley biológica: que los seres vivos se reproducen según su propia especie. Todas las plantas y animales, desde las bacterias hasta los seres humanos, tienen un plan corporal específico, un plano estrictamente seguido y programado en sus genes.

Los científicos han aprendido que los seres vivos no engendran descendencia de planes corporales y de desarrollo diferentes (a menos que algo salga terriblemente mal en el código genético, creando criaturas mutadas e inferiores). Por ejemplo, ¿ha visto alguna vez a un perro reproducirse en algo que no sea un perro? ¿Y un gato? ¿Un pájaro? De hecho, el registro fósil, el catastro histórico de la vida en la Tierra desde el principio hasta ahora, no muestra plantas ni animales transformándose generacionalmente en otros tipos de cuerpo. Tienen la capacidad de variar un poco, pero únicamente dentro de su propio plan corporal.

Y esa capacidad de variación nos lleva al segundo gran principio biológico de Génesis 1: que la vida tiene medios para adaptarse a su entorno. Dios dijo que crearía seres vivos para llenar completamente la Tierra. Leemos: “Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra” (Génesis 1:21-22).

Aquí vemos que a la vida se le dio desde el principio la capacidad no solo de reproducirse según su especie, sino también de “multiplicarse” y “llenar” totalmente la Tierra, lo que significa dotar a varias especies de la adaptabilidad necesaria para ocupar todos los rincones de ella. Esto es lo que ha sucedido: incluso en el interior de los famosos y candentes géiseres de Yellowstone, las bacterias, los virus y los hongos tienen los medios para adaptarse al entorno extremo.

Millones de interruptores genéticos en el ADN “basura” que antes se descartaba

Sorprendentemente, tanto biólogos como genetistas han descubierto que la adaptación se debe en su mayor parte a interruptores genéticos preexistentes en la célula, y no a cambios menores procedentes de la selección natural que actúa sobre las células mutadas, lo cual es una demostración de diseño, no de evolución.

Como ha informado The New York Times, “El genoma humano está repleto de al menos cuatro millones de interruptores genéticos incrustados en pedacitos de ADN que en algún momento fueron desestimados y considerados ‘basura’, pero que resultan desempeñar papeles fundamentales en el control del comportamiento de las células, los órganos y otros tejidos . . . Incluye el sistema de interruptores que, actuando como reguladores de intensidad de las luces, controlan qué genes se utilizan en una célula y cuándo se utilizan, y determinan, por ejemplo, si una célula se convierte en una célula hepática o en una neurona . . .

“El sistema . . . es asombrosamente complejo, con muchas redundancias [sistemas de reserva]. La simple idea de tantos interruptores era casi incomprensible, dijo el Dr. [Bradley] Bernstein [investigador del proyecto Enciclopedia de los Elementos del ADN (Encode) en el Hospital General de Massachusetts]. También existe una especie de sistema de cableado del ADN que es casi inconcebiblemente intrincado. ‘Es como abrir un armario de cableado y ver una bola de pelo hecha de cables’, dijo Mark Gerstein, investigador de Encode en Yale” (Gina Kolata, “Bits of Mystery DNA, Far From ‘Junk’, Play Crucial Role” [“Trocitos de ADN misterioso no son ‘basura’ en absoluto, y juegan un rol crucial”], 5 de septiembre de 2012).

Así que Darwin se equivocó cuando supuso que la adaptación a partir de la variación no dirigida (ahora llamada mutación) y la selección natural podían crear y cambiar los planes corporales. Las mutaciones –el equivalente a las erratas o errores en el código genético– tienen un efecto neutro o degenerativo, no beneficioso.

El conjunto de interruptores genéticos de la célula que permiten la adaptación se denomina epigenoma y se encuentra no solo en el ADN, sino también en zonas fuera de él. En The Misterious Epigenoma: What Lies Beyond DNA (El misterioso epigenoma: Lo que hay más allá del ADN), los autores Thomas Woodward y James Gills afirman: “Este nuevo y extraño reino de información funcional, escrito en partes de nuestras células que están alejadas del ADN, puede resultar sorprendente . . . En cierto modo es como descubrir que la memoria digital de un computador no se limita al disco duro, sino que millones de bits de datos vitales están inscritos en otros lenguajes y códigos especializados incrustados en el teclado, la pantalla, la carcasa exterior y muchas otras partes del mismo” (2012, pp. 16-17).

¿Por qué no se conoce mejor este descubrimiento? La respuesta breve es que socavaría la evolución y el ateísmo, obstaculizando la libertad de las personas para vivir como deseen. Aldous Huxley, más conocido por su novela distópica Un mundo feliz (1932), admitió por qué él y otros se aferraron al ateísmo y la evolución con tanto fervor: “Tenía motivos para no querer que el mundo tuviera un sentido . . . La liberación que deseábamos era . . . de un determinado sistema de moralidad. Nos oponíamos a esa moralidad porque interfería con nuestra libertad sexual” (Ends and Means [Fines y Medios], 1946, p. 70).

El neurocirujano estadounidense Michael Egnor, defensor del diseño inteligente, señala el alcance del problema: “Para comprender el dominio que el ateísmo obstinado y ciego ejerce sobre muchos científicos modernos, hay que tener en cuenta que aun con el descubrimiento del código genético en el ADN los científicos no reconocieron inmediatamente las pruebas del diseño inteligente . . .
Es un escándalo que el ateísmo tenga semejante poder emocional e intelectual sobre tantos científicos, que corrompa su ciencia y los lleve a negar lo que es obvio para cualquier científico objetivo” (“The God Hypothesis Versus Atheist Science Denial” [“La hipótesis de Dios frente a la negación atea de la ciencia”], Evolution News, 5 de abril de 2021).

Adaptación en acción: el pez cavernario ciego

Observemos un caso de adaptación a través de tales interruptores genéticos.

Uno de los lugares más difíciles para que vivan los peces es una cueva subterránea profunda, pero allí los encontramos, como el pez ciego de las cavernas de la variedad tetra mexicana. ¡Lo que han descubierto los científicos es asombroso! Se adapta mediante interruptores genéticos que se activan o desactivan para favorecer su supervivencia.

Un pez tetra normal podría acabar en una cueva de este tipo, y entonces sus sensores activan interruptores genéticos para adaptarse gradualmente al nuevo entorno. El pez no necesita ojos ni pigmentación en las oscuras cavernas, y en un mes, como han demostrado los experimentos de laboratorio, se adapta. Algunas características se apagan y otras se encienden: se activan los sensores de la línea lateral (un tipo de radar para detectar vibraciones y movimiento en el agua), y el olfato y el gusto se intensifican para detectar fuentes de alimento en la oscuridad.

Un artículo en la revista New Scientist lo explica así: “Hemos descubierto por qué un pez cavernario mexicano no tiene ojos, y es probable que la sorprendente respuesta sea aprovechada por quienes piensan que la perspectiva estándar de la evolución necesita una revisión . . . Se suponía que estos peces se quedaron ciegos porque las mutaciones desactivaron genes clave implicados en el desarrollo de los ojos . . . Pero Aniket Gore, del Instituto Nacional de la Salud Infantil y Desarrollo Humano de EE.UU. y sus colegas no han encontrado cambios incapacitantes en las secuencias de ADN de los genes del desarrollo ocular en los peces cavernícolas. En su lugar, los genes han sido
desactivados
mediante la adición de etiquetas químicas denominadas grupos metilo. Esto es lo que se conoce como cambio epigenético, más que genético” (Michael Le Page, “Blind Cave Fish Lost Eyes by Unexpected Evolutionary Process” [“Pez cavernario ciego perdió sus ojos debido a un proceso evolutivo inesperado”], New Scientist, 12 de octubre de 2017).

Como resultado, el pez ciego acaba adaptándose admirablemente bien a su entorno hostil y oscuro, tal y como Dios lo diseñó.

Lo mismo ocurre con las criaturas de todo el mundo, pues poseen estos interruptores genéticos que les ayudan a adaptarse a nuevos entornos. Incluso los seres humanos son capaces de adaptarse a condiciones climáticas extremas, como los esquimales en la helada tundra ártica o los beduinos en el abrasador desierto.

Enfrentemos la evidencia

Al fin y al cabo, Darwin se equivocó en cuanto a la causa de la adaptación pues solo descubrió cambios insignificantes dentro de las especies, como el tamaño y la forma de los picos en diversas aves. Sin embargo, ahora los científicos tienen que explicar la complejidad cada vez más abrumadora de los seres vivos, y su silencio sobre cómo las pruebas apuntan a un Diseñador inteligente es ensordecedor.

La Biblia nos advirtió en cuanto a la negación de la evidencia sobre la naturaleza y la creación en Romanos 1:18-21: “En verdad, la ira de Dios viene revelándose desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad. Me explico: lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios” (Nueva Versión Internacional).

Sí, la humanidad en su conjunto, con su orgullo, vanidad y codicia, ha suprimido la verdad sobre los orígenes y el desarrollo de la vida, ¡y ha acabado adorando a la creación en lugar de al Creador! (versículo 25). ¡No caigamos en esa trampa! La adaptación nunca debe atribuirse a la evolución. En su lugar, demos el crédito a nuestro maravilloso y amoroso Dios Creador, tal y como revela Génesis 1. BN