La misión del Mesías fue malentendida

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La misión del Mesías fue malentendida

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“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

Jesús hizo muchos milagros y prodigios. Sanó enfermos, resucitó muertos, calmó tempestades, alimentó a multitudes y demostró completo señorío sobre el mundo espiritual; no obstante, no fue aceptado como el Mesías de Israel.

Uno podría pensar que con tales credenciales debía haber sido proclamado automáticamente como el Mesías. Pero lo que se nos dice es que, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Después de los tres años y medio que duró su ministerio, sólo había 120 seguidores para el milagroso comienzo de su iglesia (Hechos 1:15).

En una de las profecías acerca del Mesías se escribió que sería “despreciado y desechado entre los hombres” (Isaías 53:3). Las grandes obras que Jesús llevó a cabo y que lo hicieron tan conocido entre el pueblo no fueron suficientes para vencer la crítica y rechazo de los dirigentes religiosos; tampoco lo fueron para consolidar la lealtad de los indecisos corazones del la gente común y corriente.

Su misión y sus enseñanzas estaban en contraposición a los propósitos de quienes ocupaban altos puestos en la nación, y la mayoría de los que lo vieron y escucharon malentendieron esa misión.

¿Qué era lo que esperaban los judíos?

Los judíos conocían muchas de las profecías acerca del Mesías: el escogido o “ungido”, que es el significado de la palabra en hebreo. Creían firmemente que el Mesías sería un poderoso y triunfante rey terrenal que los liberaría de la opresión romana y establecería nuevamente un reino judío grandioso e independiente. Los magos que vinieron del oriente buscando al recién nacido Jesús preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (Mateo 2:1-2).

El rey Herodes, quien gobernaba Judea bajo el dominio de Roma, entendió claramente que el Mesías que los judíos esperaban iba a ser otro rey y por consiguiente vendría a ser su rival. Así que entonces llamó a los principales sacerdotes y a los escribas para preguntarles “dónde había de nacer el Cristo”, a fin de poder eliminar esa amenaza para su gobierno (Mateo 2:3-16).

En el idioma griego en el cual fue escrito el Nuevo Testamento, Christos (Cristo en español) tiene el mismo significado del vocablo hebreo Mashiach (Mesías en español), “el ungido”, que significa alguien que Dios escogió especialmente (ver el recuadro de la página 64: “¿Qué significan los términos Mesías y Jesucristo?”) Tanto Herodes como los dirigentes judíos pensaban que el título “Cristo” era un sinónimo de “rey de los judíos”, conforme a la expectativa general de esa época (comparar Mateo 2:2 y 4).

La expectativa de que Cristo sería un rey concordaba con su entendimiento de que también sería descendiente de David, el más conocido de todos los reyes de Israel y el punto de referencia para los otros reyes. Esto se demuestra en la ocasión en que Jesús les preguntó a los fariseos: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es Hijo?” La respuesta de ellos fue: “De David” (Mateo 22:42).

Dos ciegos lo llamaron “Hijo de David” (Mateo 9:27). Así lo llamaron también la mujer cananea (Mateo 15:22) y los dos ciegos de Jericó (Mateo 20:30). Cuando Jesús sanó a un hombre endemoniado que estaba ciego y mudo, “toda la gente se quedó asombrada y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David?” (Mateo 12:22-23). A su entrada en Jerusalén fue recibido con exclamaciones de “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21:9).

El número y la magnitud de los milagros que hizo Jesús —milagros nunca igualados en la historia de Israel, ni siquiera por los grandes profetas— llevaron a la gente a la conclusión de que él tenía que ser el Mesías profetizado. “Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo [Mesías], cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?” (Juan 7:31).

¿Era el momento para restaurar el reino?

Los judíos deseaban que apareciera el “Hijo de David”, a quien esperaban como el que habría de restaurar el reino de Israel bajo la dinastía de David.

En cierta ocasión, cuando Jesús milagrosamente alimentó a una multitud de 5000 personas, ellas estaban convencidas de que él era “el profeta que había de venir al mundo” (Juan 6:14). Esa era una alusión a la profecía de Moisés cuando dijo: “El Señor tu Dios levantará de entre tus hermanos un profeta como yo” (Deuteronomio 18:15-19, NVI). Los discípulos de Jesús también lo identificaron como ese mismo profeta: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45).

¿Qué mejor rey se podría tener que uno que milagrosamente los alimentara? Este milagro provocó una reacción unánime de hacerlo rey allí mismo. “Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo” (Juan 6:14-15). Se les desapareció. La misión de Jesús entonces no era la de ser rey humano sobre un poderoso Israel.

Aun después de su muerte y resurrección, sus discípulos todavía pensaban que restauraría el reino davídico de Israel en esos días, y le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6). Aún no podían entender todos los aspectos del enigma profético que él les estaba revelando.

Cómo entender las profecías mesiánicas

Estos malentendidos se debían en parte a que no se entendía cuál era la época indicada en las propias Escrituras. Un examen minucioso muestra que Jesús habló y obró de una manera tal que revelaba la verdadera misión de su primera venida, la cual estaba explicada en la profecía bíblica, aunque ellos no la entendían correctamente.

Era cierto que estaba profetizado que el Mesías habría de venir a su pueblo. Ya hemos mostrado cómo muchas de esas profecías se cumplieron cuando vino a la tierra en la carne. Fue un siervo, sufrió durante su vida y voluntariamente la entregó como un sacrificio. Pero hubo muchas profecías que no fueron cumplidas, al menos no en ese tiempo.

Tenemos las grandes profecías de Isaías, por ejemplo, que nos dicen que “en los últimos días, el monte de la casa del Señor será establecido como el más alto de los montes; se alzará por encima de las colinas, y hacia él confluirán todas las naciones” (Isaías 2:2, NVI).

En la profecía bíblica, los montes y colinas representan gobiernos o naciones. Esta profecía predice el tiempo en que el reino del Mesías será establecido y gobernará sobre todos los gobiernos y naciones del mundo. El entendimiento profético de este reino divino era el meollo de la predicación de Jesucristo, lo mismo que el papel final del Mesías.

Cuando Jesús anunció que el gobierno de Dios se había acercado (Marcos 1:15), simplemente estaba hablando del futuro Reino de Dios que vendrá a la tierra, y que él era el camino por el cual se llega a ese reino. Cuando en los evangelios leemos que “creyeron en él”, lo que quiere decir muchas veces es que creyeron que era el Mesías quien establecería el reino de Israel ¡en ese tiempo!

¿Por qué Jesús no fue más claro?

Durante todo su ministerio, Jesús corrigió los malentendidos de la gente acerca del esperado Mesías, haciéndoles ver el verdadero significado de las Escrituras en que confiaban pero malentendían.

Los judíos de ese tiempo habían interpretado tan mal las profecías del Antiguo Testamento, que ¡no pudieron reconocer al Mesías mismo que estaban esperando que apareciera en cualquier momento!

Resulta interesante el hecho de que Jesús no andaba diciendo que era el Cristo. A los demonios que echaba fuera de quienes estaban poseídos les prohibía que revelaran que él era el Cristo (Lucas 4:41). Y cuando les preguntó a sus discípulos directamente: “¿Quién decís que soy yo?”, y Pedro le contestó que era el Mesías, Jesús les ordenó estrictamente que a nadie dijeran que era el Cristo (Mateo 16:15-16, Mateo 16:20).

Cuando, estando preso, Juan el Bautista envió unos discípulos suyos a preguntarle: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?”, le mandó decir que meditara acerca de las pruebas mesiánicas que estaba dando: sus enseñanzas y sus obras (Mateo 11:2-6).

Pero hubo unas cuantas ocasiones en que claramente expresó su identidad mesiánica. Por ejemplo, le reveló quién era él a la mujer samaritana. En Juan 4:25-26 leemos que, cuando la mujer samaritana le dijo: “Sé que ha de venir el Mesías”, Jesús le respondió: “Yo soy, el que habla contigo”. Incluso al principio de su ministerio, Jesús aceptó la declaración de sus primeros discípulos cuando reconocieron que era el Mesías (Juan 1:41-50).

A veces, en lo privado, Jesús aceptaba los títulos de “Mesías” e “Hijo de Dios”, pero públicamente los evitaba. Lo que él hubiera querido que se entendiera con estos títulos era muy diferente de cómo lo hubieran tomado los judíos. Jesús no podía negar quién era ni lo que pensaba hacer, pero era muy cuidadoso al explicar la naturaleza del futuro reino y eliminar los malos entendidos acerca de su misión.

Jesús entendía lo que la gente buscaba en un Mesías. Probablemente esa era en parte la razón por la que en general no empleaba el título para sí y desanimaba a otros de hacerlo. Para cumplir con el propósito de su primera venida, no quería provocar una sublevación de los judíos ansiosos por establecer su propio reino independiente en contra del detestado gobierno romano en ese tiempo.

Además, si Jesús se hubiera proclamado como el Mesías, habría provocado de inmediato un enfrentamiento entre él y los dirigentes judíos y romanos, lo que habría adelantado el momento de su ejecución. Pero cuando llegó el tiempo apropiado, Jesús les confirmó tanto a los dirigentes judíos como a los romanos quién era.

Jesús el Rey

En el juicio que le hicieron a Jesús, el sumo sacerdote le preguntó: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” Y Jesús le contestó: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:61-62). De inmediato, el sumo sacerdote lo acusó de blasfemia y decidieron que debía morir (v. 64).

Sí, en efecto, Jesús era el Mesías, enviado por Dios y nacido para ser rey. Este es un hecho que dejó muy claro cuando estuvo frente a Pilato. No obstante, él había predicado acerca del Reino de Dios, no del reino de Israel.

Los judíos acusaron a Jesús ante Pilato de que afirmaba ser “el Cristo, un rey”, y que representaba una amenaza directa para la autoridad romana (Lucas 23:2).

Preocupado por la situación, Pilato le preguntó a Jesús qué decía al respecto. Jesús le contestó diciendo: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Juan 18:36). Pilato insistió preguntándole si de veras era rey. Entonces Jesús le dijo: “Tú dices que yo soy rey. Yo para eso he nacido, y para eso he venido al mundo” (v. 37).

Sin embargo, Pilato no sentía que Jesús fuera una amenaza para el gobierno del césar. Pero al final los judíos lo convencieron de ordenar su ejecución por haber dicho que era rey (Juan 19:12). Pilato incluso hizo colocar un título sobre la cruz en que crucificaron a Jesús, que decía: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” (vv. 19-22).

Después de ordenar que Jesús fuera azotado, Pilato mandó que lo trajeran para mostrarlo frente a la multitud y les dijo: “¡He aquí vuestro Rey!” Quizá pensaba que el verlo en tan lastimoso estado los dejaría satisfechos. “Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale!” Pilato entonces les preguntó: “¿A vuestro Rey he de crucificar?” Los principales sacerdotes le contestaron: “No tenemos más rey que César” (vv. 14-15). No reconocieron a su propio Rey.

El reino futuro

Jesús claramente le dijo a Pilato que su reino no sería entonces ni en ese lugar. No sería uno de los reinos de este mundo actual, de esta época actual del hombre. Pero viene una época en la que su reino será establecido aquí en la tierra, para gobernar a todas las naciones.

Ciertamente, durante su ministerio terrenal de tres años y medio Jesús cumplió muchas profecías acerca de su papel como el Mesías. Pero el cumplimiento de muchas más —las relacionadas con el establecimiento del Reino de Dios sobre el mundo entero— aún está pendiente.

Cuando Jesús hablaba acerca del Reino de Dios, la gente no entendía completamente. La mayoría de los judíos del primer siglo no discernían entre las profecías de la primera venida del Mesías y las profecías de la segunda.

Para la gente de ese tiempo, las profecías del Mesías y del reino mesiánico eran como mirar a las estrellas. Todas parecen estar como en una bóveda sobre nosotros, todas a aproximadamente la misma distancia. Pero la realidad es que hay grandes distancias entre ellas. A simple vista, no podemos decir cuáles están más cercanas y cuáles están más alejadas. Así es cómo les habrán parecido las profecías mesiánicas a los judíos. La mayoría esperaba que todas las profecías se cumplieran en una sola venida del Mesías.

Su segunda venida

Aunque la gran mayoría de las personas no vieron la primera venida del Mesías, nadie dejará de ver la segunda. Jesús dijo que todos los pueblos del mundo “verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mateo 24:30).

Pero cuando venga por segunda vez, ¿será reconocido entonces? ¿Cuál será la expectativa de la gente? ¿Pensarán los judíos que vendrá sólo a ellos? ¿Pensarán los cristianos que serán arrebatados de la tierra? ¿Pensará el mundo que se trata de un invasor extraterrestre?

En una visión, Jesús le reveló al apóstol Juan algo que podemos leer en el libro del Apocalipsis. Allí vemos que Jesús amplía las profecías que dio durante su ministerio terrenal. Resulta muy interesante notar que el mundo no lo reconocerá en su segunda venida, tal como sucedió en la primera. En su segunda venida Jesús no vendrá pregonando el Reino de Dios, sino que ¡vendrá como el Gobernante a establecerlo!

No nos equivoquemos, Jesús será rechazado nuevamente por las naciones. En Apocalipsis 6:16-17 y Apocalipsis 11:17-18 leemos que se refirió al tiempo de su retorno como “el gran día de su ira”, cuando las naciones estarán enfurecidas por la intervención de Dios. Los dirigentes de todo el mundo se van a “reunir . . . para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso” (Apocalipsis 16:14, NVI).

En su segunda venida Jesús es descrito como el que “juzga y pelea” (Apocalipsis 19:11). Traerá una espada para “herir con ella a las naciones”, y pisará “el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso” (v. 15).

Esos pasajes nos muestran claramente que cuando Cristo regrese el mundo no lo recibirá con los brazos abiertos. Este es el otro aspecto de Jesús que no se enseña mucho en la actualidad. Cuando él venga, el mundo lo recibirá hostilmente, así como lo recibió la primera vez.

Esto nos lleva a preguntar: ¿Conocemos realmente al verdadero Jesús? ¿Sabemos realmente lo que está haciendo? ¿Estamos preparándonos realmente para que nos acepte y recompense cuando establezca su reino? Y ¿de qué se trata ese reino? Examinaremos estas preguntas cruciales en el próximo capítulo.